Capítulo 11 — La evaluación #2
El martes por la mañana, antes de salir al ambulatorio, Felisa dejó la casa dispuesta como una habitación de hotel de las de antes: el taper de su comida en su hueco exacto de la nevera, el cacito lavado y guardado boca abajo, la medicación de mediodía apartada en el platillo, con la tarjeta.
La vi trabajar mientras mi padre se abrochaba la chaqueta buena con la izquierda, y pensé que aquella mujer llevaba dos años y medio siendo la mano derecha de esta casa sin tener ni un cajón, sin sentarse nunca en el salón, sin dejar ni una taza suya a la vista al final del día: una profesional entera que se borraba a sí misma al salir, todos los días a las seis, como quien sale de un sitio donde no ha estado. Se lo dije en la puerta, de pasada:
—Felisa. Esta casa anda por usted.
Se le puso la cara de quien no sabe cobrar un cumplido —los sueldos sí, los cumplidos no— y dijo «ande, vayan, que se les hace tarde», y nos empujó a la calle con la niebla.
El martes llevé a mi padre al ambulatorio a las doce.
Era la primera revisión de cabecera a la que iba yo, y la primera a la que iba él sin Jon, y las dos primeras veces se notaron en la puerta: la administrativa miró la lista, miró a mi padre, me miró a mí, y dijo «el señor Bengoa…
ah, sí, la revisión», con la media pausa de quien archiva un cambio de familia.
El médico de cabecera era un hombre de cincuenta y tantos, con la prisa ordenada de su oficio, y nos recibió con la mano ya en el teclado.
—Don Patxi, vamos a ver esa revisión —dijo, y luego, a mí—: ¿Usted es…?
—La hija —dije—. La de Madrid. A partir de ahora nos turnamos mi hermano y yo para acompañarlo. Que conste, por favor, que hoy acompaña y consulta la hija.
El médico me miró un segundo —los médicos de cabecera conocen la lengua de las familias mejor que ningún otro oficio; saben cuándo una frase es información y cuándo es una escritura— y tecleó.
La revisión fue correcta y gris, como deben ser las revisiones: tensión, pulsaciones, medicación, los analíticos de septiembre.
Y entonces el médico hizo la cosa que yo esperaba, con la naturalidad de quien cumple una rutina:
—Y de la cabeza, ¿cómo lo ve? —me preguntó a mí, por encima de mi padre—. Su hermano nos comentó en su día unos despistes, episodios de desorientación…
—Pregúnteselo a él —dije, suave—. Que entiende todo. Es afasia, doctor: lo que falla es la salida, no la entrada.
El médico parpadeó, se rehízo —de verdad, se rehízo en la silla, con una mano en el ratón— y le preguntó a mi padre, directamente, con la voz un punto más alta de la necesaria, que es el impuesto que paga todo el mundo la primera vez:
—Don Patxi, ¿qué día es hoy?
Mi padre levantó la mano izquierda, pidió el folio y el boli de la mesa del médico con la barbilla, y escribió, despacio, en la línea: «martes, 19 de octubre, 2027.» Y debajo, sin que nadie se lo pidiera, con el orgullo quieto del que se sabe la difícil: «ambulatorio de la Ribera.»
El médico miró el folio. Miró a mi padre.
Miró la pantalla, donde la historia clínica decía lo que decía desde dos mil veintiséis, familia refiere, episodios, desorientación.
Yo no dije nada. Hay momentos en que el papel delante del profesional trabaja solo, y mi oficio consiste, la mitad de las veces, en saber callar delante de un papel que trabaja.
—Ya —dijo el médico, y tecleó un rato—. Pues observo hoy al paciente orientado en tiempo, persona y lugar, colaborador, comunicación funcional por escrito.
—Lo dijo en voz alta mientras lo escribía, que es una costumbre de los que han aprendido que la familia escucha la historia como se escucha un parte—.
Los despistes que refería la familia… hoy no los aprecio. ¿Usted los aprecia, en casa?
—No —dije—. Y en rehabilitación consta una evolución ascendente desde junio. Mañana tiene una valoración neuropsicológica formal, con informe. Me gustaría que esa historia clínica tuviera también lo que se observa, no solo lo que se refiere.
Lo dije sin acritud, con la voz de consulta, y el médico asintió con la cara de quien ha entendido más de lo que se le ha dicho, y escribió algo más, y nos dio la receta y la cita de enero.
Al salir, en el pasillo, mi padre me agarró el brazo con la izquierda y me apretó dos veces, despacio.
No hizo falta traducir. La historia clínica de mi padre, que desde hacía más de un año solo contenía lo que una sola boca refería, tenía desde aquel martes una línea nueva: «acude acompañado por su hija; paciente orientado, comunicación funcional por escrito; se solicita valoración formal.
» Familia refiere, pensé, ya no era un solo nombre.
El miércoles fue el día de la evaluación, y fue un día entero.
A las diez menos cuarto entrábamos en el centro de rehabilitación, mi padre con su chaqueta buena y el pelo peinado de su mano izquierda, que lo peinaba peor que la derecha y lo peinaba él.
La neuropsicóloga era una mujer de mi edad, con el tono de mi oficio —ese tono de voz normal y prisa santa que solo gastamos los que trabajamos con cabezas rotas— y nos recibió en una consulta con una mesa limpia y una ventana al patio.
—Don Patxi, voy a hacerle muchas preguntas y muchos juegos tontos durante dos horas —le dijo, a él, directamente, y yo la quise desde ese momento—. Algunos le van a salir bien y algunos le van a costar. No pasa nada por fallar: esto no es un examen, es una foto. ¿De acuerdo?
Mi padre asintió con la cabeza entera. Yo me senté en la silla del rincón, la silla de la familia, y durante dos horas vi a mi padre hacer los tests que yo había administrado cientos de veces a los padres de otros, y fue la experiencia más rara de mi vida profesional: conocer cada ítem por dentro, saber qué medía cada pregunta tonta, y ver a mi padre pelearlos uno a uno con su seriedad de taller.
Orientación: día, fecha, mes, año, lugar, planta.
Perfecto, por escrito, con la letra de la izquierda quedándose en la línea.
Memoria: tres palabras, que hay que repetir y luego recordar al rato.
Repitió las tres; al rato le salieron dos y la tercera le salió con una pista de categoría, y la neuropsicóloga me miró de reojo y movió la cabeza un milímetro: dentro de lo normal para su edad, sin daño.
Atención, cálculo sencillo, semejanzas: trabajó despacio y bien, bufando en los fallos, con el bufido viejo, el de la espiga.
Lenguaje: ahí se le vio el daño, claro que se le vio.
Denominación por dibujos: once de quince, y los cuatro fallos fueron rodeos hermosos —«eso de…
de cuando llueve, el que se abre»— y no confusiones: él sabía qué era el paraguas; el paraguas se le había quedado en la punta de la lengua haciéndole burla.
Comprensión de órdenes complejas: «señale primero la ventana, después toque la mesa con la mano que no escribe, y después cierre los ojos» — entero, a la primera, con la parsimonia de quien no desperdicia un gesto.
Lectura comprensiva de un párrafo: lo leyó en silencio, y contestó las tres preguntas por escrito, despacio, bien.
Escritura espontánea: le pidieron que escribiera lo que quisiera, y mi padre escribió: «Hoy es miércoles.
Estoy en el centro. Me llamo Patxi Bengoa.
» — y debajo, mirando a la neuropsicóloga con la media sonrisa—: «La foto, bien. »
A la una salimos. Mi padre venía cansado como no lo había visto en semanas, cansado de cabeza, que es un cansancio que se nota en los ojos, y aun así iba erguido, agarrado a mi brazo, con la chaqueta buena.
La neuropsicóloga salió con nosotros a la puerta de la consulta y me dijo, a mí, delante de él —lo cual también era correcto, porque él entendía todo—:
—El informe completo lo tiene la semana que viene.
Pero las conclusiones se las dejo ya por escrito, porque son las que son y no van a cambiar.
—Me dio una hoja con membrete—. Lo que he visto hoy no es un deterioro.
Es una afasia post-ictus en recuperación, con comprensión y orientación conservadas y curso ascendente documentado desde junio.
Señorita Bengoa: usted sabe esto mejor que yo. Lo que baja no sube. Su padre sube.
Lo que baja no sube. Su padre sube. Le di las gracias con la voz entera, y mi padre, que había oído la frase entera porque entendía todo, señaló la hoja con la barbilla y luego se señaló el pecho con dos dedos, una vez. Mía. Mi curva. Que conste.
Volvimos andando despacio por la avenida, con el sol de octubre abriéndose paso entre la niebla a deshora, y a la altura de la panadería mi padre se paró y me señaló el escaparate con la barbilla: quería entrar a comprar el pan él.
Entró, se plantó delante del mostrador, señaló la barra, puso dos dedos en alto —dos barras— y sacó las monedas del bolsillo con la izquierda, una a una, con una lentitud que la panadera respetó sin una prisa, y salió con la bolsa del pan agarrada contra el pecho como salía de todos los sitios últimamente con las cosas importantes.
Lo cuento porque aquel trámite de treinta segundos era exactamente el que la otra historia decía que mi padre no podía hacer: decidir, comprar, pagar, volver a casa.
Lo hacía todos los días. Lo que no hacía era figurar: no había papel de aquello, ni parte, ni línea en ninguna historia clínica; solo una panadera que lo sabía y un extracto bancario que no lo miraba nadie.
Aquella noche vino Jon, y vino sabiendo.