Capítulo 17 — Acta de presencia
El viernes cinco de noviembre amaneció sin niebla, con un frío limpio y una luz baja que entraba en la cocina hasta la mitad de la mesa, y la casa se levantó en orden de ceremonia.
Lo escribo así, con esa palabra, porque fue la palabra que usó mi padre sin usarla: se puso la camisa de los domingos, la de abotonar despacio con la izquierda, y se peinó dos veces, que con una mano peinarse es una obra, y bajó a las ocho y media con la seriedad del que preside.
La camisa de los domingos era para los días que eran suyos.
Aquel viernes era suyo desde que el sol se levantó.
Yo había hablado con Nerea el jueves, después de la noche larga, con la voz baja y mi padre ya acostado.
Le dije que el acta seguía en pie, que mi hermano sabía que ella venía, y que era posible que hiciera falta algo más que un acta.
Nerea no preguntó qué. Hubo un silencio de despacho, y luego dijo:
—Los reconocimientos de deuda también se firman a domicilio, señorita Bengoa. Si hace falta, se firman. Llevaré la minuta en el maletín, que las minutas no ocupan sitio. —Una pausa—. Dígale a su padre que no se mueva la cita.
Felisa llegó a las nueve menos cinco, con el abrigo bueno y la bolsa de siempre, y en el recibidor se cuadró y dijo, como quien declara una excepción:
—He venido a trabajar. Lo que pase después, que pase trabajando.
Puso la casa de diario, porque eso era lo que había que hacer con la mañana: tratarla como una mañana.
El taper en su hueco, la medicación comprobada con dos dedos y un vaso de agua, la mesa de la lamparilla despejada y repasada dos veces, una por costumbre y otra por nervios.
En el aparador quedaron las carpetas: la del acta, la del banco, la de la historia clínica, y encima de todo el sobre certificado, amarillento por los bordes, con su pegatina azul y su matasellos violeta.
Mi padre lo miró al pasar y puso dos dedos encima, sin peso, un segundo.
Después desayunó con apetito, cosa rara en los días grandes, y se rio una vez, con la mitad de la cara, de que Felisa le pusiera la servilleta delante como un cubierto de gala.
Luego se sentó en su silla, con la libreta cerrada delante y el bolígrafo suelto de la goma, y esperó.
La casa entera esperó con él: el relé de la nevera, la lamparilla encendida aunque había luz, el folio limpio alineado con el borde.
Jon llegó a las nueve y cuarenta.
Lo oí en la puerta antes de verlo, porque no usó llave: llamó al timbre, por primera vez desde que yo llegué, en la casa que administraba.
Fui yo a abrir. Mi hermano estaba en el quicio con la chaqueta de los días fríos y la cara de no haber dormido, sin caja de pastelitos, sin voz suelta, sin número.
Nos miramos un segundo, los dos haciendo la cuenta de la noche anterior.
—He hablado con el despacho —dijo, sin hola, con la voz gastada—.
Ayer. Hasta las ocho. —Se frotó la cara—.
Me han dicho que no presente nada. Que con una carta certificada de hace un año y una valoración ascendente, una curatela no se pide: se firma uno solo la sentencia.
Que esas fueron sus palabras, Leire. Mi abogado.
—No es tuya la sentencia, Jon —dije—. Es la cuenta. Y hoy se arregla la cuenta. Pasa.
Entró. En la cocina, Felisa estaba de pie junto al fregadero, con las manos secas y quietas, y mi padre estaba en su silla, con la camisa de los domingos.
Jon se paró en la puerta de la cocina y lo miró —la camisa, la libreta, la lamparilla— y vi que lo entendía entero: mi padre se había vestido para su propio día.
No para la visita de un médico pedida por otro: para la suya.
Jon tragó saliva y no dijo nada. Se quitó la chaqueta, la colgó, y se sentó en la silla del lado sin que nadie se la ofreciera, con las palmas en las rodillas, mirando el mantel.
—Podemos arreglarlo en familia —dijo al cabo, al centro de la mesa, sin mirar a nadie—. Sin papeles de fuera. Te lo digo de verdad, Leire. Esto es de la familia.
—Eso estamos haciendo —dije—. En familia y con papel. Que es como se arreglan las cosas que tienen que durar. Ya no hay versión sin fecha en esta casa, Jon. Se acabó esa moneda.
Mi padre no apartó los ojos de Jon en todo aquel rato. No era una mirada de juicio; era peor, o mejor: era la atención completa, la de siempre, la de quien oye cada palabra y la pesa. Jon la sostuvo tres segundos y miró al mantel.
A las diez en punto sonó el timbre.
Nerea Zabalza entró con su maletín y sus gafas colgando de la cadena, se sacudió el frío de los hombros en el recibidor, y saludó primero a Felisa —«señora»—, luego a Jon —un gesto seco, profesional— y por último se plantó delante de la silla de mi padre y se inclinó un poco, con las dos manos en el maletín.
—Don Patxi —dijo—. Le dije que esta vez subía yo la escalera.
Mi padre se levantó. Con el esfuerzo ordenado de siempre, con la izquierda en el brazo de la silla, se puso en pie delante de la notaria, y le ofreció la mano izquierda, y Nerea se la estrechó con las dos suyas, un apretón corto y entero, de esos que no necesitan traducción.
Después se sentaron el uno enfrente del otro, y Nerea sacó del maletín una carpeta de protocolo, un bolígrafo negro, y puso el maletín en el suelo, contra la pata de la silla, con la precisión de los oficios viejos.
—Vamos a hacer esto bien, que es despacio —dijo—.
Ya saben todos lo que es esto, y lo repito porque es mi oficio repetirlo: esto es un acta de presencia.
Yo no certifico salud; eso es de los médicos.
Yo no reparto nada ni autorizo nada. Yo doy fe: dejo escrito que hoy, cinco de noviembre de dos mil veintisiete, a las diez de la mañana, estuve en esta casa con don Patxi Bengoa, que le hablé, y que él me contestó con los medios que tiene.
Lo que él diga hoy aquí no se lo podrá llevar el viento. Eso es todo, y eso es mucho.
Miró a Jon al decir lo del viento, o me lo pareció. Jon no se movió.
Nerea empezó por lo formal, y lo formal, en boca de aquella mujer, sonaba a misa laica: sus datos, los de mi padre, el DNI de él, que sacó del bolsillo del pecho con la izquierda —le costó, con una mano, y nadie le ayudamos, porque hay ayudas que son robos— y que Nerea cotejó despacio.
Los presentes, nombrados uno a uno: la hija, el hijo, la señora Odriozola.
La dirección. La fecha, dicha dos veces, como se dicen las cosas que tienen que quedar.
Y antes de la primera pregunta, una cosa que no esperaba y que le agradecí en silencio, porque era la pregunta que yo no había sabido pedir:
—Don Patxi —dijo—. Usted decide quién está en esta habitación mientras usted declara. ¿Quiere que estén sus hijos? ¿Quiere que esté la señora Odriozola? ¿O prefiere que salga alguien?
Mi padre no tardó. Escribió corto, y se lo entregó en la mano, y Nerea leyó:
—«Que estén todos. Que lo oigan.» —Nerea asintió—. Consta que la presencia de todos los aquí reunidos es voluntad expresa del compareciente. —Y a mi padre, con la cabeza inclinada—: Así se hace, don Patxi. Todo por escrito, hasta la sala.
Después se volvió a él del todo, y habló con él, solo con él:
—Don Patxi. ¿Qué día es hoy?
Mi padre soltó el bolígrafo de la goma y escribió en el folio, despacio, las letras en la fila, y no me lo giró a mí: se lo entregó a ella, en la mano, con los dos dedos. Nerea lo leyó en voz alta:
—«Viernes, cinco de noviembre de dos mil veintisiete. En mi casa. Usted es la notaria Zabalza.» —Levantó la vista por encima de las gafas—. Correcto y completo. Don Patxi, ¿sabe por qué estoy aquí?
Mi padre escribió otra vez. Esta vez tardó más, porque la frase era más larga, y la escribió con las paradas de medir, la punta quieta antes de cada palabra. Al final entregó la hoja a Nerea, y Nerea leyó:
—«La llamé yo. Para que conste lo que quiero, escrito por mí, delante de usted.
» —Asintió—. Bien. Entonces vamos a ello.
Le voy a preguntar tres cosas, don Patxi: su cuenta, su casa y sus cuidados.
Usted me contesta como quiera, escrito o con gestos, y yo lo leo en voz alta y usted me dice si lo he leído bien. ¿De acuerdo?
Mi padre asintió con la cabeza entera.
Hubo un momento, en la segunda respuesta, en que la mano se le atascó en una palabra larga —«autorización»— y el trazo se le cansó a la mitad y la palabra salió rota.
Mi padre bufó, el bufido viejo, y me miró, y yo hice lo único que estaba allí para hacer, lo que mi oficio permite y manda: le ofrecí la palabra en voz alta, despacio, sílaba a sílaba, y él la cogió y la acabó con la mano.
Nerea nos miró a los dos, y dijo, sin dejar de escribir:
—Constará también la asistencia: quién la prestó y en qué consistió. La ayuda declarada no invalida nada. La que invalida es la que no se declara. —Y a mi padre—: Suya es la frase, don Patxi. Yo solo he visto cómo la montaba.
La cuenta fue lo primero. Nerea preguntó; mi padre escribió; Nerea leyó en voz alta, y él confirmó con la cabeza entera cada vez:
—«Mi cuenta es mía. Los extractos vienen a esta casa, en papel, a mi nombre, como antes. La tarjeta la tengo yo. Mi hija Leire me ayuda con el banco cuando yo se lo pida, y conste que se lo pido.»
—Y hasta hoy, don Patxi —preguntó Nerea, con la voz plana del oficio—, ¿quién le ha llevado la cuenta?
Mi padre escribió dos frases, y las entregó, y Nerea las leyó sin cambiar el tono, que era la piedad posible en aquella mesa:
—«Mi hijo Jon. Se acabó.»
La casa fue lo segundo:
—«Vivo en mi casa. Es mi casa y me muero en ella, cuando toque. Las llaves las doy yo. Quien no las tenga, llama al timbre.»
—Jon llamó al timbre esta mañana —dije, bajito, sin poder evitarlo, y Nerea asintió sin sonreír, que era su manera de sonreír.
Los cuidados fueron lo tercero, y ahí mi padre escribió más despacio que en nada, con la punta quieta mucho rato antes de empezar, como quien mide la pieza que más importa: