La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 69 Negro Azabache y Rojo Sangre
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Capítulo 69 Negro Azabache y Rojo Sangre

El cansancio pasó de una sensación a una presencia física, literalmente, un peso de plomo sobre mis hombros.

Tras el viaje a Carracedo y el regreso en aquel autobús infinito con el coro de Bianca, mi vida se había convertido en una carrera de obstáculos.

Había tenido que recuperar horas de estudio y trabajo a marchas forzadas.

El sábado, después de salir del Black Rose, mi hermana y yo fuimos directas a Paco, para bailar al son del house de Curro hasta que el sol comenzó a asomar sus primeros rayos.

Después del desayuno de rigor, ni siquiera pasé por la cama.

Me cambié de ropa y me fui directa al Palacio de Congresos.

Necesitaba el dinero de aquel trabajo extra como modelo de peluquería, pero en aquel momento, sentada en una simple silla en el centro del escenario, me arrepentía de cada minuto que no había dormido.

Un estilista italiano, que no dejaba de hablar por un pinganillo a un público lleno de profesionales y dueños de peluquerías de todo Valladolid, me usaba como lienzo para mostrar lo más "in" de Milán.

Me aplicó una pasta fría en la parte delantera de la cabeza, me lavó el pelo y empezó a manejar las tijeras.

Siempre he odiado el flequillo, pero allí estaba yo, dejando que me lo cortaran por encima de las cejas ante la mirada atenta de cientos de expertos.

Entonces, empezó el secado.

El calor del secador era un arrullo peligroso.

El italiano hablaba con esa voz cantarina y, al colocarme el resto de mi pelo largo por delante de la cara para trabajarlo, creó una cortina que me ocultaba de la gente.

En esa oscuridad cálida, mis ojos empezaron a cerrarse.

El paisaje estrellado de las llanuras de El Bierzo se dibujó en mi mente.

Me dormí. Me dormí profundamente en mitad del escenario.

Sentí que el mundo se inclinaba. De repente, un tirón firme en el brazo me salvó de desplomarme directamente contra el suelo. El italiano dejó de hablar un segundo y sentí un pellizco agudo en el antebrazo.

—Svegliati —me susurró con un tono que traducía claramente un: "despierta o no cobras".

Abrí los ojos de golpe, asustada. Para no volver a caer en el abismo del sueño, me concentré con todas mis fuerzas en la imagen de los ojos de la Chata, fijando la vista en un punto inexistente de la sala.

El italiano terminó su obra maestra entre los aplausos de la comitiva.

Bajé las escaleras del escenario tambaleándome, rezando por no rodar por los peldaños.

Pero mi "complicada" labor no había terminado.

Tenía que pasearme por los pasillos entre las sillas para que los peluqueros pudieran manosear mi nueva pelambrera y admirar la destreza del maestro, que me seguía con la mirada, orgulloso.

Al fondo de la sala vi a mi hermana, que también hacía de modelo.

Casi me da un vuelco el corazón: ella iba con la cabeza llena de papeles de plata, como si le hubieran puesto una antena de televisión para sintonizar la TVE.

Se reía de mí y me apuntaba con el dedo.

—Mírate, jajaja... —me dijo cuando pasé por su lado—. Mira lo que te han hecho en el pelo.

Salí de la sala hacia el recibidor del palacio, buscando desesperadamente un espejo. Encontré uno imponente, de estilo victoriano, con el marco dorado y labrado. Me quedé paralizada.

Allí estaba yo, o quien quiera que fuera esa desconocida.

Por unos billetes que apenas me servirían para cubrir los gastos de dos días, habían transformado mi imagen por completo.

Yo, que siempre había sido castaña, ahora lucía una melena negro azabache que me endurecía las facciones.

Pero lo peor era el flequillo: recto, corto y de un rojo intenso, casi eléctrico.

Me toqué el pelo con los dedos, todavía calientes por el secador.

El contraste entre el negro y el rojo me hizo recordar a la bruja Avería de la Bola de Cristal.

Ya no era la Lucía de siempre. El espejo me mostró la imagen de alguien que estaba en pleno momento de transformación a todos los niveles.

Aunque me juré que este horrendo flequillo no se quedaría así por mucho tiempo.