La posesión del Ruso CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Sasha

Aparto la mirada de la puerta y devuelvo la atención al bastardo frente a mí.

Salvatore mantiene los pies apoyados sobre la mesa, con la espalda reclinada contra el respaldo de la silla.

Sus ojos azules permanecen fijos en mis movimientos mientras fuma y juguetea con el encendedor entre los dedos.

Observa la llama con una fascinación casi hipnótica, aunque sospecho que es solo una técnica para mantener las manos ocupadas y no intentar matarme.

Tengo entendido que Aurora Rinaldi es una mujer de cuidado, igual que el padre de Sara.

Si algo he aprendido es que en esa familia la locura no es una excepción, sino una herencia genética.

No puedo fiarme de este tipo ni subestimarlo, por muy idiota que parezca; ya cometí ese error una vez y me costó un disparo. No habrá una segunda.

—¿Qué tanto me ves? —le reclamo con fastidio.

Lleva más de veinte minutos observándome sin borrar esa estúpida sonrisa arrogante.

—Solo pensaba en algo divertido —se encoge de hombros.

—¿En qué? ¿En tu reflejo en el espejo cuando estás desnudo?

—Dije divertido, no caliente —responde—. En realidad, pensaba en lo que el tío Sebastián hará contigo.

—Me tiene sin cuidado —murmuro con indiferencia.

Él me ignora y continúa con su divagación, deleitándose en cada palabra.

—Es probable que te arranque los ojos… —comienza, con un brillo desquiciado en la mirada—.

O que te corte las manos primero. Luego te cortara las pelotas y hará que te las tragues hasta que te asfixies.

—Inhala el humo del cigarrillo y lo expulsa hacia el techo—.

De verdad deseo estar presente para verlo.

—Es una pena, porque no podrá —le sonrío con sorna—. No tengo una boca tan grande.

Le lanzo un guiño y él suelta una carcajada.

—Sí, adelante, ríete. Todos hacen lo mismo —baja los pies de la mesa y se inclina hacia mí—. Creen que tienen agallas hasta que se orinan y lloran cuando la parca viene por ellos.

No respondo. Pongo los ojos en blanco mientras él se apoya sobre los codos.

—No tienes ni idea, ¿verdad? —sacude la cabeza con una risa amarga.

Sus ojos se oscurecen y una expresión lúgubre le deforma las facciones—.

Mi tío destruyó medio Nueva York dos veces cuando secuestraron a la tía Isabella.

Me pregunto qué te hará a ti por llevarte a mi prima.

Él es letal Ivanov; se ganó su lugar con sudor y sangre.

Sus enemigos dicen que es una máquina de matar, pero, pese a su reputación, es un hombre que venera a su mujer y adora a sus hijos.

Pero a Sara… a ella la idolatra. Es su princesa. Y tú se la has arrebatado.

—¿Entonces debería sentirme intimidado?

Vuelve a esa sonrisa idiota y deja caer la espalda en la silla.

—Solo digo que no me gustaría estar en tu lugar cuando venga por ti.

Ignoro sus palabras, pero mi mente procesa la información.

No sabía que habían raptado a la madre de Sara dos veces.

Los rumores sobre los Rinaldi siempre circulan, pero creía que eran exageraciones; nadie estaría tan loco como para tocar a la mujer de Sebastián Rinaldi.

«Tú tienes a su hija», repite la voz en mi cabeza.

Supongo que no soy el único demente en esta historia.

Me mantengo en mi sitio, acariciando la cabeza de Goliath.

El tigre no le quita la vista de encima a Rossi, quien lo observa como si intentara retarlo.

La puerta del despacho finalmente se abre.

Sara camina un paso detrás de su hermano.

Caín me lanza una mirada feroz mientras se encamina hacia mí con una furia incontenible.

—Caín… por favor. Me lo prometiste —le suplica ella.

Me pongo de pie y le sostengo la mirada. Sus hombros están tensos y la vena marcada en su sien delata la rabia que intenta sofocar. Acerca su rostro al mío hasta que puedo sentir su respiración.

—Te aprovechaste de ella… —sisea—. Siempre supe que eras un infeliz, pero ahora lo confirmo. Eres un maldito violador.

Alzo el mentón y enderezo la espalda. El insulto me golpea como un latigazo físico. Desvío la mirada hacia Sara, que intenta reprenderlo.

—¡Caín!

—No puedes verlo, enana… pero yo sí. Te lavó el cerebro.

—¡Yo jamás la dañaría! ¡Nunca la forcé, así que cierra la boca! —lo empujo con violencia—. ¡Amo a esa mujer más que a mi propia vida!

La ira me consume al recordar las palabras de mi hermano Lev cuando éramos niños, ecos que ahora resuenan con fuerza: «Él la forzó, Sash, y me obligó a mirar». Aprieto los dientes para no perder el control. «Cálmate, Sasha. No puedes romperle el cuello al hermano de Sara».

Doy un paso atrás por primera vez en mi vida.

No es temor; es que tengo la mano sobre la daga en mi bolsillo y el deseo de rebanarle la garganta por esa acusación es casi insoportable.

Pudo decir cualquier cosa, pero eligió eso.

Lev y yo crecimos odiando a los violadores.

Jamás sería capaz de algo tan despreciable.

—Deja de engañarte —él acorta la distancia de nuevo—. No eres su héroe. Eres un abusador y voy a disfrutar cuando te arranquen el corazón. Manipulaste a una chica inestable para alejarla de su familia y te aprovechaste de ella como el degenerado que eres.

No permito que termine. Le lanzo un golpe al rostro que lo toma por sorpresa y luego le propino una patada en las costillas cuando intenta abalanzarse sobre mí.

—Adelante, entonces —lo reto con los brazos extendidos—. Si me crees tan despreciable, ¡mátame ahora, bastardo!

Él se pone de pie y se limpia la sangre de la boca. Me observa con odio, pero su mirada se desvía hacia el tigre, que le enseña los colmillos mientras espera mi orden de ataque. Sara se interpone entre nosotros con los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor…

Ella nos mira suplicante. Caín la observa un instante, en una comunicación silenciosa que solo ellos entienden, y finalmente da un paso atrás. Se sacude la ropa, recupera la compostura y me pecha el hombro al pasar a mi lado.

—Andando.

Le ordena a Rossi, quien observa la escena con una diversión que desaparece cuando nota la seriedad de su primo.

—¿La dejarás con este demente? —pregunta Salvatore.

Caín se detiene en el umbral, sin voltear.

—Ella no quiere irse —escupe las palabras con amargura.

—¡No! —exclama Rossi—. Ella viene con nosotros, no podemos dejarla aquí.

—¡Se queda! —gruñe Caín—. Pero solo por ahora.

Rossi me lanza una mirada cargada de odio y lleva la mano al arma en su cintura. Oculto a Sara tras mi espalda y sostengo su desafío.

—¡Tore, déjalo ya! —advierte Caín.

El hombre retira la mano de la pistola y me sonríe de nuevo, con esa falsedad que lo caracteriza.

—Ya nos veremos. Y deberías revisarte ese brazo, podría infectarse.

Me lanza un guiño y sale detrás de su primo. El silencio que dejan es sepulcral.

—¿Te encuentras bien? —pregunto sin darme la vuelta.

—Sí, estoy bien —responde ella.

Cuando toca mi brazo, me tenso. Ella me rodea y me observa con esos ojos hermosos que todavía guardan restos de lágrimas. Intento acariciar su rostro, pero detengo mi propia mano antes de tocarla. Las acusaciones de su hermano repiquetean en mi cráneo: «Violador… te aprovechaste de ella».

Aparto mi mano antes de establecer contacto. Sara frunce el ceño, confundida. Suspiro y observo el desastre que es ahora mi hogar: sangre, cuerpos y muebles destrozados. La herida de mi pecho se ha reabierto y el calor de la sangre me empapa la piel.

—Sube a la habitación, Freya. Yo me encargaré de este desastre.

No espero su respuesta. Me doy la vuelta y, seguido por Goliath, regreso a mi despacho. Cierro la puerta tras de mí sin mirar atrás.