Capítulo ocho
Tucker's Town, Bermuda
Milo se pegó a la húmeda pared de ladrillo del callejón, el corazón retumbándole en los oídos.
Los dos hombres —profesionales, armados, inconfundiblemente asiáticos— pasaron corriendo junto a su escondite; sus zapatos relucientes repiqueteaban contra el pavimento mojado.
Contó hasta treinta antes de atreverse a exhalar.
Le temblaban los dedos mientras marcaba el número del servicio de taxis. Cuando el taxi amarillo dobló la esquina, Milo salió disparado de las sombras y prácticamente se lanzó al asiento trasero.
—¡Al aeropuerto! ¡Y pise a fondo!
Se giró para mirar por la ventanilla trasera hasta que las luces de la terminal asomaron en la distancia.
En la bulliciosa sala de salidas, Milo recorrió con la mirada el panel de vuelos: Miami, Fráncfort, Londres.
Rusia. Un nombre le cruzó la mente: Anastasia Ivanovich.
Aquella rusa loca del Foro de Apple que siempre coqueteaba con él en un inglés chapurreado.
Sus pulgares volaron sobre el teclado del móvil: Emergencia. Necesito refugio. Llego mañana. -M
En el mostrador de Lufthansa, arrojó un fajo de billetes al agente.
—Próximo vuelo a Fráncfort, con conexión a Púlkovo.
Se le erizó la nuca al mirar por encima del hombro.
—¿Puedo pasar ya a seguridad?
La tarjeta de embarque se arrugó en su palma sudorosa.
—Por supuesto, señor.
Milo avanzó arrastrando los pies en la fila de seguridad, el pulgar en vilo sobre el móvil. Al entregar los documentos al guardia uniformado, pulsó enviar.
—¿Aurora?
Su voz era baja, apenas audible sobre el bullicio del aeropuerto.
Ella y Will acababan de entrar en la suite del Carraway Club cuando le vibró el móvil.
—¿Milo? Dios mío, ¿estás bien?
—Por ahora.
Hubo una pausa mientras el agente de seguridad examinaba su pasaporte.
—Mi piso seguramente esté destrozado, pero el pendrive está hecho añicos en el fondo de un váter. ¿Te han llegado los archivos?
—Todavía no...
El móvil vibró con una nueva notificación.
—Espera, me están entrando ahora.
Milo soltó el aire de golpe mientras recogía sus cosas de la bandeja de seguridad.
—Escucha, me largo de aquí. Esos no eran simples matones a sueldo, eran yakuza. Yakuza de verdad, joder.
Su voz bajó al pasar el control.
—Quédate con el resto del dinero. Solo... ándate con ojo, ¿vale? Ya me pondré en contacto, pero no así.
La línea se cortó antes de que Aurora pudiera responder.
Will aguzó la mirada.
—¿Noticias de Milo?
Aurora sintió el peso de los archivos sin leer quemándole en el bolsillo como un cable pelado. Por primera vez desde que aceptó el caso, levantó muros entre ellos de forma consciente, cada omisión un ladrillo más en una fortaleza creciente.
—Está a salvo —dijo, la verdad a medias deslizándose suave como whisky añejo—. Aunque dice que no deberíamos quedarnos aquí.
Se encogió de hombros con un gesto calculado para aparentar cansancio y no la adrenalina que le corría por las venas.
Will arqueó una ceja.
—¿Problemas con los archivos?
—Parece que esto es mucho más complicado de lo que ninguno de nosotros pensaba.
Aurora se levantó y se desperezó, como dando por zanjada la conversación. Ya había tenido bastante por una noche. Se dirigió a la puerta del dormitorio, pero se detuvo y se volvió hacia Will.
—¿Me sirves una copa de ese vino, Will? Estaré aquí dentro.
***
Carraway Club,
Hamilton, Bermuda
Aurora fue directamente al baño contiguo al dormitorio.
La habitación era opulenta, con un enorme vestidor entre la zona de descanso y el baño.
El dormitorio disponía de una sala de estar generosamente amueblada que rodeaba la chimenea.
Una auténtica alfombra de piel de tigre se extendía bajo una moderna mesa de cristal, flanqueada por sillones orejeros y un sofá.
Dejó la puerta del dormitorio abierta y pasó al baño.
Aurora abrió el grifo de la ducha a toda prisa y se sentó en el váter.
Abrió el primer archivo que le había enviado Milo.
Era una serie de documentos que parecían referirse a varias transacciones bancarias; cuantiosas.
Lo cerró y abrió el segundo. Contenía listas.
Nombres, direcciones, números de teléfono y cantidades de dinero.
A primera vista, parecía que Zach había descubierto un conjunto de transacciones no autorizadas.
No quería precipitarse antes de revisar la información como era debido.
—¿Aurora? —llamó Will al entrar en el dormitorio.
—Me estoy dando una ducha rápida, Will. Ponte cómodo. Salgo enseguida —respondió.
Aurora reenvió los archivos a Rebecca con una nota pidiéndole que investigara los nombres de la lista y sus posibles conexiones con Zach, Xaoping y Guyton Industries.
Después reenvió los archivos a su correo personal y borró el mensaje de Milo.
No tenía forma de saber quién la estaba espiando ni de dónde había salido la filtración sobre el pendrive y Milo, así que no podía arriesgarse.
Tampoco podía evitar preguntarse si Will estaba implicado en lo que claramente iba mal en Guyton Industries.
Se duchó rápidamente y se envolvió en uno de los lujosos albornoces blancos de felpa que había en el baño.
Se recogió el pelo rizado con aire seductor y se retocó con un poco más de su delicioso perfume Bulgari.
Cuando entró en el dormitorio, Will también se había puesto más cómodo.
Se había quitado la chaqueta y llevaba la camisa por fuera del pantalón, como dispuesto a relajarse. .. o a algo más.
Se levantó y le hizo señas para que se uniera a él en el sofá de la pequeña sala de estar. Le tendió una copa del efervescente vino blanco y la hizo chocar suavemente con la suya.
—Por nuestra precipitada huida del paraíso —anunció.
Ella se rio de la broma y añadió:
—Y por llegar al fondo de este trágico misterio.
Por primera vez desde la llamada de Milo, sonrió.
Bebieron y charlaron un rato hasta que ella dejó la copa casi vacía sobre la mesita y se volvió para mirar a Will a los ojos.
—¿Quieres que te sirva un poco más? —preguntó él.
—No, gracias. En realidad, esperaba que pudiéramos continuar donde lo dejamos antes de que llamara Milo.
—Oh, Dios, Aurora —respondió Will sin aliento—. Pensé que nunca me lo pedirías.
La tomó en sus brazos de inmediato y la besó.
Sus manos buscaron el cinturón del albornoz y tiraron de él, desatándolo con facilidad para acceder al tesoro que ocultaba.
Le acarició la curva del pecho sin apartar la boca de la suya, y ella se echó ligeramente hacia atrás para darle pleno acceso.
Cuando Will le pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice, Aurora jadeó excitada y empezó a desvestirlo también.
Mientras la chaqueta y la camisa se deslizaban por sus hombros, la boca de Will abandonó la de Aurora y descendió hasta el dulce refugio de su pecho.
Sus labios se cerraron en torno a un pezón y ella gimió cuando su lengua lo acarició.
Lo rodeó con ambos brazos y lo atrajo hacia sí, clavándole los dedos en la espalda.
Will gimió de placer mientras succionaba con ternura un pecho y luego el otro.
Abrió los ojos y la miró. Aurora pudo ver la emoción desnuda que se acumulaba en ellos, mientras el deseo y la lujuria crecían en su interior.
Mientras él iba dejando un rastro de besos desenfrenados por su vientre, ella supo lo que vendría después, pero nada podría haberla preparado para aquella primera arremetida de su lengua caliente y húmeda entre los pliegues de su sexo.
Con maestría, lamió el botón hinchado que le daba tanto placer.
Las manos de Aurora volvieron a enredarse en su cabello y, mientras él la saqueaba con la boca, ella no pudo contener los gritos que pugnaban por escapar de su garganta.
—Oh, Will —gimió.
Él sabía que ella estallaría pronto si continuaba, así que fue aminorando con besos profundos en la cara interna de sus muslos mientras ella se calmaba y su respiración recuperaba un ritmo pausado.
Ella le rodeó el cuello con ambas manos mientras él la levantaba con delicadeza y la llevaba a la enorme cama con dosel, recostándola con ternura antes de quitarle la bata y despojarse luego de sus pantalones, que ya le apretaban.
La visión del miembro enhiesto de Will le trajo recuerdos lejanos de noches lujuriosas de su pasado; solo podía esperar volver a sentir algunas de aquellas sensaciones.
Aurora lo recostó contra el montón de almohadas suaves y blancas y se subió sobre él.
Él la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí, incorporándose en la cama, y volvió a tomar sus pezones hinchados en la boca.
Ella echó la cabeza hacia atrás al sentir el miembro de él presionándole la pelvis.
Con habilidad, se restregó contra él, arrancándole esos sonidos de deseo insoportable que tanto le gustaba escuchar de su amante.
Incapaz de soportarlo más, él le tomó la boca con la suya, la alzó y se hundió profundamente en su húmeda intimidad, embistiendo con avidez al principio hasta que ella gimió de placer, y luego lenta y suavemente, dejando que el placer esperado fuera creciendo.
La miró a los ojos mientras se movía y sintió cómo el cuerpo de ella empezaba a temblar, con los muslos hundiéndose para salir al encuentro de cada embestida.
Decidido a que su encuentro durara más, se retiró y la tumbó boca arriba, la sujetó contra la cama y la besó profundamente.
Su lengua volvió a recorrer el camino por su cuello hasta sus pechos, donde atormentó ambos pezones hasta que ella arqueó la espalda.
Continuó dejando besos tiernos en su suave vientre y lamió la seductora hendidura de su ombligo.
Descendió más, besó el surco femenino de su sexo y lo separó con su lengua ardiente.
Sujetándole los muslos con firmeza, su boca exploró la tierna unión.
Su lengua azotó una y otra vez el botón hinchado que era el objeto de su deseo.
Aurora bajó las manos temblorosas para aferrar puñados de su cabello negro azabache.
Pensó que eso frenaría la oleada de placer, pero solo consiguió espolearlo más.
Se aseguró de enloquecerla de placer antes de volver a penetrarla.
Le colocó las piernas alrededor de la cintura y deslizó lentamente su virilidad enhiesta dentro de su sedosa vaina.
Ella gimió de placer y anticipación. Él deslizó las manos bajo ella y le sujetó las nalgas con firmeza, atrayéndola hacia sí y hundiéndose más profundamente en ella.
Se movió con determinación dentro de ella, retirándose y penetrando más hondo con cada embestida.
Midiendo el ritmo que prolongaría aquel placer embriagador que ambos experimentaban.
Entonces ella gritó, aferrándose a las sábanas con los dedos en un arrebato de abandono.
—¡Oh, Will! —exclamó, mientras las convulsiones sacudían su cuerpo, envolviéndolo a él en las arrolladoras sensaciones de su orgasmo. Él gimió con fuerza y entonces ambos gritaron de placer y éxtasis absoluto.