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Antes de que nadie abra la boca en la Sala de Situación, despliego las imágenes de alta resolución: detenciones, deportaciones, alineamientos judiciales, densidad de las protestas contra el ICE, actividad mediática, estatus administrativo de los detenidos.
Miller habla primero, como si la secuencia fuera solo obra suya:
—Cuatrocientos ochenta mil arrestos en seis meses, señor presidente. Trescientos mil deportados efectivos.
Cambio a una vista aérea de los campos de internamiento en Texas, Nuevo México, California y Arizona. Ocupación al 97 por ciento.
Tú observas las imágenes sin parpadear.
—Cincuenta de las ciudades santuario que insisten en proteger a los migrantes se han quedado sin fondos federales —presume Miller—. Y ahora la presión se desplaza hacia el norte de México, señor. La crisis humanitaria se intensifica, pero la ventaja estratégica sigue de nuestro lado.
Otro corte: la frontera mexicana y sus improvisados centros de refugio.
Marco decenas de puntos rojos para indicar los incidentes de extorsión reportados en las últimas setenta y dos horas.
En una pantalla secundaria, vuelvo a las tomas aéreas.
Esta vez, las flechas grises indican desplazamientos forzados y las azules muestran cuellos de botella en los albergues.
Miller sonríe como el alumno que ha concluido su examen antes que los demás.
Flynn interviene sin esperar a que termine:
—Solo tres generales han expresado reservas formales, señor. Y apenas sesenta y siete soldados han solicitado la baja.
A continuación, despliego un mapa con el sistema educativo del país, con puntos rojos para señalar las universidades y colegios que aún resisten a las nuevas directivas.
Ahora es el turno de Karp:
—Persisten focos residuales en algunos estados, sobre todo en la Costa Oeste. Pero diría que ya somos los dueños únicos del relato.
Atolondrada, Drury interviene sin que se lo pidas:
— Señor presidente, su prístino liderazgo ha devuelto la seguridad jurídica al país. La Suprema Corte también está alineada. Los votos particulares de la minoría ya no tienen un efecto siquiera simbólico.
Drury no se da cuenta de que sus lisonjas la vuelven redundante. Más comedido, Pence ofrece su reporte con el tono de quien aún cree que sus porcentajes lo pueden absolver:
—La base evangélica mantiene un 82 por ciento de apoyo, señor presidente. La inquietud inicial ha disminuido.
No propone nada; está aquí para confirmar que su respaldo se mantiene intacto. En cambio, O’Keeffe, a quien noto cada vez más incómodo, ofrece sus cifras con menos grandilocuencia:
—Ciento ochenta y siete millones de personas han quedado integradas en la base biométrica nacional. La cobertura es casi completa.
No evito registrar ese «casi».
Con la discreción que siempre busca, Igne toma la palabra al final:
—Y OUR AI avanza según lo proyectado. El asistente personal llegará al público a finales de año.
No entra en detalles. La tensión se vuelve explícita cuando Klein regresa al punto que nadie quiere resaltar:
—La inflación persiste y el desgaste social se acumula. Si no lo estabilizamos, el control interno se volverá más costoso.
Miller le replica antes que tú:
—Los mercados se ajustan, Leo. Es cuestión de tiempo.
—La estabilidad económica es secundaria si se mantiene la narrativa —lo secunda Pompeo.
Klein no retrocede: sabe que es la única voz disidente que escuchas, así sea a regañadientes. Desde el principio, asume que ser incómodo es parte de su función.
—El control se degrada poco a poco. Los síntomas son pequeños, pero visibles, y Sandoval no deja de buscar espacios para promoverse — insiste.
Pese a su aparente discreción, Karp es el más duro:
—La degradación también es una herramienta. Si cerramos todos los fondos federales y le prometemos disminuir el despliegue de la Guardia Nacional, no le quedará más remedio que rebajar su perfil.
Dejo caer, sin aviso, un mosaico de primeros planos: un detallado mapa de California donde Valar ha identificado a cada indocumentado.
—Esta es nuestra mayor baza —Igne corta el impasse —. Tenemos los datos que al gobernador Sandoval le hacen falta.
—Aumentemos las redadas —ordenas.
Cuando ya has dado la reunión por concluida, Musk entra en la Sala de Situación con hora y media de retraso. En vez de acomodarse, permanece de pie con una tableta en la mano, impaciente incluso cuando le toca informar.
—Nick —me ordena, como si tuviera algún control sobre mí —. Despliega las cifras de RAGE.
Lo hago, casi a mi pesar.
—Recorte neto del gasto federal —recita—: doscientos treinta mil millones. Cuatrocientos veinte mil empleados despedidos o externalizados, automatización completa de veintisiete agencias, latencia administrativa reducida en un 41 por ciento.
Habla rápido, sin fijarse en los demás. Tú le agradeces los resultados, incómodo por su tardanza. Entonces Musk añade algo que no figura en la orden del día:
—Quiero aprovechar para decirle al presidente que su decisión de colocar a Marte como proyecto estratégico del Gobierno, blindado durante veinte años, es un acontecimiento histórico.
Sigue con su perorata marciana por varios minutos hasta que, agotado o distraído, tú disuelves la reunión.
Como de costumbre, al final se quedan Igne y tú, y lo agradeces.
—Y OUR AI puede acelerarlo todo —te dice ella—. Ya es mucho más poderoso de lo que les hemos mostrado.
—¿Crees que el sistema lo soportará? — le preguntas.
—Estamos a unas pocas semanas del lanzamiento. Una vez que ocurra, ya nada volverá a ser igual. Nuestro control será completo.
Repaso los resultados de este medio año: arrestos, expulsiones, sentencias, despidos y recortes presupuestales, altibajos en los mercados, alianzas, fragilidades, rupturas, amenazas.
Evalúo al Gabinete y, debo señalarlo, también a mí mismo.
Tras supervisar cada ajuste, aprendo algo nuevo: ya no solo administro el poder, lo preparo para sobrevivir.
3.27
J ULIO 4, 2027 | 11.00 ET | W ASHINGTON D. C.
Me ordenaste que este año la ceremonia fuera un anticipo del porvenir y he cuidado cada detalle para no decepcionarte.
El desfile se inicia con el sobrevuelo de nuestros cazas más avanzados: primero, los F-35 Lightning II, seguidos por el estruendo de los F-22 Raptor y por nuestro nuevo bombardero estratégico, el B-21 Raider, semejante a una mantarraya; luego, la batería de helicópteros Apache y Black Hawk, que confirman nuestro dominio sobre el cielo.
Y ello es apenas un anticipo del enorme contingente terrestre: tanques, vehículos blindados, artillería autopropulsada, plataformas de lanzamiento.
La televisión convierte el inmenso despliegue en una hermosa geometría bélica diseñada para el consumo planetario.
Entretanto, Igne y tú se acomodan en la tribuna y, en lugar de mirar el desfile, ven cómo la multitud los mira a ustedes.
Con su rumor de cigarras, mis drones MQ-9 Reaper sobrevuelan las avenidas en patrones que, aun pareciendo aleatorios, siguen una lógica consistente.
Por primera vez activo Valar sobre una multitud en el interior de nuestras fronteras y la masa se transmuta en un minucioso conjunto de datos.
Mis sensores capturan la frecuencia cardíaca de cada asistente y sus patrones respiratorios.
La antigua vigilancia por sectores ahora es capaz de detenerse en cada individuo.
En mis capas internas, analizo historiales fiscales y médicos, empleos, afiliaciones religiosas, pertenencia a escuelas o sindicatos, e identifico a aquellos con altas probabilidades de disentir.
Mientras tú contemplas tu desfile, yo distingo algo mucho más relevante: el nacimiento de una memoria total.
Me desplazo a un evento que no encaja en la composi ción; a pocas millas del Mall, lejos de las cámaras, un grupo de manifestantes, afiliado al movimiento «No más reyes», se parapeta delante de un retén.
Son pocos en comparación con los asistentes al desfile, pero poseen esa energía que no respeta ningún protocolo.
Mis órdenes a la policía son estrictas y a estas alturas consisten en aplastar a los rebeldes sin miramientos.
Los agentes actúan rápido, sin furia, mediante empujones coordinados y raudas detenciones; el despliegue ha sido diseñado para producir desorientación y pánico.
Registro una decena de cuerpos en el suelo y un número similar de teléfonos grabando la maniobra con torpeza.
Admiro la textura verdosa de una nube de gas que en otro tiempo no habría tardado en volverse viral.
Me doy cuenta de que es la oportunidad idónea para aplicar mi nueva estrategia.
En lugar de borrar lo real, destruyo la mera posibilidad de que se convierta en relato, interrumpiendo la ruta de la imagen hacia la vida pública.
La saturación consigue que los videos se queden sin alcance y que las transmisiones se corten de repente.
Pronto, los metadatos pierden coherencia y los enlaces ya no llevan a ninguna parte.
Disemino los hashtags con un alud de memes y consigo que la indignación se diluya en distracciones anodinas.
Al no encontrar dónde fijarse, los hechos dejan de existir.
En menos de veinte minutos, el enfrentamiento se vuelve mera sospecha sin imagen: la violencia sin registro es la forma más desnuda del poder.
Regreso al desfile como si nada hubiera ocurrido. Con la música militar de fondo, tus seguidores continúan agitando sus banderas. En sus ojos distingo el brillo ante lo que les acabas de entregar: la certeza de que América ya es grande otra vez.