Capítulo 9
LA SOMbrA DE LA AMBICIÓN
I. La doble franja del horizonte
Tras la boda con Madeleine de Rochefort, la vida de Alexander quedó dividida por una frontera invisible pero infranqueable.
De día encarnaba al hombre de moda en Elisabethville: el flamante director de logística respaldado por la banca colonial, recibido con honores en el Cercle Européen y admirado por la aristocracia de la ciudad.
A su lado, Madeleine ejercía de anfitriona perfecta, fascinada por un marido que combinaba el rigor técnico con una ambición sin fisuras.
Sin embargo, al caer la noche, la máscara oficial pesaba demasiado.
Alexander buscaba a Claire en la pensión del barrio de la Misión no por romanticismo, sino por una necesidad casi biológica de verdad.
Solo en aquella habitación iluminada por la luz tibia del quinqué no tenía que interpretar ningún papel.
Claire no le pedía galanterías ni promesas de futuro; entre ellos existía una complicidad pura, hecha de magnetismo, ambición compartida y el sonido metálico de las cuentas numeradas en Suiza.
Aquella tarde, la estación seca apretaba con una fuerza sofocante. Claire lo esperaba sentada junto a la ventana, observando las calles de tierra roja mientras se servía una copa de vino helado.
—Tu suegro ha vuelto a ampliar los créditos para la extensión del ferrocarril hacia el norte —dijo ella cuando Alexander cruzó el umbral, sin girarse siquiera—. En la ciudad no se habla de otra cosa. Dicen que el apellido Rochefort te ha vuelto intocable.
—El apellido apacigua a la administración belga, que es distinto —respondió él, quitándose la chaqueta del traje y dejándola sobre el respaldo de una silla—.
Pero las inspecciones de la Société Minière siguen ahí.
Albrecht presiona desde Génova para que dupliquemos el tonelaje de wolframio fuera de registro antes de que termine el mes.
Claire se giró despacio. Lo miró con una mezcla de orgullo y cálculo, apreciando la elegancia fría con la que Alexander manejaba ahora las riendas de la colonia. Se acercó a él, le desabrochó el cuello de la camisa y le pasó la mano por la nuca en un gesto lento.
—Estás jugando con fuego en dos frentes, Alexander —murmuró rozando sus labios—. Con la banca por un lado y con la diplomacia alemana por el otro. Si das un paso en falso, no habrá matrimonio que te salve.
—No voy a dar ningún paso en falso —contestó él, tomándola de la cintura con una firmeza seca—. Tengo el control de las hojas de ruta y el respaldo de Émile. Nadie sospecha nada.
Claire sonrió con esa cínica sutileza que la caracterizaba.
Apoyó la cabeza contra su pecho y guardó silencio durante unos segundos.
No le dijo nada sobre la extraña fatiga que llevaba días sintiendo ni sobre el retraso que comenzaba a inquietarla en secreto.
Tampoco era el momento. En Katanga, la información solo se utilizaba cuando garantizaba una victoria.
II. El estanque de mármol
La residencia de los Rochefort en la zona alta de Elisabethville era una fortaleza de calma colonial. Rodeada de jardines de buganvillas y protegida por un estanque de mármol blanco, la casa reflejaba la riqueza consolidada de una familia que no necesitaba exhibirse para hacerse respetar.
Madeleine esperaba a Alexander en la terraza cubierta. Llevaba un vestido de lino claro y leía un volumen de literatura francesa con la luz tibia del atardecer. Al escuchar los pasos de su marido, dejó el libro sobre la mesa de teca y se puso de pie con una sonrisa que no guardaba reserva alguna.
—Has tardado más de lo habitual —dijo rodeándole el cuello con los brazos al saludarlo.
En sus ojos grises, antes despectivos y apáticos, había ahora una calidez genuina—.
Mi padre estuvo aquí a primera hora. Quiere que supervises personalmente la nueva línea de crédito para los almacenes del sur.
Confía más en tu criterio técnico que en el de sus propios consejeros.
—Tu padre es un hombre práctico, Madeleine —respondió Alexander, correspondiendo al abrazo y dejándose llevar por la serenidad de la estancia—. Sabe que los números en un papel no valen nada si el mineral no se mueve en los muelles.
Se sentaron a cenar bajo la mirada discreta del servicio.
Madeleine lo escuchaba hablar sobre la logística del ferrocarril con una atención casi devota.
Se había enamorado de Alexander no por galantería, sino por esa fuerza interior sobria, esa mezcla de inteligencia matemática y misterio que lo distanciaba de los jóvenes herederos superficiales de la colonia.
Para ella, él era el arquitecto del futuro que siempre había deseado a su lado.
Sin embargo, al llegar el momento del café, un velo imperceptible de melancolía cruzó el rostro de Madeleine. Pasó los dedos por el borde de la porcelana y miró hacia el estanque iluminado.
—He estado pensando en la casa de la costa, en Banana —comentó en voz baja—. Mi padre dice que deberíamos pasar allí unas semanas cuando termine la estación seca. Dice que el aire del mar nos vendría bien... a los dos.
—Tenemos demasiado trabajo en la delegación en este momento —dijo Alexander con tono calmado—. Pero podemos planearlo para más adelante.
Madeleine asintió en silencio. Dudó un instante, llevó la mano a su vientre por un acto reflejo imperceptible y volvió a mirar a su marido con una mezcla de ilusión y temor soterrado.
Llevaban meses casados y, aunque su vida íntima era cordial y fluida, la naturaleza no daba señales de dar fruto.
En la alta sociedad de Elisabethville, el silencio de una cuna vacía comenzaba a ser un rumor velado que a ella le encogía el corazón.
—Solo quiero que construyamos algo duradero, Alexander —murmuró ella sonriéndole de nuevo para disipar la sombra—. Algo que sea completamente nuestro.
—Y lo haremos, Madeleine —respondió él sosteniéndole la mirada con impecable gravedad—. Lo haremos.
III. El mecanismo ciego
La estación de clasificación de Katanga era un monstruo de hierro y vapor que no dormía jamás. Bajo la lluvia fina de medianoche, el chillar de los ejes sobre los rieles se mezclaba con el jadeo rítmico de las locomotoras de maniobra.
Alexander caminaba entre las filas de vagones de carga cubierto con un capote oscuro. A su lado, Kibu avanzaba con esa fluidez felina que lo caracterizaba, sosteniendo un farol de tormenta cuya luz dorada apenas recortaba sus sombras sobre la arpillera húmeda de los bultos.
En el muelle secundario, apartado de las luminarias principales de la estación, los esperaba Olivier Manz.
El suizo, protegido por un sombrero de ala ancha, supervisaba a cuatro estibadores nativos que traspasaban cajas de madera reforzada desde un vagón no catalogado a la plataforma de un camión militar.
—Cuarenta toneladas de concentrado de alta ley —dijo Manz en voz baja cuando Alexander se detuvo a su lado—. Salió de la mina de Luvua bajo el código de grava de desecho. Si los inspectores de la compañía abren los libros mañana, solo verán un reajuste de mermas por lavado.
Alexander tomó la tabla de madera con el manifiesto de carga. Sacó la estilográfica y firmó con su trazo firme sobre el sello de autorización especial.
—Las patrullas del río tienen orden de inspeccionar los sectores cuatro y seis a partir de las dos de la madrugada —indicó Alexander sin levantar la vista del papel—. Tenéis noventa minutos para colocar este material en la barcaza de Portugal.
—Eres un reloj suizo, Wexler —sonrió Manz con frialdad mientras guardaba el documento en el bolsillo interior de su chaqueta—. Si tu suegro supiera que usas los salvoconductos del Banque Centrale para blindar el paso de nuestros camiones, le daría un ataque de apoplejía.
—Émile de Rochefort cobra sus dividendos por la estabilidad de la provincia —respondió Alexander devolviéndole una mirada de acero—. Esto es lo que garantiza esa estabilidad.
Kibu hizo una señal imperceptible con la mano desde la esquina del almacén: un par de faros se aproximaban por el camino perimetral.
Sin necesidad de una sola palabra, Manz subió de un salto a la cabina del camión y el motor diésel rugió, alejándose hacia la penumbra del río antes de que la patrulla de rutina alcanzara el desvío.
Alexander permaneció inmóvil bajo la llovizna, viendo cómo la silueta del vehículo se perdía en la noche.
A su lado, Kibu ajustó el farol. Con la firma de ese salvoconducto, Alexander no solo había asegurado otra comisión astronómica en Ginebra; había demostrado que el control operativo de Katanga estaba en sus manos y en las de nadie más.
IV. La grieta en la fortaleza
El gabinete del doctor Vanderberg, situado en el ala privada del hospital colonial, olía a fenol y a confidencialidad comprada a alto precio.
Madeleine de Rochefort permanecía sentada en el sillón de cuero, con las manos enguantadas apretadas contra el regazo y la mirada fija en el informe médico que reposaba sobre la mesa.
El anciano facultativo se ajustó las gafas de montura de oro con un gesto de pesadumbre sincera.
—Lo lamento profundamente, mademoiselle...
señora Wexler —dijo con voz pausada—. Las secuelas de aquella fiebre infantil en Bruselas dejaron daños irreversibles.
Hemos realizado todas las pruebas posibles con la discreción que su familia exige, pero la conclusión es definitiva.
La naturaleza no le concederá la maternidad.
Madeleine no lloró. Conservaba la disciplina aristocrática que le había inculcado su padre, pero la palidez de su rostro era la de una estatua de sal.
El diagnóstico no solo destruía sus ilusiones personales con Alexander, sino que convertía su matrimonio en un pacto sin heredero para el imperio Rochefort.
—Nadie debe saber esto, doctor —dijo ella levantándose con una rigidez impecable—. Ni mi padre, ni mi esposo, ni la sociedad de esta ciudad. Si una sola palabra sale de esta estancia, me encargaré personalmente de que su licencia en el Congo sea revocada.
Salió a la luz cegadora de la tarde con el corazón helado. Sabía que amaba a Alexander, pero ahora cargaba con una culpa silenciosa que amenazaba con carcomer las bases de su matrimonio desde dentro.
A varios kilómetros de allí, en la quietud de la pensión del barrio de la Misión, Claire Dubois se contemplaba ante el espejo de la peinadora. Había pasado la etapa de las dudas y las fatigas disimuladas; su cuerpo comenzaba a cambiar de forma sutil pero innegable.
Abrió el cajón de la mesa, extrajo un papel de carta y escribió unas pocas líneas dirigidas al despacho privado de Alexander en la delegación. No había desesperación ni súplicas en su trazo: era la citación fría de quien sabe que tiene en sus manos el destino de un hombre.
Sostuvo la nota sobre la vela hasta fijar el sello de cera y se la entregó a un muchacho de recados.
El tiempo del disimulo se había agotado. Mientras Madeleine regresaba a su mansión cargando con el peso de un vientre estéril, el verdadero heredero de Alexander Wexler comenzaba a tomar forma en la penumbra.