CAPÍTULO 39
Sara
—Así que aquí es donde has estado estos últimos meses.
Papá recorre la habitación con la mirada. Desliza las yemas de sus dedos sobre el lomo de los libros apilados en el estante junto a la ventana.
—Sí, esta es… mi habitación.
Él se vuelve por encima del hombro y detiene el movimiento de su mano, que pretendía tomar uno de los ejemplares.
—Tu habitación está en nuestra casa. Esto… —hace una pausa mientras señala el entorno. Trago saliva cuando clava sus ojos en los míos—. Aunque parezca un cuarto como cualquier otro, no deja de ser una jaula, tesorina. Una en la que has estado cautiva en contra de tu voluntad. No lo olvides.
Humedezco mis labios ante la sequedad que invade mi boca.
Por instinto, entrelazo los dedos para ocultar el temblor de mis manos.
Quizá tenga parte de razón; al principio, yo también sentí que estos muros eran una prisión, pero en este lugar aprendí a sentirme más libre que nunca.
Sé que le costará aceptarlo. Sé que la comprensión no llegará con facilidad, pero mi padre me ama con una devoción absoluta.
La prueba está frente a mí: me buscó sin descanso y no se rindió hasta encontrarme.
—Papá… necesito que me escuches.
Él entrecierra los ojos. Tomo asiento en la cama sin apartar la vista de la suya. Él se apoya contra el escritorio y asiente, dándome espacio para hablar.
—Sé que posiblemente dudes de mis palabras, pero te pido que hagas lo imposible por entenderme. Sasha no es el ser malvado que imaginas.
—¿No lo es? —El sarcasmo se filtra en su pregunta mientras me observa con desconfianza.
—No. No lo es.
—¿Por qué lo defiendes? Siempre has sido una chica dulce, pero lo que ese sujeto te hizo no tiene perdón. Es un miserable que…
—No, papá —niego con suavidad—. Yo le importo. En este tiempo, él y yo…
—¡No! —me interrumpe. Se pasa la palma de la mano por el rostro y frunce el ceño, como si adivinara mi siguiente declaración—. ¿Te has enamorado de él?
Me mira con incredulidad. Vacilo un segundo, pero recupero el valor rápidamente. Enderezo la espalda y asiento, ignorando el nudo que se forma en mi garganta. Su expresión no es de ira ni de sorpresa; parece preocupado, casi compasivo, como si sintiera lástima por mi situación.
—Lo amo, papá. Sé que es difícil de procesar después de lo ocurrido, pero sus intenciones son nobles. Me cuidó y a su lado me siento…
—No, cariño… —acorta la distancia y se acuclilla frente a mí para acariciar mi rostro—.
Esto no es amor. Él te manipuló. Te encerró aquí para confundirte y se encargó de que no pensaras en nadie más.
Eso hacen las personas como él: te aíslan de quienes te quieren para meterse en tu cabeza y aprovecharse de ti.
—Escúchame, por favor. No es así. Él no es esa clase de hombre.
—Va bene, tesorina —responde mientras acaricia mi cabeza.
Suspiro con alivio al ver su sonrisa cálida. Por un instante, me maravilla la aparente facilidad de nuestra charla. Creí que convencerlo sería una tarea titánica.
—Lo arreglaremos. Todo volverá a la normalidad cuando te saque de aquí.
En Nueva York estarás a salvo de este demente; no permitiré que vuelva a verte.
Hablaré con Ivanov. Si quiere que su engendro siga con vida, deberá asegurar que no ponga un pie en nuestra ciudad, aunque tenga que vigilar cada uno de sus movimientos —asegura—.
Y si se atreve a aparecer, esta vez acabaré con él de forma definitiva.
Frunzo el ceño y me pongo de pie de un salto, apartando mi mano de la suya.
—¡No puedes hacer eso! No es lo que deseo. Ya te dije que lo amo.
—Sara…
—¡No! —mi voz se eleva por la furia—. Deja de tratarme como a una mujer incapaz de decidir por sí misma. ¡Ya basta! No soy una loca sin criterio.
Papá se levanta y me observa con extrañeza mientras camino de un lado a otro para recuperar la calma.
—Yo… jamás te he creído loca, hija.
—Pero es exactamente lo que me haces sentir.
—No era mi intención.
Su voz suave me devuelve la calma. Al notar el dolor en su mirada y ese leve gesto de negación con la cabeza, algo en mi interior se quiebra.
Él siempre fue mi héroe y mi protector, pero ambos debemos reconocer que me considera débil.
Me ha protegido de todo, incluso de mis propios demonios, y aunque lo amo por ello, es momento de que me deje caminar sola.
—Lo siento, papá, pero es la verdad. Me lastima que cuestionen mi capacidad para tomar decisiones —musito, bajando la vista hacia mis manos antes de encararlo de nuevo—.
Aprecio tu protección y tu amor, pero debes permitirme elegir mi camino.
He crecido. Mírame —me señalo—. No soy diferente a mis hermanos.
Yo también soy una Rinaldi y merezco decidir mi destino.
—No intento decidir por ti, pero esto es distinto. Él te secuestró. Nos engañó a todos con una maestría aterradora.
—¡Lo sé! Sé que planeó mi rapto —admito con vehemencia—, pero también sé que es la única persona que me hace sentir normal.
Desde la primera vez que lo vi, años antes de este conflicto, algo en él me cautivó.
Quizá por eso, cuando las cartas llegaban en cada cumpleaños, supe que eran suyas.
No dije nada porque sabía que, si lo hacía, ustedes decidirían por mí y me prohibirían recibirlas.
Yo anhelaba esa emoción. Me hacía sentir como una chica común, capaz de atraer el interés de alguien.
Con Sasha tengo el control. Él no me ve como una desequilibrada; me trata como a su igual.
No me tiene miedo ni me maneja con esa cautela excesiva de quien espera que yo estalle. Con él, soy libre.
Mi padre traga saliva y alza el mentón. Tomo aire antes de continuar.
—¿Recuerdas el día en que perdí el control y te herí?
—¡Basta! —advierte—. Por favor, tesorina, detente, eso es pasado.
—¡No! No guardaré más silencio. ¡Tienes que saberlo! Ese día mi vida cambió para siempre. No podía dormir; pasaba las horas maldiciendo mi naturaleza, sintiéndome una carga para la familia. Nunca me he perdonado por lo que te hice.
—Tesorina… yo ya lo olvidé hace mucho.
—¡Pero yo no! —mi voz se quiebra y lucho por no llorar—. Te amo y valoro que intentes protegerme, pero hay abismos de los que solo una puede salvarse a sí misma.
—No deberías tener que salvarte de nada si no hubieses heredado los genes de un hombre como yo —exclama con frustración, pasándose las manos por la cara—.
Eres mi hija. Mi deber es arrancarme el corazón y entregártelo si lo necesitas.
Protegerte es mi única misión. Tú no eres responsable, yo soy el culpable de que seas…
—¡Diferente! —completo, recordando las palabras de Sasha.
Una leve sonrisa surge en mi rostro—. No está mal ser diferente, papá.
Es lo que somos. Tú no eres responsable de una realidad inevitable.
Quien nos acepte debe hacerlo con todo lo que somos, y quien no lo haga…
pues es su problema entonces. Mamá te ama con tu oscuridad, y Sasha me acepta con la mía.
No tengo que fingir ni reprimirme. Con él, soy yo misma. Cuando estamos juntos es…
—Como si hubieses encontrado la paz al fin —concluye él mientras se acerca.
Asiento, perdiéndome en sus ojos, que son un espejo de los míos.
—Él es para mí lo que mamá representa para ti. La luz en ese túnel oscuro de nuestras mentes.
Arruga el ceño y eleva mi mentón con sus nudillos. Sus ojos reflejan una mezcla de nostalgia, amor y melancolía. Una sonrisa nace en las comisuras de sus labios.
—Has crecido… —susurra—. Ya no eres la niña que caminaba aferrada a mi ropa.
Sonrío ante el recuerdo. Coloco mi mano sobre la suya.
—Siempre seré tu niña, papá.
Sus ojos se empañan y tensa la mandíbula para contener la emoción.
—Así que lo amas…
—Con todo mi corazón.
—¿Y él?
—Me ama, te lo aseguro.
Él exhala un suspiro pesado, dejando caer los hombros en señal de rendición. Besa mi frente y apoya su mentón sobre mi cabeza antes de envolverme en un abrazo estrecho.
—No voy a mentirte. No me agrada y no olvidaré su traición —murmura sin soltarme—. Probablemente nunca me caiga bien, pero si ese mocoso ruso te hace tan feliz… supongo que no puedo matarlo.
Escondo el rostro en su pecho, sonriendo.
—De hecho, preferiría que siguiera respirando —respondo con naturalidad. Siento la vibración de su risa en su pecho.
—Sí… definitivamente eres mi hija.
—No desearía que fuera de otra forma. Tengo al mejor padre del mundo.
—¿El mejor, eh? —murmura con tono divertido.
Estoy a punto de contestar cuando una voz en la puerta nos interrumpe.
—¡Cielos! Tienen que probar estas galletas —anuncia Salvatore, quien devora con avidez una enorme galleta con chispas de chocolate.
—Esta mujer cocina genial; saben exactamente como las de mamá —añade mi hermano, quien aparece junto a Salvatore mientras devora una enorme galleta con chispas de chocolate.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunto con curiosidad.
Él se encoge de hombros, restándole importancia al asunto.
—Ese tipo será un desgraciado, pero su madre es agradable. ¿Sabías que conoce al tío Matt?
—¿Y tú cuándo llegaste? —Me vuelvo hacia Salvatore, que hace un gesto despreocupado.
Enarco una ceja al verlo llenarse la boca con las galletas que sostiene en ambas manos.
Papá sacude la cabeza y presiona el puente de su nariz en un gesto de clara fatiga.
Por mi parte, desplazo la mirada entre los dos, que ahora parecen dos muertos de hambre mientras pelean por una pieza que Caín le arrebata de las manos a mi primo.
—¡Salvatore! ¿Dónde demonios te habías metido? —le reclama papá.
Su tono autoritario logra que mi primo medio le preste atención, justo cuando Caín le propina un golpe seco en la nuca.
—Oh… sí… eso. Acabo de volver del centro comercial —explica con la boca llena—. Hablé con mamá por la mañana y le avisé que encontramos a Sara, que estamos en Moscú y que pronto volverá a casa. Me pidió que le llevara algunas cosas.
—Mientras nosotros casi asesinamos a Ivanov, ¿tú… fuiste de compras? —lo acusa papá con incredulidad.
Salvatore ignora el reproche y asiente con vigor sin detener su masticación.
—Sí, y de hecho, creo que es hora de marcharnos. Por el movimiento de hombres en la planta baja, asumo que el Pakhan tiene asuntos pendientes.
Papá frunce el ceño y se aproxima a la ventana. Lo sigo de inmediato. El corazón se me acelera al observar las camionetas blindadas y a los soldados del Pakhan que suben a ellas con prisa.
—Sasha… —Mi voz apenas es un susurro cargado de angustia.
Doy un paso atrás bajo la mirada de mi padre. Ha transcurrido demasiado tiempo desde que Sasha se marchó con su amigo. Dijo que tenía un trabajo que terminar y el presentimiento de que algo anda mal me oprime el pecho.
—¡Sara, espera!
El grito de papá se pierde a mis espaldas cuando salgo de la habitación.
Recorro los pasillos con el pulso desbocado y bajo las escaleras a toda prisa hasta detenerme frente a la gran puerta de madera del despacho.
No me detengo a llamar; la empujo con el peso de mi cuerpo y, cuando cede, el aire se escapa de mis pulmones.
La madre de Sasha llora en el sofá, desolada, mientras su padre extrae armas de una caja metálica y las ajusta a su cinturón con movimientos precisos y gélidos.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Sasha?
El Pakhan se gira. Sus ojos azules, un reflejo exacto de los de su hijo, se clavan en mi rostro con una intensidad abrumadora. Uso la manga de la chaqueta de papá para secar las lágrimas que empañan mi vista y observo a la mujer.
—Por favor… díganme algo.
—No tenemos detalles precisos, pequeña —responde la esposa del ruso con voz quebrada—. Uno de nuestros hombres nos informo que hubo una explosión en el lugar donde se encontraban Sasha y Lev. No logramos comunicarnos con ellos. Micky irá por los muchachos ahora mismo.
Mi corazón da un vuelco violento. La bilis me sube por la garganta y la habitación comienza a dar vueltas. El suelo parece ceder bajo mis pies, obligándome a retroceder en busca de equilibrio, hasta que unos brazos firmes me sostienen cuando mi espalda choca contra un pecho sólido.
—Yo voy contigo.
La voz a mis espaldas me obliga a girar el rostro. Papá me mira un instante antes de clavar su vista en el padre de Sasha.
—Rinaldi, si esto es una especie de trampa para liquidar a mi hijo… —advierte el ruso con una frialdad letal.
—Si hubiese querido matarlo, ya sería cenizas —responde mi padre de forma tajante.
—No soy idiota. —El Pakhan entrecierra los ojos—. ¿Vas a decirme que ahora te importa el bienestar de mi hijo?
—De hecho, me importa un bledo. Desearía cortarle el cuello como a un cerdo y sentarme a ver cómo se desangra —admite papá mientras apoya su mano pesada sobre mi cabeza, brindándome un consuelo silencioso—. Pero a ella sí le importa. Y nunca me ha gustado verla llorar.
El hombre frente a nosotros me observa un segundo, al igual que la madre de Sasha, que ahoga un nuevo sollozo ante el gesto de mi padre.
Finalmente, el líder ruso asiente. Me giro para mirar a papá; sus ojos, idénticos a los míos, me observan con un amor profundo y protector.
Mi hermano y Salvatore aparecen a sus costados.
No hay rastro de bromas esta vez. Sus expresiones son sombrías y sus posturas dejan claro que, como siempre, el clan Rinaldi permanece unido en cualquier decisión que se tome.