La sangre heredada Capítulo 54
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Capítulo 54

Ecos del subsuelo

Zúrich, unas semanas después

Luc Bächtiger despertó con el zumbido sordo de su teléfono vibrando sobre la mesilla de noche.

Al otro lado del ventanal, el lago permanecía envuelto en un tono gris y mudo. Clara dormía en la habitación contigua junto a Ada; un silencio compartido que pesaba como una tregua frágil.

El mensaje entrante carecía de firma.

Contenía únicamente un enlace.

Luc dudó unos segundos antes de abrirlo.

Se trataba de una página anónima alojada en la darknet, en un servidor ubicado en Letonia. El texto resultaba breve, preciso y devastador:

«BLACKROOT no concluyó en los noventa. Tan solo cambió de nombre.»

Adjunto figuraba un organigrama interno de la Fundación Wexler, actualizado a fecha de 2024.

El nombre de Luc aparecía resaltado en rojo.

Debajo, una segunda línea:

«El padre. La hija. El legado.»

Luc se incorporó lentamente.

Sintió un escalofrío.

Aquello ya no era una amenaza contra él.

Era una advertencia dirigida a Clara.

Y quien la había enviado conocía demasiado bien la estructura de su vida.

Cacería en la sede

Horas más tarde, Luc recorría los pasillos de la sede central con la sensación de que el entorno se había desviado una fracción de grado.

Notaba las miradas: algunas breves y esquivas; otras, desafiantes.

Los accesos informáticos que antes se abrían de forma automática ahora exigían doble validación. En su buzón de entrada acababa de recibir una «solicitud formal» para actualizar sus credenciales, acompañada de una notificación para someterse a una revisión de perfil de seguridad.

Entró en la sala de análisis y volcó los registros del tráfico de red correspondiente al último mes.

Lo que descubrió superaba sus peores sospechas.

Un flujo irregular aparecía trazado desde un nodo en Estonia vinculado a una antigua infraestructura de AEGIS.

No era una filtración accidental.

Alguien estaba entrando y saliendo de la red con una precisión quirúrgica.

Clara accedió a la sala sin llamar.

Lo encontró petrificado frente al monitor.

—¿Desde cuándo estás al tanto? —preguntó él sin volverse.

Clara se aproximó despacio.

—Desde el principio —reconoció con una honestidad hiriente—. Pero no supe cómo gestionarlo… hasta que apareciste tú.

Luc apretó los puños contra el borde de la mesa.

—¿Y ahora cuál es el plan?

—Ahora intento no perderte sin perder el control de la situación.

Se instaló un silencio denso.

Fue entonces cuando él le mostró el organigrama filtrado: la lista de nombres, las líneas rojas trazadas y el círculo que rodeaba su propia identidad.

—Esto se ha gestado desde dentro. Alguien en tu entorno más íntimo juega a dos bandas. Y yo soy la carnada.

Clara lo contempló detenidamente.

En su mirada afloró una sombra semejante a la culpa, aunque mucho más profunda.

Era miedo.

—No quieren utilizarte a ti —dijo finalmente.

Luc frunció el ceño.

—¿Entonces?

Clara tardó unos segundos en responder.

—Quieren utilizarme a mí.

—¿Cómo?

Clara miró hacia la puerta antes de bajar la voz.

—Porque saben que te necesito.

Luc comprendió entonces algo que hasta aquel momento había preferido ignorar.

—Malik.

Clara no pronunció su nombre.

No hacía falta.

—Mi padre sabe dónde golpear —dijo—. Siempre lo ha sabido.

Luc permaneció inmóvil.

—¿Y Ada?

El rostro de Clara cambió.

Por primera vez desde que lo conocía, Luc vio en ella algo parecido al verdadero pánico.

—Ada no debe aparecer en ninguna conversación relacionada con esto.

—Clara...

—Ni en documentos. Ni en registros. Ni en comunicaciones internas. En ninguna parte.

Luc la observó.

—¿Hasta ese punto tienes miedo de él?

Clara sostuvo su mirada.

—No.

Una pausa.

—Tengo miedo de lo que podría hacer si descubre cuánto significa para mí.

Luc cerró los ojos.

La amenaza acababa de adquirir otra dimensión.

Ya no se trataba de destruir una empresa.

Ni siquiera de controlar un archivo.

Se trataba de encontrar el punto exacto donde una mujer poderosa dejaba de serlo.

Y Malik acababa de demostrar que lo conocía.

El núcleo

Luc volvió a mirar el monitor.

—Hay otra filtración más profunda. Proviene del círculo externo, pero apunta directamente al núcleo. Y contiene nombres que no logro reconocer.

Clara se acercó.

—Entonces averígualos.

—¿Y si el traidor está dentro de tu propio círculo?

—Entonces lo encontraremos.

—¿Y si está más cerca?

Clara lo miró.

—¿Más cerca de qué?

Luc señaló la pantalla.

—De ti.

Ella no respondió.

Durante unos segundos ambos permanecieron frente al mapa de conexiones.

Después Clara extendió la mano y apagó el monitor.

—Actúa. Localiza al traidor y hazlo rápido.

Luc la sujetó suavemente por la muñeca.

—No pretendas utilizarme como escudo, Clara.

Ella lo miró.

Luego le acarició la mejilla.

—No.

Su voz fue apenas un susurro.

—Te necesito como mi brújula.

Luc sostuvo su mirada.

—Entonces prométeme una cosa.

—¿Cuál?

—Que si algún día tienes que elegir entre el imperio y nosotros…

Clara no dejó que terminara.

—Ya he elegido.

Luc la miró en silencio.

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Lo que todavía no sé es cuánto me costará esa elección.

Al otro lado del ventanal, el lago seguía inmóvil.

Y muy lejos de allí, en algún lugar donde nadie podía verlo, Malik Wexler observaba una fotografía de Clara, Luc y la pequeña Ada.

La dejó sobre la mesa.

Y sonrió.

La había encontrado.

La grieta.