La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 6 - Bajo el Sol de Cirene #3
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Capítulo 6 - Bajo el Sol de Cirene #3

El sendero hacia Tauquira [52] serpenteaba entre colinas suaves cubiertas de olivares. El mar quedaba a la izquierda, azul y constante, como una línea que marcaba el límite entre la tierra y lo desconocido. A media mañana, el sol ya calentaba con fuerza.

—Este camino lo recorrieron los primeros colonos griegos —explicó Menandro—. Y antes que ellos, los libios. Cada piedra tiene más memoria que nosotros.

Tauquira apareció al mediodía: un asentamiento pequeño, protegido por murallas bajas.

Los habitantes los recibieron con curiosidad.

En la plaza, un anciano discutía con un joven sobre el precio del aceite.

Lucio escuchó sin entender del todo, pero captó el tono: orgullo, tradición, desconfianza hacia los forasteros.

Esa noche, en una posada humilde, un viajero les advirtió: —Más al este, los caminos no son tan seguros. Hay bandidos que bajan de las colinas. Y caravanas que desaparecen sin dejar rastro.

Lucio miró a Menandro, pero el griego solo sonrió.

—Todo camino que vale la pena tiene sombras.

Al tercer día alcanzaron Hesperides [53] . El viento soplaba con fuerza entre las casas de piedra, llevando consigo el olor de las algas y la resina. El puerto era más grande que el de Tauquira, lleno de barcos pequeños que iban y venían sin descanso.

—Aquí empieza la verdadera ruta hacia Egipto —dijo Menandro—. Desde este punto, cada paso nos acerca a un mundo distinto.

Mientras caminaban por el mercado, un grupo de marineros discutía acaloradamente con un comerciante libio. Lucio se tensó. La discusión subió de tono, pero un magistrado local intervino con autoridad.

—En Hesperides —dijo Menandro—, la ley es más fuerte que el orgullo. Por eso la ciudad prospera.

Lucio observó el puerto. No era tan majestuoso como Apolonia, pero tenía una energía viva, casi inquieta. Como si la ciudad respirara al ritmo del mar.

Desde Hesperides tomaron un camino hacia el interior. El paisaje cambió: menos mar, más colinas, más silencio. Barca [54] era una ciudad antigua, con templos desgastados por el tiempo y plazas donde los ancianos discutían bajo la sombra de los sicómoros.

—Aquí nació la primera Cirene —explicó Menandro—. Antes de que los griegos la trasladaran a la meseta.

Lucio sintió que caminaba sobre historia viva. En una taberna, un anciano les contó historias de reyes libios, de batallas olvidadas y de un tiempo en que los dioses caminaban entre los hombres.

—No creas todo lo que escuchas —susurró Menandro al salir—. Pero tampoco lo ignores. La verdad suele esconderse entre las exageraciones.

Volvieron a la costa para alcanzar Tolmeita, la antigua Ptolemais [55] . La ciudad era tranquila, casi solemne, con largas avenidas que descendían hacia el mar. En una plaza, un joven recitaba versos ante un pequeño público.

—Aquí vivieron filósofos, poetas… —dijo Menandro—. Y también hombres que creyeron que podían gobernar el destino.

Lucio escuchó un fragmento del poema. No entendió todas las palabras, pero sí la cadencia, la emoción. Algo se movió dentro de él, como si la lengua griega empezara a abrir puertas que antes estaban cerradas.

Esa noche, un grupo de jóvenes intentó robarles mientras dormían en una posada. Lucio despertó a tiempo y los ahuyentó. Menandro lo observó con calma.

—La fuerza no siempre es la respuesta —dijo—. Pero a veces es necesaria.

Lucio no supo si aquello era un elogio o una advertencia.

La siguiente parada fue Berenice [56] , un puerto comercial donde caravanas del desierto se mezclaban con marineros de Creta y mercaderes de Judea. El bullicio era constante, el aire denso de voces y olores.

—Desde aquí —dijo Menandro—, el mundo empieza a parecerse más a Egipto que a Libia.

Lucio lo sintió también: algo en el aire, en la luz, en la forma en que la gente se movía. En el mercado, un astrónomo egipcio discutía con un navegante griego sobre la posición de las estrellas. Lucio escuchó fascinado.

—El cielo es un libro —decía el astrónomo—. Pero pocos saben leerlo.

Menandro sonrió.

—Algún día, quizá tú también lo leas.

Tras días de viaje, alcanzaron Canopo [57] , famosa por sus templos y sus fiestas. El aire era más húmedo, más pesado. El Nilo se insinuaba en la distancia, como una serpiente de agua que daba vida a todo lo que tocaba.

—Ya casi estamos —dijo Menandro.

Desde Canopo siguieron la costa hasta Menouthis [58] , un santuario célebre por sus curaciones. Lucio observó a los peregrinos que llegaban desde todas partes del Mediterráneo: griegos, egipcios, judíos, sirios, libios.

—¿Crees que Alejandría será así? —preguntó.

Menandro negó con la cabeza.

—Alejandría es todas las ciudades del mundo… y ninguna. Es un espejo donde cada hombre ve algo distinto.

Al fin, tras semanas de viaje, el horizonte se abrió y apareció Alejandría. No como una ciudad, sino como una visión: columnas blancas, muelles interminables, torres que se alzaban hacia el cielo. Y, a lo lejos, la silueta del Faro, recortada contra la luz del amanecer.

Lucio sintió que el corazón se le aceleraba. No era miedo. Era la sensación de estar ante algo inmenso, antiguo y nuevo a la vez.

—Bienvenido —dijo Menandro—. Esta es la ciudad donde el mundo viene a hacerse preguntas.

Lucio no respondió. Solo avanzó, con los ojos abiertos y el alma despierta.