La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 10 — La carta de tu madre
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Capítulo 10 — La carta de tu madre

La decisión se tomó sola durante la noche, como se toman las que llevan quince años tomándose, y por la mañana solo pidió cuerpo.

Me duché, bajé, hice el café. El viernes amaneció con un sol lavado y bajo, de esos que en octubre entran en la cocina hasta la mitad de la mesa y no calientan, solo avisan.

Oí a mi padre en el pasillo a la hora de siempre —paso, arrastre, la palma en la pared en la curva— y le tuve el desayuno listo cuando llegó, el café corto de leche, la tostada, el pastillero abierto en la casilla del día.

Hicimos la sesión de la mañana —sustantivos de la casa, que ya ganaba casi enteros, y que celebraba con el bufido bueno, el de la espiga que sale— y después, cuando él se quedó con el periódico que miraba más que leía, metí en una bolsa de tela los dos ovillos de la mercería, el gris y el azul, que habían pasado la noche encima de la cómoda de mi cuarto.

Mi padre levantó la vista del periódico y me miró la bolsa. La miró un segundo entero, y luego me miró a mí, y asintió con una solemnidad de padrino, la misma del viernes anterior, cuando me vio con el abrigo bueno. Él sabía para qué era la lana. Él la había señalado en el escaparate.

—Vuelvo a la calle de la Escuela —le dije—. A preguntar.

No dijo nada, que era su manera de decirlo todo. Me tendió la mano izquierda y me apretó los dedos dos veces, despacio, como se sella un sobre.

Felisa llegó a las nueve menos cinco, con su bolsa y su prisa ordenada, y la casa cambió de marcha. Yo ya tenía puesto el abrigo cuando ella colgaba el suyo, y se lo dije allí, en medio del recibidor, con la voz entera:

—Esta mañana vuelvo a casa de Miren Arostegui, Felisa. Estaré fuera un par de horas. Mi padre hace la tabla del brazo a las once y media, y la comida está…

—Ya lo sé, Leire —dijo ella, y me miró—. La comida la traigo yo los viernes, desde hace dos años y medio.

—Perdone —dije—. Claro que lo sabe.

Se me quedó mirando un segundo entero, con esa transparencia suya de persona que no ensaya, y entendí que había registrado la diferencia: la semana anterior yo le había dicho «voy a ver a una amiga de la familia», y esta vez le había dicho el nombre entero, en voz alta, delante de la casa.

Lo había hecho a propósito. Lo registré mientras bajaba la calle de la Estación con la bolsa de la lana: era la primera vez que elegía yo qué viajaba por la cadena, en vez de enterarme después de lo que había viajado.

A las seis y cinco, Jon sabría que yo había vuelto a la calle de la Escuela.

Se lo contaría una mujer honrada que contaba lo mismo a los dos.

Que lo supiera. La centralita también servía para mandar mensajes, si una sabía redactar el parte.

La calle de la Escuela subía del mercado con su cuesta de siempre, los empedrados lavados por el sol, las macetas en los alféizares.

El segundo portal tenía la placa de timbres de las tiras de papel manuscritas, y la tira de Arostegui seguía temblosa y azul y vieja, y esta vez no me quedé mirándola como se mira un acantilado.

Apreté el timbre. El portero sonó al momento, como si alguien estuviera esperando con la mano puesta, y pensé que quizá era verdad.

Miren abrió con la chaqueta de punto morada y el pelo blanco muy corto, y no dijo por fin esta vez. Me miró la cara, me miró la bolsa, y se hizo a un lado.

—Traigo esto de parte de mi padre —dije, y le di la bolsa—. Para la otra mitad de la manta.

Miren sacó los dos ovillos, el gris y el azul, y se los quedó en las manos un rato, con esa manera de sopesar de la gente que amasa. Se le movió la boca. Se rio una vez, corto, con la risa rota por la mitad, y dijo:

—Este Patxi. —Y luego, a la lana—: Cuarenta años hace que tu madre empezó esta manta, y la he tenido veinte años sin saber para quién la tejía. —Me miró—. Siéntate, hija. Esta vez no te doy café todavía. Esta vez primero hablas tú.

Me senté en la silla de enea. La labor de la mecedora seguía abierta, gris y azul, una conversación a medias.

En la pared, mi madre se reía desde el verano del setenta y ocho, con las piernas colgando del muro.

Respiré. La pregunta era de tres palabras y llevaba quince años aprendiendo a caber en ellas.

—Miren —dije—. ¿Qué me guarda?

No pregunté «qué me dejó mi madre», ni «qué es esa cosa», ni ninguna de las variantes con anestesia que había ensayado por el camino.

Qué me guarda. La pregunta de la semana anterior, la que no salió, la que tenía detrás todo lo demás.

Miren no se movió. Me miró con esa calma suya que no era calma, que era espera, y la espera se le cambió en la cara por otra cosa que no supe nombrar hasta que la nombró ella:

—Gracias —dijo, bajito—. Gracias por preguntar, Leire. No sabes las veces que he ensayado yo esta mañana sin saber la fecha.

Se levantó, y se fue hacia el dormitorio sin encender luces, y la oí abrir un armario, y mover algo, y cerrar.

Volvió con las dos manos ocupadas por un sobre.

Un sobre de carta, de los largos, amarillento por los bordes, cerrado con la solapa pegada y encima un cordoncillo de celo viejo, de ese que amarillea y se cuartea.

En el frente, con letra redonda y derecha y firme, con la letra de mi madre que yo no veía desde que firmaba las notas del colegio, dos palabras:

«Para Leire.»

—Me lo trajo en marzo del doce —dijo Miren, y no me lo dio todavía; se lo quedó en las manos, como se sostiene una cosa que se va a entregar una sola vez—.

Una tarde, sin avisar, con el sobre ya cerrado.

Se sentó donde tú estás y me dijo: «Miren, guárdamelo.

Si algún día pregunta, se lo das.» Yo le dije que por qué no te lo daba ella, o te lo mandaba, y me dijo: «Porque si se lo doy ahora lo convierto en una obligación, y ella tiene veintitrés años y una vida empezando, y las obligaciones de esta casa ya las cargo yo.

» Y luego dijo la otra parte, que es la que me he aprendido de memoria sin querer: «Si no pregunta nunca, no le des nada.

No quiero que se entere de lo que no quiere saber.

Quédate tú con el peso, que para eso somos amigas. »

Me lo dio entonces, con las dos manos, y yo lo recibí con las dos manos, y pesaba lo que pesan tres hojas, y no pude sostenerlo.

—Quince años —dijo Miren, sentándose otra vez, ya con la voz más baja—.

Lo he cambiado de cajón tres veces, como se cambia de sitio lo que pesa.

No lo he abierto. No sé lo que dice, Leire, te lo juro por esta casa: sé lo que tu madre me contó a mí en vida, que ya lo sabes, y no sé nada más.

Pero sé una cosa de tu madre, y te la dejo aquí antes de que lo leas: ella no escribía para hacer daño.

Escribía para que constara. Que es distinto.

—¿La leo aquí? —dije, y me oí preguntarlo como se pide permiso en un hospital.

—No —dijo Miren, y me sorprendió—. Eso se lo llevas a tu casa y lo lees con tu padre cerca, aunque él no lo lea.

Esa carta salió de tu casa y a tu casa vuelve.

—Se levantó, vino a donde yo estaba, y me puso la mano en la cabeza un segundo, como se bendice sin creer—.

Y léela sentada, Leire. Eso también me lo dijo tu madre un día de otra cosa y me sirvió para todo: las cartas de esta familia hay que leerlas sentada.

Me dio dos besos en la puerta, que sonaron a campana pequeña, y no me dijo vuelve pronto ni ninguna de las frases de despedida. Me dijo:

—Dile a tu padre que la manta ya tiene lana para acabarse.

Bajé los tres pisos con el sobre dentro del bolso, contra la costilla, y me fui a casa por la orilla del río, que era el camino largo, porque necesitaba que la mañana durara lo que duraba.

El sol se había quedado, raro en octubre, y la niebla no volvió en todo el día, como si la ciudad entera se hubiera apartado para dejarme pasar.

En casa, Felisa tenía la comida hecha y a mi padre lavado y de buen humor, y no me preguntó nada, que era su manera de preguntarlo todo.

Le di las gracias. Comimos los dos, mi padre con su seriedad de viernes y yo con el bolso colgado del respaldo de la silla, que nunca hacía, y él lo miró una vez, el bolso, y no hizo ningún gesto.

Ya sabía. O sabía que había un antes y un después de aquella mañana.

Por la tarde, cuando Felisa se fue y la casa se quedó en la paz de los dos, puse el sobre encima de la mesa, entre mi padre y yo, cerrado, con las dos palabras hacia arriba.

Mi padre se quedó muy quieto. Miró el sobre, miró la letra, y la reconoció en el acto, claro que la reconoció: se le arrugó la cara entera hacia el lado bueno y bajó la vista, y luego la subió otra vez, despacio, como quien mira al sol.

Alargó la mano izquierda y puso dos dedos encima del sobre, solo dos, sin peso, como se toca a una persona dormida.

Los dejó ahí un rato largo. Después los retiró.

—¿Sabías que existía? —le pregunté.

Negó con la cabeza, despacio. Luego hizo una cosa con la mano, la palma hacia arriba, moviéndola un poco, el gesto de «algo así», de «algo había».

No sabía de la carta; sabía de la voluntad.

Mi madre había querido dejarme dichas unas cosas y había buscado el conducto para que llegaran, y mi padre había pasado quince años sabiendo la primera parte sin saber la segunda.

—La leo esta noche —le dije—. Cuando te acuestes. Si quieres leerla después, es tuya también. Si no quieres, también.

Me miró. Y empujó el sobre hacia mí con los dos dedos, despacio, por encima de la mesa, hasta que el sobre estuvo de mi lado.

Tuyo, decía el gesto. De nadie más. Lo recogí y lo guardé en el bolso, y él asintió una vez, y se fue al salón a ver la tele, y yo me quedé en la cocina con las manos quietas, esperando a que pasara la tarde.