Capítulo 67 Mimbres de Estado
Los primeros días de Vera en el mundo transcurrieron bajo un sol de justicia que obligaba a mantener postigos de madera del taller medio cerrados. El silencio solo era roto por el susurro del Duero y el suave rítmico de la cuna de mimbre.
Sancha observaba con una sonrisa contenida una escena que jamás habría imaginado en la corte de León.
El Caballero de Carracedo, aquel guerrero capaz de blandir una espada de mano y media sin pestañear, se encontraba ahora arrodillado frente a un barreño de madera.
Con una torpeza encantadora y los dedos endurecidos por el acero, intentaba lavar los pañales de lino de su hija, negándose a que María y Sancha hicieran todo el trabajo.
—Vuestras manos están hechas para la guerra, mi señor, no para el jabón de sosa —bromeó Sancha desde el lecho, donde recuperaba fuerzas.
—Estas manos están hechas para lo que mi familia necesite —respondió él, girándose con la cara salpicada de agua y una expresión de absoluta derrota ante una mancha rebelde—. Prefiero enfrentarme a diez almorávides que a este pliegue de tela, Sancha. Es… desconcertante.
Rieron juntos, un sonido que llenaba la casa de una humanidad nueva. Carracedo se acercó a ella, secándose las manos en su sayal, y tomó a Vera en brazos con una delicadeza extrema, dejando que la pequeña agarrara su dedo índice con toda su fuerza.
—Es fuerte —murmuró él con orgullo—. Tiene vuestra voluntad.
—Y vuestra mirada —añadió ella, volviéndose seria de repente—. Pero esa fuerza será necesaria, Carracedo. He estado pensando en lo que escribisteis sobre las obras. El tiempo corre y mi hermano Alfonso no dejará de preguntar por mi ausencia mucho más tiempo.
La Sancha soberana emergió tras los ojos de la madre. Se incorporó, apoyándose en los cojines, y extendió sobre la colcha un pequeño mapa que el clérigo de San Salvador le había hecho llegar discretamente.
—He recibido noticias de que mi hermano está planeando la futura expansión del Císter en los Montes Torozos —dijo Sancha, señalando el punto cerca de Valladolid —.
Ha enviado emisarios para tantear a los monjes de Claraval.
Esto es vital, señor mío. Si las tierras de Castilla se convierten en el gran foco de la orden, vuestro Carracedo en el Bierzo debe ser el bastión equivalente en el Reino de León.
El Caballero asintió, recuperando su porte de estratega. —El Maestro Petrus ha terminado la cimentación de la Sala Capitular. Pero los nobles del Bierzo empiezan a recelar de mis plenos poderes. Creen que estoy construyendo más un fuerte que un monasterio.
—Que lo crean —sentenció Sancha con firmeza real—.
Mientras yo firme los privilegios, nadie os tocará.
Quiero que Carracedo sea una "puerta del cielo", pero también un cofre inexpugnable.
Si la Santa Espina va a custodiar una espina de la corona de Cristo, nuestro monasterio debe estar listo para lo que nosotros portamos.
Carracedo la miró, asombrado por la capacidad de Sancha de organizar el tablero de ajedrez del reino mientras amamantaba a la pequeña heredera y guardiana de la fe.
—Partiré en unos días —dijo él con pesadumbre—. Debo supervisar la llegada de los nuevos canteros y asegurar que el sistema de aguas que ideamos quede oculto bajo el claustro antes de que los monjes tomen posesión definitiva de las celdas.
Sancha le tomó la mano, apretándola con fuerza. —Id. Haced de Carracedo el lugar que Vera merece. Yo me encargaré de que la diplomacia de León mire hacia los Montes Torozos y la Santa Espina mientras nosotros terminamos nuestra obra en el silencio del Bierzo.
Aquella noche, mientras el Caballero preparaba sus arreos bajo la luz de la luna, Sancha escribió la orden de donación para los monjes que vendrían de Francia.
Estaba tejiendo una red de fe y arquitectura que ocultaría la verdad de Vera y del Espejo de Azabache tras los muros más sagrados de la cristiandad.