La Pequeña Reina CAPÍTULO DIECISÉIS #5
73%

CAPÍTULO DIECISÉIS #5

El zumbido de las computadoras era el único sonido constante.

Caeli cerró los ojos.

Y por primera vez desde que habían encontrado los correos, dejó de luchar.

Solo por un momento.

Solo lo suficiente para sentir el dolor.

David la sostuvo mientras ella lloraba.

Sin intentar arreglarlo.

Sin intentar resolverlo.

Simplemente sosteniéndola.

Porque algunas heridas no necesitaban soluciones inmediatas.

Necesitaban espacio para ser reconocidas.

Cuando finalmente levantó la cabeza, estaba agotada.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que una parte de mí todavía quiere que me llamen y me digan que todo esto es un malentendido.

David sintió que el corazón se le rompía.

—Lo sé.

—Y, otra parte, quiere destruirlas.

—Eso también lo entiendo.

Una risa amarga escapó de sus labios.

—Qué desastre.

—No. —Le secó una lágrima con el pulgar. — Esto es duelo.

Caeli lo miró.

—¿Duelo?

—Sí. Porque la versión de tus hermanas que amabas ya no existe. Y estás intentando aceptar eso.

La verdad de aquellas palabras la golpeó con fuerza.

Porque tenía razón.

No estaba perdiendo solamente a Leticia y Karla.

Estaba perdiendo la esperanza de que fueran quienes siempre había necesitado que fueran.

Y esa pérdida era enorme.

David tomó su mano.

—Vamos a terminar esta investigación.

—Sí.

—Vamos a descubrir toda la verdad.

—Sí.

—Y vamos a asegurarnos de que enfrenten las consecuencias.

Caeli asintió.

Pero esta vez no volvió hacia la pizarra.

En lugar de eso, apretó la mano de David.

Y por primera vez aquella mañana, se permitió apoyarse en alguien más.

Porque incluso las personas más fuertes necesitan descansar.

Y ya no tenía que cargar con todo sola.

—Lo sé. —La atrajo hacia él, y Caeli se derrumbó contra su pecho. — Pero, no es tu culpa. Es de ellas.

Permanecieron así durante un largo momento, mientras los hombros de Caeli temblaban por los sollozos silenciosos.

Entonces su teléfono vibró.

Ella se apartó un poco, secándose los ojos.

—Es Maya.

—Contesta.

Caeli activó el altavoz.

—Hola.

—Caeli, gracias a Dios. —La voz de Maya sonaba tensa. — Acabo de recibir una llamada muy extraña de Karla.

El estómago de Caeli se hundió.

—¿Qué tipo de extraña?

—Estaba preguntando por ti. Por cómo estás manejando toda la atención mediática. Por si estás... “estable”. —Maya hizo una pausa. — Sentí que estaba intentando sacar información.

—Lo estaba haciendo.

Caeli miró a David.

—Está intentando construir una narrativa. Que soy inestable. Que no puedo manejar la presión.

—¿Por qué haría algo así?

—Porque está trabajando con Leticia para destruir mi carrera.

Silencio.

—¿Qué?

—Te lo explicaré después. ¿Le dijiste algo?

—No. Le dije que estabas bien y colgué. —La voz de Maya se volvió más aguda. — Caeli, ¿qué está pasando?

—Te llamaré luego. Lo prometo.

Colgó antes de que Maya pudiera responder.

David ya estaba abriendo otro archivo en su laptop.

—Si Karla está llamando a tus amigos, esto está escalando.

—Está construyendo un caso. —La mente de Caeli corría a toda velocidad. — Va a filtrar algo más. Algo personal. Algo que me haga parecer inestable.

—¿Qué podría filtrar?

Caeli se quedó pensando un instante.

Y entonces la sangre se le heló.

—Mis registros de terapia.

David se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Caeli sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

—Mi terapeuta. —Su voz salió apenas en un susurro. — Leticia sabe quién es. Karla también.

—Eso sería ilegal.

—Lo sé.

—Extremadamente ilegal.

—Lo sé.

David se puso de pie tan rápido que la silla rodó hacia atrás.

—No. No hay forma de que lleguen tan lejos.

Pero incluso mientras lo decía, ambos sabían que sí la había.

Porque ya habían cruzado demasiadas líneas.

Difamación.

Filtraciones.

Manipulación.

Sabotaje corporativo.

¿Qué era una línea más?

Caeli corrió hacia su computadora.

—Necesito revisar algo.

Sus dedos se movieron frenéticamente sobre el teclado.

Portal del seguro médico.

Registros de acceso.

Historial de solicitudes.

Su respiración se aceleró.

—Caeli...

—Espera.

Abrió una nueva ventana.

Luego otra.

Y otra más.

David observaba en silencio.

Finalmente, ella se quedó inmóvil.

Completamente inmóvil.

—No.

La palabra apenas fue audible.

—¿Qué encontraste?

Caeli giró lentamente la pantalla.

Había un registro de acceso.

Una solicitud.

Tres días atrás.

Alguien había intentado obtener una copia de sus registros.

David sintió que la ira le recorría el cuerpo.

—¿Quién?

—No lo sé todavía.

Abrió los detalles.

Y entonces su rostro perdió todo color.

—Oh Dios.

—¿Qué?

Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos.

—La solicitud fue aprobada.

El silencio cayó sobre la oficina.

Pesado.

Aterrador.

David miró la pantalla.

Luego volvió a mirarla a ella.

—¿Tus registros fueron liberados?

Caeli asintió lentamente.

—Hace cuarenta y ocho horas.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

David cerró la laptop de golpe.

—Tenemos que asumir que ya los tienen.

—Sí.

—Y que planean utilizarlos.

—Sí.

Caeli apoyó ambas manos sobre el escritorio.

Intentando mantenerse firme.

Porque sabía exactamente lo que contenían aquellos registros.

Años de trauma.

Pesadillas.

Ataques de pánico.

Miedos.

Confesiones.

Las partes más vulnerables de sí misma.

No simples documentos.

Su vida.

Su dolor.

Su recuperación.

Y si aquellas notas llegaban a los medios...

La historia cambiaría por completo.

Ya no se trataría de sabotaje corporativo.

Se trataría de ella.

De su mente.

De sus heridas.

De todo aquello que había compartido creyendo que estaba protegido.

David rodeó el escritorio y tomó sus manos.

—Mírame.

Ella levantó la vista.

—Si hacen esto, los destruiremos.

—David...

—No. Escúchame. —Su voz era firme como el acero. — Si filtran tus registros médicos, no es solo inmoral. Es criminal.

Caeli tragó con dificultad.

—Tengo miedo.

La confesión salió antes de que pudiera detenerla.

David apretó sus manos.

—Lo sé.

—¿Y si la gente lo cree? ¿Y si leen esas notas y piensan que estoy destruida?

David negó con la cabeza.

—Entonces son idiotas.

Una risa nerviosa escapó de ella.

—No estoy bromeando. —Sus ojos no abandonaron los de ella. — Haber sobrevivido a un secuestro no te hace débil. Ir a terapia no te hace inestable. Pedir ayuda no te hace menos capaz.

Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Caeli.

—Pero ellos van a intentarlo.

—Sí.

—Y van a usar todo lo que conté en confianza.

—Sí.

David apoyó la frente contra la suya.

—Y cuando lo hagan, estaremos listos.

Caeli cerró los ojos.

Porque por primera vez comprendió algo aterrador.

La guerra no había terminado.

Apenas estaba entrando en su fase más cruel.

Y sus enemigos estaban a punto de utilizar el arma más devastadora de todas:

La verdad de sus heridas.

—Después del secuestro estuve en terapia durante años. Karla conoce el nombre de mi terapeuta. Sabe... —La voz de Caeli se quebró. — Sabe todo lo que les conté. Las pesadillas. Los ataques de pánico. La forma en que me culpaba por lo que pasó.

—No puede acceder a esos registros. Están protegidos.

—No necesita acceder a ellos. Solo necesita decir que lo hizo. Solo necesita sembrar la idea de que soy mentalmente inestable. Que he estado mintiendo sobre mi recuperación.

La expresión de David se volvió glacial.

—Tenemos que adelantarnos.

—¿Cómo?

—Contando la verdad primero. —Abrió un documento en blanco. — Publicamos una declaración reconociendo que estuviste en terapia. Lo presentamos como una fortaleza, no como una debilidad. Controlamos la narrativa antes de que ella pueda hacerlo.

Caeli lo miró fijamente.

—¿Quieres que admita públicamente que estuve en terapia?

—Quiero que admitas públicamente que eres humana. —Su voz era firme. — Y que sobrevivir a un trauma no significa que estés destruido. Significa que fuiste lo suficientemente fuerte para sanar.

El pecho de Caeli se contrajo.

Tenía razón.

Lo sabía.

Pero la idea de exponer esa parte de sí misma—la parte asustada, herida y vulnerable—la aterraba.

—¿Y si sale mal? —preguntó en voz baja.

—Entonces lo enfrentaremos.

David sostuvo su mirada.

—Juntos.

Caeli inhaló profundamente.

Luego asintió.

—De acuerdo. Hagámoslo.

CAPÍTULO DIECISIETE

DAVID

11:34 P. M.

Llevaban dieciséis horas seguidas trabajando.

La oficina estaba a oscuras, iluminada únicamente por el resplandor de las laptops y las luces de la ciudad, más allá de los ventanales.

Caeli estaba acurrucada en la silla, frente al escritorio de David.

Algunos mechones de cabello se habían escapado de su moño.

Sus ojos estaban rojos de tanto mirar pantallas.

Parecía exhausta.

Y, aun así, le parecía hermosa.

—Lo encontré —dijo de repente.

David levantó la vista.

—¿Encontraste qué?

—La prueba definitiva.

Giró la laptop hacia él.

—Mira.

Era un chat grupal.

Tres participantes.

Victoria Wright

Leticia Ramos

Karla Ramos

Los mensajes se remontaban a seis semanas atrás.

David comenzó a desplazarse por la conversación.

Su mandíbula se tensó con cada línea.

Victoria: Necesito algo más concreto. La junta todavía confía en ella.

Leticia: Dale tiempo. Siempre comete errores cuando está bajo presión.

Karla: Podemos aumentar la presión.

Victoria: ¿Cómo?

Karla: Sus amigos. Su familia. Hacer que dude de sí misma.

Leticia: Funciona mejor cuando cree que todo es culpa suya.

David sintió una oleada de ira.

Continuó leyendo.

Victoria: Ashford está empezando a confiar demasiado en ella.

Leticia: Eso no durará.

Karla: Nadie se queda mucho tiempo cuando conoce a la verdadera Caeli.

Victoria: Necesito algo más fuerte.

Leticia: Tenemos más.

Caeli permanecía inmóvil.

No lloraba.

Ya no.

Parecía haber superado las lágrimas.

Ahora solo estaba cansada.

Profundamente cansada.

—Sigue leyendo —dijo.

David siguió desplazándose.

Y entonces encontró el mensaje que hizo que la sangre se le congelara.

Victoria: ¿Qué hay de los registros médicos?

Karla: Demasiado arriesgado.

Leticia: No si lo hacemos parecer una filtración anónima.