Capítulo veintinueve
Sector Macaracuay,
Caracas, Venezuela
—¿Dónde está esa perra? —gritó Andrés cuando sus hombres entraron en la oficina sin Natalia por tercera vez—. ¿No os mandé a buscarla y traerla? Tenemos que sacarle información. ¿No fui claro?
—Sí, jefe, ha sido muy claro, pero no la encontramos —dijo el hombre corpulento que servía tanto de guardaespaldas como de lacayo. Cada vez estaba más frustrado de tener que volver ante Andrés con las manos vacías.
—Me estoy hartando de oír eso y se me acaba la paciencia. ¿Habéis cogido a los abuelos, a su Nana y su Buelo? Quizá eso la haga salir de su escondite.
—Tampoco están —dijo el grandullón. Las cosas no iban bien y no sabía si llegaría vivo al final del día si no conseguía resultados para su jefe.
—¿Adónde coño se han ido?
—No lo sabemos, jefe.
—Pues preguntad por ahí.
—Ya preguntamos. Lo único que nos dijeron fue que unos hombres vinieron, los cogieron y se los llevaron de noche. Algunos hasta pensaron que eran ángeles o quizá demonios; no estaban seguros.
—Eso es una mierda y lo sabes.
—Solo te cuento lo que hemos oído.
Andrés sopesó lo que oía. No le gustaba nada.
Si se los habían llevado, probablemente alguien los estaba protegiendo.
Y si los protegían, alguien debía de haber descubierto lo que él y sus cómplices tramaban.
Había pagado muy bien a su contacto en el gobierno de Venezuela; seguro que no los había traicionado. Pero de algún modo se habían enterado.
Repasó los acontecimientos de los últimos días.
Le habían informado de que el hermano menor había venido de visita, de que Natalia había estado en el complejo de Altamira, pero que la habían llevado a casa en uno de los coches del americano.
El hermano menor se había marchado de noche, unas horas después, y lo habían llevado al aeropuerto.
Al principio pensó que Natalia se había fugado con el hermano menor y ordenó que vigilaran la casa de los abuelos de la chica.
Pero de algún modo, los hombres que había enviado a vigilarlos no se habían enterado de su desaparición, y lo único que tenía eran rumores de hombres vestidos de negro que habían aparecido y se los habían llevado al amparo de la oscuridad.
Alguien lo había descubierto, y eso no iba a sentar nada bien a los jefes de Cúcuta. Sentía los ojos de los dos hombres clavados en él mientras pensaba en su próximo movimiento. Tendría que ser un golpe fuerte. Seguro que ya se estaban burlando de él y deseando pasarse a otro bando.
—¿Y el americano? —preguntó por fin, alzando la vista hacia ellos.
—En el complejo de Altamira. No ha salido en varios días, desde que el hermano mayor, el que vivía allí antes, vino a hacerle una visita corta.
—No me gusta nada esto. Alguien nos ha traicionado. A lo mejor fue esa perra, pero no tenemos ni puta idea de dónde está para sacarle la información, ¿verdad? —Su voz había empezado baja y fue subiendo hasta escupir las últimas palabras a gritos.
Los dos hombres se removieron nerviosos ante el arrebato, pero tuvieron la sensatez de no responder.
A Andrés empezaba a resultarle sospechoso que los tres miembros de la familia Ortiz hubieran sido sacados de Caracas tan fácilmente y sin dejar rastro, y también las recientes reuniones con cada uno de los otros dos hermanos.
Los americanos se habían dado cuenta y le habían arrebatado su única baza.
Se estaba volviendo paranoico y la ira le desbordaba.
De pronto se le ocurrió una idea muy audaz.
—Traedme al americano —espetó.
—Señor, ese complejo es impenetrable. Es casi imposible entrar. Y aunque pudiéramos, habríamos llamado tanta atención que las autoridades...
El grandullón cortó la frase en seco cuando oyó correr la corredera de la semiautomática de 9mm de Andrés, cuyo cañón le apuntaba directamente al corazón. Todos en la habitación se quedaron inmóviles un instante. No hubo más sonido que aquel clic metálico.
—No volváis sin el americano —dijo entre dientes.
Mantuvo la pistola apuntando al hombre hasta que este se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta con cuidado tras de sí.
Era un movimiento audaz y peligroso. Ni siquiera a su contacto en el gobierno le resultaría fácil hacer la vista gorda, pero de todos modos estaba muerto para SLG si no hacía algo.
Al menos podría retenerlo como rehén y sacar lo suficiente para compensar lo que iban a perder por haber arruinado el trato.
Había construido una red poderosa a su alrededor en Caracas y SLG le había concedido amplia autoridad para operar.
Le habían dado el dinero para mantener contento al funcionario del gobierno y evitar que investigara las actividades de SLG o acosara a sus miembros.
Todo había funcionado, incluida la jugada brillante de colocar a Natalia con el americano.
En su última reunión había notado que la chica se estaba encariñando con el americano, y en su fuero interno había empezado a preguntarse si eso se convertiría en un problema; sin embargo, los abuelos habían sido su as en la manga.
Cuando todo se le vino abajo, se dio cuenta de que había esperado demasiado.
Daba igual, estaba a salvo donde estaba.
Una vez que tuviera al americano, podría sacarlo de Caracas y retenerlo en algún lugar donde no descubrieran su escondite hasta que pagaran el rescate.
El rescate era en realidad su única oportunidad de sobrevivir. SLG sin duda le quitaría su posición en Caracas y lo enviarían a algún lugar donde pudieran vigilarlo mientras decidían qué hacer con él. Pero al menos el rescate le salvaría la vida, o eso esperaba.
Sumido en sus pensamientos tras la puerta blindada con cerradura magnética, no oyó los cuatro chasquidos amortiguados de dos pistolas SIG Sauer P226 con silenciador que alojaron limpiamente dos balas entre los ojos de cada uno de los dos hombres que acababan de salir de su oficina; tampoco oyó cómo colocaban el dispositivo que desactivó la cerradura magnética.
La primera señal de que no estaba solo fue ver cómo se abría la puerta.
—Os dije que no volvierais hasta que tuvierais...
Esas fueron las últimas palabras de Andrés. Dos chasquidos amortiguados más y otras dos balas del calibre .22 se alojaron entre sus ojos, poniendo fin a todos sus pensamientos. Sobre los dos agujeros colocaron con pulcritud un as de picas, dejando un mensaje para quien lo encontrara.
Tras un rápido barrido del resto del edificio, los hombres que habían localizado y penetrado la ubicación «segura» de Andrés se esfumaron en la oscuridad y pronto los sacaron de la zona.
Se quitaron la ropa oscura que llevaban sobre la civil, la metieron en una bolsa y la tiraron en una cuneta de una carretera desierta mientras volvían a Caracas por la Autopista.
Cuando estuvieron lo bastante lejos del lugar, uno de los hombres sacó el móvil y marcó un número que le habían dado antes. Oyó que la llamada conectaba, pero nadie contestó al otro lado.
—La cena está servida y Falcon está Di Di Mau.