BLOQUE 3
El segundo caso de guarda privada apareció mientras buscaban el inventario relacionado con los Villacorta.
Era posterior y no existía ninguna relación familiar entre ambos casos.
Precisamente por eso resultaba útil.
La escritura pertenecía a una etapa en que varios manuscritos habían sido alojados temporalmente fuera de su depósito habitual mientras se acondicionaban las instalaciones.
El responsable era Gaspar de Castañeda, comerciante vinculado administrativamente con la institución propietaria de los fondos.
No era religioso ni aparecía como especialista en libros.
Había ofrecido espacio y garantías suficientes para conservarlos durante las obras.
Mauro leyó las obligaciones.
Los libros no podían abandonar la casa sin orden expresa.
Debían ser restituidos cuando el depósito volviera a estar disponible.
Sebastián recorrió los anexos.
Había varios volúmenes de pergamino.
Uno estaba descrito como:
Libro antiguo sin primeras hojas, de cuero oscuro, con señal hundida en la cubierta.
Irene levantó la mirada.
—“Señal hundida”.
La expresión añadía precisión a una característica que ya conocían.
La impronta había sido descrita antes de diferentes maneras.
Ahora el asiento la presentaba claramente como una depresión de la superficie del cuero.
Eso reforzaba su naturaleza física.
No se trataba de una inscripción.
Tampoco tenían evidencia de pintura.
La relación añadía:
Con desperfecto en el ángulo bajo.
El daño inferior de la cubierta reaparecía.
Sebastián verificó el número de procedencia.
Coincidía con la serie material que venían siguiendo.
La identificación, dentro de aquel tramo, era suficientemente sólida.
Mauro dijo:
—Otra casa particular.
—Otra guarda temporal —respondió Sebastián.
Gaspar de Castañeda conservó los libros durante casi cuatro años.
Una inspección posterior comprobó que las piezas coincidían con lo recibido, teniendo en cuenta los daños ya registrados en la entrega inicial.
Cuando el depósito volvió a estar disponible, los bienes fueron restituidos.
La carta de agradecimiento al responsable era breve.
No lo convertía en héroe.
Agradecía que hubiera cumplido la obligación asumida y devuelto los libros cuando fueron requeridos.
Irene dijo:
—Era algo normal dentro de esa relación.
Sebastián asintió.
Eso era precisamente lo interesante.
La historia del volumen no necesitaba héroes retrospectivos.
Una persona podía conservar durante años un manuscrito ajeno y devolverlo después porque ésa era la obligación asumida.
Mauro volvió a la escritura.
—Si uno de estos custodios no lo hubiera devuelto, después de dos generaciones la historia familiar podría ser muy distinta.
Sebastián lo miró.
—Podría existir una afirmación familiar distinta. Otra cosa sería demostrarla.
Irene señaló la cláusula inicial.
—Para eso existían estas escrituras.
Exactamente.
El documento impedía que la duración de la guarda modificara retrospectivamente la naturaleza de la entrega.
Quien recibía podía conservar el bien.
No adquiría por ese acto la facultad de disponer de él como propio.
Si moría antes de restituirlo, los herederos podían quedar obligados a completar la devolución.
Eso no transformaba la obligación en propiedad.
Mauro apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces también tenemos que usar con cuidado la expresión “último custodio”.
—Muchísimo —respondió Sebastián.
Ser la última persona documentada con un objeto bajo guarda no demostraba haber sido su dueño.
Ni siquiera demostraba que aquella persona hubiera tenido alguna vez un derecho de propiedad.
Irene añadió:
—Y menos todavía que ese derecho aparezca automáticamente en los descendientes.
Sebastián asintió.
No necesitaban llevar la conclusión más lejos.
Las propias escrituras eran suficientes.
Volvió entonces a las referencias que estaban intentando seguir.
La documentación derivada de la restitución de los Villacorta había terminado en una institución septentrional.
Por otra parte, papeles producidos después de la guarda de Castañeda aparecían vinculados con series que más tarde habían sido reunidas dentro del mismo ámbito institucional amplio.
Por primera vez, dos trayectorias documentales diferentes empezaban a aproximarse.
Mauro lo advirtió.
—Tenemos referencias independientes que terminan en el mismo ámbito documental.
Sebastián comprobó las fechas.
No correspondían al mismo momento.
Pero sí convergían dentro de una estructura archivística posterior.
Eso podía ser importante.
No porque demostrara que el volumen hubiera estado allí.
Porque aumentaba la posibilidad de que esa institución conservara documentación capaz de cerrar etapas todavía abiertas.
Irene preguntó:
—¿Podemos decir que el libro llegó allí?
Sebastián negó.
—Todavía no.
—Bien.
—Solo podemos decir que allí terminaron documentos que pueden ayudarnos a demostrarlo o descartarlo.
Esa era la diferencia.
La siguiente consulta ya no podía resolverse únicamente desde Burgos.
Necesitaban seguir las pruebas hasta el lugar donde hubieran sobrevivido.
Sebastián reunió las escrituras.
Alonso de Villacorta.
Después, Hernando, encargado de cerrar la obligación pendiente tras la muerte de su padre.
Más tarde, Gaspar de Castañeda en otro episodio independiente.
Ninguno de ellos había adquirido el volumen mediante aquellas guardas.
Quedaban vinculados a su historia porque, durante períodos concretos, tuvieron una responsabilidad material sobre él.
Eso era todo.
Y bastaba.
Siglos después, una de las cláusulas seguía estableciendo la diferencia con una claridad difícil de borrar:
Sin que de la posesión temporal pueda nacer derecho alguno sobre ellos.
Sebastián cerró el legajo.
Más al norte había documentación que podía conducirlos a otra etapa del manuscrito.
Pero antes de seguir ya tenían una certeza mucho más importante que cualquier apellido.
Una persona podía recibir un volumen y conservarlo durante años.
Incluso sus herederos podían quedar obligados a responder por él.
Nada de eso creaba una propiedad que nunca había sido transmitida.