Capítulo 13 — Lo que guardaba Felisa
El lunes amaneció con la niebla de finales de octubre, la espesa, la que no se levanta en todo el día y convierte las ventanas en pantallas apagadas.
La pared del cuarto del fondo llevaba colgada desde el sábado —trece hojas, cinco semanas, una curva— y yo había dormido con ella detrás de los ojos, como se duerme con una lámpara encendida en el cuarto de al lado.
Quedaba una pieza. Lo sabía desde que mi padre tocó la primera hoja y la última con la yema de dos dedos y peleó su sílaba: sube.
La curva subía, el banco estaba leído, la notaría estaba fechada, la historia clínica ya no era de una sola boca.
Todo lo que la otra historia había metido en el mundo por un solo conducto tenía ya su contrario escrito.
Todo menos el conducto mismo: la mujer menuda y rápida que contaba lo mismo a dos destinatarios cada tarde a las seis y cinco, la que veía y no había que preguntarle, la que en un recibidor me había dicho que el señor era más de lo que parecía y que lo cuidara.
Oí a mi padre en el pasillo a la hora de siempre —paso, arrastre, la palma en la pared en la curva— y le tuve el desayuno listo cuando llegó: el café corto de leche, la tostada, el pastillero abierto en la casilla del día.
Hicimos la sesión de la mañana, oficios otra vez, su ejercicio rey, la manera de empezar la semana ganando; clavó «carpintero», «ebanista» y «tornero», y bufó de orgullo, el bufido bueno, el de la espiga que sale.
Cuando recogí las tarjetas no me levanté.
Me quedé sentada con las manos quietas y la mesa despejada, que era como se hacían las preguntas grandes en aquella casa.
—Aita. Esta semana hablo con Felisa. En serio. Con todo lo que tenemos encima de la mesa.
Mi padre me miró con la atención completa, la que ya no me desordenaba: me ordenaba.
No hizo sí ni no enseguida. Abrió la libreta, soltó el bolígrafo de la goma y escribió.
La mano izquierda iba ya con el ritmo nuevo, seguido, las palabras llegando en grupos en vez de a saltos, las letras tan en la fila que daban ganas de subrayarlas.
Escribió cuatro palabras, con sus dos puntos, y me giró la libreta:
«La carta. Felisa la tiene.»
Me la quedé mirando hasta que las cuatro palabras me devolvieron la misma pregunta.
—¿Qué carta, aita? La de mamá ya la tengo. La leí, tú lo viste. ¿Es otra?
Mi padre no escribió más. Cerró la libreta con la palma, despacio, y apoyó la mano encima, y me miró.
Ya distinguía sus cierres: aquel no era un «no», ni un «todavía no».
Era un «ya lo verás». Mi padre, que dosificaba la verdad como dosificaba el esfuerzo, en lo que la mano podía sostener, me acababa de dar por delante el final de una conversación que yo aún no había tenido.
Fuera lo que fuese lo que Felisa guardaba, él ya lo había dicho antes que ella.
La carta. Sin nombre, sin fecha, sin remitente.
En esta casa las cartas eran ya una categoría con historia: estaba la que había esperado quince años en la calle de la Escuela, y estaba el cuarto de arriba, del que todas las cartas habían desaparecido con una limpieza que solo podía ser deliberada.
Y ahora, al parecer, había una tercera cosa, y la tenía la asistenta.
Le puse la fecha a la nota delante de él —veinticinco de octubre, catorce hojas— y la archivé, y él me miró archivarla con la cara de la pieza que encaja.
Felisa llegó a las nueve menos cinco, con la niebla pegada al abrigo y la bolsa de la verdura, porque era lunes y los lunes eran el día del puré.
La casa cambió de marcha como cambiaba todas las mañanas de entre semana: el fregadero empezó a sonar, la tabla de ejercicios apareció encima de la tele, la medicación de la mañana salió del pastillero con su comprobación de siempre, dos dedos, un vaso de agua, la vista en la boca de mi padre.
Yo la observé con la nota de cuatro palabras todavía caliente en la libreta, y vi lo de siempre con otra luz: el taper en su hueco exacto de la nevera, el cacito lavado y guardado boca abajo, las tarjetas con la letra redonda y aplicada.
Una mujer que lo dejaba todo en orden y no dejaba nada suyo.
Si aquella casa funcionaba como una centralita, Felisa era la telefonista: la que conectaba, la que pasaba las comunicaciones, la que escuchaba todas las líneas y no figuraba en ninguna factura.
Y ahora mi padre decía, con la mano que ya apenas le temblaba, que la telefonista guardaba una carta.
Esperé a la hora de comer, cuando mi padre se quedó con el periódico que miraba más que leía y Felisa pelaba su fruta con la economía de siempre.
—Felisa. Mañana, cuando salga de aquí, ¿puedo ir con usted a su casa?
Dejó el cuchillo quieto. Me miró, miró el pasillo, calculó. Su cara, la de quien no gasta mentiras de oficio, hizo su inventario del terreno: qué se pedía, quién lo pedía, qué costaba.
—A mi casa —repitió.
—A su casa. No al banco de los tilos, no a la parada. Necesito hablar con usted con tiempo y sin reloj. Y creo que a usted le conviene que sea en su casa y no en esta.
La última frase la pesé antes de soltarla, y vi que caía con su peso exacto. Felisa reanudó el cuchillo, despacio, pensando con las manos.
—Pues venga —dijo al final—. A las seis y media estoy en casa, que recojo cuatro cosas antes. —Una pausa; la pera, en cuartos; las semillas, fuera—. ¿Y esto…?
—Esto se lo cuenta a Jon como se lo cuenta todo —dije—. La hija me ha pedido ir a su casa a hablar de mi trabajo. Que es verdad, por cierto. Es lo que hay.
Me miró entonces, y vi que había entendido entera la otra verdad debajo: que yo ya no le pedía nada a escondidas de la cadena, sino delante de ella, y que eso era nuevo, y que ella tendría que decidir qué hacía con lo nuevo.
No dijo nada. Dejó la pera en el plato de mi padre, con la servilleta doblada debajo, como siempre.
Jon vino a las ocho, cenó rápido, contó el taller —un estante para la librería de la calle Mayor, el precio de la cola, nada que necesitara respuesta— y no preguntó.
Lo registré con el escalofrío fino de siempre: el parte de las seis y cinco ya le había dicho que yo había pedido ir a casa de Felisa, y Jon administró la cena sin tocarlo.
Los administradores preguntan lo que no saben.
De lo que temen, no preguntan. Se fue a las nueve y media, con su frase de despedida colgada de la lámpara —«no lo tengas hasta tarde, que a su edad el sueño se paga»— y la casa se quedó en la paz de los dos.
Mi padre, antes de subir, me agarró la muñeca con la izquierda y me apretó una vez, y soltó. Un párrafo entero. Sigue.
Aquella noche, antes de acostarme, hice el inventario de lo que podía ser.
Las hago así, las listas de posibilidades, como en el diagnóstico: todas las opciones encima de la mesa, sin enamorarme de ninguna.
Una segunda carta de mi madre, la que no me dieron, la que siguió viajando: la descarté casi en el acto, porque Miren no era de las que guardan dos cosas diciendo una.
Un papel del banco, una escritura, algo de Jon: posible, pero entonces no lo guardaría Felisa, o no me habría avisado él.
Y una tercera opción, la que me quitó el sueño: una carta suya.
Escrita antes. Escrita con la derecha. Si mi padre había ido solo a una notaría en marzo para que constara que estaba bien, ¿qué le impedía, meses antes, haber dejado su verdad en otro sitio seguro, fuera de esta casa, fuera del alcance de la llave propia de Jon?
Lo pensé, y luego lo despensé, que es lo que se hace con las hipótesis a la una de la mañana: se guardan en su estante y se les deja madurar.
Me dormí con el «ya lo verás» de mi padre todavía encendido en la cocina de abajo, como una lamparilla que no se apaga.
El martes fue un día de agua menuda y de espera ordenada.
Felisa llegó a las nueve menos cinco y trabajó como todos los días, con cada cosa en su sitio, y solo una vez la vi mirar el reloj de más, a mediodía, cuando creyó que yo no miraba.
Hice la sesión de la mañana, saqué a mi padre a por el pan entre chaparrón y chaparrón —él quiso pagar, moneda a moneda, con la izquierda, y la panadera esperó sin una prisa—, comimos el puré del lunes recalentado con sus ocho minutos de tarjeta, y por la tarde, mientras mi padre dormía la siesta, repasé la libreta de trabajo como se repasa una caja antes de cerrarla.
Catorce hojas. La tabla del banco, con el total escrito dos veces.
La línea de tiempo. La tarjeta de agosto, la de la tía Maite, el antes con pulso firme.
Todo fechado, todo con su fuente. Y un hueco en forma de mujer menuda: todo lo que yo sabía de la cadena de los partes lo sabía por la propia cadena, que es la peor manera de saber nada.
A las seis menos cinco me abrigué. Felisa salió con su puntualidad de reloj de estación, y bajamos juntas la calle de la Estación sin hablar, como dos personas que llevan un paquete entre las dos y no quieren romperlo.
Su barrio estaba al otro lado del río, donde la ciudad se volvía de los setenta: bloques de ladrillo visto, tendederos, portales con el portero automático viejo y la luz de escasos.
Felisa caminaba por él con otro paso, más suyo, y saludaba: al quiosquero, a una vecina con el carro, al del bar de la esquina, que le levantó la taza desde la barra.
Aquí no era la asistenta de nadie. Aquí era Felisa Odriozola, la del cuarto, la que llevaba treinta años pagando el mismo piso.
Me dio vergüenza no haberlo imaginado antes: que tuviera una ciudad propia, con saludos y con bar.