La Pequeña Reina Chapter 4 #5
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Chapter 4 #5

Y debajo de todo ello, el mismo mensaje que sus hermanas le habían enviado durante toda su vida:

No perteneces aquí.

Tú eres el problema.

Deberías irte.

Pero esta vez, Caeli no iba a marcharse.

Esta vez, iba a contraatacar.

Guardó el documento y cerró la laptop.

Luego sacó el teléfono y le envió un mensaje a David.

Caeli: Necesito hablar contigo. En privado. Es urgente.

La respuesta llegó casi de inmediato.

David: Mi oficina. 8:00 AM.

Caeli revisó la hora: 6:23 AM.

Tenía una hora y media para prepararse.

Una hora y media para descubrir cómo decirle a David Ashford que, la persona en quien más confiaba en el mundo, le había estado mintiendo.

Una hora y media para decidir si era lo suficientemente valiente como para hacerlo estallar todo—su trabajo, su credibilidad, su futuro—apostándolo todo, a la posibilidad de que él, le creyera.

Caeli se puso de pie y caminó hasta la ventana, observando la ciudad despertar lentamente bajo la luz creciente del amanecer.

Sus manos ya no temblaban.

Su respiración era tranquila.

Pensó en la mujer que había visto en el espejo la noche anterior: feroz, inquebrantable e imparable.

Pensó en la pequeña niña de la librería que había seguido a unos desconocidos porque quería ayudar a encontrar un cachorro perdido.

Pensó en la pequeña reina que había sobrevivido treinta y un días, en la oscuridad, porque un príncipe le cantaba, para mantener alejados los monstruos.

Y pensó en la mujer en la que se había convertido: brillante, capaz y cansada de disculparse por ocupar espacio.

—Yo no soy el problema —dijo en voz baja a su reflejo en el cristal de la ventana—. Nunca lo fui.

La ciudad brillaba bajo ella, llena de posibilidades, peligros y verdades.

Y Caeli estaba lista para enfrentarlos a todos.

LETICIALa Noche Anterior — 9:47 PM

La casa de Leticia era exactamente lo que uno esperaría de alguien que había pasado toda su vida adulta intentando demostrar que tenía todo bajo control: paredes grises de buen gusto, muebles blancos que parecían valiosos, pero no lo eran y, cuadros motivacionales, con marcos dorados que decían cosas como:

VIVE, RÍE, AMA

y

SOLO BUENAS VIbrAS

Era el hogar de alguien que intentaba desesperadamente convencer al mundo—y a sí misma—de que todo estaba bien.

Karla estaba recostada en el sofá seccional, con los zapatos tirados a un lado y una copa de vino en la mano. Había llegado hacía veinte minutos y ya iban por la segunda botella.

—Entonces —dijo Karla, haciendo girar el vino en su copa—. Victoria dice que Caeli ya está empezando a quebrarse.

Leticia sonrió mientras se acomodaba en el sillón frente a su hermana.

—Duró más de lo que esperaba. Pensé que renunciaría para el tercer día.

—Es terca. Siempre lo ha sido. —Karla tomó un largo sorbo—. ¿Recuerdas cuando tenía ocho años y decidió aprender a montar bicicleta en una sola tarde? Se cayó diecisiete veces. Diecisiete. Y aun así seguía subiéndose.

—Dios, era insoportable. —La sonrisa de Leticia se amplió—. Mamá no dejaba de decir lo “obstinada” que era. Lo “resiliente” que era. Como si caerse de una bicicleta diecisiete veces, fuera algún logro, en lugar de, simplemente, ser demasiado tonta para rendirse.

Karla soltó una carcajada amarga.

—Mientras tanto, nosotras éramos quienes le curábamos las rodillas y escuchábamos sus llantos.

—Exactamente. —La expresión de Leticia se oscureció—. Siempre fuimos nosotras las que limpiábamos sus desastres. Y ,aun así, ella era la que recibía todo el reconocimiento.

Hubo un momento de silencio.

Luego Karla preguntó:

—¿Cuál es el plan? Victoria está haciendo su parte, pero tenemos que pensar en algo más grande. Aislarla no será suficiente, si David, ya está encariñado con ella.

Leticia sacó su teléfono y abrió la conversación con Victoria. Recorrió los mensajes con el ceño fruncido.

—Victoria dice que David fue a buscar a Caeli ésta mañana. Preguntó por qué estaba en el tercer piso. Ella logró desviar la situación, pero él está empezando a notar, que algo no encaja.

—Mierda. —Karla se incorporó de golpe—. Eso no es bueno.

—No, no lo es. —Leticia dejó el teléfono sobre la mesa de centro—. Por eso tenemos que escalar esto. Tenemos que hacer que Caeli fracase de una manera tan pública y espectacular, que ni siquiera David pueda defenderla.

Los ojos de Karla brillaron.

—Te escucho.

Leticia se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, la calle suburbana estaba tranquila. Su reflejo le devolvió la mirada: cabello perfectamente peinado, blusa costosa, una apariencia impecable que ocultaba décadas de resentimiento.

—Caeli siempre ha sido buena resolviendo problemas —dijo lentamente—. Ese es su talento. Ve una crisis y la arregla. Por eso David la contrató. Por eso todos creen que es tan brillante.

—¿Y?

—Y no vamos a darle un problema que pueda resolver. —Leticia se volvió hacia Karla con una expresión fría y calculadora—. Vamos a darle un problema que la haga parecer inestable. Poco confiable. Peligrosa.

Karla se inclinó hacia adelante.

—¿Cómo?

Leticia regresó a la mesa y tomó su teléfono. Abrió una carpeta titulada:

CAELI — ANTECEDENTES

Comenzó a desplazarse entre los archivos.

—He estado recopilando información durante años. Cada trabajo que ha tenido. Cada error que cometió. Cada vez que renunció o fue despedida. Tengo correos electrónicos, evaluaciones de desempeño, referencias de antiguos empleadores que no quedaron precisamente encantados con ella.

Las cejas de Karla se elevaron.

—¿Llevas años planeando esto?

—No planeando. Preparándome. —La sonrisa de Leticia era delgada y afilada—. Siempre supe que terminaría en algún lugar donde no pertenecía. Solo no sabía cuándo. Ni dónde.

Le entregó el teléfono.

Karla comenzó a revisar los documentos. Su expresión pasó de la sorpresa a algo más oscuro.

—Dios mío, Leticia. Esto es... exhaustivo.

—Si algo soy, es minuciosa.

Karla siguió leyendo.

—Espera. Este correo. De su jefe en Meridian Corp. Dice que “sobrepasó límites” y que “tomó decisiones unilaterales sin consultar a la dirección”. Eso suena mal.

—¿Verdad que sí? —La sonrisa de Leticia se ensanchó—. Y, además, es cierto. Caeli tiene la costumbre de creer que sabe más que todos los demás. Llega, resuelve el problema a su manera y, luego se sorprende cuando la gente le guarda resentimiento.

—Entonces filtramos esto a la junta de David —dijo Karla lentamente—. Hacemos que parezca un riesgo. Alguien incapaz de seguir protocolos.

—Exactamente. Pero no nos detendremos ahí. También vamos a filtrar información personal. Cosas que la hagan parecer inestable.

Los ojos de Karla se entrecerraron.

—¿Como qué?

Leticia dudó un instante.

Luego dijo:

—El secuestro.

La habitación quedó en silencio.

Karla la miró fijamente.

—¿Quieres filtrar la historia del secuestro?

—No toda la historia. Solo fragmentos. Lo suficiente para que la gente cuestione su juicio.

Su estabilidad mental. —Su voz era fría, clínica—.

Piénsalo. Fue secuestrada a los seis años.

Estuvo cautiva durante un mes. Ese tipo de trauma no desaparece simplemente.

¿Y si insinuamos que nunca lo superó? ¿Que ha pasado toda su vida huyendo de ello, saltando de trabajo en trabajo, incapaz de mantener relaciones estables?

—Eso es... brutal.

—Es estratégico. —Leticia sostuvo su mirada—. Y es verdad, ¿no? Ha estado huyendo. Nunca enfrentó lo que pasó. Solo finge que está bien y espera que todos los demás, hagan lo mismo.

Karla permaneció callada por un momento, girando el vino en su copa.

Finalmente preguntó:

—¿Y David? Él también fue secuestrado. ¿No terminará afectándolo a él?

—Tal vez. Pero David es un CEO. Tiene abogados y expertos en relaciones públicas para proteger su imagen. Caeli no. Ella es simplemente... Caeli. Sola. Vulnerable. —La sonrisa de Leticia era glacial—. Y exactamente así es como la queremos.

Karla bebió un largo trago.

—Está bien. Estoy dentro. ¿Qué necesitas de mí?

Leticia abrió un nuevo documento. Una línea de tiempo que había estado construyendo durante semanas.

—Necesito que contactes a antiguos compañeros de trabajo de Caeli. Personas a las que no les agradaba. Consigue que hablen sobre su “comportamiento errático” o su “mal juicio”. Nada demasiado hostil. Solo lo suficiente para sembrar dudas.

—Puedo hacerlo. —Karla sonrió—. Soy buena haciendo que la gente hable.

—Lo sé. —Leticia siguió revisando el documento—. También necesito que vigiles sus redes sociales. Mira si publica algo que podamos manipular. Cualquier cosa que la haga parecer poco profesional o inestable.

—Casi nunca publica nada.

—Entonces tendremos que ser creativas. —Levantó la vista—. ¿Y sus amigos? ¿Tiene a alguien cercano? ¿Alguien que pueda decir algo que podamos usar?

Karla pensó un momento.

—Maya. Su compañera de universidad. Creo que siguen siendo muy amigas.

—Perfecto. Habla con ella. Finge que estás preocupada por Caeli. Dile que temes que esté sobrepasada con este nuevo trabajo. A ver si Maya dice algo que podamos tergiversar.

La sonrisa de Karla se volvió más amplia.

—Eres diabólica.

—Soy protectora. —La voz de Leticia se endureció—. Caeli ha vivido toda su vida aprovechándose de la simpatía y la suerte. Es hora de que alguien le recuerde que el mundo no le debe nada.

—Amén. —Karla levantó su copa—. Por derribar a la niña dorada.

Leticia chocó su copa contra la de ella.

—Por la justicia.

Bebieron.

KARLA10:23 PM

Karla estaba deslizando el dedo por la pantalla de su teléfono cuando dijo:

—¿Sabes cuál es la parte más hermosa de todo esto?

—¿Cuál? —preguntó Leticia.

—Que no tiene la menor idea de que vamos por ella. —La sonrisa de Karla era afilada, depredadora—. Cree que solo somos sus hermanas amargadas y celosas. No se da cuenta de que llevamos meses planeando esto.

Leticia se recostó en su asiento mientras hacía girar el vino en la copa.

—La subestimación es una ventaja táctica. Que siga creyendo que somos emocionales e impulsivas. Mientras tanto, nosotras llevamos tres movimientos de ventaja.