46 #3
—Y también confío más en mí. No necesito vivir dentro de algo indefinido solo porque me da miedo pedir una respuesta de verdad.
Los ojos de Mitchell recorrieron mi rostro, como si quisiera asegurarse de haber oído bien.
—Dilo otra vez —dijo.
Estuve a punto de tomarle el pelo.
Entonces entendí lo que me estaba pidiendo.
No una prueba.
No era devolverle nada.
Solo el deseo humano y corriente de oír dos veces algo precioso.
—Te quiero —dije.
Se le hundieron los hombros al soltar el aire.
—Gracias.
—No me des las gracias como si te hubiera donado un órgano.
Se le escapó una carcajada, ronca y sorprendida.
—No sé cuál es el protocolo.
—No hay ningún protocolo. Eso ha sido la mitad del problema.
—Cierto.
Parecía más feliz de lo que lo había visto nunca y se esforzaba tanto por no convertir aquella felicidad en presión que lo quise un poco más por el esfuerzo.
—Puedes poner cara de contento —dije.
—Intento no resultar alarmante.
—No lo estás consiguiendo.
—Bien.
Volvió aquella sonrisa.
Me permití disfrutarla.
Entonces Mitchell se levantó.
Despacio.
Se quedó en su lado de la isla.
—¿Qué me estás pidiendo? —dijo.
La pregunta era tan exacta que me reí entre lágrimas.
—Una relación.
Se le iluminó el rostro.
—Una de verdad —dije—. Con nombre. Deliberada. Sin escapatorias.
—Sí.
—No había terminado.
—Perdón.
—Novio y novia suena vergonzosamente adolescente para dos personas que hablan de pediatras y de sangrado posparto, pero, al parecer, ese es el vocabulario que hay.
—Pareja también sirve.
—Pareja. Novio. El hombre con el que tengo una relación. Elige según el contexto.
Mitchell rodeó la isla.
Se detuvo a un brazo de distancia.
—¿Puedo tocarte?
Aquello estuvo a punto de destruirme.
—Sí.
Me puso las manos en la cara.
No posesivas.
No desesperadas.
Cálidas.
Cuidadosas.
—Te quiero —dijo.
—Lo sé.
—Te lo digo otra vez de todos modos.
—Entonces sí. Yo también te quiero.
Me besó.
Al principio, el beso no fue sexual.
Fue de una ternura casi dolorosa; nuestras bocas se encontraron como si estuviéramos aprendiendo un idioma antiguo con una gramática nueva.
Lo agarré por delante de la camisa.
Se apartó antes que yo.
—Has dicho que lo de la casa, más adelante.
Parpadeé.
—Sí.
—Te he oído.
—Bien.
—Nada de cajas de mudanza. Nada de ceremonias de entrega de llaves. Nada de reorganizar armarios.
—Estupendo.
—Ya tienes un código.
—No estropees esto.
Se rio y me besó la frente.
El primer minuto después de decir que sí resultó casi incómodo.
No porque me arrepintiera.
Sino porque durante meses cada interacción entre nosotros había llevado consigo un manual de procedimiento invisible.
¿Qué nos está permitido tocar?
¿Qué significa esto?
¿Esto es crianza o romance?
¿Esto cuenta como prueba?
Ahora la respuesta había cambiado, y ninguno de los dos quería correr tanto con el permiso nuevo como para recrear la vieja costumbre de dejar que los actos se adelantaran a las palabras.
Mitchell seguía con las manos en mi cara.
Yo tenía los puños cerrados sin fuerza en su camisa.
Estábamos lo bastante cerca para volver a besarnos.
En cambio, me reí.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Esto es raro.
—¿En el mal sentido?
—No. En plan «nos hemos acostado en el suelo de tu salón y, por algún motivo, lo que me pone nerviosa es ser tu novia».
El alivio le dibujó una sonrisa.
—A mí también me pone nervioso lo de ser tu novio.
—Parecías muy contento cuando lo dijiste.
—Contengo contradicciones.
—Todo el mundo le roba frases a Maritza.
Me besó la frente.
—Podemos estar nerviosos.
Ahí estaba otra vez la diferencia.
No hacía falta usar la familiaridad física para borrar la incomodidad emocional.
Podíamos permitir que lo nuevo se sintiera nuevo.
Nos pasamos al sofá y nos sentamos juntos.
Nos quedamos sentados, sin más.
Eso también fue deliberado.
El siguiente momento sexual importante le correspondía a un después, cuando la reconciliación ya se hubiera asentado; no servía como prueba de que fuera real.
Por esta noche, las palabras bastaban.
Una vez dichas las palabras, hicimos algo de una normalidad casi ofensiva.
Pedimos la cena.
No porque ninguno de los dos entendiera la importancia de lo que había pasado.
Sino porque la emoción no me había quitado el hambre y estaba embarazada de treinta y seis semanas, sin el menor interés en convertir la reconciliación en un ritual de ayuno.
Mitchell pidió comida al tailandés de la Catorce.
—Con lima extra —dije.
Me miró.
Los dos recordamos la misma vieja rutina en el mismo instante.
Un año antes, la lima extra había formado parte de la rutina que nos negábamos a nombrar.
Ahora solo era la cena de dos personas que por fin se habían puesto de acuerdo sobre el sustantivo.
—Con lima extra —dijo.
Comimos en la isla de la cocina.
En un momento dado, Mitchell alargó la mano hacia mi vaso de agua, pero se detuvo.
—¿Te lo relleno?
—Sí.
Lo hizo.
Estuve a punto de reírme porque, por lo visto, la relación iba a sobrevivir a base de miles de comprobaciones microscópicas de consentimiento, hasta que dejaran de parecer microscópicas y se convirtieran en costumbre.
—Sabes que no tienes que preguntarme si puedes rellenarme el vaso durante el resto de nuestras vidas —dije.
—Lo sé.
—Bien.
—Estoy recalibrando.
—Suena profundamente romántico.
—Contengo multitudes.
—Se lo has robado a Maritza.
—Tiene buen material.
Sonreí sin levantar la vista de los fideos.
Esto era lo que había estado esperando sin saber cómo describirlo.
No un momento arrollador en el que la confianza volviera de golpe.
Sino la capacidad de dejar que la vida corriente retomara su curso sin perder la claridad que había hecho posible la reconciliación.
Hablamos de tonterías porque, de lo contrario, la intensidad se habría vuelto insoportable.
De si «novio» sonaba demasiado juvenil.
De si «pareja» sonaba como si fuéramos socios de un bufete de abogados.
De si mi madre lloraría.
De si Monica fingiría no decir «te lo dije».
—Daniel va a ser insoportable —dijo Mitchell.
—Daniel apenas habla.
—Es capaz de ser insoportable con una sola ceja.
—Cierto.
En algún momento apoyé la cabeza en su hombro.
Gabriel pateó tan fuerte que Mitchell lo notó a través de mi costado.
Se rio en voz baja.
—Nuestro hijo elige fatal los momentos.
—Lo ha aprendido de ti.
—No paras de decir eso.
—Las pruebas se acumulan.
Ahí estaba esa palabra.
Pruebas.
Durante meses las había ido reuniendo porque necesitaba saber si el cambio era real.
Ahora podía dejar de tratar cada momento cotidiano como un juicio.
No porque las pruebas ya no importaran.
Sino porque había decidido qué significaban.
Cuando me marché, más tarde, Mitchell me acompañó hasta la puerta.
—Buenas noches, novia —dijo.
Gruñí.
—No vuelvas a decirlo así.
—¿Pareja?
—Mejor.
—Buenas noches, pareja.
Sonreí.
—Buenas noches, novio.
Su sonrisa fue ridícula.
—Eso te gusta demasiado.
—Me pasé un año fingiendo que los sustantivos eran peligrosos. Déjame disfrutar de uno.
Lo besé una vez más.
Después me fui a casa, a mi propio apartamento.
Eso importaba.
Nos habíamos reconciliado.
Estábamos enamorados.
Teníamos un nombre.
Y ninguno de los dos necesitaba derribar de la noche a la mañana todos los límites que quedaban para demostrarlo.
Por primera vez, el mismo lenguaje nos pertenecía a los dos.
Ninguno de los dos se inmutó.