La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 3 — Palabras prestadas #2
15%

Capítulo 3 — Palabras prestadas #2

Antes de eso, el sábado tuvo una mañana que merece quedar escrita, porque fue la primera vez que saqué a mi padre a la calle por mi cuenta.

Felisa no trabajaba los fines de semana; Jon abrió el taller como todos los sábados —«los sábados es cuando viene la gente a encargar»—, y a media mañana el sol consiguió lo que no conseguía en toda la semana: doblar la niebla.

Le dije a mi padre «¿damos una vuelta?», y él se levantó de la silla con una decisión tan inmediata que comprendí cuánto llevaba esperando que alguien se lo propusiera.

Bajamos la calle de la Estación al paso roto de su pierna derecha, su mano izquierda en mi brazo, y la ciudad nos fue haciendo el trámite de las ciudades pequeñas: el de la ferretería asomó a la puerta y le dio una palmada en el hombro; una mujer mayor lo abrazó con los ojos llorosos y le dijo «Patxi, qué alegría verte en la calle»; dos hombres de su edad, a la puerta del bar, le hicieron un chiste sobre el fútbol que yo ni seguí.

Y mi padre —esto es lo que vine a contar— estuvo entero en todas: sonrió en los momentos exactos, siguió los chistes hasta el final, señaló el escaparate de la ferretería y me hizo con la cabeza un comentario entero sobre una sierra que yo no supe traducir.

No es un dato clínico, o no solo: es un dato social.

Un hombre que se desorienta no navega así una calle.

Un hombre que «viene mal» no entiende los chistes por orden.

Apunté la mañana en la libreta aquel mediodía, y al lado, sin querer, me salió escrita la palabra del parte de Jon: «raras».

Cosas raras. Yo llevaba seis días con él y no le había visto ni una.

El gesto fue a media tarde, con la casa ya de vuelta de la calle y mi padre descansado de la siesta.

Estaba en la cocina con la libreta, escribiendo algo —escribía ya todos los días, palabras sueltas, la lista de la compra que me dictaba a gestos, su nombre, una y otra vez su nombre, como quien afila una herramienta—, y yo subía por la escalera con la ropa doblada.

Oí la llave de Jon en la puerta de la calle —Jon entraba y salía con llave propia, sin avisar, «para no molestar»— y oí, inmediatamente después, un ruido pequeño desde la cocina: el roce de un papel dado la vuelta.

Cuando bajé, dos minutos después, la libreta estaba cerrada y mi padre miraba por la ventana con las manos quietas, con una quietud de retrato, la derecha aparcada en la mesa, la izquierda plana sobre la tapa de la libreta.

Jon estaba en la cocina contando no sé qué del taller.

No le di importancia. La gente cierra las libretas.

Jon se quedó a cenar el sábado, como quedaba todas las noches de aquella primera semana, y en la sobremesa pasó consulta, que es la palabra exacta: mi hermano, de pie junto al fregadero, pasaba consulta sobre nuestra casa.

Me informó de que la hermana de papá había llamado —«le he dicho que papá está mejor, no la he pasado, que se lía»—; de que los primos de San Sebastián preguntaban por la rehabilitación; de que al médico de cabecera «ya le he dicho yo que no hace falta revisión hasta octubre».

Todo correcto, todo fluido, todo dicho con la eficacia del que administra.

Mi padre escuchaba desde su silla, quieto, y yo le miré dos veces buscando qué hacía él con aquella lluvia de noticias sobre sí mismo, y lo que hacía era mirar el plato.

Un hombre que entiende todo y al que le administran su propia biografía delante tiene dos opciones: protestar con las pocas palabras que le quedan, o mirar el plato.

Mi padre llevaba meses, quizá años, mirando el plato.

Lo entendí después, no aquella noche; aquella noche solo me pareció que cenaba cansado.

El domingo por la tarde lo vi por segunda vez, y esta vez lo entendí entero.

Estábamos en la cocina después de comer.

Jon no venía hasta la noche; Felisa no trabajaba los domingos; la casa era nuestra, de mi padre y mía, y teníamos esa paz de hospital bien llevado que ya empezaba a ser nuestra costumbre: yo cosía un botón de su chaqueta de los domingos —mi madre me enseñó a coser botones y es de las pocas cosas suyas que conservé— y él escribía en la libreta, despacio, con la lamparilla encendida aunque era de día, porque la niebla se comía la luz.

Escribió algo largo, para lo que era él entonces: le llevó cinco minutos, con las paradas de siempre, las de medir.

Yo no miraba. Había aprendido ya que no se mira mientras escribe; se mira cuando él gira la libreta.

No llegó a girarla. Oímos la llave en la puerta de la calle —Jon, antes de hora— y mi padre hizo tres cosas en dos segundos, con la economía de quien ha ensayado: levantó la mano izquierda de la página, volvió la hoja escrita boca abajo sobre la mesa, y dejó la palma encima.

Después cogió la taza con la mano izquierda, la única que le servía, y se la llevó a la boca, y estaba bebiendo, tranquilo, un hombre bebiendo, cuando Jon entró en la cocina sacudiéndose la niebla de los hombros.

—¿Qué hacéis? —dijo Jon, alegre, de pasada, colgando la chaqueta.

—Cosiendo —dije yo, y le enseñé el botón.

Mi padre dejó la taza. Jon le dio unas palmaditas en el hombro bueno, le comentó lo del armario de la urbanización, que el lunes había que comprar tornillería, y se fue al salón a ver el fútbol con la tele baja.

La hoja siguió boca abajo debajo de la mano de mi padre durante toda la tarde.

Cuando Jon se fue, a las nueve, mi padre la recuperó, la miró, la dobló por la mitad —despacio, con el cuidado de quien pliega una cosa que importa— y me la dio.

No a que la leyera: a que la guardara. Lo entendí por la manera de dármela, con los dos dedos, como se entrega una cosa en custodia.

La metí en mi libreta de trabajo sin desdoblarla, delante de él, para que viera que no la leía. Asintió. Se fue a la cama.

Yo me quedé abajo con la chaqueta cosida y la cabeza cosida a otra cosa.

Aquel domingo había tenido más capas, conviene dejarlo escrito.

Comimos solos, mi padre y yo, la comida que Felisa deja preparada los sábados con instrucciones escritas en una tarjeta —«calentar 8 min, fuego medio», una letra redonda y aplicada—, y mi padre estuvo de buen humor, si eso se puede decir de un hombre sin apenas palabras: se rio dos veces de mis torpezas con la cocina de inducción, que no era la nuestra, la de fuego, y señaló la foto del salón cuando le pregunté si quería que bajara las fotos a la cocina, y negó con la cabeza con una lentitud que supe leer: las fotos están bien donde están.

Por la tarde llamé a Madrid, a mi jefa, para decir que seguía viva; me preguntó cómo estaba «el paciente» —así hablamos entre nosotros, qué le vamos a hacer— y le dije la verdad: «Comprende.

Todo lo demás se está ordenando.» Colgué y me quedé con la frase sonando.

Todo lo demás se está ordenando. No sabía yo todavía cuánto de verdad tenía, ni en qué dirección.

Porque el gesto del domingo reorganizaba el de la víspera y el de la semana entera.

Mi padre no ocultaba su estado: su estado lo exhibía todos los días, en las sesiones, en los bufidos, en la mano que le temblaba.

Lo que mi padre ocultaba —con destreza, con ensayo, con la calma del que sabe exactamente quién entra por la puerta— era lo que escribía.

Los papeles. Delante de Jon, la libreta se cerraba, la hoja se volvía, la palma se posaba encima como una tapa.

Y yo tenía en mi cartera de trabajo, ya, cuatro hojas con fecha en la esquina que mi padre me había ido pasando como se pasan las cosas debajo de una mesa: la frase del lunes, la del jueves, la sesión del miércoles, la hoja doblada del domingo que yo no había leído.

Las había escrito todas en mi presencia. Ninguna en la de Jon.

Felisa bien. Jon no.

La frase del jueves volvió a mí entonces, con sus dos clavos, y por primera vez leí la segunda acepción sin esfuerzo, como se lee al fin una letra torcida: no «Jon no está bien», no «Jon es malo». Sino: esto no, delante de Jon. Las palabras, no. Delante de Jon, no.