La posesión del Ruso CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Sara:

La idea de dar un paseo con el hombre que me ha acechado, secuestrado y arrancado de forma egoísta de los brazos de mi familia no me hace la menor gracia.

Sin embargo, debo admitir que hay algo en él, en la profundidad de su mirada, que me atrae de una manera perturbadora y moralmente inaceptable.

Él representa todo lo que debería evitar: es el caos, el peligro y, sobre todo, la oscuridad.

Una penumbra absoluta y pura. Entonces… ¿por qué estoy aquí?

¿Por qué me dejo arrastrar por esta fascinación que emerge en mi pecho cada vez que sus gélidos ojos azules se posan sobre mí?

No lo sé. Pero prefiero creer que la razón es puramente estratégica; desde que llegué a su sofisticada fortaleza, esta es la primera vez que me permite abandonar mi confinamiento.

Es mi única oportunidad real para escapar.

El peso de su presencia me abruma mientras avanzamos por un estrecho sendero de rocas en medio del bosque desolado.

Las estrellas tachonan el cielo nocturno; por fortuna, la nieve ha dado un respiro.

Los árboles nos envuelven a medida que nos adentramos en la espesura, cerrando el paso tras nosotros como si la naturaleza misma fuera cómplice de mi cautiverio.

No puedo evitar desviar la mirada hacia él con recelo.

Ignoro dónde estoy. Sea cual sea nuestro destino, el trayecto en coche duró casi dos horas.

Todo el paisaje es un desierto de sombras y, a lo lejos, resuena un rugido fluido y estruendoso que no logro identificar, aunque sospecho que se trata de un río caudaloso.

—Tranquila, no voy a comerte, Freya… —Su voz, peligrosamente pacífica, resuena en la penumbra. —No todavía —añade, y una sonrisa ladeada, cargada de una caballerosidad fingida, se dibuja en su rostro.

Ignoro el comentario, pese al calor que asciende por mi cuello hasta encender mis mejillas. Ajusto el cuello de mi abrigo y me cruzo de brazos sin detener el paso, lanzándole una mirada rápida entre los párpados entornados.

—Freya… —murmuro, captando su atención. —¿Por qué me llamas así?

Sus labios se curvan en una expresión amplia.

Hay algo en su gesto que me induce a creer que esas sonrisas están reservadas solo para mí.

No, Sara, no caigas en eso. Él no es un príncipe…

es el dragón que devora a la princesa. «Lo que quiero…

es poseerte hasta que no quede un solo milímetro de ti que no me pertenezca».

Sus palabras previas resuenan en mi memoria como una sentencia.

—Es curioso que lo preguntes —responde él con calma—, teniendo en cuenta que solo tú conoces la respuesta.

—¿Qué? —Frunzo el ceño, confundida.

Él se detiene de súbito. Me analiza de pies a cabeza antes de entrecerrar los ojos, buscando algo en mi expresión que no logra encontrar.

—No lo recuerdas.

No es una pregunta, sino una afirmación cargada de una extraña melancolía. Niego con la cabeza con lentitud. Él suspira y desvía la vista un instante antes de volver a mirarme.

—¿El bosque? ¿El lago? —insiste.

Vuelvo a negar, perdida en sus enigmas. Exhala con pesadez y deja caer los hombros, como si acabara de descubrir una verdad imposible de procesar.

Tras un breve silencio, en el que nuestras miradas permanecen enlazadas por un hilo invisible, una sonrisa cínica asoma en la comisura de sus labios.

Retoma el paso y comienza a hablar con una seguridad que impregna cada una de sus palabras.

—Freya fue una deidad nórdica, venerada como la diosa de la belleza, la pureza y el amor. Pero ella no era solo eso; representaba mucho más. No solo su hermosura era digna de admiración, sino también su valor. Freya era, además, una guerrera fuerte y letal.

Detengo mis pasos y bajo la vista hacia mis pies, procesando la carga de sus palabras. Él se detiene unos metros más adelante y se voltea al notar mi ausencia.

—¿Sara?

—¿De verdad? —musito con voz trémula. —¿Así es como me ves?

Hablo apenas en un susurro, observándolo a través de mis pestañas. Su ceño se frunce levemente antes de asentar con firmeza.

—¡Da! Eres hermosa, Sara. No creí que fuera necesario aclarar algo tan evidente.

—No… me refiero a lo de ser guerrera. —Trago saliva, presa de los nervios. —¿De verdad crees que soy fuerte?

Es la primera vez en mi vida que alguien se expresa así de mí.

Alguien que no me percibe como un ser frágil, no solo por mi condición de mujer, sino por cargar con una mente que a menudo se convierte en mi peor enemiga.

En un instante, la distancia entre nosotros desaparece.

Sus zapatos se detienen frente a los míos.

Siento el frío de sus dedos rozar mi piel cuando alza mi barbilla para obligarme a sostenerle la mirada.

Una leve sonrisa inclina un lado de su boca mientras su pulgar traza el contorno de mis labios con una suavidad que me resulta exasperante.

—¡Lo creo! —enfatiza con un movimiento de cabeza. —Creo eso y más. Te lo he dicho: eres perfecta y magníficamente letal.

Hace una pausa, manteniendo el contacto visual de forma casi hipnótica.

—Pero te has reprimido y limitado, bajo la creencia de que no lo eres, y eso es un error garrafal. Porque eres fuerte, Sara. ¿No lo ves? La prueba es que te encadenaste a ti misma en un noble intento por proteger a los demás.

—No es eso, yo…

—Eres demasiado noble para admitirlo, Freya. Te has reprimido porque no te aceptas. Necesitas mantener a la bestia bajo llave para sentirte normal, y no te das cuenta de que, en ese proceso, te destruyes.

Su mirada se intensifica hasta que sus ojos se oscurecen por completo.

—Quienes te aman deberían hacerlo con tu esencia completa. Y si no lo hacen… entonces no son dignos de tu afecto.

—No es tu trabajo decidir quién es digno de mi afecto y quién no —replico en un susurro apenas audible.

Un nudo se instala en mi garganta. Sus palabras duelen porque guardan una verdad punzante. Deseo encajar, pero no porque mi familia me rechace; ellos me aman, y sin embargo…

—En efecto, no lo es —asiente él con una calma gélida que me saca de mis pensamientos. —Mi trabajo aquí, pequeña Sara, es liberarte de esas cadenas.

Guardo silencio, incapaz de articular una respuesta coherente.

El tacto de sus dedos en mi piel no cede; me toca con una insolencia que sugiere que, en verdad, le pertenezco.

Mi corazón se acelera y una inexplicable sensación de calidez se instala en mi pecho.

Sin ser consciente de mis actos, recuesto la cabeza sobre su mano cuando acaricia mi mejilla.

Él lo percibe. Acorta la mínima distancia que nos separa y me obliga a alzar la vista.

Es imponente frente a mi metro sesenta. Paso saliva al ver cómo su lengua se desliza con lentitud sobre sus labios.

Cuando se inclina, elevando mi mentón, estoy segura de que va a besarme.

Su ceño se contrae, imitando el mío, mientras lo observo aturdida por la confusa electricidad que provoca su cercanía. Espero el momento exacto.

Cuando baja la guardia y se aproxima un poco más, concentro toda mi energía en la pierna.

En un movimiento ágil que no logra prever, lo golpeo con fuerza en la entrepierna.

Él cae al suelo con un gruñido ahogado, apoyado sobre una rodilla.

No pierdo un segundo. Lo empujo e intento rebasarlo, pero reacciona con rapidez, me sujeta de la muñeca y me jala hacia él.

Ignoro si es la adrenalina o el instinto puro, pero cuando tira de mi brazo, me inclino y clavo mis dientes en su mano con ferocidad.

Suelta una ráfaga de maldiciones y me libera de golpe.

Resbalo y caigo de espaldas, golpeando el suelo con dureza, pero me pongo en pie de inmediato y echo a correr hacia la oscuridad.

Sus gritos y mi nombre resonando a mis espaldas me erizan la piel.

De pronto, escucho algo inesperado: una carcajada.

Una risa fuerte y profunda que se expande por el bosque. Maldito loco.

Miro sobre mi hombro para comprobar si me persigue, pero no lo hace.

Simplemente se pone de pie con una parsimonia insultante.

Finge consultar su reloj y luego alza la mano, mostrándome la palma abierta.

Disminuyo la velocidad un instante, confundida, mientras él baja un dedo…

y luego otro. El bastardo está tan seguro de su victoria que me concede ventaja. Solo se burla de mí.

—¡Púdrete, Ivanov! —le grito antes de acelerar el paso.

Corro hasta que mis pulmones arden, desesperada por una bocanada de aire.

Me apoyo contra la corteza áspera de un árbol y dejo caer la cabeza hacia atrás.

Cierro los ojos un segundo antes de vigilar el camino.

Suspiro aliviada al no verlo. Lo he perdido o ha decidido no seguirme.

Sé que él conoce el terreno, pero si soy lo bastante rápida y la suerte me acompaña, podré alcanzar la carretera y detener algún vehículo.

Desde allí llamaré a mi familia; quiero que me rescaten sin tener que enfrentarse a este lunático.

No deseo que nadie resulte herido en esta locura, ni siquiera él.

Exhalo con fuerza y froto mis manos nerviosas contra los pantalones.

Examino los alrededores: solo hay árboles, sombras y una capa perpetua de nieve.

No sé cuánto tiempo he corrido, pero estoy segura de haberme alejado lo suficiente.

De pronto, diviso un punto anaranjado a lo lejos.

Sobre la copa de los árboles flota una fina columna de humo.

Alzo las cejas y, tras una última mirada furtiva hacia atrás, me dirijo hacia lo que parece ser una fogata.

Eso implica presencia humana. Quizás sean cazadores.

No importa; cualquier persona es preferible a regresar a mi prisión con ese psicópata.

Avanzo con cautela hasta distinguir voces y risas.

Están cerca. La esperanza me otorga un último impulso de energía.

Entonces, algo cruje detrás de mí. El sonido me hace dar un salto y un grito se escapa de mis labios antes de que pueda contenerlo.

Me giro con brusquedad y me topo con una mirada penetrante y helada.

El hombre porta un rifle atravesado en el pecho, viste pantalones de camuflaje y una gorra con orejeras que proyecta sombras duras sobre sus facciones.

Su expresión es hosca, amenazante. Trago saliva cuando sus pesadas botas negras avanzan hacia mí.

—¿Zabludilas, shchenok? [1]

Su voz, baja y áspera, no ofrece auxilio. Es una burla, una advertencia. Su mirada me recorre con una lentitud sucia, como si ya me hubiera marcado como su presa.

—Lo siento… no hablo ruso —logro decir en inglés, aunque el temblor de mi voz me delata.

El sujeto sonríe, mostrando un diente de oro que reluce bajo la luz tenue.

Descubrir que no hablo su idioma parece darle una ventaja que disfruta.

Da dos pasos rápidos y me sujeta del brazo justo cuando intento retroceder.

Su agarre es brutal e inflexible pese a mis esfuerzos por liberarme.

Me arrastra sin esfuerzo hacia el campamento.

Emergemos de los arbustos y varios hombres, sentados alrededor de una fogata, levantan la vista.

Todos visten uniformes similares; armas colgadas con descuido, como si fueran juguetes.

Tres de ellos se ponen en pie, tambaleándose entre risas y frases en su idioma.

Por la forma en que me devoran con la mirada, comprendo que están ebrios.

—Un chto u nas zdes? Otkuda u tebya eta kukla? [2]

Un hombre calvo y corpulento se acerca mientras se acaricia la barbilla, observándome como si fuera un manjar.

El pánico hace que mis ojos se llenen de lágrimas.

Estas personas no van a ayudarme; su intención es dañarme.

En este instante de terror absoluto, mi mente solo evoca a una persona.

La única capaz de salvarme de este horror.

Sasha. Pero él no vendrá, porque lo dejé atrás.

Lo golpeé y hui hacia la montaña, creyendo que escapaba de un monstruo, sin saber que corría directo hacia las fauces de algo mucho peor.