La Pequeña Reina CAPÍTULO DIEZ #5
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CAPÍTULO DIEZ #5

—Estoy sugiriendo que alguien quiere que ésta junta tenga miedo.

Que alguien quiere que ustedes duden.

Que alguien quiere que crean que el problema es David.

Cuando en realidad, el problema es la persona que organizó esta campaña.

Richard se inclinó hacia adelante.

—¿Y tiene pruebas de eso?

—Sí.

La respuesta cayó como una bomba.

David giró la cabeza.

No esperaba aquello.

Caeli abrió su portátil.

La pantalla iluminó su rostro.

—Durante los últimos días, he documentado un patrón consistente, de interferencia interna.

Exclusión deliberada de reuniones.

Manipulación de comunicaciones.

Restricción de acceso a información crítica.

Difamación profesional.

Comentarios coordinados destinados a socavar mi credibilidad.

La sala quedó inmóvil.

—Y esta mañana descubrí algo más.

Apareció una fotografía en la pantalla.

Victoria.

Y Leticia.

Sonriendo juntas frente al océano.

Varias personas se inclinaron hacia adelante.

—¿Quién es esa? —preguntó Margaret.

—Mi hermana.

La sala explotó.

—¿Qué?

—¿Su hermana?

—¿Están relacionadas?

Caeli levantó una mano.

—Mi hermana mayor.

Y la asistente ejecutiva del señor Ashford.

Amigas personales desde hace años.

El rostro de Richard palideció.

David sintió que algo muy frío se instalaba en su pecho.

Porque ahora todo estaba ocurriendo en público.

Ya no había forma de detenerlo.

—¿Está acusando a Victoria Wright de conspiración? —preguntó Richard.

—Estoy diciendo que existen hechos verificables que justifican una investigación inmediata.

Caeli sostuvo su mirada.

—Y, si yo fuera miembro de ésta junta, estaría mucho más preocupada por eso, que por un secuestro ocurrido hace veinticuatro años.

Nadie respondió.

Porque tenía razón.

Margaret fue la primera en romper el silencio.

—¿David sabía esto?

—No.

La respuesta vino de David.

Todos se volvieron hacia él.

—Me enteré esta mañana.

Y si lo que Caeli está diciendo es cierto...

su voz se volvió glacial.

—Entonces, alguien dentro de esta organización, ha estado manipulando deliberadamente información, para perjudicar tanto a ésta empresa, como a sus empleados.

El silencio fue absoluto.

James rompió la tensión.

—¿Dónde está Victoria ahora?

Nadie respondió.

David sacó lentamente su teléfono.

Marcó una extensión.

Esperó.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Silencio.

Su mandíbula se tensó.

—No responde.

Caeli sintió que algo se retorcía en su estómago.

Porque conocía a Leticia.

Conocía a Karla.

Y conocía la forma en que operaban.

Nunca daban un solo golpe.

Siempre había otro.

Otro plan.

Otra capa.

Otra traición esperando en las sombras.

Su teléfono vibró.

Todos lo escucharon.

La sala quedó inmóvil.

Caeli bajó la mirada.

Número desconocido.

Su sangre se congeló.

David vio cómo el color desaparecía de su rostro.

—¿Caeli?

Ella abrió el mensaje.

Y dejó escapar un sonido ahogado.

No exactamente un grito.

No exactamente un sollozo.

Algo peor.

David se levantó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

Caeli levantó lentamente el teléfono.

Con manos temblorosas.

Y mostró la pantalla.

El mensaje contenía una sola línea:

¿Disfrutaste tu momento de gloria?

Ahora ve a internet.

La terapia ya está en línea.

El mundo de Caeli, se derrumbó.

Y, al otro lado de la ciudad, Leticia Moreno sonreía.

CAPÍTULO DOCE

CAELI

10:23 AM

Victoria parecía no haber dormido.

Su cabello estaba recogido en un moño severo.

El maquillaje era impecable, pero no lograba ocultar las ojeras oscuras bajo sus ojos.

Miró a Caeli.

Luego a David.

—A solas —dijo.

—No. —La voz de David fue firme—. Lo que tengas que decir, puedes decirlo delante de Caeli.

La mandíbula de Victoria se tensó.

—Bien.

Entró en la sala de juntas y cerró la puerta.

Durante un largo rato, permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas frente a ella.

Luego dijo:

—He estado trabajando con Leticia Ramos para sabotear a Caeli.

El silencio fue absoluto.

Caeli sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

David no reaccionó.

Ni siquiera parpadeó.

—Continúa.

Victoria soltó una risa amarga.

—Ni siquiera pareces sorprendido.

—No lo estoy.

Eso la hizo estremecerse.

Por primera vez, desde que había entrado, pareció vulnerable.

Humana.

—¿Cuánto sabes?

—Lo suficiente.

Victoria cerró los ojos.

Como si aquella respuesta hubiera agotado las últimas reservas de energía que le quedaban.

—Entonces ya sabes que fui yo, quien la aisló.

Yo la trasladé al tercer piso.

La excluí de reuniones.

Intercepté llamadas.

Manipulé comunicaciones.

Convencí al personal de que cuestionara sus capacidades.

Cada palabra era otra piedra cayendo al suelo.

Otra confesión.

Otro clavo en el ataúd.

Caeli permaneció inmóvil.

Porque escucharlo en voz alta era diferente.

Mucho peor.

—¿Por qué? —preguntó David.

Victoria abrió los ojos.

Y, durante un instante, desapareció la ejecutiva perfecta.

La asistente impecable.

La profesional eficiente.

Solo quedó una mujer agotada.

Desesperada.

—Porque la vi entrar en tu vida y ocupar un lugar que llevaba años, intentando alcanzar.

La sala quedó en silencio.

—Victoria...

—No. Déjame terminar.

Miró directamente a David.

—Siete años.

Siete años estando a tu lado.

Siete años resolviendo problemas.

Protegiéndote.

Cubriéndote las espaldas.

Sacrificando mi vida personal por esta empresa.

Por ti.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Y, en una semana, ella consiguió algo que yo nunca tuve.

David guardó silencio.

—Te hizo sonreír.

La confesión cayó como una bomba.

Caeli sintió que se le encogía el estómago.

—Victoria...

—No me debes compasión.

No la quiero.

Victoria soltó una carcajada amarga.

—Lo peor es que Leticia me convenció, de que estaba haciendo lo correcto.

Me decía que Caeli era manipuladora.

Que utilizaba a las personas.

Que te estaba usando.

Que iba a destruirte.

Y yo quería creerlo.

Porque era más fácil que aceptar la verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó David.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Victoria.

—Que nunca me ibas a elegir.

El silencio fue devastador.

David bajó la mirada.

Porque no podía negarlo.

Y ambos lo sabían.

Victoria se secó una lágrima.

—Así que dejé que Leticia me convenciera.

De que estaba protegiéndote.

De que estaba salvándote.

De que Caeli era el problema.

Pero no era verdad.

Su voz se quebró por completo.

—El problema era yo.

Caeli la observó.

Y por primera vez, no vio a una enemiga.

Vio a alguien derrotado.

Alguien consumida por el miedo.

Por la soledad.

Por años de amor no correspondido.

Eso, no justificaba nada.

Pero lo explicaba.

David habló finalmente.

—¿Qué más hizo Leticia?

Victoria palideció.

Y el miedo regresó a sus ojos.

—David...

—¿Qué más hizo?

Victoria tragó saliva.

—Las grabaciones.

Caeli sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué grabaciones?

Victoria cerró los ojos.

—Las sesiones de terapia.

Después del secuestro.

La sangre abandonó el rostro de Caeli.

David dio un paso adelante.

—¿Qué hiciste?

—Yo no las obtuve.

Fue Karla.

Trabaja en el centro médico donde están archivadas.

Consiguió acceso.

David parecía capaz de matar a alguien.

—¿Dónde están?

—Ya las tienen.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Las publicaron?

Victoria negó lentamente.

—Todavía no.

Pero iban a hacerlo.

Esta noche.

A las nueve.

Caeli sintió que las piernas dejaban de responderle.

Tuvo que apoyarse en la mesa.

David estuvo a su lado en un instante.

Sin tocarla.

Pero cerca.

Siempre cerca.

—¿Estás segura?

Victoria asintió.

—Vi los mensajes.

Vi los archivos.

Vi el plan.

Quieren destruirla públicamente.

Quieren que todo el mundo vea a la niña asustada.

Quieren que la gente piense que está destruida.

Que no pertenece aquí.

Que nunca perteneció.

Las palabras golpearon a Caeli como puñetazos.

Porque eran exactamente, las mismas palabras que había escuchado toda su vida.

No perteneces aquí.

No eres suficiente.

Deberías irte.

Pero algo era diferente ahora.

Porque ya no tenía seis años.

Ya no estaba sola.

Y, ya no tenía miedo.

David la observó.

Y vió el momento exacto en que algo cambió dentro de ella.

La ira desapareció.

El dolor desapareció.

Incluso el miedo desapareció.

Solo quedó determinación.

Pura.

Fría.

Implacable.

Caeli levantó la mirada.

—¿Dónde están los archivos?

Victoria la observó.

Y, por primera vez, pareció comprender el error que habían cometido.

No habían acorralado a una víctima.

Habían despertado a una guerrera.

—Puedo conseguirlos —susurró Victoria.

—Lo harás.

La voz de David fue de acero.

Victoria asintió lentamente.

—Sí.

David sacó el teléfono.

—Llamaré al equipo legal.

Al FBI.

Y a cada abogado que tengo.

Victoria cerró los ojos.

Como si hubiera esperado esas palabras, desde el principio.

—Lo sé.

David marcó el número.

Pero antes de que pudiera hablar, Caeli puso una mano sobre su brazo.

Él la miró.

—¿Qué?

Caeli sostuvo su mirada.

Sus ojos estaban secos.

Firmes.

Inquebrantables.

—No.

—¿No?

—No vamos a escondernos.

No vamos a correr.

Y no vamos a esperar a que nos ataquen.

David comprendió inmediatamente.

—Caeli...

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

Una sonrisa peligrosa.

La misma que había tenido cuando tendió la trampa que atrapó a Steve Walters.

La misma que aparecía cuando resolvía problemas imposibles.

—Quieren publicar los videos ésta noche.

Perfecto.

Victoria la miró como si estuviera loca.

—¿Qué?

—Vamos a ganarles.

David sintió un escalofrío.

Porque conocía esa mirada.

Y también sabía algo más.

Leticia y Karla acababan de cometer el peor error de sus vidas.

Porque acababan de darle a Caeli Moreno algo más poderoso que el miedo.

Un objetivo.

CAPÍTULO TRECE

El silencio se apoderó de la sala.

David seguía arrodillado frente a ella.

Caeli apenas podía respirar.

—Yo también lo recuerdo —susurró.

David cerró los ojos.

Como si hubiera esperado escuchar esas palabras durante toda su vida.

Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de lágrimas.

—Pensé que lo había imaginado todo.

Caeli negó lentamente con la cabeza.

—No.