La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 24
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Capítulo 24

Tyler

E n cuanto me besó, supe que todo había terminado.

Nunca quise saber a qué sabía, pero una vez que lo descubrí, se confirmaron mis peores temores.

Aquella noche, aquella primera noche en que su padre me obligó a casarme con ella, me quedé deslumbrado al verla con aquel vestido barato.

No tenía intención de casarme con ella. Pensaba plantarle cara, pero primero quería ver qué ofrecía.

¿Qué hacía que este hombre estuviera tan seguro de que aceptaría sus términos ridículos?

¿Su chantaje? Habían pasado años desde que nos habíamos reencontrado en persona, y mi primer pensamiento fue que yo debería ser el único en besarla, en tocarla, en follarla, en hacerle el amor.

Ese último pensamiento me hizo estremecer de miedo.

Nunca había pensado así en una mujer. Y cuando por fin estuvimos a solas, lo único en lo que podía pensar era en besarla.

No podía apartar la mirada de su boca. Era una sensación aterradora, y me prometí no descubrir jamás lo que significaba.

Hasta hoy. Pasé la mayor parte de mi vida intentando quitármela de la cabeza, saliendo con todo tipo de mujeres con la esperanza de olvidarla.

Pero nunca lo conseguí. Y ninguna de las mujeres con las que estuve estuvo a la altura de aquella noche.

Incluso en la bruma posterior a nuestro polvo —no lo llamaría hacer el amor— ella seguía cautivándome.

La sensación de asco hacia mí mismo por ser débil ante una mujer no apareció.

En cambio, me sentía extrañamente a gusto, satisfecho con nuestro encuentro, y pensando en repetir.

Era mediodía, y lo único que quería era comerle el coño a Saffron Channing como almuerzo.

Le encantaría; lo sé. La forma en que se dejó ir, dos veces, ni más ni menos, me dijo todo lo que necesitaba saber. Estaba tan obsesionada conmigo como yo con ella. Podríamos...

Sonó el timbre del teléfono de mi despacho.

—Tyler —la voz de Matt retumbó por el altavoz—. Tu cita de las doce y media ha llegado.

Saffron saltó de la mesa como si despertara de un trance.

—¡Dios mío! —Cogió su ropa y empezó a vestirse prenda por prenda—. No puedo creer que acabo de...

No tuvo valor para expresar con palabras lo que acababa de pasar, pero yo sí.

—No te he olvidado —dije, con la mirada fija en su trasero—. Creo que eso ya es obvio.

Ella miró por encima del hombro mientras se subía la falda, y ese dulce trasero desapareció tras la tela.

—Y tú tampoco me has olvidado —añadí mientras ella abrochaba y subía la cremallera.

—Da igual. Esto no debería haber pasado. Tienes novia.

Ya no. Corté, si es que se puede llamar así, con Lauren la noche del fin de semana del maratón. Forzar una relación con alguien a quien me importaba una mierda llamar después de una cita era una mala idea que nunca debería haber contemplado. Hasta Lauren lo había entendido.

—Sabía que no te gustaba de esa manera —había dicho Lauren con una sonrisa triste—. Supongo que la mujer que vimos es la que tiene tu corazón, ¿no? No podías dejar de mirarla.

En principio tenía razón. No sé si tenía mi corazón, pero Saffron tenía mi polla en un puño espiritual, y estaba harto de ignorarlo.

Había pasado toda la semana intentando olvidarla, haciendo todo lo posible por evitarla, incluido no leer sus correos a propósito.

Pero cuando no pude escaquearme de una reunión que ella dirigía y tuve que enfrentarme a ella, todas las defensas que había construido se vinieron abajo.

—¿Tyler? —volvió a decir Matt por el teléfono.

Saffron cogió su blusa, que estaba junto a mí, y se la puso.

—¿No vas a contestarle? —Me recorrió con la mirada, fijándose en mi aspecto desaliñado—. A menos que quieras reunirte con tu cita de las doce y media con la polla al aire. O quizá te los vas a follar a ellos también.

Me levanté.

—La única a la que voy a follarme hasta sacarte de mi sistema eres tú.

Resopló.

—Qué romántico. No creo que a tu novia le haga gracia.

—He decidido ser un marido fiel a mi encantadora esposa.

Se detuvo.

—¿Qué pasó con eso de que estamos separados y podemos ver a otras personas?

—¿Eso es lo que quieres después de que acabamos de arrancarnos la ropa y follar como posesos en horario de oficina?

—¿Señor Hawthorne? —volvió a resonar la voz de Matt.

Saffron se sonrojó.

—Tenemos que purgar esto que llevamos dentro antes de dejarlo definitivamente, ¿no crees?

Negó con la cabeza.

—Esa propuesta es una locura. Ni siquiera te gusto.

—¿Y cuándo ha sido eso un impedimento?

Se alisó la blusa, sacó un estuche de maquillaje del bolso, se miró, se recogió el pelo, cerró el estuche y cogió el bolso.

—Te has vuelto loco, Tyler Hawthorne.

Y salió del despacho pavoneándose.

—¿Señor Hawthorne?

Suspiré y contesté.

—Diles que me den cinco minutos.

Busqué el móvil y lo encontré tirado en el suelo.

Debió de caerse del escritorio durante nuestra intensa sesión.

El escritorio era un desastre. Bolígrafos, libros y objetos decorativos estaban esparcidos por el suelo y sobre la mesa.

Quizá cinco minutos no fueran suficientes.

Necesitaría al menos diez para arreglar el despacho y arreglarme yo.

Le envié un mensaje a Saffron.

Yo: ¿Nos vemos esta tarde?

Saffron: ???

Yo: ¿Tu casa o la mía?

Saffron: La del diablo.

Me reí, tiré el teléfono sobre el escritorio y empecé a vestirme y a ordenar el despacho. También necesitaba un ambientador. Olía a sexo.

◆◆◆

La pastelería de Ivy no estaba tan llena como de costumbre.

Según ella, la clientela bajaba a última hora a menos que hubiera alguna oferta especial.

Ella no estaba, pero su hijo Lake sí. Trabajaba de camarero por orden de su padre, Damien.

Los niños deben aprender a valerse por sí mismos en el mundo real sin depender de un fondo fiduciario, según él, y quería que su primogénito fuera el más independiente de sus hijos.

Lake parecía tomárselo bien. Trabajaba con diligencia y no le importaba estar a las órdenes de su madre.

Aunque eso también podía ser porque le gustaban los dulces.

Cuando entré, Lake me sonrió desde detrás del mostrador. Lo saludé con la mano y fui a buscar un sitio donde sentarme. Elegí una mesa junto a la ventana, en una esquina de la pastelería. Unos minutos después, Lake se acercó a darme la carta.

—¿Quién ha dicho que quiero pedir?

Se rio. El estirón lo había dejado alto y desgarbado, pero a los dieciséis años por fin estaba cogiendo cuerpo. Los rasgos Sinclair-Hawthorne comenzaban a asomar, y algunas adolescentes lo miraban de reojo.

—Parece que estás atrayendo a muchas clientas a este establecimiento —dije, señalando a las chicas.

Las miró.

—No creo que sea por mí. Les gusta nuestra comida.

—Claaaro. En fin, quiero un café. El de siempre, nada más.

—Un macchiato en camino.

Recogió el menú, y mientras se alejaba, un rostro familiar apareció en la pastelería. El corazón se me paró cuando la vi. Todavía llevaba la misma ropa de esa mañana. Me pregunté si seguiría sin bragas, ya que las había dejado en mi oficina. Sentí una punzada en la entrepierna.

Lake saludó a Saffron y la dirigió al mostrador. Pidió algo, y al terminar, se volvió hacia donde yo estaba, buscando un sitio donde sentarse. Se quedó paralizada al verme. Estaba a punto de irse cuando salté de mi asiento y la alcancé en la puerta.

—Por favor, quédate —dije.

Sujetó la puerta y habló sin mirarme.

—Es culpa mía. Se me había olvidado que esto es de tu hermana.

—Para nada. ¿Puedes sentarte, por favor?

Quería cogerle la mano, pero temía que la apartara de un tirón.

Sin embargo, no lo hizo, aunque parecía tentada. La llevé a mi mesa e hice una seña a Lake para que nos trajera el pedido de Saffron. Ella se sentó y me fulminó con la mirada.

—¿Qué quieres?

—Solo quería hablar, nada más.

Desvió la mirada.

—Sabes que tú y yo no tenemos nada de qué hablar fuera del trabajo, y esto no me parece una reunión de negocios.

—¿Quién dice que no lo es? Llevo intentando contactarte y no me coges el teléfono.

Palideció, rebuscó en el bolso y miró el móvil. Yo tenía razón: le había enviado los mensajes, pero el motivo por el que quería hablar con ella no tenía nada que ver con el trabajo. Aun así, era la única forma de conseguir que me escuchara. Se disculpó y dijo:

—No sabía que querías hablar del presupuesto. Pensé que—

—¿Que estaba intentando meterte mano otra vez? ¿Cómo iba a hacerlo si dejaste las bragas en mi oficina?

Se ruborizó de una forma tan adorable que parecía más joven de lo que era. Miró a su alrededor.

—Dame mi ropa interior, pervertido —susurró.

—¿Aquí? ¿Qué? ¿Crees que las llevo encima?

Sonreí con picardía.

—Acertaste.

Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, y ella se levantó de un salto y me agarró del brazo.

—¡Pero qué coño, Tyler!

—¡Es broma! Pero se quedan conmigo.

—¿Por qué? ¿Para hacerte pajas con ellas?

—Exacto. ¿Qué quieres que haga? Te niegas a aliviar mi sufrimiento.

—Uf… Pensaba que un hombre como tú no sería tan—

—Un macchiato y un pumpkin spice latte —dijo Lake mientras dejaba las bebidas en la mesa. Su mirada se posó en Saffron y su cara reflejó que la reconocía—. ¡Oh! ¡Estuviste aquí el otro día! Mamá dijo que—

—Gracias, Lake.

Notó mi tono cortante y retrocedió, pero no sin antes guiñarme un ojo. No tenía ni idea de lo que Ivy le había contado, pero seguro que nada bueno. Probablemente había dado por hecho que Saffron era mi novia. Pensándolo bien, quedarme aquí tomando un café con Saffron podría avivar los rumores.

—¿Quieres dar un paseo?

Saffron arqueó las cejas.

—¿Quieres hablar de negocios paseando?

—Quiero estirar las piernas.

No se fiaba de mí, pero se levantó de todas formas. Las calles estaban concurridas, aunque sin demasiados empujones. La hora punta casi había terminado, y caminar no daba la sensación de estar entorpeciendo a nadie.

—Como te dije —comenzó Saffron—, si quieres lo mejor, hay que ampliar el presupuesto. El hotel va bien. Y si lees los correos que te envié, me darás la razón.

—Siempre leo tus correos.

Resopló.

—No, no los lees —y dio un sorbo a su café—. Se nota que últimamente con quien hablo es con Matt, aunque no me quejo. Es mucho más profesional que otros que yo me sé.

—Créeme, los leo. Solo que no te contesto. Y tienes razón, quiero que este hotel sea el mejor.

Doblamos la esquina hacia otra calle, más concurrida que la anterior. Caminábamos sin rumbo, aunque me daba igual.

—Ampliaremos el presupuesto.

—Gracias.

Saffron parecía aliviada. Suspiró y metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Qué piensas hacer con el hotel? ¿Te lo vas a quedar?

—No.

Di el primer sorbo a mi bebida. El macchiato tenía un inesperado sabor terroso que se deslizó suavemente por la garganta.

—Quiero vendérselo a Massimo. Parece interesado. O al menos lo estaba hasta que…

—Ya te dije que estoy intentando averiguar quién es. Hablando de eso…

Dio un largo trago a su café.

—Encontré unos archivos entre las cosas de mi padre. Estaba abriendo varias cuentas bancarias a mi nombre sin que yo lo supiera.

—Interesante. Envíame los archivos y que los revise mi investigador privado.

Se detuvo.

—¿Has contratado a un investigador privado?

—Me gusta la iniciativa que estás tomando, pero quizá un profesional sea más adecuado para esto.

Me miró de reojo con desconfianza. —No confías en mí. ¿Es eso?

—En absoluto. No creo que seas tú quien me está chantajeando.

Se paró en seco. —Vaya, eso sí que es nuevo.

—Escucha, ahora que lo he pensado, no tiene sentido que sabotees un negocio del que dependes. Y además...

Me mordí la lengua antes de soltar un insulto que podría pasarme factura. Ahora que quería acostarme con ella, los insultos no iban a llevarme a su cama.

—¿Además qué?

—Nada.

—¿Además porque has visto dónde vivo y lo pequeño que es? ¿Eso es lo que querías decir?

—Tú lo has dicho, no yo.

Chasqueó la lengua y siguió caminando.

—Tu piso es bonito —dije.

—Pero...

—Nada.

Negó ligeramente con la cabeza. —Sigues diciendo eso, pero...

Alguien que pasaba a toda prisa chocó con Saffron y el café de la taza se le derramó por toda la blusa blanca.

—¡Joder!

No me dio tiempo a salvar su café, pero conseguí evitar que se diera contra el suelo sujetándola entre mis brazos cuando tropezó.

—¿Estás bien? —pregunté, intentando no pensar en sus pechos apretados contra mí.

Ni en lo bien que se sentía su cuerpo entre mis brazos, recordándome lo que habíamos hecho esa tarde.

El líquido caliente me empapaba la camisa mientras la ayudaba a incorporarse.

Su taza rodó por el suelo mientras yo mantenía la mía alejada para que no volviera a mojarse.

Se apartó de mí y se miró la blusa. —Uf. Era mi favorita.

—Vamos.

Señalé con la cabeza hacia delante.

—Te limpiarás en mi casa. Está aquí cerca.

—No hace falta, creo que puedo volver...

—No puedes ir así por la calle. Tengo coche.

Señalé el vehículo. Mi chófer había estado siguiéndonos despacio.

Frunció levemente el ceño. —¿Has tenido un coche siguiéndonos todo este rato?

La cogí del brazo y la guié hacia el vehículo, pero no opuso resistencia.

—Me seguía a mí. Tú solo estabas a mi lado.

—Sí, claro.

No respondí. Me bastaba con que viniera a mi casa.