Capítulo 12 #2
Dio un paso lento hacia él, clavándole sus ojos grises sin pestañear:
—Ya no eres el director de logística, Alexander. Eres solo un intruso a quien le voy a arrebatar hasta el último franco, el nombre y la tierra que pisa. A partir de este segundo, estás fuera de esta casa y de mi vida.
IV. La fractura del espejo
El sonido de la puerta del salón al cerrarse resonó en la casa como el hachazo seco sobre un tronco vivo.
Alexander se quedó inmóvil en mitad de la estancia, envuelto en el olor agrio a cera quemada y flores marchitas.
Sobre la caoba brillante del escritorio, las fotografías en blanco y negro parecían quemar la madera: la sonrisa furtiva de Claire, las paredes desconchadas de la pensión y la mirada del niño devolviéndole un juicio silencioso desde el papel.
Extendió la mano para recogerlas, pero sus dedos temblaban con un pulso descontrolado.
Por primera vez en diez años, el estratega que calculaba los fletes de la colonia al milímetro sintió que el suelo cedía bajo sus botas.
La arquitectura de su vida —el apellido adaptado, las líneas de crédito, el estatus en el Cercle Européen— no era más que una cáscara de huevo aplastada por el peso de sus propios secretos.
Avanzó con pasos pesados hacia el mueble bar de nogal. Se sirvió tres dedos de whisky con mano torpe y tragó el líquido de un golpe sin saborearlo, buscando en vano un ardor que anestesiara la punzada de pánico que le oprimía la garganta.
Desde el pasillo en penumbra, Kibu lo observaba. No había prisa en su postura, solo la compostura imperturbable de quien ha visto pasar a demasiados hombres ambiciosos por aquellas estancias.
—Creía que los sirvientes aprendían a no mirar, Kibu —dijo Alexander sin volverse, sirviéndose un segundo vaso con la voz tomada por el alcohol.
—Los sirvientes miramos siempre, Monsieur —respondió Kibu, dando un paso adentro con la bandeja de plata sobre el brazo—. Es la única forma de saber cuándo la casa va a caer.
Alexander giró sobre sus talones, clavándole una mirada irritada.
—¿Y tú sabías esto? ¿Fuiste tú quien le entregó el sobre?
—El sobre llegó de la calle, pero el silencio de esta casa lo guardamos entre todos durante mucho tiempo —dijo Kibu con una voz pausada, sin un solo atisbo de miedo—.
Usted pensó que esta tierra se podía comprar con giros bancarios y palabras elegantes en el club.
Pensó que la señora Madeleine no lo vería porque ella solo miraba los libros de cuentas.
Pero aquí los muros oyen, Monsieur. El olor del jabón de la casa de la señorita Claire, las llegadas de madrugada, las mentiras en la puerta...
Alexander apretó el vaso hasta que las falanges de los dedos se le pusieron blancas.
—No necesito un sermón tuyo.
—No es un sermón —repuso Kibu, manteniendo una mirada serena pero implacable—.
Es solo la verdad. El difunto señor Rochefort no lo trajo a esta casa para que fuera feliz, sino para que fuera útil.
Y usted creyó que podía ser más listo que los Rochefort y que esta tierra.
Ahora no le queda el banco, no le queda el apellido y la ciudad entera sabrá quién es antes de que amanezca.
Dejó la bandeja sobre la mesilla auxiliar con un roce imperceptible y dio un paso atrás hacia el corredor.
—Las sombras de esta casa siempre han sido largas, Monsieur Wexler. Y hoy le han dado alcance.
Alexander se quedó a solas con el eco de sus palabras. Dejó el cristal sobre la madera con un golpe seco, apretó los dientes para ahogar la rabia y, sin atreverse a mirar atrás, caminó hacia su despacho privado para atrincherarse en el único refugio que le quedaba.
V. La hoguera del mundo
Alexander cruzó la puerta de su despacho y la cerró tras de sí con el cerrojo, buscando una barrera física contra el eco de la casa.
En el silencio de la estancia, el aire olía a cuero, tinta china y al calor sofocante que precede a la tormenta.
Se quitó la chaqueta con un gesto violento, la arrojó sobre el sillón y se aflojó el nudo de la corbata con dedos torpes.
Apoyó ambas manos sobre la mesa de caoba, respirando con agitación mientras sus ojos buscaban una salida entre la montaña de documentos.
Necesitaba números, cifras, contratos; certezas para contrarrestar la amenaza de Madeleine.
En mitad de la penumbra, encendió la lámpara de latón, cuya luz dorada iluminó el gran mapa de Europa desplegado sobre el escritorio.
Las líneas rojas de las fronteras parecían venas abiertas a punto de estallar.
En la esquina, la radio de gabinete crepitaba entre interferencias de onda corta. Tras una ráfaga de estática, la voz grave y marcial del locutor de la BBC británica rompió la atmósfera con un boletín de emergencia:
«Atención... Transmitimos desde Londres. Esta madrugada del 1 de septiembre de 1939, las fuerzas armadas del III Reich han cruzado la frontera de Polonia en múltiples frentes. Las divisiones blindadas avanzan hacia Varsovia bajo cobertura aérea. Europa se encuentra oficialmente en estado de guerra..
.»
Alexander escuchó la retransmisión sin pestañear, sintiendo cómo una ráfaga de aire helado le recorría la espina dorsal. Sus ojos pasaron del mapa al telegrama confidencial que yacía junto al tintero: las órdenes de embargo británicas sobre los fletes atlánticos acababan de entrar en vigor.
La contienda que todos temían había estallado.
El precio del wolframio de Katanga se multiplicaría por diez en cuestión de horas; los ministerios de guerra en Londres y Berlín pelearían a muerte por cada tonelada de metal refinado que saliera de las minas que él gestionaba.
Era el escenario perfecto, el terremoto geopolítico que en cualquier otro momento lo habría catapultado a la cumbre del poder económico global.
Y sin embargo, la victoria nacía muerta.
Al bajar la mirada hacia la madera pulida, las fronteras de Europa se desdibujaron.
No vio las rutas marítimas ni los balances de exportación.
Vio el rostro descompuesto de Madeleine jurando despojarlo hasta del apellido; vio los ojos cansados de Claire en la penumbra de la pensión, y la sombra del pequeño Malik, cuya existencia era la mecha que acababa de hacer saltar por los aires su imperio de papel.
El mapa del mundo se reescribía con sangre al otro lado del océano, pero en la soledad de la noche africana, Alexander Wexler comprendió con un terror mudo que el verdadero naufragio ya había ocurrido entre las cuatro paredes de su propia casa.