La posesión del Ruso CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Kat

Ruedo sobre el colchón y parpadeo mientras fijo la mirada en el techo rosa de mi habitación.

Elegí ese color a los doce años porque me hacía sentir a salvo de la oscuridad.

Recuerdo a Sasha riéndose de mí cuando sugerí el mismo tono para la alfombra, las cortinas y hasta la puerta.

Casi todo aquí es rosa, a excepción del armario amarillo y los almohadones de arcoíris que me regaló la tía Anika.

«Kitty, este lugar parece un enorme vómito de unicornio».

Recuerdo mi enfado por el comentario de mi hermano, pero luego Lev sonrió y respondió que era muy propio de mí, y que a él le gustaba el vómito de unicornio.

Suspiro al darle una mirada rápida al despertador digital sobre la mesa de noche y vuelvo la vista al techo.

Desde el ataque en el centro comercial, no logro dormir una noche entera; me despierto en medio de la madrugada, alerta y tensa.

Supongo que es una reacción normal tras lo ocurrido y confío en que, con el paso de los días, podré dejarlo atrás.

Hablar con Sasha me ayudó; me recordó que no estoy sola y que poseo una fuerza que él mismo se ha encargado de cultivar en mí.

Algún día perfeccionaré sus trucos y lograré que se sienta orgulloso.

Él… y Lev. Eso si Lev vuelve a dirigirme la palabra tras mi negativa a hablar con él.

Sé que lo sucedido escapó de mi control, pero no soportaría mirarlo a los ojos; la vergüenza me consumiría.

Agradezco que la situación no pasara a mayores, pues pudo ser mucho peor.

Llevo los dedos a la herida de mi pecho y acaricio el borde de la venda.

No permitiré que esto me robe la vida ni que me condicione.

No les daré ese poder. Si lo hago, el hombre que me hirió gana, y no pienso concederle ese gusto.

Aunque admito que el miedo persiste, sé que nadie puede entrar aquí.

La casa de mis padres es una fortaleza. Por eso intento convencerme de que el sonido de esa respiración agitada en mi habitación no es más que una jugarreta de mi mente.

«Estás a salvo, Kat». Ver películas de terror antes de dormir fue una pésima idea, especialmente cuando mamá me dejó sola con la excusa de que estaba cansada.

¡Mentira! Estaba aterrada al ver al payaso sangriento con patas de araña.

Pero adoro el género; las veía con Sashi desde los seis años.

El sonido de la respiración me sobresalta y llevo una mano a mi pecho. «Sé valiente, Kat», repito mentalmente mientras permanezco estática contra el colchón. Un fuerte olor a tabaco, mezclado con un perfume familiar y un matiz metálico similar al hierro, inunda el aire.

Dudo que sea producto de mi imaginación, pero no puedo gritar.

Si es paranoia y despierto a todos, acabarán por internarme.

O peor, papá creerá que soy incapaz de manejarlo y me encerrará hasta los cincuenta años.

Adiós a las compras, a la universidad y a las citas.

«No es que tenga citas aún». Moriría sola en mi torre de princesa.

Suspiro para armarme de valor y, con lentitud, extiendo la mano hacia la lámpara de la mesa de noche.

—¡No la enciendas, por favor! —La voz surge de la penumbra y detiene mi movimiento.

—¿Lev?

Me enderezo de un salto y busco su silueta en la oscuridad.

Recorro las sombras hasta fijar la vista en su imponente figura, arrinconada como un espectro.

Está sentado sobre la alfombra, con la espalda contra la pared y los codos en las rodillas.

La capucha de la sudadera le cubre el rostro, pero lo reconocería en cualquier lugar.

—Dime, pequeña Bambi… ¿Qué haces cuando no puedes dormir?

Mis pies se hunden en la alfombra mientras me levanto. Camino hasta él y me acuclillo a su altura.

—Yo… —Llevo un dedo a mi mentón—. Busco algo que me relaje, algo que me devuelva la paz. Un libro, una película bonita… o una persona que me brinde tranquilidad.

Sonrío e intento encontrar sus ojos, pero siguen ocultos.

Observo su quietud con confusión. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se coló en mi habitación.

De niña lo hacía siempre; cuando una pesadilla me despertaba, él aparecía como una sombra silenciosa para calmarme y arroparme hasta que el sueño volvía a mí.

Lev siempre me ha protegido, pero al crecer, esas visitas cesaron. Hasta hoy.

—¿Lev… te encuentras bien?

Él exhala un suspiro pesado y se pone de pie. Me extiende la mano para ayudarme a levantarme. Es tan alto que debo inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Le sonrío.

—¿Tienes insomnio? Mamá preparó té, puedo calentar un poco y…

Una sonrisa casi imperceptible asoma en la comisura de sus labios y guardo silencio.

Él sacude la cabeza antes de palmearme la coronilla, como si todavía fuera una niña.

Su mano desciende con lentitud y sus dedos se deslizan entre mis mechones.

Se inclina y deposita un beso casto en mi cabeza.

Me quedo atónita cuando, sin mediar palabra, se dirige hacia la ventana del balcón. Solo entonces noto que está abierta.

—Lamento haberte asustado —dice por encima del hombro.

Bajo la luz lunar, el azul de sus iris brilla y la cicatriz de su ojo se acentúa.

Pero es la mirada atormentada lo que me inquieta.

Lev es un misterio; no permite que nadie se acerque demasiado.

No deja que lo toquen ni que lo abracen, ni siquiera en las fechas especiales.

A veces parece triste, otras veces simplemente distante, pero sus ojos nunca ocultan lo que siente.

Quizá por eso se aísla: porque si alguien lo mirara el tiempo suficiente, vería su alma.

—¿Qué pasa, Lev? —pregunto, pero él me da la espalda.

—Nada. Solo no podía dormir.

—¿Y ahora te sientes mejor? —Inclino la cabeza sin dejar de observarlo.

Él gira apenas el rostro. Una sonrisa dulce aparece en su boca, aunque no alcanza a iluminar sus ojos.

—Sí, ya me siento mejor. Gracias, pequeña Bambi.

Da un paso hacia el balcón y lo interrumpo.

—Algo ocurrió y no quieres decírmelo, ¿verdad?

Se detiene un segundo antes de responder.

—Nada de lo que debas preocuparte. Descansa.

Sale al frío de la noche. Me apresuro para alcanzarlo, pero ya se ha marchado. Sujeto la cortina mientras mis ojos recorren el jardín. La niebla y la nieve cubren los árboles, que apenas se distinguen entre las sombras. Alzo la vista a la luna antes de volver a la cama.

Me cubro con las mantas y, al mirar el reloj, me incorporo de golpe. Sobre la mesa hay una pequeña caja de gomitas con forma de ositos. Me toco el cabello y noto que me falta la goma que lo sujetaba. Sonrío y sacudo la cabeza.

—Tonto… —murmuro.

Tomo un dulce y me recuesto. No sé qué trajo a Lev aquí esta noche, pero por su expresión, sé que no era solo insomnio. También sé que yo tampoco volveré a dormir.

Lev

Oculto entre los árboles, observo a la persona que me mira desde la ventana mientras jugueteo con la goma de su cabello entre mis dedos.

Kat es una niña dulce que, desde que tengo memoria, despierta en mí una calma indescriptible.

Su inocencia es contagiosa; su presencia siempre silencia a los demonios de mi cabeza. Al menos mientras la tengo cerca.

Solo cuando cierra las cortinas me interno en el bosque. El teléfono vibra en mi bolsillo. Es el mensaje de uno de mis contactos a quien puse a rastrear a «Crill».

Contacto: Como dijiste, Sombra, el bastardo no estaba en KAOTIC. Salió de viaje, pero volverá el fin de semana.

Aprieto el dispositivo con fuerza. Quiero matarlo, pero tendré que aguardar.

Yo: Mantenme informado.

Contacto: Hay algo más. Los italianos se adelantaron; llegan mañana. La Parca, el Rastreador… y el hijo de Aurora Rinaldi: Salvatore Rossi. Cuídate de él; parece inofensivo, pero es un demente sanguinario.

Enarco una ceja. Se suponía que llegarían en dos días. Este adelanto traerá problemas. Entiendo su urgencia por hallar a la chica, pero mi lealtad está con Sasha, aunque no siempre comparta sus métodos.

—Maldita sea… lo que me faltaba —murmuro.

Yo: Recibido. Los estaré esperando.

Guardo el teléfono y deslizo la goma de Kat en mi muñeca.

Enciendo un habano antes de caminar hacia mi motocicleta.

Vine para asegurarme de que ella estuviera bien y ahora puedo marcharme.

«Mentira Lev. Viniste porque necesitas sentir ese calor que irradia cuando te mira como a un ser humano y no como a un asesino».

Ignoro la voz de mi conciencia. Quizá necesito su luz para seguir adelante, pero también para protegerla a ella y a quienes me acogieron de niño. Los demonios acechan a nuestra familia y no permitiré que se acerquen. Ni a los míos, ni mucho menos a Kat.