La Ruta de los Manuscritos (El Secreto de San Millán: Tomo VI) BLOQUE 3
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Sebastián pidió una videollamada aquella misma tarde.

No quería seguir trabajando solo con reproducciones.

Leandro apareció sentado delante de una biblioteca.

—Ya revisaron todo —dijo.

—Todo lo que nos mandaste.

Leandro asintió.

Sebastián fue directamente al punto.

—Fernando de Velasco.

La expresión de Leandro mostró reconocimiento.

—Sí.

—La documentación familiar lo trata como una figura central.

—Es uno de los nombres centrales.

Sebastián abrió la cronología.

—Las fuentes que tenemos lo colocan alrededor de documentación y certificaciones. No demuestran que haya sido custodio material del volumen.

Leandro no discutió.

—Eso es lo que ustedes tienen.

—Y lo que vos nos mandaste dice que la etapa material que justificaría la custodia familiar no está documentada.

Leandro tardó un momento.

—Está documentada de forma incompleta.

—Entonces sigue sin demostrarse.

—Sí.

La respuesta sorprendió a Mauro.

Leandro no parecía interesado en negar los límites.

Sebastián continuó:

—Además, no descendés directamente de Fernando.

—Lo sé.

—Tu línea viene de Juan.

—Sí.

—Entonces la transmisión que proponés tampoco es una herencia directa desde quien la familia considera custodio.

Leandro respondió:

—Nunca dije que dependiera de la sangre.

Sebastián esperó.

—Los papeles pasaron por la casa. La memoria también. La responsabilidad pudo hacerlo.

—Pudo.

—Exacto.

Leandro estaba formulando una posibilidad.

No una certeza.

El problema aparecía al intentar convertir esa posibilidad en un derecho.

Sebastián dijo:

—Aunque pudieras demostrar que Fernando tuvo el volumen durante un período, seguiría faltando probar qué naturaleza tenía esa guarda y si generaba alguna facultad transmisible.

Leandro mantuvo la mirada.

—Lo sé.

—Entonces también sabés que otras escrituras separan expresamente la guarda de la propiedad.

—Sí.

—Y que un heredero puede recibir una obligación de restitución sin heredar el objeto.

—Sí.

La respuesta volvía más precisa la diferencia entre ellos.

Leandro no negaba esas pruebas.

Sostenía que el episodio familiar que investigaba podía haber sido distinto.

Sebastián preguntó:

—¿Qué documento te hace pensar eso?

Leandro bajó la mirada apenas.

—Hay una pieza que todavía no viste.

Mauro soltó una breve risa.

Sebastián no siguió por ese camino.

—Hasta que podamos verla, no forma parte de nuestras conclusiones.

—De acuerdo.

Irene intervino:

—Tu padre dejó escrito que conservaras también aquello que contradijera la historia familiar.

—Lo hago.

—Y dejó claro que no había demostrado ningún derecho.

—También.

—¿Vos estás más convencido que él?

Leandro tardó en responder.

—Estoy más obligado a terminar lo que dejó abierto.

No había desafío en la frase.

Era algo más personal.

Irene preguntó:

—¿Obligado por quién?

Leandro sonrió apenas.

—Por nadie.

Sebastián entendió.

Leandro podía hablar de aquella historia en términos patrimoniales porque antes de ser una posible reclamación había sido una carga familiar.

Había recibido cajas y años de investigación.

También había recibido una pregunta inconclusa.

Eso explicaba su persistencia.

No la legitimaba jurídicamente.

Leandro contó que después de la muerte de su padre había dejado las cajas cerradas durante años.

Había vivido con aquella investigación desde niño y no quería repetirla.

La nota dirigida a él terminó cambiando eso:

Para Leandro, si decide continuar.

—No me pidió que siguiera —dijo—. Me dejó elegir.

Después empezó revisando fechas.

Más tarde comprobó nombres y referencias.

Sin darse cuenta, había retomado exactamente la misma investigación.

Sebastián preguntó:

—¿Y cuándo decidiste que el volumen pertenecía a tu familia?

Leandro negó.

—No decidí eso.

—¿Entonces qué sostenés?

—Que puede existir una cuestión pendiente sobre una antigua guarda. Eso es lo que intento demostrar o descartar.

La formulación era mucho más limitada que algunas de sus notas privadas.

Sebastián no necesitaba resolver la contradicción en ese momento.

Las personas podían escribir con más seguridad en privado que al formular una conclusión documental.

—¿Qué harías si encontramos el Códice? —preguntó.

Leandro pensó antes de contestar.

—Primero demostrar qué es. Después reconstruir la última situación jurídicamente documentada que podamos sostener.

—¿Y luego?

—Ver qué corresponde hacer.

No era una respuesta definitiva.

Tampoco era una reclamación.

La llamada terminó sin acuerdo sobre el acceso total al archivo familiar, pero con algo más claro que antes.

Leandro había heredado una investigación y una tradición.

Había recibido además una interpretación que con el tiempo había empezado a hacer propia.

Pero incluso dentro de sus propios papeles seguía existiendo una diferencia que no podía eliminarse:

la familia podía demostrar que había conservado documentos y memoria durante generaciones.

Todavía no podía demostrar que hubiera heredado el Códice.

Sebastián volvió a la hoja escrita por el padre de Leandro.

Si alguna vez aparece el manuscrito, tendrás que decidir si la familia debe reclamarlo o limitarse a demostrar su historia.

Aquella decisión seguía pendiente.

Y mientras la documentación no demostrara otra cosa, eso era exactamente lo que debía seguir siendo.