La princesita sucia del policía (Serie Comisaría de Policía de Pineborough nº 6) CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

DAMIEN

Joder. Era increíblemente hermosa. Sus pechos generosos rebotaban suavemente con cada respiración entrecortada, y aquello me estaba volviendo loco.

Todos mis instintos primitivos me gritaban que la arrastrara al dormitorio, la tirara sobre el colchón y la hiciera mía allí mismo.

Pero tenía que atenerme a mi plan. Tenía que enseñarle que hay situaciones en la vida completamente impredecibles y totalmente fuera de su control.

Pero había algo a lo que no podía resistirme: su coño empapado. Hasta entonces, solo lo había sentido con los dedos, pero me moría por hundir la lengua en su calor. Quería abrirla de par en par y contemplar su precioso clítoris hinchado.

Me deslicé hacia el borde de la silla y, sin previo aviso, hundí el rostro entre sus muslos y clavé la lengua en lo más profundo de ella.

Tenía el clítoris resbaladizo, goteante, visiblemente hinchado de pura excitación.

Quería devorarla. Kira soltó un gemido inmediato y agudo; las caderas se le sacudieron hacia arriba contra las ataduras.

Le agarré los muslos y se los abrí aún más, decidido a no dejarla correrse fácilmente.

Mientras sus suaves gemidos llenaban la cabaña silenciosa, empecé a succionarle el clítoris con fiereza.

Al levantar la vista, la vi con la cabeza echada hacia atrás contra la silla, la garganta expuesta, gimiendo sin contenerse.

Tenía los pechos desnudos al descubierto, prácticamente suplicando que los tocaran.

—Damien... tus dedos —jadeó Kira con voz temblorosa—. ¡Méteme los dedos! ¡Por favor!

Me aparté de su calor.

—No, Kira. Todavía no lo entiendes. Hay situaciones en las que no tienes ni voz ni voto. En las que no consigues lo que quieres solo porque lo pidas.

Me incorporé cuan alto era. Ella alzó la vista hacia mí con un pánico repentino y confuso nublándole los ojos.

—¿Entonces eso es todo? —preguntó Kira con la voz ligeramente quebrada—. ¿Me pones increíblemente cachonda, me dejas empapada y luego vas a dejarme esposada a una silla sin más?

—Si querías saber exactamente qué viene después, no deberías haber elegido la opción lenta y suave —respondí con una calma peligrosa.

Volví a inclinarme y, con los dulces jugos de su coño todavía brillándome en los labios, estampé mi boca contra la suya.

Fue un beso ardiente, voraz y profundo que me vibró hasta la dolorosa presión de la entrepierna.

A esas alturas, estaba absolutamente seguro de que mantener ese nivel de autocontrol iba a hacer que me corriera en los calzoncillos. Pero iba a merecer la pena.

Entré en el baño y rebusqué en el fondo del armario de la ropa blanca.

Recordaba exactamente dónde había guardado el masajeador de varita de alta gama que mis idiotas hermanas me habían regalado en Navidad.

Se habían pasado toda la cena navideña dándome la tabarra con aquello, con sus sonrisitas de suficiencia mientras me contaban el placer ilimitado que podría darle a mi próxima novia.

En cuanto a mi siguiente novia, Lotti, bueno, digamos que no era precisamente fan de los juguetes sexuales. Ni del sexo en general, la verdad. Así que, hasta esa mañana, aquella máquina no había servido para mucho más que descontracturarme los hombros después de un largo turno de patrulla.

Agarré la pesada varita, desenrollé el cable y volví al salón. La enchufé en la toma de la pared, justo al lado de su silla.

En cuanto Kira vio la enorme esfera de silicona suave en el extremo del aparato, una risa nerviosa y desconcertada le brotó de los labios. Se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, alternando la mirada entre la varita y mi cara.

—Tienes... tienes que estar de broma —tartamudeó, con la confianza vacilante de nuevo—. ¿Lo dices en serio?

Me incliné peligrosamente cerca, con los labios rozándole la oreja.

—Mi querida Kira... ¿cuándo fue la última vez que me oíste contar un chiste?

Le brotó otra risa nerviosa, con los ojos fijos en el aparato.

—Pero ¿qué vas a hacer con eso? ¿Pretendes metérmelo dentro? Esa cosa es literalmente más grande que tu puño.

No le contesté. Me limité a negar lentamente con la cabeza, volví a arrodillarme entre sus muslos abiertos y puse el dial en la potencia más baja.

La pesada varita empezó a zumbar con una vibración profunda y grave en mi mano.

Acerqué lentamente el cabezal suave y pesado a su clítoris, sin saber yo mismo lo potente que era en realidad la intensidad más baja de aquel trasto.

En cuanto la silicona vibrante le rozó la carne sensible, un gemido desgarrado le brotó de la garganta.

—¡JODER!

Apliqué un poco más de presión, manteniéndola firme contra ella.

Al instante, un temblor visible le recorrió todo el cuerpo.

La vibración intensa se propagó por su cuerpo como una onda expansiva.

Echó la cabeza hacia atrás contra la silla y sus gemidos se convirtieron en gritos cada vez más desesperados y fuertes.

—¡Joder! ¡Damien! ¡¡¡Dios mío!!!

Subí el dial al segundo nivel; la vibración más profunda me recorría el brazo mientras lo presionaba con más firmeza contra su centro resbaladizo. Abrió los ojos de golpe, desorbitados y completamente frenéticos, y me miró.

—Voy a correrme... ¡me corro! —jadeó con la voz cargada de pánico.

En lugar de apartarme, subí la máquina al tercer nivel y la mantuve firme en su sitio.

Con un grito ensordecedor y resonante, todo su cuerpo se tensó cuando el primer orgasmo la atravesó.

Por reflejo, los muslos se le cerraron hacia dentro en un intento de protegerse de aquella sensación cegadora, pero mi corpulencia le mantuvo las rodillas bien abiertas, sin dejarla cerrarse.

—Damien... me he corrido. Ya me he corrido —jadeó con el pecho agitado, mientras lágrimas de pura sobrecarga sensorial le nublaban la visión.

Asentí con frialdad e indiferencia, como si su placer no me afectara en lo más mínimo. En lugar de apagarlo, apreté el pesado masajeador zumbante aún más fuerte contra su coño empapado.

Las caderas empezaron a sacudírsele violentamente.

Intentó girar e inclinar la pelvis en un intento desesperado de esquivar la vibración implacable que ya le sobreestimulaba los nervios a flor de piel.

Pero fue inútil. En cuestión de segundos, la máquina empezó a arrastrarla de nuevo hacia el borde de otro clímax.

—¡Damien, por favor! ¡No puedo más! —suplicó con la voz quebrada.

—Claro que puedes —dije con voz ronca, el rostro convertido en una máscara de autoridad absoluta—. Esto es exactamente lo que querías, ¿no?

Kira se mordió el labio inferior con tanta fuerza que le sangró, retorciéndose frenéticamente para alejarse de la varita. Le planté una de mis manazas contra la cadera, clavándole la pelvis al asiento de madera, mientras con la otra mantenía el masajeador fijo justo sobre su clítoris palpitante.

Soltó un sollozo desgarrado.

—¡Damien, por favor!

Pero me cerré en banda a sus gritos. Ignoré la tensa perfección de sus pezones duros, ignoré sus gritos frenéticos e ignoré por completo que mi propia polla estaba a punto de reventarme la cremallera.

Me limité a mantener el agarre férreo, esperando a que la siguiente ola la destrozara por completo.