La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 26
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Capítulo 26

Saffron

U na mujer elegante y en forma de unos cincuenta años, ataviada con pañuelos de tela y vestidos largos y vaporosos, abrió las puertas de la planta baja de un almacén reformado.

Su suave piel morena no delataba su edad, pero los mechones blancos en su cabello oscuro recogido sí.

Cuando nos vio entrar a Tyler y a mí con las manos entrelazadas, sonrió y arqueó las cejas con picardía.

—¿Primera vez en una clase de cerámica? —me preguntó después de abrazarnos.

—Nunca he creado nada con mis manos, y me da miedo estropearlo todo —respondí mientras la seguíamos al interior de la sala. Por lo poco que alcanzaba a ver, era un estudio típico de Manhattan con paredes blancas y decoración mínima, salvo por objetos de cerámica colgados en la pared.

—No te preocupes —dijo con voz suave y tranquilizadora—.

Todos tenemos nuestras primeras veces. Soy Sage, por cierto, y esta clase no es para hacer jarrones o tazas perfectas.

Lo que hacemos aquí es centrarnos mientras creamos algo que puedes quedarte, regalar a un ser querido o tirar si no te gusta.

Piénsalo como una clase de meditación, si quieres.

—Esbozó una sonrisa y se deslizó hasta colocarse frente a la clase.

Había unas seis personas además de Tyler y de mí, moviéndose por la sala. Reconocí a un famoso multimillonario tecnológico y a una actriz ganadora del Oscar. Todos nos saludaron con la mano mientras íbamos a ocupar nuestros lugares en el banco del fondo.

—Es interesante —dije mientras me sentaba junto a Tyler—. Nunca habría imaginado que alguien como tú tomaría una clase impartida por alguien a quien solo puedo describir como una entusiasta del yoga.

—Hay muchas cosas de mí que no sabes. —Tyler ajustó el torno de alfarero que tenía delante y sacó herramientas de un cajón bajo la mesa que yo no había visto, y las dispuso frente a mí.

—¿Clase de cerámica meditativa? Tienes razón, eso no me lo esperaba ni de broma. Entonces, ¿vienes aquí en tu hora de comer o algo así?

—Es la primera vez que vengo entre semana. Este sitio suele estar lleno los fines de semana.

—Ya veo —dije, mirando alrededor de la amplia sala. Cabrían fácilmente treinta alumnos, a juzgar por el número de tornos.

Sacó dos delantales y me dio uno mientras se ponía el otro.

Era escéptica. La meditación no era lo mío, y la cerámica tampoco, pero cinco minutos después de empezar la clase ya le estaba cogiendo el tranquillo.

Sage era una profesora paciente; sus instrucciones eran claras y fáciles de seguir incluso para una principiante.

A mitad de la clase, entendí por qué a Tyler le gustaba.

El objetivo no era hacer algo con sentido, sino disfrutar del proceso y concentrarse en él y en nada más.

Al final de la clase, estaba totalmente convencida.

Nunca me había sentido tan relajada mientras creaba algo.

Sage no nos dijo qué crear, sino que nos ayudó a cada uno con nuestros proyectos.

Yo hice una jabonera. Tyler estaba haciendo algo que parecía una taza o un jarrón.

—¿Qué te parece? —pregunté cuando mi plato se hubo secado.

—¡Es increíble! —La admiración en su voz me hizo reír.

—Es un platito pequeño y desigual. Cálmate. —Podía ver los errores que había cometido, pero las imperfecciones no me molestaban. Le daban encanto. Quizás fue la insistencia de Sage en «abrazar lo desigual» lo que me hizo apreciarlo.

—Me gusta. ¿Cómo vas a decorarlo? ¿Ya has elegido los colores?

Asentí y le mostré los pigmentos verde y dorado.

—Voy a esmaltarlo de verde y a dibujarle hojas doradas. —Hice una mueca.

—No te preocupes. Te va a quedar bien. Deja que te enseñe. —Cogió el plato, lo limpió y me dio papel de lija—. No lo habías lijado.

—¿Ves? Te dije que iba a hacer una chapuza de jabonera.

—Abraza lo desigual —repitió las palabras de Sage mientras guiaba mis manos hacia los puntos que me había saltado.

Sus dedos rozaron los míos y mi cuerpo vibró como el de una colegiala.

Me ayudó durante todo el proceso. Cuando llegó el momento de dibujar las hojas, eran tan pequeñas que resultaban difíciles, así que acabé dibujando tres círculos, que Tyler cubrió con cinta adhesiva.

Y cuando tocó sumergirlo en el esmalte, dejé que él mezclara el color.

Una vez satisfecho, cogió mi plato con unas pinzas y me lo pasó.

Lo sumergí en el cubo y observé maravillada cómo el esmalte cubría el pequeño plato.

—¡Es blanco! —exclamé mientras el esmalte se secaba.

Sage, que pasaba por allí, dijo:

—Cambiará si le das tiempo. —Y siguió su camino.

—Cambiará, dale tiempo —dijo Tyler, imitando la voz grave y suave de Sage.

Solté una risita.

—Te va a oír y nos van a echar de la clase —susurré.

Cuando el esmalte se secó, Tyler me pasó la jabonera. Era exactamente del verde que quería, y los pequeños círculos parecían más bien óvalos. Quedaba mona. Tyler también había terminado su proyecto. Era una taza rosa. Y cuando la giró, tenía mi nombre escrito.

—Qué mona —dije.

—Es para ti. —La deslizó hacia mí.

—Venga ya. Ahora tengo que darte esta jabonera tan fea. No es justo.

Se rio y la cogió.

—La guardaré como un tesoro.

Lo había dicho exagerando, ¿verdad? Antes de que pudiera darle más vueltas, la clase había terminado y nos marchábamos. Me despedí de Sage y de mis compañeros. Ella me dio uno de esos abrazos cálidos que le gustaba dar.

—Ha sido increíble, no me lo esperaba —le dije a Tyler—. Me siento tan... realizada. ¿No es raro?

—Te dije que te gustaría. —Ya estábamos en las concurridas calles de Manhattan con nuestras creaciones en bolsas de regalo.

Se puso las gafas de sol, me cogió de la mano y fuimos hacia su coche.

En lugar de abrir las puertas delanteras, abrió la trasera, dejó la cerámica en el asiento de atrás y cerró.

—¿Tienes algo más planeado? —pregunté sorprendida.

—Ven.

No estaba segura de adónde íbamos hasta que Tyler y yo llegamos a una tienda de moda de alta gama que vendía sobre todo ropa de mujer.

—¿Qué hacemos aquí? —Me ignoró mientras me llevaba dentro.

Una dependienta nos estaba esperando, porque en cuanto reconoció a Tyler nos condujo de inmediato a una sala privada en la trastienda.

Me dejé caer en un sofá blanco y mullido preguntándome qué estaba pasando, cuando otra mujer entró con una bandeja con dos copas de champán y la dejó frente a nosotros.

Tyler cogió las dos copas y me dio una, luego se sentó a mi lado y me rodeó la cintura con el brazo.

Un par de minutos después, una mujer bajita y rechoncha irrumpió en la sala.

—¡Oh, por fin habéis llegado! —exclamó con un marcado acento de Brooklyn, y vino hacia nosotros—. Os estábamos esperando.

—¿Cómo estás, Letty? —dijo Tyler—. Es ella, la que te mencioné. —Me acarició la espalda—. ¿Tienes el vestido?

—¡Ah! La dama que perdió el vestido. ¡Levántate y déjame verte!

Le entregué mi copa a Tyler y me puse de pie. Me hizo girar de un lado a otro.

—Tiene un cuerpo precioso, Tyler —dijo Letty mientras me observaba por detrás.

Oí a Tyler responder.

—¿Crees que el vestido le quedará bien?

—¿Eres modelo? —Me hizo girar de nuevo. Asentí—. Lo era, pero ya estoy retirada.

—Sabía que me resultabas familiar. Mmm… Creo que tengo la talla correcta. —Chasqueó los dedos y dos asistentes más entraron por la misma puerta por la que ella había entrado, con una funda de ropa en las manos. Letty bajó la cremallera y sacó una copia exacta de mi vestido rojo.

Me volví hacia Tyler.

—¿Cómo encontraste esto? —Versace solo había hecho una docena de vestidos. Estaba segura de que, de haberlo reemplazado, habría sido con un vestido diferente pero similar.

—Tengo un don para encontrar cualquier vestido que quieras, querida —dijo Letty—. Aunque este fue difícil de encontrar. —Sacó el vestido de la funda y lo midió frente a mí—. No te imaginas lo que me costó conseguirlo. Es nuevo, por cierto. Letty no vende ropa de segunda mano. ¿Quieres probártelo?

Asentí. Me señaló un probador a la izquierda. Tomé el vestido y me cambié, enfundándome en la costosa tela. Me quedaba como un guante. Salí del probador y se lo mostré a Tyler.

—¡Oh! —Letty juntó las manos—. ¡Parece hecho para ti! No me extraña que quisieras reemplazarlo.

Tyler observó en silencio mientras yo giraba para que me viera bien.

—Gracias —le dije con los ojos llorosos, pero fue Letty quien respondió.

—No hace falta que me des las gracias, chica. Lo único que quiero es que luzcas ese vestido como se merece. Te sienta de maravilla.

Abracé a Tyler, pillándolo desprevenido.

—Gracias —dije. ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué hacía cosas que me hacían enamorarme poco a poco de él?