La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 1 Amanda
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La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2)

La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2)

Por B. E. Baker

© inepub.com

1 Amanda

AMANDA

Casi todo en nuestras vidas sucede debido a una serie de eventos concatenados. A veces es difícil saber dónde empieza. A veces, es algo pequeño, sin consecuencias.

Ethan siempre da un portazo cuando se va. Debe ser cosa de adolescentes. Pero esta mañana, ese portazo despertó a Roscoe.

Si Roscoe no hubiera empezado a ladrar, Gabe aún estaría dormido.

Si Abby no hubiera estado en una llamada de trabajo, Gabe no me habría despertado.

Si Whitney no se hubiera terminado los últimos Lucky Charms, Gabe no habría despertado a Maren exigiéndoselos a pleno pulmón.

Si ella todavía estuviera dormida, Maren no le estaría cantando las cuarenta a Emery.

Y si Emery no hubiera empezado a berrear más fuerte que los ladridos del perro, la conferencia telefónica de Abigail probablemente no se habría interrumpido.

Aunque nunca la he oído gritarles, los cuatro hijos de Abby viven aterrorizados por la posibilidad de enfadarla. O quizá les preocupa más decepcionarla.

En cualquier caso, cuando abre la puerta de un tirón, basta una mirada acalorada.

Izzy empieza a sisear a los demás como un gato al que le han pisado la cola.

Toda la cara de Whitney es un solo puchero.

Gabe se mete los dedos en las orejas y empieza a decir «la, la, la» a los gritos.

Mientras tanto, Maren despotrica contra Emery para que deje de ser una bebé llorona, lo que sólo duplica el ritmo de las lágrimas que caen por la cara de su hermana pequeña.

Tal vez sólo sea una mala mañana. Suceden y, cuando hay tanta gente en un mismo lugar, escalan rápidamente. Pero esta es mi conclusión: esta casa es demasiado pequeña.

No podemos vivir así.

Yo no estoy en una teleconferencia de trabajo, así que estoy atrapada lidiando con todo.

Me he vuelto mucho más hábil enfrentándome al caos que hace unos meses, por suerte.

Añado un puñado de malvaviscos a sus Rice Crispies y Gabe se destapa las orejas y sonríe.

Les pido a Whitney y a Izzy que se den la mano y canten, y lo hacen.

Al cabo de dos rondas de Jesus Said Love Everyone, en lugar de tener el ceño fruncido están sonriendo.

(Que conste que esto nunca funcionaría con Maren.

Probablemente se comería la cara de la otra persona antes de cantar voluntariamente cogida de la mano).

Finalmente, como mi último acto, pido a mis no angelicales hijas que lleven su pelea a mi dormitorio para que no sea tan ruidosa.

Estoy mejorando. No pretendía ser perfecta.

Todavía están allí, Maren refunfuñando y Emery sollozando, cuando Abigail sale de su dormitorio.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta en la nuca, sin un solo mechón rubio oscuro fuera de su sitio.

Ya se ha puesto ese maquillaje simple como todos los días: sombra de ojos y máscara de pestañas beige dorado con un bonito pintalabios rosa neutro.

Es evidente que se trataba de una videollamada, porque lleva un precioso traje azul cielo.

—¿Qué demonios ha pasado hoy con vosotros tres?

—Su cabeza gira como un búho siguiendo a un grupo de ratones—.

Sabíais que tenía una llamada. Lo dije anoche —No dice ni una palabra sobre los gritos que vienen de mi habitación.

Me he dado cuenta de que casi nunca hace comentarios sobre el comportamiento de mis hijas, al menos no cuando estoy cerca.

Dirige toda su energía de madre a los suyos.

A Gabe le tiembla el labio. —Lo siento.

—Siento que nos hayamos quedado sin Lucky Charms —dice Abby—. Hoy compraré más, pero no puedes enloquecer cuando se nos acaben las cosas. Eres demasiado grande para actuar así.

—No fuimos sólo nosotros —dice Izzy, más que dispuesta a mandar a sus primas al frente. Por lo visto, no soy la única que se ha dado cuenta de que Abby sólo educa a sus propios hijos, pasando por alto los defectos de las mías.

Los sollozos de Emery se intensifican en el fondo, añadiendo apoyo a su acusación.

—Sois los únicos tres que respondéis ante mí.

Todos parpadean, pero no se quejan, ni discuten, ni berrean, ni riñen, ni se defienden.

—No volverá a ocurrir —dice Izzy—. Puede que haya sido culpa mía. Intenté actuar como madre otra vez.

Abby se dirige a Whitney y Gabe. —¿Por qué se enfadan con ella por actuar como madre?

Oh, es porque ella no es vuestra madre. Pero cuando os comportáis como niños, ella no tiene elección.

O os portáis bien, o no os quejéis cuando os diga lo que tenéis que hacer —Pone las manos en las caderas—. ¿Entendido?

Todos asienten.

—Esta familia sólo funciona cuando todos hacemos nuestra parte, y vosotros tres no estáis haciendo la vuestra.

Se levantan de un salto y corren por la cocina: Whitney vacía el lavavajillas, Izzy saca la basura y Gabe ayuda a Whitney a guardar los cubiertos.

Lo juro, algunos días me pregunto si Abby hizo algún trato con un demonio y sustituyó a sus hijos por cíborgs.

Mientras tanto, el alboroto en mi habitación sigue estando salpicado de gritos agudos y sollozos melodramáticos.

Abigail vuelve a mirar hacia la puerta, como preguntando: «¿No vas a ocuparte de las tuyas? ».

—Tenemos que hablar —le digo—. Y no quiero empezar una pelea, pero he estado pensando en esto estos últimos días —Habría sacado el tema antes, pero me preocupa que sugiera que alguna de los dos se mude, y la verdad es que me gusta vivir con su enorme prole.

Abby frunce el ceño. —¿Sobre qué?

—Esta casa es demasiado pequeña.

Abre la boca y se me encoge el corazón. Va a ofrecer mudarse. Siempre hace lo correcto, lo bueno, lo generoso, aunque le resulte incómodo.

—Antes que nada, me gusta que vivamos juntos, pero creo que necesitamos más espacio.

Cierra la boca.

—Creo que deberíamos ampliar la granja o, como mínimo, remodelar el espacio que tenemos.

—¿Quieres que usemos nuestro propio dinero en una casa que puede que no mantengamos?

Trago saliva y trato de ordenar mis pensamientos.

No me resulta tan fácil explicar las cosas como a ella, y a veces sus preguntas me hacen sentir como si estuviera declarando ante un tribunal.

No es algo que haya hecho, pero puedo imaginármelo.

—He hablado con el señor Swift y me ha dicho que, aunque todavía no es seguro que vayamos recibir la herencia, cree que cualquier remodelación que hagamos que mejore el valor de la casa estaría bien, y que podemos usar el «fondo de la casa» asociado a la propiedad para hacerla.

Ella parpadea. —¿El fondo de la casa?

—Es lo que hemos estado utilizando para pagar las facturas que no dependen de nuestro uso, como los impuestos y el mantenimiento o las reparaciones.

—¿Hay suficiente para cubrir algo como una remodelación? Tenemos que asegurarnos de que puede cubrir los costes fijos del rancho hasta su enajenación.

—El Sr. Swift dijo que habría más de sesenta mil dólares de más considerando lo que anticipa que necesitaremos para los otros gastos rutinarios.

—Sesenta mil no está mal —dice Abby—. No es una fortuna, pero si somos inteligentes, podríamos hacer muchas mejoras.

—¿Has hecho muchas remodelaciones en el pasado? —le pregunto.

Se encoge de hombros. —Algunas cosas por ahí. ¿Y tú?

Sacudo la cabeza.

—Según mi experiencia, el éxito depende en gran medida de a quién conozcas en la zona.

Hay que trabajar con gente de confianza, a menos que uno mismo se encargue de todo.

Nuestra primera área de trabajo sería encontrar un buen contratista —Abby se da golpecitos en el labio—.

Deberíamos cambiar sólo cosas que podamos terminar rápidamente, si no, ¿qué sentido tendría?

—Abre los ojos de par en par—. Quizá podríamos convertir la zona grande del garaje en espacio habitable y luego construir una cochera.

La puerta del garaje está rota, así que ya no sirve para su función primordial de todos los días.

En lugar de repararla, podríamos convertir esos metros cuadrados contiguos en otra habitación y un cuarto de baño.

Necesitará trabajos de aislamiento y la instalación eléctrica, por no hablar de la fontanería, pero la losa ya está ahí.

El peso extra no debería ser un problema.

No es como si fuéramos a añadir otro piso.

Debería haberlo sabido: si no está discutiendo conmigo, ella ya está haciendo una carrera rápida kilómetros más adelante. —Creo que nuestra primera tarea sería determinar qué cosas queremos cambiar o añadir.

—¡Un baño! —Izzy da saltitos.

—Con ducha —dice Whitney—. No una vieja y cutre combinación de bañera y ducha, sino una ducha de verdad con buena presión de agua.

Vivir en una casa vieja te cambia la perspectiva sin duda. —Tienes razón —coincido—. Otro baño, o incluso dos, debería ser nuestra prioridad número uno.

—¡Una sala de cine! —dice Gabe—. Como la que teníamos en casa, con nevera y microondas para hacer palomitas.

—¿Y una sala de ejercicios? —Abby pregunta.

—Podemos correr en el exterior —digo.

—No cuando empiece a nevar —dice—. Y el salón ahora mismo no tiene asientos suficientes para todos los que vivimos aquí. Si añadimos otro sofá o algunas sillas ahí, no habrá sitio para nada más.

No había pensado mucho en lo que ellos dejaron en Texas.

Nueva York era difícil de dejar, con la comida para llevar al alcance de la mano y la gente siempre en movimiento y agitada.

Había un millón de cosas divertidas y emocionantes que hacer, pero nuestra casa era pequeña.

Incluso con tanta gente como esta, nuestra sala de estar no es mucho más estrecha que la que dejamos.

Viviendo en los suburbios de una gran ciudad como Houston, probablemente tenían una casa enorme con un montón de espacio.

Ni siquiera me había planteado añadir una sala de cine, ni más de un baño adicional o una sala de ejercicios.