CAPÍTULO DIEZ #10
Recordó cómo el olor en la habitación cambió y David se quedó inmóvil.
—Quédate aquí. No te muevas.
Recordó cuando regresó, con el rostro pálido pero decidido.
—Nos vamos. Ahora.
Recordó caminar por aquella casa oscura, aferrada a su mano con tanta fuerza que le dolían los dedos.
Recordó el aire fresco.
Las estrellas.
La forma en que David la miró y sonrió.
—¿Ves? Te dije que saldríamos.
Recordó cómo la acompañó a casa, haciéndole preguntas sobre el vecindario, siguiendo las descripciones fragmentadas que ella podía darle.
Recordó quedarse de pie en el porche de su casa, observándolo alejarse.
—¿Te olvidarás de mí?
—Nunca. Lo prometo.
Y no lo había hecho.
Había cumplido su promesa.
—Eras tú —susurró Caeli—. Siempre fuiste tú.
La expresión de David se derrumbó.
—Lo siento mucho —dijo—. Lo siento muchísimo por no haberte protegido mejor. Siento no haber impedido que te llevaran. Siento...
Caeli cruzó la distancia entre ellos y lo besó.
Un beso desesperado.
Feroz.
Lleno de reconocimiento.
David se quedó inmóvil durante medio segundo.
Entonces sus manos subieron para sostenerle el rostro, y la besó de vuelta como si ella fuera oxígeno y él hubiera estado ahogándose durante años.
Aquel beso era todo.
Era el niño en la oscuridad cantando para mantener alejadas las sombras.
Era la niña que lo llamaba su príncipe.
Eran treinta años buscando algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
Era volver a casa.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban llorando.
—Lo recuerdo todo —susurró Caeli contra sus labios—. Te recuerdo a ti. Recuerdo las canciones. Recuerdo haberme sentido segura por primera vez en mi vida, porque tú estabas allí.
—Caeli...
—Yo también te amo. —Su voz tembló.— Creo que siempre lo he hecho. Creo que alguna parte de mí te ha estado buscando toda la vida.
David la atrajo hacia sí, enterrando el rostro en su cabello.
—Lo siento —susurró—. Siento mucho haberte manipulado. Por mantenerte aquí. Por...
—Basta. —Caeli se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos.— No me manipulaste. Me diste una oportunidad cuando nadie más lo habría hecho. Confiaste en mí cuando yo no confiaba en mí misma. Tú...
Su voz se quebró.
—Tú me salvaste. Otra vez.
David cerró los ojos con fuerza.
—No, pequeña reina. Esta vez te salvaste tú sola.
Caeli apoyó una mano en su mejilla.
—Quizás. Pero fue porque me enseñaste cómo hacerlo.
Y por primera vez, en treinta años, el príncipe y su pequeña reina dejaron de ser dos niños perdidos en la oscuridad.
Por fin se habían encontrado.
Y esta vez, ninguno de los dos, volvería a marcharse.
—Tú me salvaste primero —dijo David—. En aquella habitación. Me salvaste siendo valiente cuando yo estaba aterrorizado. Cantando conmigo. Creyendo que lograríamos salir.
—Nos salvamos mutuamente.
—Sí. —Sonrió, una sonrisa triste, hermosa y auténtica. — Lo hicimos.
Se quedaron allí, en la oficina oscura, abrazados, comprendiendo por fin algo que siempre habían sabido en el fondo de sus corazones.
No eran solo colegas.
No eran solo socios.
Eran el príncipe y la pequeña reina.
Y se habían encontrado otra vez.
—¿Qué hacemos ahora? —susurró Caeli.
David besó su frente.
—Ahora terminamos esto. Juntos.
—Juntos —aceptó ella.
Y, por primera vez, en treinta años, ninguno de los dos se sintió solo.
CAPÍTULO CATORCE
CAELI
11:52 P. M.
El recuerdo la golpeó como una ola.
No fragmentado.
No como un sueño.
Completo.
Tenía seis años, estaba sentada en la oscuridad, sosteniendo la mano de un niño.
Él estaba cantando.
—Shhh, pequeña reina. Las sombras no pueden encontrarte aquí.
Su voz era joven, pero firme.
Segura.
—Estás a salvo conmigo. Lo prometo.
Ahora podía ver su rostro.
Nueve años.
Cabello oscuro.
Ojos serios.
David.
—¿Alguna vez lograremos salir de aquí?
—Sí. Lo prometo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no voy a permitir que te pase nada.
Recordó las historias que le contaba.
Los juegos que inventaban.
La forma en que la hacía reír incluso cuando estaba aterrorizada.
Recordó el momento en que el olor cambió y David se quedó inmóvil.
—Quédate aquí. No te muevas.
Recordó cuando regresó, con el rostro pálido.
—Nos vamos. Ahora.
Recordó caminar por aquella casa oscura, aferrada a su mano con tanta fuerza que le dolían los dedos.
Recordó el aire fresco.
Las estrellas.
Y la forma en que David la miró y sonrió.
—¿Ves? Te dije que saldríamos.
Recordó cómo la acompañó a casa, guiándose por las indicaciones incompletas que ella podía darle.
Recordó cómo caminaba ligeramente delante de ella, atento a cualquier peligro, como si fuera un pequeño guardián decidido a cumplir una promesa demasiado grande para un niño de nueve años.
Recordó llegar al porche de su casa.
Las luces encendidas.
La puerta abriéndose de golpe.
El grito ahogado de su madre.
Los brazos que la envolvieron.
El llanto.
El caos.
Y, en medio de todo aquello, recordó volver la cabeza para buscarlo.
A David.
A su príncipe.
Él ya se estaba alejando.
Solo.
Cubierto de polvo.
Agotado.
Pero vivo.
—¡David! —había gritado.
Él se volvió.
Y le dedicó una sonrisa.
La misma sonrisa que acababa de ver treinta años después.
—No me olvidarás, ¿verdad?
David había dudado apenas un segundo.
Luego negó con la cabeza.
—Nunca, pequeña reina.
Y esta vez, mientras el recuerdo terminaba de desplegarse en su mente, Caeli comprendió algo que le hizo arder el pecho.
Él había dicho la verdad.
Había cumplido cada promesa.
La había mantenido con vida.
La había llevado a casa.
La había buscado durante treinta años.
Y cuando finalmente la encontró, no la reconoció por su rostro.
La reconoció por su alma.
Recordó cómo la acompañó a casa, haciéndole preguntas sobre su vecindario, reconstruyendo la ruta a partir de las descripciones fragmentadas que ella podía darle.
Recordó estar de pie en el porche de su casa, sin querer soltar su mano.
—¿Te olvidarás de mí?
—Nunca. Lo prometo.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Recordó su rostro mientras se alejaba.
Recordó pensar: Él es mi príncipe. Y yo soy su pequeña reina.
Y recordó—por fin, por completo—que había estado buscándolo desde entonces.
—Caeli.
La voz de David la devolvió al presente.
Ella levantó la vista hacia él, con lágrimas corriendo por su rostro.
—Me salvaste —susurró.
—Nos salvamos mutuamente.
—No. —Negó con la cabeza.— Tenías nueve años y me mantuviste tranquila durante treinta y un días. Me cantabas. Me contabas historias. Me hiciste sentir segura cuando debería haber estado aterrorizada. Me llevaste a casa aunque no sabías dónde estabas. Prometiste que nunca me olvidarías.
—No te olvidé.
—Lo sé. —Le acarició el rostro con dedos temblorosos.— Sé que no lo hiciste. Y yo tampoco. Es solo que... no podía recordarlo. Pero lo sentía. Cada vez que te miraba. Cada vez que hablabas. Alguna parte de mí lo sabía.
David la atrajo hacia él y enterró el rostro en su cabello.
—Lo siento —dijo, con la voz quebrada.— Siento no haberte reconocido antes. Siento haberte mantenido a distancia. Siento haberte dejado luchar sola.
—Ya no estás luchando sola —dijo Caeli.— Ninguno de los dos lo está.
Permanecieron allí, abrazados, mientras la ciudad brillaba bajo ellos.
Dos personas que se habían perdido en la oscuridad.
Dos personas que se habían encontrado de nuevo.
Dos personas que finalmente habían regresado a casa.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó David en voz baja.
Caeli se apartó un poco para mirarlo.
—Ahora —dijo— terminamos con esto. Juntos.
—Juntos —aceptó David.
Y por primera vez en treinta años, ninguno de los dos se sintió solo.
CAPÍTULO QUINCE
CAELI
2:47 P. M. — Al día siguiente
La llamada llegó mientras Caeli revisaba las declaraciones finales para los medios.
El nombre de Leticia apareció en la pantalla de su teléfono.
Caeli lo observó sonar durante tres timbres antes de responder.
—Tenemos que hablar —dijo Leticia sin preámbulos. Sin saludo. Sin fingir cortesía.
—¿Sobre qué?
—Sobre este desastre que has creado. —La voz de Leticia era tensa, controlada. — Karla y yo queremos reunirnos contigo. Hoy. En mi casa. A las cuatro.
—Yo no creé éste desastre, Leticia. Lo crearon ustedes.
Silencio.
Luego:
—A las cuatro, Caeli. No llegues tarde.
La llamada se cortó.
Caeli dejó el teléfono lentamente sobre el escritorio.
David levantó la vista de su laptop.
—¿Qué fue eso?
—Leticia quiere reunirse. Ella y Karla. Hoy.
—No vas a ir sola.
—No pensaba hacerlo. —Sostuvo su mirada. — Quiero que estés allí.
—¿Estás segura?
Caeli no dudó.
—Sí.
David se puso de pie de inmediato.
—Entonces, allí estaré.
Ella observó cómo cerraba la laptop, cómo su expresión se endurecía de esa forma fría y calculadora que solía reservar para las crisis importantes.
Pero ahora veía algo más detrás de esa máscara.
Miedo.
No por él.
Por ella.
—David...
Él se volvió.
—¿Sí?
—Pase lo que pase esta tarde, no voy a cambiar de opinión.
Sus cejas se fruncieron.
—¿Sobre qué?
Caeli sonrió suavemente.
—Sobre nosotros.
Por un instante, toda la dureza desapareció de su rostro.
—Pequeña reina...
—Treinta años es mucho tiempo para esperar a alguien.
David cruzó la distancia entre ellos y tomó su mano.
—Demasiado tiempo.
—Entonces no pienso desperdiciar ni un día más.
Los dedos de David se entrelazaron con los suyos.
—Yo tampoco.
Y juntos comenzaron a prepararse para la confrontación que pondría fin a décadas de mentiras, traiciones y resentimientos.
Porque esta vez, Caeli Moreno no iba a enfrentarse sola a quienes intentaron destruirla.
Esta vez tenía a su príncipe, a su lado.
Y juntos eran mucho más fuertes de lo que cualquiera de sus enemigos imaginaba.
—Sí. —Su voz era firme. — Necesitan ver que ya no estoy sola. Que tengo a alguien que realmente cree en mí.
David se puso de pie y cruzó la habitación hasta llegar a ella.
—Entonces, terminemos con ésto.