Capitulo 10 — Demasiado pronto
Aleksei se había pasado la vida entera aprendiendo a controlar el caos.
Para eso entrenaban a un Pakhan: mirar una sala y ver las salidas, mirar a un hombre y ver la mentira, mirar una noche y saber, antes incluso de que llegara, desde qué lado vendría el disparo.
Contaba. Siempre había contado. Era el único rezo que conocía.
Y ahora, con su mujer doblada sobre la mesa de piedra y los dedos de ella clavados en su antebrazo con una fuerza que él no sabía que tenía, Aleksei descubrió, de golpe, la única cosa del mundo que no se cuenta.
—Todavía no —dijo Helena otra vez, y su voz llevaba debajo un hilo de pánico que él nunca le había oído—. Aleksei. Es demasiado pronto. Faltan semanas. Faltan semanas.
—Lo sé.
Era mentira. No sabía nada. Era la primera frase de su vida que le salía sin una cuenta detrás.
El cinto de hierro soltó el vientre de ella y Helena respiró, temblorosa, el cuerpo aflojándose contra el de él por un segundo de tregua robada.
Aleksei la sostuvo por los dos lados, sintió el sudor frío en su frente, el temblor en sus piernas.
A su espalda, la casa segura entera había dejado de respirar.
Pyotr en la puerta, la mano yendo a la pistolera por un reflejo idiota, como si hubiera alguien a quien disparar.
Dmitri ya estaba de pie, el bastón de las pegatinas tirado en el suelo, todo el peso en la pierna buena, la cara sin un solo chiste dentro.
Cuando Dmitri no hacía un chiste, la cosa era grave. Y no había ningún chiste en aquella cara.
—¿Cuánto hace de la primera? —preguntó Dmitri.
—No sé. —Por primera vez en treinta años, el reloj que llevaba dentro se había parado—. Minutos. Pocos.
—Entonces tenemos tiempo. Pero poco. —Dmitri se arrodilló a su lado, cojeando, y le dijo a Aleksei en voz baja, para que ella no oyera—: Tan pronto, y con ella así, esto no lo resolvemos en casa. Necesita un médico. De verdad. No un tipo que cose balazos.
Aleksei lo sabía. Ese era el agujero del plan que llevaba semanas empujando al fondo de la cabeza, porque tenía un plan para todo —para el día, para la emboscada, para la cuna, para la aparición de Vadim— y no tenía ningún plan para el momento en que el cuerpo de su mujer decidiera solo la hora.
Tenían un nombre. Uno solo. Un obstetra que le debía la vida a un favor antiguo de los Volkov y que había aprendido, hacía tiempo, a no preguntar de quién era la sangre en la camilla.
Fuera del radar. Sin registro. El único punto médico del mundo que quizá Vadim no se supiera de memoria.
Quizá, porque a estas alturas Aleksei ya no apostaba nada por lo que Vadim quizá no supiera.
—Llama a Krylov —dijo Aleksei—. Ahora. Que venga al segundo punto. Ella no va a cruzar la ciudad así.
Pyotr salió corriendo. Helena levantó la cabeza, el pelo pegado a la cara, y —Dios, todavía razonaba, todavía leía patrones aun partida en dos— dijo:
—La trampa. —Sus ojos encontraron los de él, lúcidos, aterrados—.
Aleksei. Lo montamos todo para una noche.
La noche que íbamos a elegir nosotros. El lugar que íbamos a marcar nosotros.
—Llegó otra contracción y la voz se le quebró en la mitad—.
Y el cuerpo… el cuerpo no le preguntó a nadie.
Los hombres no están en posición. Krylov no está listo. Nada está en su sitio.
Fue entonces cuando Aleksei sintió moverse el suelo de un modo en que ninguna bala lo había movido jamás.
Porque ella tenía razón. Todo el plan dependía de una cosa: que ellos eligieran el día.
Sacar a Vadim de la sombra significaba elegir el terreno, fijar la hora, tener a los pocos leales en sus puestos, tener la salida lista, tener el nacimiento bajo control como eje de todo.
El parto iba a ser el cebo montado, el teatro perfecto en un escenario que ellos habían armado.
Y ahora el parto había dejado de ser teatro. Se había convertido en lo único real dentro de la casa.
—Vamos —dijo Aleksei, y alzó a su mujer en brazos como si no pesara nada, como si cargar a Helena fuera la cosa más simple que hubiera hecho jamás, y tal vez lo fuera—. Dmitri, conmigo. Coche de atrás. Pyotr se queda y lo cierra todo.
—Voy delante —dijo Dmitri, recogiendo ya el bastón del suelo, cojeando ya deprisa hacia el pasillo—. Donde ella vaya, yo voy de espaldas, ¿te acuerdas? Lo acordamos.
—Lo acordamos —dijo Aleksei, y no tuvo tiempo de oír lo que temblaba debajo de la palabra.
El pasillo era corto y la noche de afuera era la misma de siempre: lluvia fina, de esa que no moja de golpe pero te cala poco a poco, sin prisa, como si tuviera la noche entera por delante.
La lluvia del cementerio. La de la dacha que ya no existía.
Aleksei la sintió en la cara al salir, fría, y por un instante absurdo pensó que lo seguía la vida entera como una carta en una mano tendida.
Helena gimió contra su pecho.
—Ya casi —mintió de nuevo, mintiendo bien, mintiendo como solo se le miente a quien uno quiere—. Tres minutos hasta el coche. Yo cuento por ti.
Y contó. Tres pasos hasta la puerta. Diez hasta el portón interior.
Por primera vez en la vida, Aleksei contaba no para encontrar la salida, sino para darle a su mujer algo firme donde pisar mientras el cuerpo se le desmoronaba en oleadas.
Contaba para ella. Contaba porque era el único rezo que conocía y no tenía otro que ofrecerle.
Krylov contestó al tercer tono en el teléfono de Pyotr, al otro lado de la casa, y la voz llegó fina por el aparato: veinte minutos, quizá veinticinco con la lluvia.
Aleksei calculó cuánto eran veinte minutos en una noche así y no le gustó la respuesta.
Veinte minutos eran una vida entera. Veinte minutos eran todo lo que Vadim siempre había necesitado.
Recostó a Helena en el asiento de atrás, se arrodilló en el suelo del coche a su lado, la cabeza de ella en su regazo. Dmitri cayó en el asiento delantero, vuelto hacia atrás, el arma ya en la mano y los ojos ya barriendo el portón, la calle, la oscuridad, como solo un Volkov barre la oscuridad.
—Respira como yo —le dijo Aleksei, y respiró alto, despacio, para que ella lo copiara.
El pecho de ella subió y bajó al compás del de él.
Por un momento no hubo más que eso en el mundo entero: dos respiraciones en el mismo compás, bajo la lluvia, al borde de todo.
Igual que en una terraza, una vida atrás. Solo que ahora el borde era de verdad.
—Aleksei. —La voz le salió pequeña entre dos oleadas—. Si pasa algo malo con el niño…
—No va a pasar.
—Si pasa. —Los dedos de ella encontraron su cara, mojados de lluvia y sudor y de lo que fuera—. El nombre. Te acuerdas del nombre que te dije. Prométeme que, pase lo que pase, el nombre se queda.
A Aleksei se le cerró la garganta. El nombre.
El nombre que ella le había puesto al hijo en secreto para quitarle a Vadim lo único que él creía tener.
El nombre de alguien vivo. Alguien que estaba, en ese mismo segundo, sentado en el asiento delantero con un arma en la mano, de espaldas al peligro, como había jurado quedarse.
—Se queda —dijo Aleksei—. Te lo prometo. El nombre se queda.
Y por primera vez Aleksei entendió lo que había soltado cuando soltó el apellido de los Volkov.
No había soltado poder. Había soltado la ilusión de que controlaba lo que entraba y salía de una casa.
Estaba allí, de rodillas en el suelo de un coche, sin ninguna salida que contar, y era la primera vez en la vida que se sentía exactamente donde debía estar.
El coche arrancó. La lluvia engrosó en el parabrisas. Dmitri no bajó el arma ni un milímetro.
—Aguanta, cuñada —dijo Dmitri sin volverse, y la voz buscó un chiste y no lo encontró, y eso solo le dijo a Aleksei todo lo que necesitaba saber sobre el tamaño de la noche—. Este crío ya llega tarde a todo en su vida. Igualito que la familia.
Casi fue un chiste. Helena casi se rió. Aleksei le sostuvo la mano y miró por la luna trasera la casa segura desapareciendo en la lluvia, y por un segundo se permitió creer que tal vez, solo tal vez, le iban a ganar la carrera.
Fue entonces cuando la puerta del galpón de al lado se abrió y Katya salió corriendo bajo la lluvia, lívida, sin abrigo, empapándose en dos pasos, haciendo señas desesperadas para que el coche parara.
Pyotr frenó. Dmitri giró el arma hacia ella. Katya golpeó con las dos manos en la ventanilla de Aleksei, y lo que dijo, sin aliento, con el agua escurriéndole por la cara como si también llorara, le heló la sangre más hondo de lo que ninguna bala había llegado jamás.
—La fecha. —Katya tragó aire—. La fecha que escribió en la ecografía.
La hora. Creísteis que era una predicción.
Que la había calculado. —Sus ojos encontraron los de Aleksei, y había en ellos el terror de quien ya ha visto a Vadim descartar gente sin verla venir—.
No era una predicción, Aleksei. Era una orden.
Está entrando en trabajo de parto hoy porque él hizo que fuera hoy.
Vuestro médico, Krylov… es suyo. Siempre fue suyo.
Quien adelantó el momento fue él. —La voz se le rajó—.
Sus hombres están en camino ahora mismo. No adivinó el día. Él provocó el día.