La posada del viajero Una ilustre visita
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Una ilustre visita

Al final nada salió como había planeado. Declan le pidió permiso a mi madre para ausentarse durante unos días, y ella se lo concedió sin ponerle trabas. Al parecer debía arreglar algún asunto burocrático en Santander, y después de dos meses de duro trabajo no podía negárselo.

El desagradecido ni siquiera se despidió de nosotras como cabía esperar.

Terminó unas pequeñas tareas aquella mañana y enseguida se marchó, camino del pueblo.

Creo que conocía a unos parroquianos que viajaban con asiduidad a Santander, y habló con ellos para ver si le llevaban también a él.

Yo desconocía los días que iba a estar Declan fuera de Suances y ni siquiera estaba segura de que regresara a nuestro lado.

Tal vez fuera mejor así y evitar una despedida violenta en la que ninguno de los dos hubiera sabido qué decir.

Declan había aprovechado que nosotras nos encontrábamos atareadas para salir de Casa Abascal sin que lo viéramos.

El abuelo me confirmó más tarde que le había visto partir con un hatillo al hombro.

Comenzó entonces una nueva semana, diferente a las anteriores por diversas razones. En cierto momento, mientras recogía las habitaciones del segundo piso, escuché unos pasos por la escalera.

Había visto segundos antes a mi madre por la ventana, en la puerta de entrada a nuestra cocina, por lo que me pareció extraño que fuera ella la que accediera a la casona. Y no me equivocaba: el ruido de pasos ligeros me confirmó que no era mi madre la que se acercaba a toda velocidad.

Salí de uno de los cuartos recién recogidos y me topé de frente con María.

La niña tenía las mejillas arreboladas por el esfuerzo de la carrera, y sus ojos refulgían con una mirada fiera.

Temí entonces una nueva confrontación para la que no estaba preparada.

La marcha de Declan me había sumido en el abatimiento, y no me apetecía discutir otra vez con mi hermana por las mismas tonterías.

—¿Estarás contenta, verdad? Al final lo has conseguido, muchas gracias.

—Para no perder la costumbre, no sé de qué demonios me hablas. En los últimos tiempos no hay quien te entienda, la verdad.

—No te hagas la inocente conmigo, Amaya, sabes de lo que te hablo. Declan se ha marchado por tu culpa, y ya nunca volverá.

—Tengamos la fiesta en paz, no tengo ganas de discutir contigo. Déjame continuar con la tarea, que no quiero ganarme la bronca de madre.

Me di la vuelta y dejé a mi hermana con la palabra en la boca. Me adentré entonces en la habitación de la Anjana , pero María me siguió. Tenía ganas de pelea, una vez más. ¿A quién habría salido esa niña tan guerrera?

De espaldas a ella comencé a alisar las sábanas del lecho, pero su brazo me lo impidió. María me obligó por la fuerza a darme la vuelta y enfrentarme con ella. Yo me estaba empezando a alterar y mi indolencia del principio podía derivar en una bronca monumental.

—Te estoy hablando, no he terminado todavía.

Volví a ignorar a mi hermana, temerosa de no poder contenerme. Ella siguió insistiendo y me tiró de nuevo del vestido sin mesura. Yo me enfadé y dejé lo que estaba haciendo, dispuesta a zanjar esa trifulca de una vez por todas.

—Esto pasa ya de castaño oscuro, voy a hablar con nuestra madre. Y espero que te caiga un castigo de los gordos, a ver si espabilas de una santa vez.

—Eso de los papeles que me ha dicho el abuelo es mentira. Seguro que Declan se ha ido por tu culpa, por acosarle todo el día.

—No pienso rebajarme a discutir contigo, ya está bien. Además, no creo que tenga que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer...

—O sea, que no lo niegas. ¡Eres una maldita bruja!

—¡Cállate ya de una vez! Y sal de aquí antes de que te cruce la cara.

Le lancé una mirada furibunda y ella no se achantó, pero salió de la habitación sin decir nada más. La sangre no había llegado al río, aunque la situación empeoraba por momentos.

El sonido de los pasos apresurados de María saliendo de la casona se mezcló con unas voces desconocidas que escuché entonces en el antepatio. No quería delatar mi presencia, pero la curiosidad me pudo y entreabrí la ventana para oír mejor.

—Encantado de saludarle de nuevo, don Marcelino. Siempre es un placer verle por nuestra humilde casa —escuché entonces decir con nitidez a mi abuelo.

—Venga, Ángel, que nos conocemos hace tiempo. Déjate de formalismos, anda. Además, quiero presentarte a un buen amigo, y creo que a él tampoco le gustan esas cosas. ¿Verdad, Benito?

—Es cierto, Marcelino. Me han hablado maravillas de Casa Abascal y he querido comprobarlo en persona.

Me asomé un momento y vi a los tres hombres en medio del patio.

También divisé a María, que entraba en casa en ese momento.

Solo esperaba que no se cruzara con mi madre en la cocina en ese estado de ofuscación, o podrían saltar chispas entre las dos.

Mientras tanto, los hombres seguían conversando, ajenos a todo esto.

—Honra que nos hace, don Benito —aseguró mi abuelo antes de llamarme a voces—. ¡Amaya! ¿Estás por ahí?

Mi abuelo había entrado en la casona, acompañado por esos dos caballeros que iban vestidos con trajes más elegantes de los que estábamos acostumbrados a ver por esos lares.

Yo salí de la habitación y me asomé a la escalera, temerosa de llevarme una reprimenda por haber estado escuchando las conversaciones de los mayores, una lección que nos habían recalcado desde pequeños pero que todos los hermanos terminábamos por incumplir.

—Ve a buscar a tu madre, anda —dijo el güelu al verme asomar por la escalera—. Estos caballeros quieren hablar con ella. Y de paso, mira si tenemos café preparado en la cocina.

—Ahora mismo. No tardo.

Salí de allí a toda velocidad. Bajé las escaleras en un santiamén, saludé a los visitantes con un gesto que pretendió ser gracioso sin conseguirlo y me encaminé hacia nuestra casa.

Madre ya había oído el revuelo y salía de la cocina en esos mismos momentos.

Con el rabillo del ojo vi también alejarse de la finca a Nelu y María.

Me olvidé de mis hermanos y miré de nuevo al frente antes de que mi madre me interceptara a medio camino:

—¿Qué ocurre, Amaya? ¿Qué es todo ese jaleo?

Le conté la petición del güelu , aderezada por mis propias impresiones sobre los visitantes de aquel día.

—Oír, ver y callar, ya lo sabes, Amaya. Anda, ve a la cocina por el café de puchero, está recién hecho. Se lo sirves en el saloncito a los señores y nos dejas a los mayores que conversemos tranquilos.

Mi madre me dejó allí y ella se encaminó hacia la casona.

No me dio tiempo a replicar, y sabía que debía obedecer lo antes posible, sus órdenes no admitían discusión.

Yo quería regresar a la planta superior de la casona para seguir limpiando habitaciones, de ese modo quizás llegara a enterarme de algún detalle de la extraña reunión.

Pero mi madre, que era perro viejo, no me lo permitió y se adelantó a mis pensamientos.

Siempre he sido muy curiosa, y la situación me reconcomía. Serví café en cuatro tazas, por si acaso, y llevé el servicio en una bandeja, con cuidado de no derramar ni una sola gota para no acabar llevándome una bronca delante de los invitados.

Cuando llegué allí me encontré al abuelo sentado en su sillón preferido, dialogando animadamente con el tal don Benito. Mientras tanto mi madre, de pie al lado del otro visitante, charlaba también con don Marcelino, el hombre cuya cara me sonaba pero no terminaba de ubicar del todo.

Salí de allí sin que se me ocurriera ninguna otra excusa para permanecer más tiempo en el saloncito. Sentí las miradas de los dos extraños posadas en mi espalda, pero preferí seguir caminando sin darme la vuelta.

—¿Dónde andan los críos, Inés? —preguntó entonces el güelu .

—Los he mandado a comprar pescado. Así están entretenidos mientras regresan de la Riberuca, que por aquí no hacen más que zascandilear.

—Ya será menos, mujer. Seguro que son unos muchachos extraordinarios; no puede ser de otro modo —contestó don Marcelino.

No quise escuchar más y me alejé de la puerta principal antes de ser descubierta espiando a mis mayores. Caminé entonces en silencio hasta nuestra casa y me adentré en la cocina, dejando la puerta exterior abierta, por si acaso mi madre me reclamaba para algo más.

¿De qué se estaría hablando en el saloncito? ¿Tendría algo que ver con Declan? Yo creía que no, viendo lo contenta que se había puesto mi madre al recibir la visita de los dos misteriosos visitantes, pero no podría asegurarlo.

Un buen rato más tarde seguía sin tener noticias ni de la casona ni de mis hermanos.

Pensé entonces en lo mal que estaba llevando la situación con María, me había comportado casi peor que ella.

Tendría que buscar una pequeña tregua entre nosotras.

De todas formas, Mariuca debía darse cuenta de que llevaba las de perder si yo le iba con el cuento a mi madre.

Ambas permaneceríamos atentas, esperando que Declan regresara, aunque ya hacía tres días que no teníamos noticias de él.

Decidí hablar más tarde con mi abuelo para sonsacarle. Tal vez supiera algo de Declan y, además, seguro que me contaba algún detalle de ese famoso don Marcelino con el que parecía llevarse tan bien.

Un rato después me asomé al exterior y me pareció ver a dos o más personas a través del cristal de la habitación que acababa de arreglar.

¿Les estaban enseñando el cuarto a nuestros ilustres visitantes?

¿Se quedaría don Marcelino o don Benito como huésped de nuestra posada?

Si era así, no entendía tanto alboroto: sería un visitante más de nuestra casa en una época en la que comenzaban a escasear las camas libres.

En esos días asomaba ya el buen tiempo y la zona se había puesto de moda por varias razones.