La posesión del Ruso CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Sasha

—No lo voy a volver a preguntar. ¿Dónde… está?

El padre de Sara no aparta de mí sus ojos desiguales mientras sostiene con firmeza la pistola apuntando a mi pecho.

—Sasha… —advierte el Pakhan, dando un paso hacia mí cuando alzo el mentón para sostener la mirada de Rinaldi.

El italiano mueve una de sus armas y apunta ahora a la cabeza de mi padre. Su dedo acaricia el gatillo con una familiaridad aterradora.

—Ella está a salvo —digo con voz gélida—. Te sugiero que bajes eso. Él no tiene nada que ver en este asunto.

—A salvo… —repite, ignorando mi advertencia mientras acorta la distancia—. Eso no fue lo que pregunté.

—Pero es la respuesta que te doy.

Mi padre se acerca sin dejar de apuntar entre Rinaldi y su hijo, quienes mantienen sus armas en alto.

—Todo tiene una explicación, Rinaldi. Deja que sea la propia chica quien te lo aclare.

Observo de soslayo al hombre a mi lado. Se mantiene firme, atrayendo la atención de la parca, que desplaza su mirada hacia él.

—¿Aclarar? —escupe—. ¿Crees que vine hasta aquí por una explicación? ¡Me importan un carajo las justificaciones! ¡Quiero ver a mi hija ahora! Y, por el bien de este pequeño bastardo, espero que esté intacta.

Mi mente analiza la situación a gran velocidad.

Basándome en el giro de los acontecimientos, las opciones son escasas.

No deseo interponerme en el encuentro, pero el hecho de que Sara no haya bajado ante tal alboroto me genera una duda punzante.

Sé que disfruta de caminar por el jardín durante las noches.

La ausencia de Goliath refuerza mi teoría, pero la intensa nevada convierte cualquier paseo en una imprudencia.

Observo hacia la ventana, donde la tormenta sopla cada vez con más violencia, borrando el paisaje.

—¡Estoy harto! Ya hemos esperado demasiado —exclama Caín. Se adelanta a su padre y camina hacia mí con el arma en alto—. Voy a matarlo.

Sonrío sin apartar la mirada desafiante. Su padre se interpone y lo obliga a retroceder con un gesto.

—¿Crees que estamos jugando? —sisea Sebastián—. Como ves, se nos ha agotado la paciencia.

—Qué curioso, porque ya somos dos —respondo. Escucho a mi padre bufar a mi lado, molesto por mi insistencia en provocar al italiano.

—Te parece divertido, ¿verdad? —masculla Rinaldi entre dientes. Su mano aprieta la culata de la pistola que apunta a mi rostro—. ¿Tienes idea de lo que hice con el último imbécil que se atrevió a tocar a un miembro de mi familia?

—Déjame adivinar… ¿Le perdonaste la vida y lo enviaste a casa con una advertencia?

Entrecierra los ojos y da un paso lento hacia mí con una sonrisa lobuna.

Deja atrás a su hijo, quien resopla como un toro embravecido.

El padre, en cambio, me acecha como un depredador.

Busca intimidarme, pero ese siempre ha sido su error: yo no soy una presa.

Soy otro depredador, y ni él ni nadie me hará temblar jamás.

—¿Por qué tengo la impresión de que no me respetas, niño?

Inclina la cabeza. Desvío la mirada hacia el arma cuando la baja un poco y se aproxima más. Lo ignoro mientras observo cómo abre y cierra el puño, como si intentara controlar un leve temblor en sus movimientos.

—¿En serio? —finjo asombro—. ¿Qué me delató? ¿Mi evidente sarcasmo o la amplia sonrisa de mi rostro?

La expresión desquiciada no abandona sus labios mientras me recorre de pies a cabeza. Lleva la mano al bolsillo y el Pakhan ajusta el agarre de su pistola.

—Te lo advierto, Rinaldi… si intentas algo contra mi hijo, te volaré la tapa de los sesos.

La advertencia de mi padre logra que Sebastián desvíe la atención hacia él.

—Estabas al tanto de esto, ¿no es así? —lo señala con el cañón—. Todo ese apoyo en la búsqueda, enviar a tu hombre de confianza para llevarme al otro extremo de la ciudad… fue una maldita artimaña para alejarme de aquí.

—No te engañé cuando ofrecí mi ayuda. ¡Nada es lo que crees! Sasha no ha lastimado a la chica.

—Lo creeré cuando la vea. Y si le ha tocado un solo cabello… —clava sus ojos en los míos— voy a cortarte cada extremidad antes de matarte con lentitud.

—¡Basta ya! ¿Seguirán comportándose como salvajes?

Exclama una voz femenina proveniente del umbral del despacho. Mi madre nos mira a todos con profunda preocupación.

—Señora Ivanova, no intervenga, por favor… —pide Caín.

—Mucho cuidado con lo que sale de tu boca o será lo último que digas —advierto al ver que el hermano de Sara fija la mirada en ella.

—¿Qué? ¿Me estás amenazando, pedazo de…?

Las palabras mueren ante un estruendoso y feroz gruñido.

Goliath aparece en la entrada principal.

Está empapado y se muestra exaltado; gira sobre sus patas y emite un gemido similar al de un cachorro herido.

Frunzo el ceño. Por reflejo, observo hacia las escaleras antes de mirar nuevamente al tigre.

La temperatura de la habitación parece desplomarse, helándome hasta los huesos.

Goliath solo busca a Sara de esa manera cuando ella se pierde en una de sus crisis y deja de estar presente.

Si esta aquí y en este estado solo significa que…

—¡Maldición, Sara!

Su nombre escapa de mis labios y capta la atención de todos. Salgo disparado hacia la salida. Goliath corre frente a mí y lo sigo sin mirar atrás. El animal avanza desesperado hacia el lago.

—¡No! ¡Demonios!

El frío me azota el rostro mientras me interno en el bosque.

La nieve se pega a mi piel y los músculos se tensan por el esfuerzo.

Alcanzo a Goliath en la orilla del lago congelado.

Camina de un lado a otro, gruñendo. Al detenerme ante la capa de hielo, recorro el lugar con la vista. No veo nada más que blancura.

Vuelvo a mirar al felino; está demasiado alterado. Aprieto los dientes al escuchar pisadas a mi espalda. Rinaldi, el Pakhan y Caín se acercan corriendo. Mi atención se clava en un hueco oscuro en medio del lago, donde el hielo se ha partido.

—¡Sara!

La llamo mientras me desplazo con cautela sobre la superficie, que cruje bajo mis botas. El tigre intenta seguirme, pero le ordeno que retroceda cuando el hielo se queja por mi peso. El animal obedece, aunque sigue lloriqueando con desesperación.

Ignoro los gritos de mi padre exigiéndome que vuelva.

Me concentro en el pozo a pocos metros y el alma me regresa al cuerpo cuando la distingo.

Sara está sujeta a un enorme trozo de hielo.

El pánico brilla en sus ojos mientras se aferra con ambas manos para no hundirse en el agua gélida que le cubre la mitad del cuerpo.

—¡Sara!

Sus ojos se fijan en mí. Su barbilla tiembla. Alzo las manos para que mantenga la calma; si se agita demasiado, perderá el agarre.

—Mantén la calma, Freya. Voy por ti —asiento mientras avanzo—. No te muevas. Lo estás haciendo bien.

Ella asiente, con los ojos anegados en lágrimas.

Sus manos se aferran al hielo que comienza a desquebrajarse.

Apresuro el paso con cuidado. El trayecto es corto, pero la adrenalina hace que parezca una distancia infinita.

El hielo se rompe bajo mis pies y mis ojos no se apartan de sus manos, que tiemblan sin control.

—Sasha… tengo miedo —solloza con los labios amoratados por el frío.

Asumo que, en la oscuridad y la ventisca, no notó el peligro del lago.

Está empapada; los mechones de su cabello se pegan a su rostro pálido.

Sebastián grita su nombre desde la orilla.

Veo cómo mi padre y Caín lo sostienen para evitar que entre al hielo; si lo hace, la superficie no soportará el peso de ambos.

Sara no parece escucharlos. Sus ojos solo están puestos en mí.

—Estoy aquí… solo un poco más. No te sueltes. Mírame a los ojos, muñeca —digo mientras me deslizo, cada vez más cerca.

Extiendo mi mano para alcanzarla, pero me falta un tramo. El hielo vuelve a crujir con un sonido violento. Bajo la vista y observo cómo una larga grieta se marca bajo mi cuerpo. Sara llora y, antes de que pueda reaccionar, la superficie cede por completo. El agua congelada me succiona.

—¡No!

El grito de Sara es lo último que escucho antes de ser sumergido. El líquido gélido se filtra por mi nariz y boca, quemándome los pulmones. Trato de emerger, pero la desorientación y la oscuridad me juegan en contra. Cuando intento subir, una sólida pared de hielo me separa del aire.

Busco la navaja en mi tobillo, pero el hielo es demasiado grueso para romperlo a golpes.

Comienzo a moverme, tanteando la superficie en busca de la salida mientras contengo la respiración hasta el límite.

Finalmente, logro sacar la cabeza y tomo una bocanada de aire desesperada entre los restos de hielo roto.

—¡Sasha!

—Estoy bien… estoy bien —le aseguro con voz ronca.

Nado hacia ella con todas mis fuerzas, ignorando el ardor en las heridas de bala de mi pecho.

El frío se cuela hasta mis huesos, pero no me detengo.

No permitiré que se hunda. Alcanzo a Sara, sujeto la tela mojada de su pijama y envuelvo su muñeca con mi mano.

Ella, en medio del shock, se niega a soltar el trozo de hielo que debe estar quemándole la piel.

—Te tengo. Confía en mí. No voy a soltarte.

Ella asiente y la jalo hacia mí de un solo tirón.

Sara deja escapar un jadeo corto y se aferra a mi cuello con ambos brazos.

Sus ojos se clavan en los míos, cargados de una mezcla de pánico y asombro, mientras la arrastro hacia la sección más firme de la superficie.

Con un esfuerzo que quema mis músculos, la empujo desde la cintura para que logre subir a la plancha de hielo.

Intento seguir sus pasos, pero el frío ha entumecido mis extremidades y resbalo de nuevo hacia el agua.

Ella reacciona de inmediato y sujeta mi mano con la intención de jalarme.

Es un gesto desesperado y carente de lógica, dado que mi peso triplica el suyo, pero su determinación me devuelve la chispa de energía que necesito.

Tomo impulso, entierro los dedos en la escarcha y logro arrastrarme sobre la superficie sólida.

Ambos quedamos tendidos, jadeando con violencia mientras el aire gélido quema nuestros pulmones. Sara no me quita los ojos de encima; su mirada es un remolino de alivio y angustia. Trago saliva y, aun con el corazón desbocado, la atraigo hacia mi pecho para envolverla en un abrazo protector.

—Aquí estoy, pequeña.

—Dios, amor… Estaba tan aterrada cuando te hundiste —solloza. Hunde el rostro en el hueco de mi cuello y se desmorona. Acaricio su cabello empapado en un intento por contener el llanto que la desborda.

—Solo pensé que, si tú querías nadar, yo también debía probar el agua… Pero la próxima vez lo haremos de día, Freya.

Intento bromear para aliviar la tensión, pero el humor se congela en mis labios. Ella solo aprieta más sus brazos alrededor de mis hombros. Beso su coronilla y observo los alrededores con urgencia, consciente de que la placa de hielo podría fracturarse de nuevo en cualquier momento.

—¡Oye, imbécil!

Miro por encima de Sara. Caín se arrastra sobre el hielo apoyado en sus codos, manteniendo una distancia prudente para no sobrecargar la superficie.

Lanza una cuerda gruesa hacia nosotros con precisión.

La tomo sin dudar y la aseguro con firmeza alrededor de mi cintura antes de estrechar de nuevo a su hermana.

—Sostente —le susurro al oído.

No hay respuesta. La falta de reacción me alarma, por lo que alzo su barbilla para obligarla a mirarme. Sus ojos, antes expresivos, ahora lucen oscuros y perdidos en el vacío.

—¿Sara?

Sus párpados pesan. No emite sonido alguno y su cabeza cae sin fuerza hasta que su frente se apoya contra mi pecho. «Mierda».

Rinaldi y el Pakhan comienzan a tirar de la cuerda desde la orilla. Aparto la vista de la mujer que sostengo y me concentro en mantenernos unidos mientras los hombres nos arrastran fuera del peligro, deslizándonos sobre el cristal congelado del lago.