Capitulo 16 — Los que quedaron
La casa olía a tres cosas a la vez, y Aleksei nunca más iba a poder separarlas.
Sangre. Pólvora. Y ese olor nuevo, dulce, imposible, del bebé.
Estaba de rodillas en el suelo mojado de la sala de partos de Krylov, con la cabeza de Dmitri en el regazo, y el foco roto había dejado de parpadear.
La luz venía apenas de la lámpara de noche torcida y de la rendija gris de lluvia en la puerta.
Luz suficiente para contar a los vivos. Aleksei los contó. Era lo que sabía hacer.
Helena, en la camilla, el hijo contra el pecho. Viva. Dos.
Krylov, encogido contra la pared, las manos todavía temblando del parto que había hecho con las balas pasándole por encima de la cabeza. Tres.
Katya, caída junto a la puerta, una mancha oscura en el hombro y otra en el costado, pero el pecho subiendo y bajando. Viva aún. Cuatro.
Y siete hombres de Vadim de pie contra las paredes, los cañones bajos, esperando una orden que nunca más iba a llegar, porque el hombre que daba las órdenes estaba en el suelo a dos pasos de Dmitri, la mano abierta sobre el piso donde había estado la de su hermano.
A esos Aleksei no los contó. Esos no eran suyos para contar.
—Patrón. —El grandote de barba dio un paso, el sombrero todavía contra el pecho, la voz de un hombre que despierta de un sueño de treinta años y no reconoce el cuarto—. Nosotros... ¿qué hacemos ahora?
Aleksei no respondió. Tenía el pelo de Dmitri pegado a los dedos, todavía tibio, y esa era la única cosa en el mundo que importaba.
Fue uno de los propios hombres de Vadim quien respondió. Uno flaco, joven, que había sido leal a Aleksei antes de cambiar de bando, uno de los diecinueve. Dejó el arma en el suelo con cuidado, como quien devuelve algo prestado.
—Ustedes no saben. —Tragó saliva—. Él pagaba en oro.
Pagaba bien. —Los ojos del muchacho fueron hasta el cuerpo de Vadim y volvieron—.
Pero vimos lo que le pasaba al que dejaba de servir.
A Irina. A Pyotr, la semana pasada. Desaparecían.
Él no despedía a nadie. Él borraba. —La voz se le quebró—.
Nosotros no éramos sus hombres. Éramos la próxima Irina esperando el turno. Solo que nadie lo decía en voz alta.
La lluvia contaba los segundos por la canaleta.
Y entonces, uno por uno, se entregaron. No con las manos en alto, con las armas en el suelo.
El grandote de barba fue el primero en dejar la suya a los pies de Aleksei, como si la dejara a los pies del muerto.
Después el flaco. Después los demás. Siete pistolas en el piso, y siete hombres que de repente ya no eran soldados de nadie.
Aleksei vio todo aquello desde lejos. Registró que era el final de algo, que debería sentir alivio. No sintió nada. Solo el peso de la cabeza de su hermano en el regazo.
—Krylov. —La voz le salió de un lugar que no reconoció—. Katya.
El médico cruzó la sala de rodillas hasta Katya, le puso los dedos en el cuello, apretó un trapo contra el costado.
—Viva —dijo Krylov—. Perdió mucha sangre. Las dos balas la atravesaron. Si paro ahora, si consigo suero... vive. —Miró a Aleksei, y había miedo en su cara, el miedo de haber sido hombre de Vadim hasta hacía una hora—. Ella les disparó a sus hombres, patrón. Por la espalda. Sin ella...
—Lo sé. —Aleksei lo había visto. El cuchillo que piensa, había dicho Helena. El cuchillo que piensa no se tira. —Sálvala.
Sálvala, pero eso no la absuelve. Katya había entregado a Aleksei a Vadim una vez, ocho años atrás, y el precio de aquello todavía andaba dando vueltas por su vida.
Que hoy hubiera cambiado de lado, que hubiera pagado con su propia carne, no borraba el resto.
Solo sumaba. La carne no compra perdón barato.
Compra apenas el derecho a respirar para intentarlo.
Bajó los ojos hacia Dmitri.
Y fue ahí cuando se quebró.
Aleksei había cargado un cuerpo en brazos una vez: Yuri, el hombre que había sido casi un padre.
Había cargado a Yuri sin llorar. Había enterrado a su propio padre sin llorar.
Había visto la dacha de su madre convertirse en humo en la oscuridad y había contado las salidas en lugar de llorar.
Era lo que hacía. Contaba. Cargaba. Seguía adelante.
Pero Yuri no era de su sangre. El padre era sangre mala. La dacha era madera y memoria.
Dmitri era el hermano. El menor, el que había subestimado toda la vida como el padre había subestimado a Vadim, el que pegaba un pingüino de gafas oscuras en un caño de aluminio solo para arrancarle aquella sonrisa de medio milímetro.
El que había asumido el puesto que nadie quería —de espaldas a la cuna, listo para recibir la bala— y lo había cumplido hasta el final, de un modo que nadie le había enseñado.
El hermano que lo había hecho jurar, con un apretón de manos, «si se pone fea la cosa, vos cuidás del pibe; si se pone peor todavía, yo me ocupo», y que se había ocupado.
Aleksei se dobló sobre él, la frente contra el pecho inmóvil de su hermano.
Y el sonido que le salió no era el de ningún hombre que aquella vida hubiera oído jamás.
Fue un sonido de animal, arrancado de un lugar que él había mantenido cerrado por treinta y tantos años de mármol y disciplina y cuentas frías.
Las manos, que nunca temblaban, agarraban el abrigo de su hermano y no lo soltaban.
Lloró. Por primera vez en tres libros, en toda una vida de borrar lo que sentía antes de que alguien pudiera usarlo en su contra, Aleksei Volkov lloró.
Y fue Helena quien vino.
La oyó antes de verla: los pies descalzos en el piso, la respiración todavía corta del parto.
No debería estar de pie. Acababa de parir en el suelo de una sala convertida en campo de batalla.
Cruzó la distancia de todos modos, el hijo en un brazo, y con el otro alcanzó al marido caído sobre el hermano muerto.
No dijo nada. Helena, que había desarmado a Vadim con una palabra, sabía que ahí no había palabra. Solo le puso la mano en la nuca, firme, y le tiró la cabeza contra su propio cuello, del lado opuesto al del bebé, y lo sostuvo.
Lo sostuvo entero. Todo el peso. Por primera vez en la historia de los dos, era ella la fuerte, la que quedaba de pie mientras el otro se desmoronaba.
El hombre que la había sacado de un cementerio bajo la lluvia, que había pasado dos libros siendo el muro entre ella y el mundo, ahora lloraba en su hombro, y ella aguantaba.
—Yo te sostengo —dijo ella, bajito, solo para él—. Podés caer. Yo te sostengo.
Y cayó. Entero, por fin, contra la única cosa que había quedado en pie.
Del otro lado de su hombro el bebé respiraba, pequeño y nuevo, sin saber nada: la única cosa limpia en la sala, la vida que había costado aquel precio, durmiendo en el calor de la madre mientras el padre lloraba al tío que había muerto por ella.
Tres que habían entrado en la guerra. Dos más que habían caído. Uno que había nacido. Una que había sobrevivido. La cuenta llegó sola, como llegaba siempre, y esta vez no había salida que buscar: solo lo que había quedado.
Después —el tiempo había dejado de andar en línea recta— se incorporó. Las manos habían dejado de temblar, y había algo que todavía necesitaba hacer con sus propias manos, como había hecho con Yuri: preparar a su hermano.
Se arrodilló otra vez junto a Dmitri y empezó por los bolsillos del abrigo, despacio, con un cuidado que ya no tenía ningún sentido pero del que no conseguía desprenderse. Un atado de cigarrillos aplastado. Las llaves del auto. Una navaja vieja.
Y, en el bolsillo de adentro, cerca del pecho, todavía en el plástico, sin despegar el adhesivo, una calcomanía.
Aleksei la sostuvo a la luz débil.
Era un lobito. Ridículo, redondo, de dibujito, con la lengua afuera y una sonrisa boba. Y encima de él, sujetas con tres argollitas doradas, tres llavecitas minúsculas.
Un lobo. Sobre tres llaves.
Aleksei se quedó mirando aquello un largo rato, la calcomanía temblando entre sus dedos grandes.
Dmitri la había comprado y todavía no la había pegado.
La estaba guardando: para el bastón, para arrancarle la próxima sonrisa, para hacer el chiste que faltaba.
El escudo de los Volkov, el lobo sobre tres llaves cruzadas, treinta años de sangre y secreto y huida, y Dmitri lo había encontrado en cualquier puesto y lo había comprado riendo, porque el payaso de la casa sabía todo el tiempo exactamente lo que eran.
Y le hacía gracia.
Le hacía gracia porque sabía la única cosa que Vadim nunca aprendió y que el padre nunca supo: que el escudo no valía nada. Que las tres llaves eran tres personas, no tres cerraduras. Que el lobo era apenas un perro gracioso si le quitabas el miedo.
Aleksei rió.
Rió solo, ahí en el suelo, con el cuerpo de su hermano enfriándose en el regazo y la calcomanía idiota en la mano, una risa corta y quebrada que subió por el mismo lugar de donde había venido el llanto, y ahora los dos salían juntos, sin que él consiguiera separar dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Rió llorando. Lloró riendo. Las lágrimas caían sobre el lobito de plástico y él las secaba con el pulgar, para no estropear el adhesivo.
—Idiota —dijo bajito, a su hermano muerto. La voz le salió ronca, casi con ternura—. Lo sabías. Todo este tiempo. —Apretó la calcomanía contra el pecho, cerró los dedos alrededor de ella y ya no la soltó—. Y no dijiste nada, y te quedaste riéndote de nosotros.
Desde la cuna improvisada, el bebé despertó y lloró, fino e indignado y absurdamente vivo, y el sonido llenó la sala podrida como una cosa que no tenía nada que ver con la muerte; y Aleksei, riendo y llorando, con el lobo de tres llaves apretado en la mano, entendió que su hermano le había dejado, en el último bolsillo, la única herencia que valía: el chiste que faltaba, esperando un bastón donde ser pegado.