La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) SAMANTHA
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SAMANTHA

De repente, tengo los labios secos.

No he visto a Dom en persona desde la noche que pasamos juntos, y mucho ha cambiado desde entonces.

Ha madurado, envejecido, pero sigue estando igual de bien que siempre.

Creo que es la primera vez que lo veo de traje.

Y vaya si le sienta bien. Le queda como un guante, hecho a medida.

Tiene los bíceps grandes, el pecho ancho, y sigue sacándome una cabeza.

Tiene ese tipo de presencia que acapara la atención de todos en la habitación.

Por desgracia para mí, soy la única otra persona aquí.

Cuando nuestras miradas se cruzan, el cuerpo me arde de deseo, igual que aquella noche. Sentada frente a él, aprieto los muslos para contener el anhelo que me consume. Se humedece los labios y bajo la mirada hacia ellos, recordando lo mágicos que fueron aquella noche.

Por fin hemos llegado al dormitorio y me tiene tendida en la cama.

Estoy completamente desnuda mientras él todavía lleva el bañador.

Pero es lo último en lo que pienso, porque parece que sus manos me tocaran cada centímetro del cuerpo a la vez.

Me ha advertido de que la primera vez no es fácil para la chica.

Me dijo que tiene que asegurarse de que yo obtenga lo que necesito.

Y acto seguido empezó a besar, lamer y chupar abriéndose camino entre mis piernas.

En el momento en que su lengua recorre mis pliegues, todo el cuerpo se me enciende en llamas.

La espalda se me arquea, despegándose de la cama, y las piernas intentan cerrarse.

Sus manos se desplazan a mis muslos y los mantienen abiertos mientras su boca succiona mi clítoris.

El estómago se me tensa, casi hasta sentir náuseas, pero de las buenas.

La sangre me hierve cada vez más. Y entonces, cuando introduce un dedo en mí, algo sucede.

Me invaden oleadas de placer. La sangre me pasa de caliente a incandescente.

Cada músculo está tenso y cada terminación nerviosa grita.

Su boca no se detiene ni aminora, aunque yo podría estar muriéndome, qué sé yo.

Los pulmones ya no me funcionan. El corazón parece que va a salírseme del pecho.

—Entonces, ¿qué has estado haciendo, Samantha?

Casi pego un salto cuando lo oigo hablar.

—Oh —sacudo la cabeza—. Nada. Poca cosa. Bueno, trabajando, supongo. ¿Por qué no sigues jugando al fútbol americano? ¿Por qué te retiraste?

Necesito desviar la atención de mí. Dios, ojalá hubiera alguien más en la habitación para que no me tuviera todo el rato en el punto de mira.

Esboza una sonrisa.

—Envejecí, supongo.

—¿Tú o el juego?

No puedo evitar reírme.

—Ambos.

—¿Cuáles son tus planes para la empresa?

Respira hondo.

—Quiero hacer algunos cambios, pero antes quiero convocar una reunión con todo el personal. Presentarme, ese tipo de cosas.

—¿Qué tipo de cambios?

El cuerpo se me ha enfriado; los recuerdos se han esfumado por completo.

—Tengo una nueva línea de productos que quiero lanzar.

Hasta ahora, esta empresa se ha centrado en suplementos y mejoras para el mundo deportivo, pero estamos dejando escapar a todo un grupo de entusiastas de la salud.

Quiero ofrecer una línea de bienestar que cualquiera pueda tomar, no solo atletas.

—Oh, es buena idea —convengo.

Arquea las cejas.

—Me sorprende que pienses eso. Tenía la impresión de que no te hacía gracia que yo estuviera aquí.

Me humedezco los labios.

—No es que no me alegre de que estés aquí. Es que no me alegra que mi hermano se haya ido. O sea, ¿qué os pasa a vosotros dos? Los dos elegís carreras y luego las abandonáis antes de que la cosa se ponga interesante.

—A veces uno simplemente necesita un cambio.

Se encoge de hombros.

—¿Qué otros cambios tienes pensados?

—Bueno, The Long Game ya no encaja, ¿verdad? Ya no es un Long quien posee la empresa, y como vamos a ser una empresa de salud en lugar de solo una deportiva, voy a cambiar el nombre a Stay Young, Live Young.

Se me salen los ojos de las órbitas.

—¿Vas a cambiar el nombre de la empresa?

El pánico me recorre las venas. Sé lo que esto implica para las tres campañas inminentes en las que hemos estado trabajando sin descanso. Me he dejado la piel para que su ejecución fuera impecable, y ahora siento que el suelo se tambalea bajo mis pies.

Asiente.

—Es lo correcto. Mi nombre debería estar en el título.

—Dominick, tenemos tres campañas listas para lanzar en una semana. ¿Te das cuenta de lo peligroso que es eso? Si cambias la marca a otro nombre, nuestros clientes no se enterarán del cambio. No sabrán que son los mismos productos.

Frunce el ceño.

—Emitiremos muchos comunicados antes de hacer el cambio. Confía en mí, no voy a dejar que este negocio fracase. Quiero publicar un comunicado de misión explicando por qué cambio el nombre, para que encaje con nuestra nueva línea de salud.

Suelta un largo suspiro.

—Y no seguiremos adelante con esas campañas, Sam. Valoro el esfuerzo que has invertido, pero ahora vamos en otra dirección.

Sus palabras me golpean como una ráfaga de viento helado. ¿Cómo pudo Aaron ocultarme esto? Las intenciones de su mejor amigo, los planes de darle la vuelta a todo en lo que hemos estado trabajando. Casi me siento traicionada por mi propio hermano.

Siento que me ha dejado al margen, pero una parte de mí tiene curiosidad por saber si él siquiera sabía que esto iba a pasar. ¿Sabía que Dom iba a aparecer aquí y ponerlo todo patas arriba?

Resoplo.

—Puedes emitir todos los comunicados que quieras, pero no hay forma de llegar a todo el mundo, Dom. Los anuncios solo alcanzan a la mitad de nuestros clientes. Lo creas o no, hay gente ahí fuera que no usa redes sociales. Con una página de Instagram solo llegas hasta cierto punto.

Hace un gesto con la mano para que me calme.

—Llevo hablando de esto con mis abogados desde que adquirí la empresa. Ya está en marcha y los publicistas ya están trabajando en cómo difundir la noticia. Todo saldrá bien, Sam.

Oh, genial. Simplemente genial. Como si las cosas no pudieran ir a peor, Dom ya ha empezado a poner en marcha sus planes e incluso ha contratado a un publicista.

Es como un puñetazo en el estómago, una señal clara de que mi papel en esta empresa se está esfumando poco a poco. Siento cómo la importancia que una vez tuve se diluye en la nada, y es asfixiante. Ojalá pudiera despertar ya de esta maldita pesadilla.

Me levanto de la silla.

—No puedo creerlo.

Voy hacia la puerta, pero me giro para mirarlo.

—¿Aaron sabe que vas a cambiar el nombre?

—Por supuesto que sí. Se lo esperaba.

Me siento traicionada.

¿Por qué Aaron no me lo dijo? Se supone que somos familia, y sin embargo eligió no advertirme de estos cambios. Tanto hablar de cuidarnos las espaldas.

Niego con la cabeza.

—Será mejor que busque otro trabajo para cuando hundas este lugar.

Abro la puerta del despacho y salgo dando zancadas hacia mi oficina.

Pulso el botón del escritorio para que el cristal se vuelva opaco. No quiero que nadie me vea dando vueltas.

El corazón me late desbocado y siento que estoy al borde de un ataque de pánico.

Todo esto podría haberse evitado si Aaron hubiera decidido pasarme la empresa.

He dedicado tanto tiempo y esfuerzo a su éxito, y ahora su legado está en juego.

Es descorazonador que le importe tan poco el impacto de su decisión.

Por muy herida y enfadada que esté, sé que no me queda más remedio que calmarme.

Dom es mi nuevo jefe y tengo que trabajar con él, me guste o no.

Voy a la sala de descanso y me preparo un café, sabiendo que el líquido caliente y dulce me ayudará a relajarme.

Mientras me acerco a la cafetera, oigo a las nuevas, Shannon y Jade, enfrascadas en una conversación.

—Siempre ha sido mi jugador favorito de la NFL —dice Shannon entusiasmada, con la taza de café cerca de los labios.

Jade, que no entiende mucho de deportes, interviene:

—Yo no sigo los deportes, pero tiene algo que me hace querer ver el partido.

Las dos se ríen como colegialas.

Su fascinación por nuestro nuevo jefe se hace evidente cuando Shannon continúa:

—¿Cómo hemos tenido tanta suerte? O sea, Aaron era genial, pero con Dominick Young al mando, es como si hubiéramos marcado un touchdown.

Su cháchara me toca la fibra sensible.

Aquí estoy yo, viendo cómo el legado de nuestra familia se desmorona, y ellas suspirando por Dominick como si fuera un galán de cine. Es exasperante. Pero me muerdo la lengua, consciente de que ahora no es momento de soltar todo lo que llevo dentro.

Carraspeo y las dos se sobresaltan. No habían notado mi presencia, absortas en sus cotilleos.

Sus ojos se encuentran con los míos y se levantan de golpe.

—Oh, hola, Samantha. Nosotras ya... ya nos íbamos. Nos vemos luego —tartamudean.

Les hago un leve gesto con la cabeza, ocultando mi molestia tras una sonrisa forzada.

—Igualmente —murmuro.

No sería prudente decir nada más con el humor que tengo.

Vuelvo a centrarme en mi café. Estoy echando la crema cuando Bailey viene corriendo hacia mí.

—¿Lo has visto? ¡Ay, Dios mío! Es guapísimo. No me puedo creer que esté aquí y que sea nuestro jefe. Qué suerte tenemos —dice entusiasmada.

Parece que no puedo tener ni un momento de paz, ni siquiera para tomarme un café tranquila.

Respiro hondo. El recordatorio constante de que Aaron se ha ido y Dom está aquí en su lugar me acerca cada vez más al límite.

Doy un sorbo al café, saboreándolo antes de girarme para mirarla.

—Va a convocar una reunión de empleados. Os pasaré la información en cuanto tenga todos los detalles.

Asiente con los ojos muy abiertos.

—¿Sabes algo de los cambios que va a hacer? Bueno, está claro que va a haber algunos.

—Solo sé que planea añadir una nueva línea de productos orientada a la salud y el bienestar, y que va a cambiar el nombre de la empresa.

Ahoga una exclamación.

—¿Y cómo te sientes con eso? O sea, es tu nombre el que está en ese letrero.

Me trago la rabia.

—Este no es mi negocio. Solo trabajo aquí como el resto, así que lo que yo piense no importa. Hablamos pronto.