La posada del viajero Reunión informal
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Reunión informal

Esa mañana iba a tener lugar una importante reunión que podría cambiar el destino de Arístides. El cubano se dirigía, en compañía del señor Barreda, a visitar al marqués de Comillas en su recién inaugurado palacio de Sobrellano.

Arístides había madrugado esa mañana y había esperado la llegada de Barreda para recogerle.

Les aguardaba un largo camino hasta Comillas, y el de Suances ya llevaba un buen trecho recorrido desde su pueblo hasta la finca del cubano en Santillana.

Uno de los hombres de confianza de Barreda guiaba el carruaje cubierto, algo de agradecer en un día tan caluroso, por lo que Arístides se acomodó en el interior del vehículo junto a su nuevo amigo, dispuestos a repasar lo preparado para su encuentro con el marqués.

—Magnífica berlina, amigo Barreda —dijo Arístides para adular más a su acompañante—. Voy a tener que hacerme con una para mis propios desplazamientos. ¿Todo bien con el marqués?

—Por supuesto, gracias a Dios. Nuestra amistad viene de lejos, y hemos sido socios comerciales en varios negocios.

—Sí, claro. Me refería a si le parece bien recibirme en su casa sin demasiadas referencias. Creo que es un hombre muy ocupado.

—No te preocupes, le he hablado muy bien de ti. Don Antonio siempre tiene varios proyectos en mente y conocer a un posible inversionista que pueda aportar capital a sus negocios no creo que le parezca mala idea.

—Además, siempre le puedo hablar de Cuba. Creo que el marqués hizo su fortuna en mi isla, ¿me equivoco?

Arístides tuvo que escuchar entonces un resumen de los logros del marqués en boca de Barreda.

Por lo visto el marqués vivía en Barcelona la mayor parte del año, ciudad en la que se estableció tras regresar de Cuba con una posición más que acomodada.

El indiano de Suances también le explicó algunos detalles sobre la increíble residencia de verano que se estaba construyendo don Antonio en su tierra natal, el mismo palacio que estaban a punto de visitar.

—Creo que es un espectacular edificio construido en neogótico inglés, aunque con influencias de otros estilos. Don Antonio no ha escatimado en gastos y, al parecer, lo ha decorado además con exquisitos muebles, pinturas y esculturas de los mejores artistas.

Arístides pensaba en sus propios planes, por lo que su mente se desconectó unos momentos de la conversación con Barreda. No le interesaba tanto detalle, aunque volvió a atender al mencionar el indiano la capilla que también estaba ultimando el marqués, un edificio anexo al propio palacio.

—Creo que se consagrará en estos días. Al parecer el propio Alfonso XII va a apadrinar la inauguración de la capilla.

Ese asunto interesaba más a Arístides. Semanas atrás se había rumoreado por toda la región que los reyes de España visitarían Comillas, pero en cuanto tuvo confirmación del hecho, habló con Barreda para organizar una reunión con el marqués que esperaba fuera muy provechosa.

Habían acordado que Barreda fuera el que llevara la voz cantante en la reunión con el marqués; para eso era su amigo personal.

Arístides intentaría mantenerse en un segundo plano, pero en cuanto el de Suances le diera pie sacaría toda la artillería.

Aunque era un recién llegado a tierras cántabras, le hablaría de su posición y de sus rentas, por si el marqués necesitaba algún tipo de apoyo económico.

Sabía que los recursos de don Antonio eran abundantes, pero tal vez su liquidez se había visto afectada por los numerosos gastos que supondría la visita real a Comillas.

Cuando Arístides intentó preguntarle a Barreda lo que podrían obtener del marqués a cambio de su apoyo económico, el de Suances pareció ofenderse con la cuestión, por lo que obvió el tema.

Barreda aseguraba que él solo lo hacía por amistad: no necesitaba ningún título nobiliario ni nada por el estilo.

Pero el cubano no opinaba lo mismo y pretendía que su dinero sirviera para algo.

Por lo menos consiguió que Barreda entrara en razón acerca de una cuestión que le preocupaba: Arístides quería conocer al rey de España, o por lo menos estar presente en la recepción oficial del marqués a los monarcas.

Barreda no era muy aficionado a ese tipo de actos oficiales con tanto boato, pero al final transigió en apoyar a su nuevo amigo.

Arístides le doró la píldora a Barreda con la intención de que no se diera cuenta del desprecio absoluto que sentía por alguien de la calaña del marqués.

Ante todo, él era un hombre de negocios y, en su opinión, sabía comportarse en la gran mayoría de los ambientes, por lo que debía dejar a un lado su animadversión por don Antonio López antes de entrar en materia.

Los planes con los carlistas seguían adelante, pero no las tenía todas consigo.

A lo largo de su vida, Arístides siempre había procurado obtener ventajas de todos los tratos a los que llegaba con cualquiera y ese día no iba a ser una excepción.

Por lo tanto, debía comportarse y ejercer de perfecto invitado, un hombre de posibles que pretendía invertir en negocios para los que el marqués necesitaba una inyección de capital.

Y si luego sacaba algo en claro, ya fuera información confidencial que pudiera vender a sus amigos carlistas, o alguna otra ventaja favorecida por su anfitrión de esa jornada, no pensaba desaprovecharla.

El marqués era amigo personal del rey y una persona con acceso directo a Alfonso XII.

Arístides veía en eso una ventaja, tanto si tomaba partido definitivamente a favor de los carlistas, como si al final se decantaba por los alfonsinos, representados por el actual monarca y el marqués de Comillas, entre otros.

De hecho, don Antonio era la cabeza visible de la alta burguesía catalana que había apoyado la restauración borbónica en la persona del hijo de la exiliada Isabel II.

Y convenía jugar a dos barajas, por lo que pudiera pasar.

Si sus planes con los carlistas fracasaban, Arístides siempre podía negar conocerlos y, de paso, acusarlos de alta traición.

Don Carlos se encontraba en Francia, y sus emisarios tenían que andarse con ojo para no ser apresados por las autoridades.

Así que una pátina de respetabilidad, ganada al ser amigo, o por lo menos conocido y quizás socio del marqués de Comillas, amigo íntimo del monarca, le granjearía una coartada perfecta llegado el caso.

Y si todo salía bien, ya se cobraría con creces la deuda que los carlistas contraerían con él si les ayudaba en sus planes. Ellos querían obtener el poder, aupar a Carlos VII al trono de España, y no iban a escatimar esfuerzos.

Afortunadamente, esa mañana avanzaron a buena velocidad por los caminos de la comarca, gracias sin duda al poderío de la recua de caballos enjaezados que tiraba de la berlina de Barreda.

Consiguieron llegar a Comillas antes del mediodía, y el ánimo de los viajeros, después de varias horas encerrados en aquel carruaje, mejoró bastante al poder bajar del vehículo para estirar las piernas a su llegada al palacio de Sobrellano.

Arístides se había vestido con sus mejores galas, algo recargadas para el gusto más sobrio de Barreda y del marqués, por lo que pudo comprobar nada más encontrarse a su lado.

Pero, bueno, él era así, para bien y para mal.

En Cuba se había acostumbrado a otras ropas, más coloridas y de tejidos más frescos, por lo que no iba a cambiar ahora, por mucho que fuera a reunirse con todo un grande de España.

Se asombró al contemplar de cerca la magnificencia del palacio del marqués, una construcción soberbia a su entender.

El edificio dominaba una extensión enorme de terreno desde su atalaya, situado como eje principal de uno de los nuevos barrios de la ciudad.

Arístides se fijó entonces en la fachada principal, con sus hermosas galerías decoradas con arcos y columnas rematadas de forma nada convencional, con motivos vegetales e incluso animales.

Fingió no haber visto el gesto de desagrado de don Antonio al verle bajar del vehículo, y prefirió saludarle con respeto, antes de acompañar a los dos hombres al interior del palacio.

—¡Mis queridos amigos! —exclamó el marqués al verlos llegar—. Es un placer recibirlos en mi nueva casa, espero que hayan tenido un buen viaje.

—Sí, don Antonio, el trayecto se nos ha hecho corto en mi nuevo carruaje —afirmó orgulloso Barreda—. Quería presentarle a mi buen amigo, don Arístides Maestro.

—Tanto gusto, señor marqués —replicó el interpelado—. Tiene usted aquí un edificio hermoso, si me permite decírselo.

—Claro, señor Maestro, faltaría más —respondió el marqués—. Le agradezco sus amables palabras. Y les pido a los dos mis más humildes disculpas. Nos encontramos todavía en plenas obras y el edificio no está completamente terminado, espero que sepan perdonar las molestias.

—Por favor, don Antonio, no sea modesto. Arístides se ha quedado corto en sus elogios. Yo tampoco conocía su nueva residencia de verano, pero debo afirmar que es absolutamente magnífica.

—Pasen y les enseñaré las partes que ya están ultimadas. En el exterior hoy hace un calor bochornoso, y dentro estaremos mucho más frescos.

Los tres caballeros se adentraron en el vestíbulo principal, donde Arístides se sintió mucho más pequeño de lo habitual.

La imponente escalera de mármol y alabastro le llamó la atención, iluminada gracias a una claraboya superior en la que destacaba una vidriera de variados colores, y cuyo efecto visual dotaba al conjunto de un aire casi irreal.

Arístides siguió elogiando la residencia del marqués con el fin de caerle en gracia.

Necesitaba que el marqués se llevara una buena impresión.

Don Antonio les hizo entonces una pequeña visita guiada por la planta baja del palacio: la biblioteca, un salón de billar, el comedor y un salón central o de trono, aparte de otras estancias menores.

En la planta superior se hallaban las habitaciones, pero no llegaron a visitarlas en esa ocasión.