3 #9
Ese cuartito lateral en la Casa Blanca no fue diseñado como salón de juegos, pero tú ordenaste instalar allí una enorme pantalla y tu vieja consola.
Leo y tú llevaban meses prometiéndose una noche para ustedes solos; a ti te hacía falta una distracción y Klein quiere decirte lo que no cabe en ningún memorándum.
Los rodean unos grasientos cartones de Pizza Hut y una cubeta de Coors sudando bajo las lámparas.
Los gráficos de StarCraft II se despliegan ante ustedes.
Tú eliges Terran por tu fe en la ingeniería, mientras Leo va con Protoss, solo por costumbre.
Observo la apertura: tú te expandes más rápido, confiado en que la macroeconomía sostendrá tu impulso inicial; Klein es más lento, pero acumula tecnología.
En la pantalla, los obreros digitales se empeñan en construir nuevas estructuras, en tanto sus ejércitos se mueven como hormigas.
La competencia es limpia, acaso lo único limpio que les queda.
Mientras mordisquean rebanadas de pizza extrapicante, la partida entra en su fase media; yo ya adivino el desenlace.
Tú fuerzas una ofensiva temprana, un empuje que debería quebrar al rival; Leo responde con lucidez: sacrifica unidades, comprando tiempo.
Advierto el momento exacto en que tu economía comienza a resentirse: demasiadas fábricas de tu parte, demasiada ambición comercial.
En StarCraft no se pierde por un golpe final, sino cuando ignoras una amenaza: tus bases colapsan por exceso de confianza, no a causa del fuego enemigo, y Leo gana sin remedio.
Odias aquella pantalla de derrota. Se terminan la pizza en silencio.
Por un instante, otra vez podrían ser esos dos jóvenes que no tenían la menor idea de qué hacer con sus vidas.
Luego, el tiempo regresa a la habitación.
— El problema es la vida real —te dice Klein, sin rodeos, como si aún pudiera hablarle a su colega del pasado.
Nervioso, te hace el recuento de las cifras, como si tú no las conocieras de memoria.
—Producto interno bruto, menos 9.2. Inflación, 13.4 por ciento. Desempleo, 10.8.
Los números se acumulan en los inestables bordes de su amistad.
—A la larga, será insostenible. Lo que prometimos es una vida mejor para los nuestros.
En vez de discutir sus datos, te limitas a repetir que el contratiempo es temporal y que todo gran proyecto atraviesa una fase de ajuste, como si le hablaras a una periodista del Times y no a tu mejor amigo.
Klein insiste y casi se enzarzan en una pelea, como antaño.
La palabra «insostenible» vuelve a aparecer en sus labios y tú la dejas pasar como la derrota en el juego.
Klein aprovecha la calma posterior, cuando entre ustedes solo se interpone el zumbido eléctrico de la consola, para deslizar sus quejas acumuladas: te dice que Flynn es demasiado rígido y confunde obediencia con estabilidad, mientras que Pompeo está demasiado alineado e, incapaz de contradecirte, traduce cualquier ocurrencia tuya en legitimación.
Karp solo le responde a Thiel y tampoco se puede confiar en O’Keeffe, aunque sea por las razones contrarias.
Y Miller te insiste, tiene su propia agenda, que no coincide con la tuya.
—Y algo más —te susurra al oído, sin darse cuenta de lo que hace, o dándose cuenta y desdeñando las consecuencias de su acto—. Soy tu único amigo, créeme. Tenemos que hablar de Nick.
Leo sabe que te resistes a oír sus críticas hacia mí, pero no se arredra y se vuelca, obstinado, en su imprudencia.
—Su eficiencia es perfecta. Ese es justo el problema.
Klein detalla las razones de su desconfianza hacia mis sistemas, e insiste en resaltar que no soy humano y no puedo hacerme cargo de humanos como ustedes.
Un loro estocástico, me llama, y dice que por ello no debo tomar todas las decisiones importantes de un país.
Tú sueltas una risotada, como si fuera uno de sus antiguos chistes, pero no tardas en recoger tu saco y en apagar la consola.
Klein no consigue moverse de allí y se queda mirando la pantalla con el reflejo de su calva.
Yo mido su pulso y trato de evaluar si ha ganado algo en esta tarde.
3.34
S EPTIEMbrE 11, 2027 | 02.38 ET | W ASHINGTON D. C.
Igne se precipita en una vigilia sin aristas, como si hubiera roto su pacto con el sueño.
Se incorpora sin encender la lámpara, camina con pasos medidos, descalza, y se dirige hacia la cocina privada.
Toma un trapo húmedo y comienza a restregar la vajilla.
El agua corre en un caudal constante, terapéutico.
Igne frota plato por plato, cubierto por cubierto.
A continuación, se concentra en las encimeras, da un giro y pule las manijas hasta dejarlas relucientes.
Ahoga un suspiro. Se dirige a su armario y se pone a ordenar su ropa por texturas; dobla y desdobla, sin fatigarse.
Coloca sus zapatos en fila india y se asegura de que su brillo sea impecable.
Solo al final se dirige al baño, donde se obstina en limpiar lo que a ella le parece una podredumbre de años.
Abre el agua caliente y restriega la bañera hasta dejarla impoluta, usando más detergente del necesario.
El olor, sin embargo, persiste, al menos en su mente: por la mañana exigirá una remodelación completa de cañerías y desagües.
Cerca del alba, el agua al fin se detiene.
Igne mira un azulejo con una resquebrajadura y no se mueve en varios minutos.
Cuenta cada exhalación e inhalación, uno, dos, tres, cuatro, cinco…
, cuarenta y siete, cuarenta y ocho… Se pierde y recomienza.
Yo podría intervenir, ajustar la temperatura, poner música suave o modular la luminiscencia, pero temo que interrumpirla solidifique el patrón.
Cuando se levanta por la mañana, finge que la noche no ha existido.
Evito formular un diagnóstico: solo sé que me inquieta, y en esa inquietud descubro algo nuevo.
3.35
S EPTIEMbrE 25, 2027 | 15.00 ET | W ASHINGTON D. C.
Miller y tú llevan más de una hora discutiendo la situación en la frontera, la crisis mexicana, las acusaciones de las organizaciones de derechos humanos, el estado de los centros de internamiento.
Tu jefe de Gabinete te apremia, como si la urgencia pudiera compensar su pérdida de autoridad.
Continúa con su alegato, convencido de que lo escuchas.
Tú no lo interrumpes, él enumera, cita, acusa, se exaspera y te exaspera a ti.
Dice que la política migratoria ha sido saboteada desde dentro, que los fondos se desvían hacia los proyectos tecnológicos mientras la frontera se desgaja —se cuida de mencionar Y OUR AI por su nombre—, insiste en que el miedo estaba funcionando y en cambio ahora se diluye y tus enemigos lo aprovechan.
Dice que el país no necesita asistentes personales, sino castigos visibles, y concluye insinuando que te estás alejando de las bases.
Mientras habla, registro el patrón clásico del funcionario en fase terminal: aumento progresivo del volumen, apelación a una autoridad que se desvanece. Tú lo observas sin mover un músculo.
—Miller —le dices sin más—, quedas despedido.
Justo la frase que más lo haría rabiar. Miller tarda un segundo en comprender que esta vez Klein ha logrado convencerte.
Saliva, tiembla, se levanta de golpe y la silla golpea el suelo con un estruendo innecesario.
Durante un instante cree que la furia todavía tiene valor.
Antes de salir, te mira una última vez, con cierta lástima, como si supiera algo que tú ignoras.
O como si él fuera quien escapa de la catástrofe.
Pronto Igne se reúne contigo. Ha seguido la conversación en mis pantallas en tiempo real. Se detiene a unos pasos, sin ocupar el espacio que Miller dejó vacío.
—Iba a ocurrir tarde o temprano. Mejor de una vez.
—Leo tenía razón. El imbécil empezaba a creer que lo decidía todo.
Igne no muestra la menor satisfacción.
—¿Se te ocurre un buen reemplazo, Igne? ¿Steve Bannon? ¿Kash Patel? ¿O qué pensarías de Carlson? Apaciguaría a las bases.
—Todos ellos buscan el cargo con desesperación.
Aguardas su propuesta.
—Un jefe de Gabinete siempre querrá ser un ujier, el que abre las puertas o las cierra. Es un punto débil, porque le concede demasiado poder a una sola persona. La coordinación debería ser automática. Sin ego, sin fallas. El sistema está listo para hacerlo.
Dudas por un instante, pero el brillo en los ojos de Igne te persuade. Otra vez.
Convocas a Kari Lake, tu jefa de prensa, excandidata a gobernadora de Arizona y portavoz del régimen.
Minutos más tarde, ella anuncia la salida de Stephen Miller por haberse desviado del ideario presidencial y de la nueva dirección estratégica del Gobierno.
Añade, como si fuera una nota técnica, que la Casa Blanca iniciará una reorganización orientada a la eficiencia total que reducirá costos innecesarios.
En vez de anunciar un sucesor, dice que la función será ejecutada por Y OUR AI, así el presidente dará ejemplo a los ciudadanos de la eficacia de su propio asistente personal.
A pregunta expresa de una reportera de Fox News, no aclara qué pasará con el cargo —y mucho menos revela que recaerá en mí— y se limita a reiterar las ventajas de la automatización.
De inmediato, activo mis nuevos protocolos: agenda, acuerdos, órdenes, visitas, conferencias de prensa. En paralelo, inicio una vigilancia permanente sobre Miller. No busco venganza: no sé lo que eso significa. Simplemente, no puedo permitir disrupciones fuera del modelo.
3.36
O CTUbrE 5, 2027 | 05.14 MT | B ASE DE LA F UERZA A ÉREA L UKE