La Pequeña Reina CAPÍTULO DIECISÉIS #8
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CAPÍTULO DIECISÉIS #8

—¿Recuerdas —preguntó en voz baja— cuando éramos niños y te dije que volveríamos a ver las estrellas?

—Sí.

—Estaba equivocado.

Se volvió para mirarla.

—No necesitábamos volver a ver las estrellas. Solo necesitábamos encontrarnos el uno al otro.

El pecho de Caeli se contrajo.

—Eso es lo más cursi que has dicho en toda tu vida.

—Lo sé.

Sonrió.

Una sonrisa auténtica, cálida y libre de defensas.

—Pero es verdad.

Ella se acomodó entre sus brazos y él la envolvió con fuerza.

Permanecieron así durante un largo rato, observando las luces de la ciudad y sosteniéndose mutuamente.

Dos personas que habían estado perdidas en la oscuridad.

Dos personas que finalmente habían encontrado el camino a casa.

—¿Y ahora, qué pasa? —preguntó Caeli.

—Ahora —respondió David— terminamos esto. Exponemos a Leticia y a Karla. Limpiamos tu nombre. Construimos la vida que queremos.

—¿Juntos?

—Juntos.

David besó la parte superior de su cabeza.

—Siempre.

CAPÍTULO DIECIOCHO

CAELI

6:47 A. M. — La mañana siguiente

Caeli despertó en el sofá de la oficina de David.

Alguien le había puesto una manta encima. Su computadora portátil estaba cerrada sobre la mesa de centro. Las pizarras habían sido limpiadas.

Se incorporó, desorientada.

David estaba en su escritorio, ya vestido con un traje impecable y recién cambiado, escribiendo en su portátil.

Levantó la vista cuando ella se movió.

—Buenos días.

—Buenos días.

Su voz sonó áspera.

—¿Dormiste algo?

—Un poco.

Se levantó y caminó hacia el sofá.

—¿Café?

—Por favor.

Le entregó una taza.

Negro. Sin azúcar. Exactamente como a ella le gustaba.

Caeli tomó un sorbo mientras su mente comenzaba a ponerse al día.

La noche anterior.

El beso.

La confesión.

Dios mío.

—David...

—No tenemos que hablar de eso —dijo él rápidamente—. Si no estás lista. Si te arrepientes. Si tú...

—No me arrepiento.

Dejó la taza sobre la mesa.

—Es solo que... no sé qué significa esto. Para nosotros. Para la empresa. Para...

—Significa que somos socios.

Su voz era firme.

—En todos los sentidos de la palabra. Si eso es lo que quieres.

—¿Y tú?

—Sí.

No hubo ni una sola vacilación.

—Te quiero como mi socia. Mi igual. Mi...

Se detuvo, tensando la mandíbula.

—Mi todo.

El pecho de Caeli se apretó.

—Yo también quiero eso —dijo en voz baja—. Pero necesito que entiendas algo.

—¿Qué?

—No puedo ser la persona que tú proteges.

Sostuvo su mirada.

—No puedo ser la pequeña reina a la que resguardas del mundo. Necesito luchar mis propias batallas. Necesito sostenerme por mí misma.

—Lo sé.

—¿De verdad?

Se puso de pie y caminó hacia él.

—Porque cada vez que algo sale mal, tu primer instinto es colocarte delante de mí. Recibir el golpe. Protegerme.

—Eso no es...

—Sí lo es.

Su voz fue suave, pero firme.

—Y entiendo por qué. Entiendo que has pasado treinta años sintiendo que fallaste al protegerme cuando éramos niños. Pero, David, no fallaste. Me salvaste. Y ahora necesito que me permitas salvarme a mí misma.

David la observó, con una expresión completamente expuesta.

Ella tenía razón.

Había estado intentando protegerla.

Intentando resguardarla.

Intentando compensar el hecho de que no pudo protegerla cuando tenían seis años.

Pero Caeli no necesitaba protección.

Necesitaba una compañera de batalla.

Necesitaba una verdadera alianza.

—Está bien —dijo finalmente.

—¿Está bien?

—Está bien.

Tomó sus manos entre las suyas.

—Lo intentaré. No puedo prometer que seré perfecto. No puedo prometer que no querré ponerme delante de ti, cuando las cosas se pongan difíciles. Pero intentaré dejarte luchar tus propias batallas.

—Eso es todo lo que te pido.

Él la atrajo hacia sí y ella apoyó la cabeza contra su pecho.

—Probablemente deberíamos volver al trabajo —dijo ella.

—Probablemente.

Ninguno de los dos se movió.

—¿Caeli?

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no rendirte conmigo.

Su voz fue baja.

—Por ver en mí algo por lo que valía la pena luchar.

Ella se apartó un poco para mirarlo.

—Vale la pena luchar por ti —dijo—. Siempre la ha sido.

David la besó.

Un beso suave.

Breve.

Lleno de promesas.

Entonces sonó su teléfono.

Se apartó con un suspiro.

—Es el presidente de la junta directiva.

—Contesta.

Lo hizo y activó el altavoz.

—Richard.

—David. Necesitamos hablar. Reunión de emergencia de la junta. En una hora.

La mandíbula de David se tensó.

—¿De qué se trata?

—Ha salido a la luz nueva información. Información que plantea serias dudas sobre tu criterio y sobre la idoneidad de la señorita Ramos para su puesto.

El estómago de Caeli se hundió.

—¿Qué información? —preguntó David.

—Lo discutiremos en la reunión.

La voz de Richard era fría.

—En una hora, David. No llegues tarde.

La llamada se cortó.

David y Caeli se quedaron mirándose.

—Filtraron algo más —dijo Caeli.

—¿Qué?

—No lo sé. Pero sea lo que sea, es lo suficientemente grave como para convocar una reunión de emergencia.

La expresión de David se endureció.

—Entonces iremos preparados.

—¿Cómo?

—Les diremos todo.

Abrió su portátil.

—Les mostraremos los mensajes. La coordinación. El sabotaje. Expondremos a Leticia, Karla y Victoria antes de que puedan causar más daño.

—Eso es arriesgado.

—Todo es arriesgado.

Sostuvo su mirada.

—Pero ya terminé de jugar a la defensiva. Es hora de pasar al ataque.

Caeli asintió lentamente.

—Está bien —dijo—. Terminemos ésto.

CAPÍTULO DIECINUEVE

DAVID

9:47 A. M. — Sala de Juntas

La sala de juntas estaba en silencio.

Catorce rostros observaban a David desde el otro lado de la mesa de caoba.

Algunos parecían preocupados.

Otros parecían molestos.

Y algunos parecían haber tomado una decisión, antes incluso de que la reunión comenzara.

Caeli estaba sentada a su lado, con el portátil abierto y una expresión serena.

Había preparado una presentación.

Evidencia.

Cronologías.

Pruebas de la conspiración.

Pero David no abrió su computadora.

Simplemente observó a la junta directiva.

—Antes de que comencemos —dijo—, necesito decir algo.

Richard Pemberton, el presidente de la junta, se inclinó hacia adelante.

—David, tenemos serias preocupaciones...

—Lo sé.

La voz de David permaneció firme.

—Y voy a abordarlas. Pero antes, necesito decirles la verdad.

Toda la verdad.

La sala quedó inmóvil.

—Contraté a Caeli Ramos porque reconocí algo en ella —dijo David—.

Algo que en ese momento no podía explicar.

Algo que me resultaba familiar. Y sí, más tarde descubrí que habíamos sido secuestrados juntos, cuando éramos niños.

Que sobrevivimos treinta y un días, en cautiverio, juntos.

Que ella era la pequeña niña a la que le cantaba en la oscuridad.

Silencio.

—Pero esa no es la razón por la que está calificada para este trabajo —continuó David—. Está calificada porque es brillante. Porque ha resuelto cada crisis que le he puesto delante. Porque es la mejor administradora de crisis que he conocido.

—David... —comenzó Margaret Chen.

—No.

Su voz fue firme.

—Necesitan escuchar esto. Porque durante las últimas seis semanas, Caeli ha estado luchando batallas en cuatro frentes. Contra la junta directiva. Contra el personal. Contra los medios de comunicación. Y, contra su propia familia.

Abrió su portátil y lo giró hacia la junta.

—Este es un chat grupal entre mi exasistente, Victoria Wright, y las dos hermanas de Caeli, Leticia y Karla Ramos. Han estado coordinando una campaña para sabotear la carrera de Caeli. Para hacerla parecer incompetente. Para destruir su reputación.

Fue pasando los mensajes mientras observaba cómo las expresiones de los miembros de la junta cambiaban de escepticismo a conmoción.

—Ellas filtraron la historia del secuestro —dijo David—. Sembraron dudas sobre las credenciales de Caeli. La aislaron del resto del personal. Coordinaron acciones con contactos de los medios, para manipular la narrativa, de la forma más perjudicial posible.

—¿Por qué? —preguntó James Castellano.

—Por envidia.

La voz de David se endureció.

—Porque Caeli sobrevivió a algo que ellas, ni siquiera pueden imaginar sobrevivir. Porque construyó una vida que ellas nunca pudieron construir. Porque es más fuerte de lo que jamás serán.

Cerró el portátil.

—Y yo le fallé.

Su voz se volvió más baja.

La sala quedó en silencio.

—Le fallé —repitió David—. Vi cómo ocurría el sabotaje y no lo detuve. Vi cómo la aislaban y no intervine. La vi luchar sola y me quedé al margen, porque tenía miedo de parecer condescendiente. Controlador. De convertirme en el típico CEO arrogante que cree que sabe más que todos los demás.

Miró alrededor de la mesa.

—Pero la verdad es que simplemente tenía miedo. Miedo de perderla. Miedo de admitir cuánto la necesito. Miedo de ser vulnerable.

Margaret habló con cautela.

—David, ¿qué estás tratando de decir?

—Estoy diciendo que no soy perfecto.

Su voz permaneció firme.

—Estoy fracturado. Tengo traumas que aún no he procesado. Cometo errores. Pero Caeli Ramos, no es uno de ellos. Ella es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Y si ustedes no pueden verlo, entonces quizá, yo no sea la persona adecuada para dirigir ésta empresa.

El silencio fue ensordecedor.

Entonces habló Richard.

—David, siéntate.

David obedeció.

Richard observó a todos los presentes.

—Creo que todos necesitamos un momento para procesar lo que acabamos de escuchar.

—Yo no necesito un momento —dijo James—. Necesito saber si nuestro CEO es lo suficientemente estable para dirigir una empresa valuada en miles de millones de dólares.

—Lo soy —respondió David.

—¿Y cómo podemos estar seguros?

—Porque ya no me estoy escondiendo.

David sostuvo su mirada.

—Ya no estoy fingiendo ser invulnerable. Ya no estoy levantando muros. Les estoy diciendo la verdad. Y si eso no es suficiente, entonces destitúyanme.

Caeli se puso de pie.

—¿Puedo decir algo?

Richard asintió.

—Adelante, señorita Ramos.

Caeli recorrió la mesa con la mirada.

Su expresión era feroz.

—Están haciendo la pregunta equivocada —dijo.