6
Esa noche, Cody dejó pasar a Mark Ruhl, el corpulento agente de la DEA de Denver.
—Siento no haber podido venir antes, anoche tuvimos una redada importante y nos pasamos todo el día con el papeleo.
Estrechó la mano de Cody y entró.
—Hola, tú debes ser Melissa.
También le estrechó la mano.
—Nos conocimos en la boda de Ben y Ashley, pero probablemente no...
—Te recuerdo —gorjeó ella, desplegando esa sonrisa deslumbrante que le revolvía las entrañas.
Cody cerró los puños a los costados. Más le valía a ella no recordarlo con ningún cariño especial o él... Cerró los ojos e intentó dominar a la bestia que gruñía en su interior.
Ella no es tu compañera.
Solo que esa afirmación le daba aún más ganas de destrozarle la cara al simpático agente de la DEA. Su lobo interior rugía por marcarla, ignorando que a Cody ni siquiera le gustaba la chica y que jamás en la vida se aparearía con una humana.
—¿Te traigo una cerveza?
—Claro. ¿Puedo sentarme? —Mark se dirigió al sofá y Melissa lo siguió, demasiado cerca para la cordura de Cody.
Fue a la nevera a sacar tres botellas de Budweiser.
Quizás debería simplemente acostarse con ella y quitársela de la cabeza.
La química estaba ahí, se gustaran o no.
El cuerpo de ella respondía cada vez que él la tocaba, casi como si no pudiera evitarlo.
Tal vez por eso había llorado la noche anterior después de que él le diera placer. No había querido entregarle eso.
Esa idea le hizo rechinar los dientes y querer estampar el puño contra la pared. Jamás forzaría a una hembra, y la idea de que ella no hubiera disfrutado lo que él había hecho... Pero no. Su satisfacción había sido inconfundible. Entonces, ¿por qué había llorado?
Su reacción al olor de las lágrimas de ella había sido instantánea, casi un dolor físico.
Provocó en él dos respuestas fisiológicas gemelas, aparentemente opuestas.
Hiperconcentración: el cuerpo alerta, listo para transformarse y protegerla de cualquier peligro, pero también una calma, como para permitirle consolarla adecuadamente.
Intentó recordar si alguna vez había sentido eso con otra hembra.
¿Alguna había llorado cerca de él? Temía que esta reacción también fuera exclusiva del vínculo con una compañera.
Destapó las cervezas y las llevó al sofá sujetándolas por el cuello.
Melissa arrugó la nariz y la rechazó.
—Lo siento, no tengo cervezas artesanales para ti, princesa.
Ella puso los ojos en blanco, sonrojándose como si le avergonzara que la llamaran así delante de Mark. Eso solo le dio ganas de hundir la cabeza del lobo en el váter.
Mark estaba contándole algo a Melissa, probablemente algo que él debería haber estado escuchando.
—El dispensario donde trabaja Jeremy fue asaltado hace unas noches. Jeremy fue quien lo denunció a la policía.
Melissa asintió, como si ya lo supiera.
—Supongo que él mismo lo robó, o estuvo involucrado en el asunto y por eso Rabago lo persigue.
Melissa palideció.
—¿Sabes algo al respecto?
Ella parpadeó rápidamente, como si estuviera conteniendo las lágrimas.
—No —dijo con voz temblorosa—. Creo que tienes razón. Llegó a casa esa noche y me contó lo del atraco. Me pareció que estaba emocionado y lo achaqué a la adrenalina del momento, pero esto tiene más sentido.
Mark asintió.
—¿Con quién crees que estaría trabajando?
Ella tragó saliva y negó con la cabeza.
—No lo sé. Podría ser cualquiera de sus colegas. Todos son unos imbéciles.
A Cody no le molestaba la amargura de ella hacia Jeremy, pero sí le molestaba cuánto la afectaba ese inútil. ¿Por qué? ¿Todavía le importaba, a pesar de todo?
—¿Y no has sabido nada de Jeremy desde ayer? ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
—Cuando me fui a trabajar por la mañana.
—¿Fue a trabajar ese día?
—No lo sé.
Se apartó un mechón de pelo cobrizo de la cara. La mirada apagada y atormentada de ella le dio ganas de retorcerle el cuello al cabrón de su exnovio.
—¿Y has intentado contactar con él?
—Sí, le mandé un mensaje advirtiéndole que no volviera a casa. Nunca contestó.
—Bueno, me gustaría echarle el guante antes de que lo haga Rabago.
Podríamos ofrecerle protección a cambio de su testimonio contra el capo.
Si eso falla, Ben se ha ofrecido a pagarle a Rabago lo que sea que Jeremy le deba para dejarte fuera de peligro.
Esa es mi segunda opción. Preferiría quitar a este cabrón de las calles.
Melissa asintió con la cabeza vacilante.
—Tampoco quiero que Ben tenga que pagar la deuda de Jeremy.
—Entonces, ¿qué pasa si Rabago encuentra a Jeremy primero? —preguntó Cody.
Personalmente, él prefería la segunda opción. Cuanto antes Melissa estuviera a salvo, mejor. Así podría acabar con todo este lío. Aunque eso tampoco le parecía bien. No había terminado de explorar la atracción física que sentía por ella.
Sí, solo necesitaba acostarse con ella y quitársela de la cabeza.
—Entonces Jeremy probablemente sea hombre muerto. Pero querrán recuperar el dinero antes de matarlo, así que mantener a Melissa escondida y a salvo sería aún más importante. Si atrapan a Jeremy, lo van a torturar y sin duda usarán la amenaza de matar a Melissa para hacerlo cantar.
Melissa se había puesto pálida.
—Tienes que encontrar a Jeremy antes que él, entonces.
Se miró las manos, y un instinto persistente le dijo a Cody que ella podría saber dónde encontrar al tipo.
—Exacto —asintió Mark.
—Si Ben le pagara a Rabago, ¿quién negociaría ese trato? —preguntó él.
Los labios de Mark se apretaron hasta formar una línea fina. —No lo sé. No puedo ser yo ni nadie de mi equipo. Ben me mataría si permito que lo haga Melissa, aunque es la candidata más probable.
—Yo te mataría primero —murmuró Cody, lo que hizo que Melissa enarcara una ceja—. Podría hacerlo yo.
Mark juntó las yemas de los dedos con los codos apoyados en las rodillas.
—¿Estás dispuesto?
—Sí.
—Tú serías mi primera opción también. Sobre todo porque querría que fuera un lobo y sé que podrías apañártelas si algo saliera mal. Aunque, como ya he dicho, preferiría no tener que recurrir a eso.
—¿Alguna idea de dónde puede estar el dinero robado? —le preguntó Cody a Melissa.
Ella negó con la cabeza.
—Ninguna. Apenas nos hablábamos en los últimos meses y nunca tuvimos mucha confianza.
Se le curvó el labio, pero se mordió la lengua para no preguntarle por qué vivía con un imbécil que nunca le había gustado. Ya habría tiempo para eso.
—¿Te parece bien que se quede aquí? —preguntó Mark—. Si no, puedo llevármela a Denver y protegerla allí.
Se le erizó el vello, aunque su cerebro le decía que estaría mucho mejor quitándosela de encima.
—Se queda aquí —espetó.
Melissa frunció el ceño.
—Puedo protegerla perfectamente.
Mark le dirigió una mirada curiosa.
—No estaba cuestionando tu capacidad de protegerla —dijo el agente con suavidad.
—Ya.
Sabía que sonaba hosco, pero no podía evitarlo. Todo lo cabreaba cuando Melissa estaba de por medio.
—Bueno, la policía local está buscando a Jeremy. Los mandaré al apartamento de Melissa a ver si pueden detener a Rabago o a sus hombres por allanamiento. Pero eso no significa que sea seguro volver a casa —advirtió Mark a Melissa.
Ella frunció el ceño, pero asintió.
Mark se levantó y ambos lo imitaron. Le estrecharon la mano de nuevo y lo acompañaron a la puerta.
Cuando se marchó, Cody soltó el aire y se puso las manos en las caderas. Menudo follón.
Melissa observó a Cody ir y venir por la pequeña sala de estar. Un músculo le palpitaba en la mandíbula y tenía el ceño muy fruncido. Aunque no había sido ella quien había pedido el favor, la culpa la atravesó como una lanza por haberlo metido en esto.
—No quiero que le lleves ese dinero a Rabago —dijo desde el sofá.
Él se giró y la fulminó con la mirada.
—¿Por qué no?
—No deberías arriesgar tu vida así. Este lío no es tuyo y ya has hecho bastante por ayudarme. Debería llevarlo yo.
—Ni hablar —gruñó.
—Siento que Ben te arrastrara a esto. Ni siquiera me conoces y este drama estúpido no es tuyo. Sé que esto es más de lo que esperabas.
Él enarcó una ceja.
—¿Ah, sí? Le hice a Stone una promesa de alfa: protegerte. Eso significa mi vida a cambio de la tuya. Así que sí, ya me comprometí.
Siguió paseándose con las manos en las caderas, dilatando las fosas nasales de rabia.
Ella se levantó y le cortó el paso.
—Entonces, ¿qué es lo que te tiene tan cabreado?
Él soltó una maldición y se pasó los dedos por el pelo, dejándolo revuelto. Levantó un dedo.
—Uno: no logro entender qué hacías con ese imbécil.
Ella retrocedió y la amargura le inundó la boca.
—Sí, bueno, yo tampoco, ¿vale?
Le había subido el tono de voz.
—Tengo un gusto pésimo con los hombres, un problema que pienso solucionar pronto.
Le lanzó una mirada hosca, pero se estremeció cuando él pareció leerle el pensamiento: que era uno de los hombres que pensaba evitar.
Él se acercó hasta quedar frente a ella, mirándola desde arriba.
—¿Y eso qué significa?
Ella se sonrojó pero no retrocedió.
—Significa que se acabaron los perdedores. Voy a buscar a alguien honorable. Y estable. Y normal.
Y aburrido.
El músculo de la mandíbula de Cody volvió a palpitar.
Ella se cruzó de brazos con gesto desafiante.
—Dijiste «uno». ¿Hay más?
No sabía por qué lo estaba provocando, por qué necesitaba esa pelea, pero así era.
—Sí, hay más.
Dejó de pasearse y levantó la mano para gesticular, pero se contuvo.
—Olvídalo —gruñó.
—¿Qué demonios?
Ella estaba más que dispuesta a poner todas las cartas sobre la mesa.
—Si no me quieres aquí, no deberías haberle dicho a Mark que me quedara contigo. Y, por cierto, alguno de vosotros podría haberme preguntado qué prefiero yo, ¿no te parece?
—¿Qué prefieres, princesa?
Sus palabras salieron gélidas esta vez, en lugar de al rojo vivo, y ella notó el cambio con cierta sorpresa. ¿De dónde salía todo ese veneno? Él señaló la puerta.
—¿Prefieres que Mark sea tu protector? ¿Es eso? ¿Está bien que Ben lo arrastre a él, pero a mí no? Supongo que él tiene más pinta de caballero andante con ese traje y esa placa, ¿no?
Ella dio un respingo como si la hubiera golpeado, y por fin lo entendió. Le había herido el orgullo. Ablandarse y jurar que lo había malinterpretado no iba a apagar ese fuego. Se acercó a él y le clavó un dedo en el pecho.
—Joder, no.
Él la miró ceñudo, esperando.
Era difícil decir más. Siempre estaban enfrentados. No le gustaba cederle ni un centímetro. Pero tampoco le gustaba verlo cabreado.
—Tú eres el único caballero andante que veo por aquí.
Él la miró con recelo, como si pensara que le estaba tomando el pelo.
—Mark solo está haciendo su trabajo. Tú eres quien me ofreció la protección de la manada. Si no fueras siempre tan creído y chulo, quizá habría mostrado un poco más de gratitud.
Las comisuras de su boca se curvaron levemente.
El corazón le dio un vuelco en el pecho mientras veía cómo su mirada pasaba de furiosa a encendida, con un calor diferente.
—No necesito tu agradecimiento —murmuró, y la agarró de la nuca, atrayéndola hacia él para apoderarse de su boca, igual que había hecho en medio del centro comercial. Ella cerró los ojos y se abandonó al beso, que fue tan violento y arrollador como el anterior.
Una de sus manos se deslizó por la espalda de ella y le agarró el trasero, apretándolo y atrayendo sus caderas hacia él. Metió una pierna entre sus muslos, y ella meció las caderas para frotar el clítoris contra su muslo.
Ella gimió.
—Eso es, nena, sigue gimiendo así de sexy —le mordió la oreja, le rozó la mandíbula con los dientes y volvió a follarle la boca con la lengua.
Ella meció la pelvis arriba y abajo sobre su muslo; la fricción contra el clítoris la estaba volviendo loca.
Él se agachó y deslizó el antebrazo bajo su trasero, levantándola sin esfuerzo para que le rodeara la cintura con las piernas. Ella le echó los brazos al cuello, los labios aún enredados con los suyos en una danza desesperada.
Sabía que era mala idea. No quería meterse en una relación con otro malote como Cody.
Pero desde el momento en que él la había agarrado por primera vez en el armario de su dormitorio, llevaba luchando contra la atracción.
Quizá si dejaba que las cosas fluyeran, la tensión entre ellos se aliviaría.
Eso no significaba que tuviera que tener una relación con él.
Cody la levantó más y le mordió el pecho. Ella chilló.
—Quítate la camiseta, Melissa.
No era una petición. Era una orden.
¿Sería capaz de lidiar con este tipo? No era del todo humano. Quizá la parte lobuna fuera demasiado para ella.
—Ahora —gruñó—. O te la arranco.
Ella se arrancó la camiseta y la tiró al suelo. Cody la empujó contra la pared y la inmovilizó. Le bajó el sujetador de un tirón.
—Ay —protestó cuando el tirante se le clavó en el hombro—. ¿Qué coño, Cody?
Cody se quedó inmóvil, jadeando, con los ojos brillando en un azul gélido. Al cabo de un momento, el color se apagó hasta volverse gris pizarra. Aflojó el agarre y ella se deslizó pared abajo hasta quedar de pie.
El arrepentimiento se reflejó en su rostro. Le acarició la cara y le rozó la mejilla con el pulgar.
—Joder, Melissa. Lo siento. Vas a acabar herida conmigo.
La sombría predicción coincidía con la conclusión a la que ella ya había llegado, pero eso no hacía que fuera más fácil de oír.
El clítoris le palpitaba al ritmo de su corazón desbocado. El sujetador colgaba a medio quitar, con un tirante aún enganchado al hombro. No había querido que parara.
Él le acarició el cuello con la mano, subiendo y bajando por el lateral hasta la curva del hombro.
—Nena... No puedo... —parpadeó—. No debería.
.. —sacudió la cabeza—. Los humanos son demasiado frágiles para los lobos.
Créeme, no hay nada que desee más que abrirte esos muslos tan sexys y follarte hasta quitarte esa actitud de una vez por todas, pero.
.. —se inclinó y aspiró contra su cuello—.
Tu olor me vuelve jodidamente loco y podría perder el control y morderte, y ninguno de los dos quiere eso.
A ella le costó tragar saliva con el nudo que tenía en la garganta.
—Claro —susurró con voz ronca, aunque no estaba muy segura de lo que él estaba diciendo. Obviamente, aparearse con ella sería un gran error.
Vale, de acuerdo. Ella también lo pensaba.
Lo empujó en el pecho y él retrocedió.
—Es tarde. Me voy a la cama —murmuró.
Él no respondió, lo cual probablemente era lo mejor. Tampoco tenían mucho más que decirse, ¿verdad?