La sangre heredada Capítulo 71
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Capítulo 71

El umbral del cambio

El pulso de la calle

La ciudad había dejado de susurrar.

Desde primera hora de la mañana, las avenidas comenzaron a llenarse de gente.

Primero fueron grupos pequeños, después columnas enteras que avanzaban hacia las plazas principales con pancartas improvisadas y teléfonos en alto.

Las imágenes de las protestas se propagaban a una velocidad que ningún comunicado oficial podía contener.

Clara observaba la escena desde el ventanal del piso franco.

Había imaginado muchas veces aquel momento. Había pensado en la caída de Erhardt, en la exposición de sus negocios, en el derrumbe de la estructura que durante años había operado al margen de cualquier control.

Pero no había imaginado aquello.

La gente estaba saliendo a la calle.

No por ellos.

Por sí misma.

—Está ocurriendo —dijo Luc a su espalda.

Clara no respondió.

En las pantallas encendidas del apartamento se sucedían las noticias.

Dimisiones. Investigaciones judiciales. Declaraciones contradictorias de gobiernos.

Empresas que negaban cualquier vínculo con la Fundación.

Bancos que anunciaban revisiones internas.

Las primeras grietas comenzaban a convertirse en fracturas.

Entonces apareció una nueva alerta.

Clara se volvió hacia la mesa y tomó el terminal.

—¿Qué es?

Luc se acercó.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

El archivo recién recibido contenía cientos de páginas. Contratos, transferencias, comunicaciones cifradas y nombres de intermediarios repartidos por varios países.

Clara comenzó a leer.

Su expresión cambió.

—Esto no estaba en nuestros archivos.

—¿Qué has encontrado?

Ella siguió desplazando la pantalla.

Había nombres de empresas que no figuraban en ninguna de las investigaciones anteriores. Instituciones financieras. Fundaciones. Consultoras. Y, entre ellas, organismos que nada tenían que ver, al menos en apariencia, con la red de Erhardt.

—Mira esto.

Luc se inclinó sobre la pantalla.

Una cadena de operaciones enlazaba varios de aquellos nombres.

Y al final de la cadena aparecía una misma referencia.

Una estructura que Clara no había visto nunca.

WEXLER.

Clara sintió un vacío en el estómago.

—No puede ser.

Luc levantó la mirada.

—¿Qué significa?

—Que Erhardt no es el origen.

Durante unos instantes solo se escuchó el ruido lejano de la multitud.

Clara volvió a mirar el documento.

De pronto, muchas piezas que durante meses habían parecido inconexas adquirían otra dimensión.

Los negocios, las alianzas, las filtraciones, los movimientos financieros...

Incluso algunas de las decisiones que habían atribuido a Erhardt podían haber sido simples movimientos dentro de una partida mucho más antigua.

—Hemos estado mirando al hombre equivocado —dijo.

Luc permaneció en silencio.

—Entonces, ¿a quién estamos buscando?

Clara no contestó.

Porque todavía no lo sabía.

La última carta

En otro punto de la ciudad, Erhardt contemplaba las mismas imágenes.

Las protestas crecían.

Sus colaboradores desaparecían uno tras otro. Algunos habían dimitido. Otros intentaban desvincularse de la Fundación. Los teléfonos no dejaban de sonar.

Pero Erhardt ya no escuchaba las noticias.

Tenía la mirada fija en una carpeta abierta sobre el escritorio.

En la portada solo aparecía una palabra.

WEXLER.

Pasó lentamente los dedos por el borde del documento.

Durante años había protegido aquella información.

No por lealtad.

Por miedo.

Tomó el teléfono y marcó un número que no figuraba en ninguno de sus registros habituales.

Al otro lado respondieron después de varios tonos.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó una voz.

Erhardt miró hacia la ventana.

La multitud avanzaba por la avenida.

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces active el protocolo.

Erhardt cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, la vacilación había desaparecido.

—Que empiece.

Colgó.

Por primera vez desde que habían comenzado las filtraciones, no parecía estar defendiendo su imperio.

Parecía estar abandonándolo.

El clamor

Al caer la tarde, las calles eran una masa compacta de voces, luces y pancartas.

Las consignas ya no se dirigían únicamente contra Erhardt.

La gente exigía nombres.

Exigía documentos.

Exigía saber quién había estado detrás de las decisiones que durante décadas habían condicionado gobiernos, empresas y vidas enteras.

Clara contemplaba las imágenes desde el piso franco.

Había conseguido lo que buscaba.

Y, al mismo tiempo, acababa de descubrir que quizá había cometido un error.

Habían abierto una puerta.

Ahora alguien, al otro lado, acababa de darse cuenta de que estaba abierta.

Luc se acercó y dejó un segundo terminal sobre la mesa.

—Tenemos otro problema.

Clara lo miró.

—¿Qué ocurre?

—Han desaparecido tres archivos de nuestra copia de seguridad.

Ella frunció el ceño.

—¿Los han borrado?

Luc negó lentamente con la cabeza.

—No.

Señaló la pantalla.

—Se los han llevado.

Clara comprendió entonces que la batalla había cambiado.

Ya no se trataba solamente de destruir la estructura de Erhardt.

Ahora tenían que averiguar quién había comenzado a mover las piezas desde el otro lado.

Y, por primera vez, Clara tuvo la certeza de que aquella guerra no había empezado con Erhardt.

Erhardt solo había sido uno de sus guardianes.