Capítulo 21
EL INTERNADO
I. La disciplina del hielo (Suiza, 1947)
La nieve caía en un silencio absoluto sobre el patio central del internado alpino, donde las estatuas de mármol semejaban figuras cautivas en perpetua penitencia.
Malik sentía el rigor glacial en la piel, pero no permitía que se le escapase un solo temblor, ni mucho menos una queja.
Comprendía desde muy temprana edad que la incomodidad física y el sufrimiento eran vulnerabilidades; una grieta en la coraza que su padre habría detectado y castigado de inmediato.
Había aprendido a aislar la sensación de frío en una parcela distante de su mente, observándola con la indiferencia de quien contempla un objeto ajeno.
A pesar de su juventud, leía a Goethe en un alemán impecable, a Camus en su francés original y los editoriales del New York Times con una atención analítica y rigurosa.
Había perfeccionado el arte de sostener una actitud milimétricamente calculada: la mirada sumisa y baja ante los preceptores de la institución para no levantar sospechas de rebeldía, y una firmeza inexpresiva, casi mineral, frente al resto de los alumnos.
Había sido ingresado en aquel complejo cuatro años atrás. Fue el propio Alexander Wexler quien lo condujo en persona hasta la dirección, sosteniendo un maletín de cuero oscuro y dictándole tres únicas directrices antes de darle la espalda:
—Obedece. Aprende. Calla.
Desde aquel instante, las apariciones de Alexander quedaron reducidas a dos breves encuentros anuales en Ginebra, fríos y protocolares como una auditoría bancaria.
En el internado, una de las enfermeras de la enfermería solía referirse a él en voz baja como «el joven de la mirada de hielo».
Nadie intentaba amedrentarlo o burlarse de él; no porque Malik mostrara inclinación alguna hacia la violencia, sino porque proyectaba la inquietante certeza de comprender mecanismos y realidades que los demás muchachos, perdidos en sus juegos infantiles, ni siquiera alcanzaban a vislumbrar.
Una noche, mientras la ventisca golpeaba con furia los tejados de pizarra del edificio principal, Malik abrió su cuaderno personal y trazó unas líneas a la tenue luz del quinqué:
«Mi padre es una sombra.
Mi madre fue relegada a la distancia.
Cuando me corresponda intervenir en las cuentas del mundo, no emplearé argumentos.
Emplearé el fuego.»