27
Macario murió en primavera, con la segunda bóveda ya cerrada y bien cerrada, y se fue como se van los maestros: dejando el oficio entero en otras manos.
El viejo alejandrino nunca se recuperó del todo del derrumbe del año anterior, ni del cuerpo ni del alma.
Pero vivió lo justo para ver levantada de nuevo la bóveda que había matado a cuatro hombres, esta vez con una cimbra que el carpintero, ya sano, revisó tabla a tabla, sin una pieza de madera verde, sin una prisa.
Y aquella segunda bóveda Teudila se la hizo levantar a Froila, no a sí mismo.
Fue una decisión callada de maestro: que el muchacho dirigiera, él solo, la obra que había costado la vida a cuatro, para que no le quedara miedo a las bóvedas, porque un cantero al que se le ha caído una encima y no vuelve a levantar otra enseguida ya no levanta ninguna en su vida.
Froila la dirigió cojeando, pálido, con los muertos en la cabeza, midiendo cada cimbra tres veces, y la cerró bien, y cuando quitaron la madera y la bóveda se quedó, el muchacho se sentó en el suelo y se echó a llorar, de alivio, de miedo vencido, de todo, y Teudila lo dejó llorar y no le dijo nada, porque sabía que aquel llanto era el último escalón para ser maestro: el de entender lo que pesa una obra, y seguir haciéndola igual.
Macario lo vio todo desde su jergón, sacado al sol, y sonrió.
La vio cerrar. La vio aguantar. Y solo entonces, como si hubiera estado esperando a saldar aquella cuenta y a ver al nieto del oficio levantarse del miedo para poder morirse en paz, se metió en la cama y empezó a apagarse.
Llamó a Teudila y a Froila a su lado los últimos días.
Froila tenía diecinueve años y cojeaba de la pierna que se había roto bajo la bóveda; Teudila pasaba de los cincuenta y tenía ya el pelo blanco de polvo de piedra y de años.
El viejo los hizo sentarse, uno a cada lado, y les habló despacio, en su latín de libro, parándose a tomar aire.
—No me queda nada que enseñaros —dijo—. Eso es lo único bueno de morirse a tiempo: que lo he dado todo.
Las bóvedas las sabéis. El agua en la roca, también.
La sillería, mejor que yo ya. Las marcas, las señas de la cadena, las tenéis.
—Tomó aire—. Llegué a esta tierra con los que ganaban, hace casi treinta años, creyendo que venía a perderlo todo, lejos de Alejandría, entre extraños, sin los míos.
Y resulta que vine a hacer lo único que de verdad importa: que la cadena no se cortara.
La traje desde el otro extremo del mundo y la dejo aquí, en una peña que ni siquiera tiene nombre en los mapas, en las manos de un cantero godo y de un muchacho cojo.
—Sonrió—. Si me viera mi maestro. Se reiría.
Y luego diría que está bien. Que la cadena no escoge dónde sigue. Solo importa que siga.
Miró a Teudila a los ojos.
—Tú ya no eres el aprendiz al que se le caía el horno, hijo.
Hace años que no lo eres y no te lo he dicho, porque a un hombre no se le dice hasta el final, para que no se confíe.
Eres maestro. Maestro de los de verdad, de los que ya no necesitan a nadie encima.
Lo que levantes a partir de hoy lo levantas tú, no yo a través de ti.
—Le apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba—.
Acaba la torre. No la verás acabada, igual que yo no la veré, igual que Materno no vio nada.
Da igual. Acaba lo que puedas, y enseña a este, y que este enseñe a otro.
Eso es todo. Eso es el oficio. Lo demás es humo, como te dijo tu primer maestro en aquel puente.
Tenía razón el viejo. La piedra dura. Nosotros, no. Y está bien así.
Aquella última noche pasó algo que nadie habría predicho dieciocho años atrás.
Honorato, el abad, el que había desconfiado del hereje desde el primer día, el que había rezado por su alma torcida y lo había vigilado por orden de la señora, entró en la casa donde Macario se moría y se sentó a su lado.
Los dos viejos se miraron, el cristiano de Roma y el cristiano de Alejandría, separados por concilios y anatemas que ninguno de los dos había convocado y que los dos habían heredado.
Honorato había venido, se dijo, a ofrecerle los sacramentos, aunque sabía que el otro no los tomaría a su manera.
Pero no hablaron de eso. Hablaron, en voz baja, de libros.
De un tratado que Macario había visto de joven en Alejandría y que Honorato solo conocía de oídas; de cómo se hacía la tinta en Egipto; de un comentario perdido que los dos lamentaban no haber leído.
Dos hombres que habían dedicado la vida a que no se perdiera el saber del mundo viejo, cada uno guardando una mitad distinta, reconociéndose por fin, al final, no como enemigos de fe, sino como lo que de verdad eran: los dos últimos de algo, dos guardianes de un fuego que se apagaba en todas partes menos en aquella peña.
—Reza por mí a tu manera, abad —dijo Macario al cabo—. Y yo, si me dejan, rezaré por ti a la mía. A lo mejor, allá arriba, descubrimos que era el mismo Dios y nos reímos de los concilios.
Honorato, que no se reía nunca, sonrió. Y le dio la mano al hereje, lo cual, para un hombre como él, era más que cualquier sacramento.
Murió esa noche, sin ruido. Lo enterraron junto a Materno, en la falda de la peña, mirando al río, los dos maestros muertos de Teudila, el romano y el alejandrino, el que le dio una mitad del oficio y el que le dio la otra.
Y Teudila puso sobre la tumba de Macario una piedra que talló él mismo, y en una esquina, donde casi no se veía, grabó con el cincel la seña de la cadena, la marca secreta que decía «uno de los nuestros», para que cualquiera que viniera siglos después y supiera leerla supiera que allí, en aquella peña, había muerto un maestro de verdad, y que la cadena no se había roto, que había seguido, que seguía.
Froila lloró a Macario más que a un maestro: como a un abuelo.
El viejo alejandrino, que no había tenido hijos ni patria, se había encariñado en sus últimos años con aquel muchacho cojo y despierto, y le había dado lo mejor de su saber con una ternura que no ponía ni en las bóvedas.
En el entierro, el muchacho se mantuvo entero hasta que vio a Teudila grabar la marca en la piedra; entonces entendió, de golpe, lo que significaba, que la cadena acababa de dar un eslabón más, que el viejo se iba pero el oficio se quedaba, en su maestro y, un día, en él.
Y aquella noche Teudila hizo con Froila lo que Macario había hecho con él: lo llamó aparte y le habló no como a un aprendiz, sino como a quien algún día llevaría la obra.
No le dijo que ya era maestro, porque no lo era todavía y porque eso no se dice antes de tiempo.
Le dijo solo que lo sería, que el oficio que Macario les había dado no era de los dos, era de Froila también, y que su trabajo, a partir de entonces, era aprenderlo tan bien que un día pudiera dárselo a otro.
La cadena, que había cruzado el mundo desde Alejandría, pasaba ya por tres manos vivas en aquella peña, y ninguna de las tres se rompería.
Aquella noche, por primera vez, Teudila se sintió solo de la manera particular en que se siente solo un maestro: sin nadie encima a quien preguntar.
Y a la vez, por primera vez, se sintió entero.
Tenía el oficio completo. Tenía a Froila.
Y tenía, allá arriba, a medio hacer, la obra que le habían encargado los muertos.