Capítulo 18 — Lo que se debe #3
Lo supe después de comer, cuando me hizo la seña, la libreta, y escribió con la mano ya casi quieta, con las letras tan en la fila que daban ganas de subrayarlas. Escribió tres palabras, con su punto, y me giró la libreta:
«Los domingos. Escribe.»
—Los domingos —dije—. Te escribo todos los domingos. Carta de verdad, en papel, a la dirección de siempre. Y tú me contestas con la izquierda, lo que la mano pueda sostener. Sin prisa.
Mi padre asintió con la cabeza entera. Luego levantó un dedo —todavía no— y añadió por gestos, con la parsimonia de quien no desperdicia uno: señaló el papel, después puso la palma hacia abajo sobre mi móvil, que estaba encima de la mesa, y después señaló el aparador, el cajón, el archivo.
Papel, no máquinas. Las cartas se guardan.
—Papel —dije—. Para que lo que uno solo vea deje de ser verdad, ¿no? Que lo vean los dos: tu mano y mi buzón.
Se llevó la mano izquierda al pecho, dos golpecitos. Su libro. Su año. Su manera de decir que la guerra había terminado y la había ganado la escritura lenta.
Hice la maleta por la tarde, con la niebla subiendo del río, y dejé la libreta de trabajo encima de la mesa del cuarto del fondo un rato, mirando la pared.
La pared se quedaba: diecinueve hojas, las tarjetas, el cuaderno azul, la hoja del membrete.
Era de la casa, como el archivo del cajón con llave, como el tarro de los tornillos.
Mi padre había perdido una batalla a solas en marzo porque su papel estaba guardado donde no lo oía nadie; la pared colgada era la corrección de aquel error, y las correcciones no se descuelgan.
Le hice las fotos que Nerea me había pedido —las copias, para que existiera en dos sitios— y bajé.
La despedida fue en la puerta, a las seis, con Felisa ya ida y Jon sin venir, que era el orden nuevo de aquella casa.
Mi padre se había puesto la chaqueta de lana de estar por casa, la buena, para despedirme: hay solemnidades que solo entienden los que han trabajado con las manos toda la vida.
Me agarró la muñeca con la izquierda, me apretó dos veces, despacio, y soltó.
Después hizo una cosa que no esperaba: señaló mi bolso, donde asomaba la libreta, y luego se señaló el pecho, y luego la puerta, la calle, el mundo entero alrededor, con un gesto amplio que abarcaba todo lo que quedaba fuera de esa casa.
—Lo llevo escrito —dije, y se me quebró la voz en la sílaba—. Todo. Y vuelvo el segundo domingo de diciembre, aita. Está fechado.
Asintió. No lloró, o lloró por dentro, que era su manera.
Yo sí lloré, ya en la calle, con la maleta protestando en los adoquines y la niebla comiéndose las farolas desde arriba, y pensé que era la segunda vez que salía de aquella casa con quince años a cuestas, y que esta vez los quince años no venían conmigo: se quedaban dentro, escritos, fechados, con testigo.
El tren de las seis y media salió a su hora.
Madrid me recibió con su fauna de siempre, el metro, el portal, la cama deshecha del jueves, y a las nueve de aquel domingo, con la ropa sin deshacer todavía, me senté a la mesa de la cocina de mi piso y saqué papel de carta, el bueno, el que había comprado el sábado junto a los sobres limpios.
«Aita:»
Y ahí me quedé parada, con el bolígrafo en el aire, como se queda la gente delante de una puerta que sabe que se abre pero no recuerda cómo.
Quince años no caben en una carta; caben en una vida, y la vida ya la había hecho yo de cara a aquella cocina sin mirarla.
¿Por dónde se empieza a devolver quince años?
¿Por el tren del dos mil doce? ¿Por la frase que me bastó para irme?
¿Por los congresos, los pacientes, las familias de otros armadas contra la primera respuesta?
Todo eso era la cuenta, y la cuenta ya la conocía él mejor que yo, fechada en una pared.
Las cartas no se escriben con la cuenta: se escriben con lo que queda cuando la cuenta está cerrada.
Y lo que quedaba, lo supe de pronto con una claridad de temperatura baja, era lo más simple y lo más difícil: las noticias.
El día a día. Las cosas que no le había contado nunca a nadie de esa casa porque no hubo quince años para contarlas.
Escribí al fin despacio, con mi letra de todos los días, y la primera frase no fue una disculpa ni una declaración: fue un parte, el notariado de pobre que aquella casa me había enseñado:
«Aita: llegué bien. El tren salió a su hora. En Madrid llueve. Te escribo el domingo, como hemos dicho, y te cuento la semana, que es lo que nunca te conté.»
Debajo puse la fecha, catorce de noviembre, porque las fechas, en mi familia, ya eran una manera de querer.
Lo metí en el sobre, escribí la dirección de siempre, y lo dejé encima de la mesa para echarlo al buzón por la mañana, a primera hora, que era como se echaban las cosas que no se querían aplazar ni un día más.
Quedaban quince años por devolver, uno a uno, domingo a domingo. No sabía cómo se pagaba una deuda así. Solo sabía por dónde se empezaba: por una carta con fecha, echada a tiempo, en un buzón de verdad.