La posesión del Ruso Sebastián Rinaldi
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Sebastián Rinaldi

—¡Creí haber pedido discreción!

Mantener la calma es una misión casi imposible frente a estos dos. No solo provocaron un desastre en territorio albanés, sino que raptaron y torturaron al hijo del líder de su mafia. El mismo imbécil al que le corté la mano cuando creyó que podía comprar a mi hija.

Caín alza el mentón, sosteniendo una mirada desafiante. En cambio, mi sobrino Salvatore parece más interesado en acomodar su peinado mientras consulta su reloj, como si mis palabras carecieran de importancia.

—Ya no podemos permitirnos el lujo de ser discretos; el reloj corre y cada minuto cuenta —se exaspera mi hijo, pasando las manos por su cabello—. Lo siento, pero si debo sacudir cada organización para encontrarla, lo haré. Y las cabezas ya han empezado a rodar.

—Además, fuimos discretos esta vez —interviene Salvatore, señalando la pantalla donde Jacob aparece encadenado en mi sótano—. Si te fijas bien, tío… el bastardo sigue respirando.

Asiente con una sonrisa insolente. Me obligo a recordar que es mi sobrino para no arrancarle la cabeza. Es increíble; es la versión masculina y cínica de mi hermana Aurora. De los dos hijos de mi hermana, está claro que solo Mía heredó la sensatez.

—¿Y se supone que esto sea útil? Es evidente que ese infeliz no sabe nada.

Me desplomo en la silla del despacho y masajeo mis sienes. Siento que la cabeza me va a estallar, pero al menos estoy más lúcido que antes. La medicación adormece mis sentidos y no puedo permitirme bajar la guardia; necesito estar alerta.

—Papá… ¿te sientes bien?

La voz de Caín me devuelve a la realidad. Al alzar la vista, noto su expresión de alarma. Sigo su mirada hasta mi propia mano: estoy aferrando el abrecartas con una fuerza excesiva. Suelto el objeto y trato de enderezar la espalda.

—¡No quiero más imprudencias! —sentencio—. Por sus actos, Sara podría correr más peligro. Si esos tipos…

—Sara ha estado en peligro desde que ese infeliz la acechaba sin que lo supiéramos —exclama mi hijo—. Esto es una advertencia. Tienen que saber que iremos por ella. Si sacudimos lo suficiente, alguien hablará.

—No quiero ser pesimista, pero dado el tiempo transcurrido sin peticiones de rescate, temo que Caín tiene razón —añade Salvatore, irguiéndose sobre mi escritorio.

—¡Basta! —me pongo en pie, apretando los ojos ante las punzadas de dolor.

Caín sigue hablando, pero sus palabras se vuelven un ruido ininteligible. Un pitido prolongado invade mi mente.

—Ayúdame… por favor.

La imagen de mi esposa aparece ante mí. Miro a mi alrededor y visualizo el lago y el bosque. Su ropa está empapada y sus ojos, cargados de terror, me suplican.

—Sole mio… ¿qué ha pasado?

Intento avanzar, pero la imagen se distorsiona hasta convertirse en Sara. Su piel está pálida y se abraza a sí misma en medio de temblores que aceleran mi pulso.

—Tesorina…

—Papi… ¿eres tú?

—¡Sí! ¡Aquí estoy! —respondo, pero cuanto más avanzo, más se aleja ella.

—¡Sara! ¡No te vayas!

Su mirada se fija detrás de mí. Una gran sombra se cierne sobre mis hombros. No distingo el rostro, pero no dudo en lanzar un golpe. El impacto arranca una maldición al desconocido, que retrocede con las manos en alto. Busco a mi hija, pero ha desaparecido.

—No… no la tocarás.

Me preparo para arremeter contra el infeliz, pero alguien se interpone. La rabia se desvanece cuando unas manos cálidas sujetan mi rostro. Mi cuerpo deja de reaccionar. Una fragancia a vainilla se filtra en mis sentidos mientras esos dedos suaves me acarician.

—Cariño… mírame, amor —la voz me rescata de la oscuridad—. Soy yo. Todo está bien.

Mi visión se aclara cuando me encuentro con los ojos verdes de Isabella. Ella suspira con alivio y apoya su frente contra la mía.

—¿Sole mio?

—Todo está bien… —susurra con los ojos llorosos—. Salgan de aquí, muchachos.

—Mamá, no creo que sea prudente…

—¡Que salgan ahora! —alza la voz sin soltarme—. Él jamás me haría daño. Obedece, hijo.

Su voz es firme. Parpadeo e intento ordenar mis pensamientos. Al enfocar la mirada, me llevo una mano a la frente, confundido por el estado de la oficina.

—¿Pero qué diablos…?

—No es nada, amor. Tranquilo.

La expresión de mi esposa me confirma que lo ocurrido fue grave. Observo el despacho, que parece haber sido sacudido por un seísmo. Ella asiente ante mi duda silenciosa.

—Ha pasado otra vez. Pero no heriste a nadie —explica.

—Lo siento. No sé qué ocurrió.

—¿Desde cuándo no tomas la medicación? —pregunta mientras acaricia mi mejilla.

—Desde que Sara llamó —confieso—. Necesito estar lúcido para encontrarla. Esas pastillas me adormecen y…

—Entiendo, cariño —susurra, apoyando su cabeza en mi pecho—. Lo solucionaremos. Ella volverá; mi instinto me lo dice.

La rodeo con los brazos y cierro los ojos. Me repito que la traeré a casa. Tal vez los muchachos tengan razón y sea hora de actuar con crudeza. Eso me recuerda que tenemos un invitado en el sótano con el que puedo empezar.