5 #15
—Encontré la carta en la cocina. Ya la has leído, así que sabes lo que dice.
Que no tenía fuerzas para vivir. Que la vida no había sido para él más que un sufrimiento interminable y que ya no tenía fuerzas para seguir resistiendo.
Ya no le quedaban razones para vivir. Estuve sentada en la cocina una hora, tal vez dos, no lo sé con certeza.
No tardé ni un minuto en guardarme la carta en el bolso y, después, solo tuve que retirar la silla que él había colocado debajo de la cuerda y devolverla a su lugar en la cocina.
—Pero ¿por qué, Vera? ¿Por qué? ¿De qué iba a servir?
Tenía la mirada serena, pero Patrik observó que le temblaban las manos, que la calma era solo aparente.
No podía ni siquiera imaginar el horror que debía de suponer para una madre el ver a su hijo colgado del techo, con la lengua hinchada y violácea y los ojos desorbitados.
A él mismo le había resultado terrible la visión de Anders; su madre tendría que vivir el resto de sus días con esa imagen en la retina.
—Quería ahorrarle más humillaciones. La gente lo miró con desprecio durante muchos años.
Lo señalaban y se reían de él. Al pasar a su lado, lo miraban con gesto altanero porque se sentían superiores.
¿Qué iban a decir cuando supieran que se había colgado?
Quería evitarle esa vergüenza, y lo hice del único modo que se me ocurrió.
—Pero sigo sin comprender. ¿Por qué iba a ser peor el suicidio que el asesinato?
—Tú eres demasiado joven para comprenderlo. El desprecio por los suicidas aún sigue vivo en la conciencia de las gentes de los pueblos costeros. No quería que nadie hablara así de mi niño. Ya lo habían criticado bastante a lo largo de su vida.
La voz de Vera resonaba como el acero. Siempre dedicó la energía a proteger y ayudar a su hijo y, por más que él siguiera sin comprender sus motivos, pensó que tal vez fuera lógico que la mujer quisiera protegerlo aun después de muerto.
Vera extendió la mano en busca del álbum de fotos y lo abrió para que también Patrik pudiera verlo. Por la vestimenta y por el tono amarillento de los colores, calculó que eran instantáneas de los setenta y en todas ellas la cara de Anders le sonreía franco, despreocupado.
—¿No era guapo mi Anders?
Preguntó con expresión soñadora, al tiempo que pasaba el índice por las fotos.
—Siempre fue un niño tan bueno... Jamás dio ningún problema.
Patrik observaba las fotos con interés. Le parecía increíble que representaran a la misma persona que él solo había conocido como un despojo.
Era una suerte que el joven de las instantáneas no supiera el destino que lo aguardaba.
Una de las imágenes llamó especialmente su atención.
Una niña rubia muy delgada aparecía junto a Anders, que estaba sentado en una bicicleta con sillín anatómico y manillar de ciclista.
La chica mostraba solo una leve sonrisa y miraba con timidez medio oculta tras un flequillo.
—¿No es esta Alex?
—Sí —replicó Vera algo seca.
—¿Jugaban mucho juntos de niños?
—No mucho. Pero sí a veces. Después de todo, estaban en el mismo curso.
Con suma precaución, Patrik empezó a adentrarse en un terreno delicado. Mentalmente, procedía como de puntillas.
—Sí, creo que ambos tuvieron de maestro a Nils Lorentz durante un tiempo, ¿no?
Vera lo miró con curiosidad.
—Sí, es posible. Hace tanto tiempo de eso...
—Por lo que he oído, se habló bastante de Nils Lorentz. Sobre todo porque luego desapareció sin más.
—Bueno, la gente habla de cualquier cosa aquí en Fjällbacka. Así que seguro que también hablaron de Nils Lorentz.
Era evidente que estaba metiendo el dedo en la llaga, pero no tenía más remedio que seguir ahondando.
—He estado hablando con los padres de Alex. Me dijeron unas cuantas cosas sobre Nils Lorentz. Cosas que también afectaban a Anders.
—Ah, ¿sí?
Vera no pensaba ponérselo fácil, eso estaba claro.
—Según ellos, Nils Lorentz abusó de Alex y también de Anders.
Vera estaba rígida como una estaca, sentada en el borde de la silla, pero no respondió a la afirmación con la que Patrik más bien pretendía preguntar. Resolvió esperar hasta que ella se decidiera y, tras un instante de lucha interna, la mujer cerró el álbum despacio y se puso de pie.
—No quiero hablar de historias pasadas. Quiero que te marches ahora mismo. Si pensáis tomar medidas por lo que hice cuando encontré a Anders, ya sabéis dónde estoy; pero no tengo intención de ayudaros a remover cosas que es mejor dejar enterradas.
—Ya, bueno. Solo una pregunta más: ¿hablasteis alguna vez del tema con Alexandra? Por lo que tengo entendido, ella había decidido zanjar ese asunto de una vez por todas y lo lógico habría sido que hablara contigo también.
—Sí, claro, habló conmigo. Estuve en su casa una semana antes de que apareciera muerta, escuchando sus ingenuas ideas sobre hacer borrón y cuenta nueva con el pasado, sacar a la luz los viejos fantasmas, etcétera.
Enredos de la modernidad, si quieres que te diga mi opinión.
Hoy todo el mundo parece obsesionado por lavar los trapos sucios en público y por lo saludable que, según dicen, es desvelar los secretos y los pecados de uno.
Pero hay cosas que deben seguir siendo privadas.
Y eso fue lo que le dije. No sé si me hizo caso, pero espero que así fuera.
De lo contrario, lo único que conseguí fue la infección de vejiga que me llevé de su casa helada.
Con estas palabras dio Vera a entender que ponía punto final a la discusión y se encaminó hacia la puerta. Le abrió a Patrik y se despidió de él con un «adiós» más que reticente.
Ya fuera de la casa, muerto de frío, con la gorra y los guantes bien encajados, no sabía por dónde comenzar. Empezó a saltar para entrar en calor y se apresuró en dirección al coche.
Vera era una mujer complicada, de eso no le cabía la menor duda después de la conversación que acababa de mantener con ella.
Pertenecía a otra generación, pero en muchos sentidos estaba en conflicto con sus valores.
Había trabajado para mantenerse a sí misma y a su hijo e incluso después de que Anders alcanzara la edad adulta y hubiera debido arreglárselas solo, ella siguió siendo su sostén.
Así que, en cierto modo, era una mujer liberada que había salido adelante sin marido, pero al mismo tiempo estaba atada por las normas que su generación tenía establecidas para las mujeres y, en general, también para los hombres.
Patrik no podía evitar sentir cierta admiración por ella, aunque le pesara.
Vera era una mujer fuerte. Una mujer compleja que había sufrido más de lo que ningún ser humano debería verse obligado a sufrir en su vida.
No sabía cuáles serían las consecuencias de que Vera hubiera retirado las pruebas del suicidio de Anders para que pareciera un asesinato.
Desde luego, él tendría que revelar esa información en la comisaría, pero no se imaginaba lo que sucedería después.
Si lo dejaran decidir a él, harían la vista gorda; pero no estaba seguro.
Desde el punto de vista legal, podrían acusarla de obstaculizar la investigación, por ejemplo, pero confiaba en que eso no ocurriera.
Le gustaba Vera, eso era indiscutible. Era una luchadora auténtica, y no había muchas como ella.
Cuando se sentó en el coche y encendió el móvil, descubrió que tenía un mensaje.
Era de Erica, que le comunicaba que tres damas y un caballero muy pequeño esperaban que pudiera cenar con ellos aquella noche.
Patrik miró el reloj. Ya eran las cinco y, sin pensárselo dos veces, se dijo que ya era demasiado tarde para ir a la comisaría, y, además, ¿qué iba a hacer allí?
Antes de arrancar el coche, llamó a Annika, que seguía en su puesto, para darle cuenta de lo que había hecho aquel día, pero omitió los detalles, pues quería explicárselo todo a Mellberg cara a cara.
Quería evitar por todos los medios que se malinterpretara la situación y que Mellberg pusiera en marcha una operación gigantesca solo por darse una satisfacción a sí mismo.
Mientras regresaba a casa de Erica, volvió a pensar en el asesinato de Alex.
Lo desesperaba el hecho de haber dado con otra pista infructuosa.
Dos asesinatos suponían el doble de posibilidades de que el asesino hubiera cometido algún error.
Ahora volvía a encontrarse en la casilla número uno y, por primera vez, se le ocurrió la idea de que tal vez nunca dieran con el asesino de Alex.
Aquello le producía una extraña tristeza.
En cierto modo, tenía la sensación de que conocía a Alex mejor que nadie.
Y la información que había obtenido sobre su niñez y sobre su vida después de los abusos lo había conmovido profundamente.
Deseaba encontrar a su asesino más de lo que había deseado nada en la vida.
Pero tenía que reconocerlo. Había llegado a un callejón sin salida y no sabía adónde ir ni dónde buscar.
Patrik se obligó a dejar de lado el tema por aquel día.
Ahora iba a ver a Erica y a su hermana y, cómo no, a los niños; y sintió que eso era, precisamente, lo que necesitaba aquella noche.
Toda aquella tragedia lo hacía sentirse roto por dentro.