La primera piedra (La Piedra y la Corona 1) 37
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Velagra, muchos años después

El niño tendría seis o siete años, y lo que quería saber, como quieren saber todos los niños, era el nombre de las cosas.

Trepaba por la obra, donde no debía, igual que habían trepado otros antes que él, y un hombre lo bajó de un andamio de un brazo, sin reñirle, con la naturalidad del que ha trepado por esos mismos andamios de crío.

Era un hombre ya mayor, fuerte todavía, con el pelo blanco de polvo de piedra y una pierna que le había quedado torcida desde joven, de un accidente del que en la peña ya casi nadie se acordaba.

Lo llamaban maestro. Se llamaba Froila, y dirigía, aquel año, una nueva fase de la obra: subían el segundo lienzo de muralla, el que abrazaría la peña por el lado que aún quedaba abierto, y ataban por fin la torre vieja, la de la gran bóveda, con la ciudadela que crecía a su alrededor.

Los fundadores ya no estaban. Teudila había muerto hacía años, viejo, con el cincel casi en la mano, y lo habían enterrado junto a sus dos maestros y junto a Ardón, en la falda de la peña, y Froila había tallado su lápida y había grabado en una esquina, donde casi no se veía, la seña secreta de la cadena, la marca que decía «uno de los nuestros», para quien supiera leerla dentro de mil años.

Adosinda lo había seguido un invierno después, y con ella se había ido la última que recordaba Toledo, la catedral, la noche de la corona.

Munio, Quirico, Honorato, Sabina: todos bajo la falda, todos piedra ya ellos también.

Una generación entera, la que cayó con un mundo y levantó el principio de otro, dormía mirando al río.

Pero la peña seguía. Y la obra seguía. Y el secreto seguía, pasando de mano en mano, callado, según el juramento: la corona, guardada; el oficio, enseñado; la sangre, sabida por los pocos que tenían que saberla.

El hijo de Adosinda, ya un hombre maduro, señoreaba la peña con los ojos negros de un padre cuyo nombre apenas conocían ya unos pocos, y gobernaba a godos y a gentes de toda la frontera revuelta que subían a refugiarse bajo aquellos muros, un mundo nuevo y mestizo que no sabía, ni le hacía falta saber, que su señor lo era.

El niño que Froila había bajado del andamio miró hacia arriba, a la torre, a la bóveda, a los muros nuevos que subían contra el cielo, a todo aquello tan grande, y preguntó lo que preguntan los niños:

—¿Cómo se llama esto, maestro?

Froila siguió la mirada del crío hacia lo alto.

Vio la torre que había ayudado a levantar de muchacho, bajo el maestro Teudila, bajo el viejo Macario, sobre los cimientos de unos romanos muertos hacía siglos, sobre una corona que el niño nunca sabría que estaba ahí.

Vio la obra inacabada, la que él tampoco vería terminada, la que terminaría aquel crío, quizá, o el hijo de aquel crío.

Vio cien años de piedra hacia atrás y cien años de piedra hacia delante, y en medio, un instante, él y un niño preguntando un nombre.

—Velagra —dijo Froila—. Se llama Velagra.

El niño repitió el nombre, para quedárselo, y salió corriendo a seguir jugando entre los sillares, como había corrido Froila, como habían corrido otros, como correrían los que aún no habían nacido.

Y el maestro se quedó un momento mirando la obra, antes de volver al trabajo, porque la temporada de obra es corta y había mucho que hacer y la piedra no espera.

Arriba, la torre se recortaba contra el cielo, terminada a medias, eterna, paciente, esperando las manos que vendrían.

Abajo, el río abrazaba la peña por tres lados, como había abrazado siempre a Toledo, tan lejos ya, tan olvidada.

Y en alguna parte de aquellos muros, en una piedra cualquiera entre mil piedras iguales, una marca pequeña que casi no se veía decía, a quien supiera leerla, que la cadena no se había roto, que seguía, que de la primera piedra de aquella peña sin nombre nacería, con los siglos, una tierra entera de castillos.

Pero eso, todavía, no había pasado. Eso es ya otra historia.

Fin del Libro I.