La pastelera de los martes tristes Capítulo 28
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Capítulo 28

El quince de diciembre, martes, día de la fiesta patronal de Peñalisa, amaneció con el peor temporal que recordaba el pueblo y con Mariona en el obrador, a oscuras, rallando limones.

Había empezado antes del alba. No para vender —nadie iba a comprar dulces el día que cerraba la tienda—, ni para curar a nadie, que era martes y su magia no servía.

Los hacía por otra cosa. Por una vez, Mariona horneaba el pastel de limón y lavanda de su abuela sin ningún destinatario práctico, sin encargo, sin pena ajena que aliviar.

Lo horneaba para dar el último paso. El octavo. El que llevaba medio siglo en blanco.

Siguió la receta como quien reza. Los tres limones «de los amarillos de verdad», la ralladura sin llegar a lo blanco, el pellizco de lavanda «poca, que perfume y no amargue», la crema en su punto, el horno, el tiempo.

Los siete pasos, uno a uno, con un cuidado que no le ponía desde niña, cuando Rosa le sujetaba las manos por encima de las suyas para enseñarle.

Y esta vez los hizo pensando en sí misma.

No en Sabino, ni en Consuelo, ni en Candela, ni en ninguno de los cientos de rotos a los que había horneado consuelo a lo largo de los años.

En ella. En la Mariona que se había pasado la vida detrás de la barra sirviendo a los demás su propio corazón en porciones y guardándose siempre el último trozo, el que no sabía cómo comerse.

Amasó despacio, y lloró un poco sobre la masa, y no le importó, porque las lágrimas también son agua y salan la vida igual que salan el pan.

Y cuando el pastel salió del horno, dorado y perfecto, oliendo a toda su infancia, Mariona lo dejó enfriar en el plato del ribete azul y se quedó mirándolo, sabiendo que le faltaba el paso que no se hornea.

Fuera, el pueblo se preparaba para la fiesta con esa terquedad de la gente de mar que no le pierde el respeto al temporal pero tampoco le cede una fiesta de guardar.

Habían montado el chiringuito bajo el soportal del ayuntamiento, habían atado las lonas, y la banda ensayaba a cubierto un pasodoble que el viento se llevaba a jirones.

Peñalisa entera iba a celebrar a su patrona bajo la lluvia, como llevaba haciéndolo cuatrocientos años, aunque el mar estuviera aquel día negro y enorme y golpeara el espigón levantando cortinas de espuma que llegaban hasta la plaza.

Era un día imposible para una fiesta y un día imposible para una firma, y las dos cosas iban a pasar de todas formas, porque el calendario no entiende de tormentas.

Y a las diez, cuando Mariona ya se había puesto el vestido bueno, el de su abuela, porque un día así se merecía el vestido bueno aunque fuera el día de perderlo todo, empezó a llegar la gente. No a comprar. A acompañar.

Primero Toña, con un paraguas del revés, indignada con la inmobiliaria y con el mundo.

Luego Emérito, tieso bajo su gabardina, que se sentó en su taburete de siempre sin decir nada, como montando guardia.

Luego Sonia y Candela, la niña con un chubasquero amarillo y los ojos muy abiertos.

Luego la Remedios, y el de la lonja, y dos o tres más, hasta que la confitería se llenó de vecinos mojados que no venían a llevarse nada, sino a estar allí el último día, a hacerle compañía a la tienda de Rosa en su velatorio.

Mariona los miró a todos, apretados en su local calentito mientras fuera rugía el temporal, y sintió una cosa que le costó reconocer porque nunca se la había permitido: se sintió acompañada.

Ella, que siempre acompañaba. Por una vez estaban allí por ella.

—No os vais a librar de mí tan fácil —dijo Toña, y le puso a Mariona una mano en el brazo—. En cuanto abras donde sea, allí estoy yo con mi cabeza para que me la dejes hecha un cristo, como siempre.

Y Emérito, sin levantar la vista de su café:

—Rosa aguantó cincuenta años en esta esquina. Tú no vas a durar menos por cuatro señores de traje. —Carraspeó—. Esto no se acaba hoy, niña. Los pueblos somos más tercos que las inmobiliarias.

A Mariona se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Aquel día no tocaba llorar en la trastienda. Aquel día tocaba dejarse ver.

Y entonces, sobre las once, con la plaza ya llena de paraguas y la banda arrancando el pasodoble, la campanilla de la puerta sonó por encima del ruido del agua, y entró Adrián.

Venía calado hasta los huesos, sin paraguas, con ojeras de dos noches sin dormir y una cara que Mariona no le había visto nunca: la de un hombre que ha tomado una decisión y ha dejado de tener miedo de tenerla.

No venía de Peñalisa. Venía de la carretera, de Santander, de dos horas de tormenta.

Y traía algo en la mano, protegido bajo la chaqueta: no flores, no un regalo. Una carpeta y unos folios doblados.

El pueblo entero se calló. Todos sabían quién era. El Vega. El que venía a quitar la tienda. Emérito se levantó a medias del taburete, receloso. Pero Adrián no miró a nadie más que a Mariona.

—No he firmado —dijo, sin preámbulos, con la voz ronca de cansancio—.

Era hoy. A las doce, en Santander, tenía que firmar la venta con mi tía y con la promotora.

Y no he ido. Los he dejado plantados con el notario puesto.

—Tragó—. Se lo he dicho a Nuria a la cara esta mañana, en el hospital, delante de mi abuelo.

Que no firmo. Que la tienda de Rosa no se vende.

Que ya encontraremos la manera de pagar la residencia, pero no así, no con esto.

Un murmullo recorrió la tienda. Candela dio un saltito. Mariona no dijo nada, porque tenía el corazón en la garganta.

—Y hay una manera —siguió Adrián, y por primera vez le tembló algo que no era miedo, sino esperanza, que da más miedo todavía—.

Anoche, velando a mi abuelo… volvió. La música.

Después de tres años, volvió. Me pasé la noche entera oyéndola dentro, sin poder pararla, y por la mañana llamé a un tipo con el que trabajaba antes, un productor, y le dije que estaba de vuelta, que aceptaba el encargo que llevaba dos años diciéndole que no.

Hay un contrato, Mariona. Pequeño, pero real.

Un anticipo. Lo suficiente para que el banco me escuche.

Lo suficiente, con tiempo, para comprarle a mi familia este edificio y quedarme yo con él y con la residencia del abuelo.

No es seguro. Habrá que pelearlo meses. Pero es de verdad, y es a cara descubierta, y lo he puesto en marcha antes de venir aquí, para no venir con las manos vacías a pedirte nada.

Dejó la carpeta sobre la barra, entre los dos, mojada de lluvia.

—No vengo a salvarte la tienda —dijo, más bajo—.

Sé que no quieres que te salve nada nadie.

La tienda a lo mejor la salvamos entre todos, o a lo mejor no, eso está por ver.

Vengo a decirte que me equivoqué yéndome cuando me echaste.

Que un hombre que te quiere de verdad no se va porque se lo pidas con la boca cuando le estás gritando lo contrario con los ojos.

Que tenía que haberme quedado. Y que he vuelto a componer, Mariona, después de tres años de silencio, y ¿sabes dónde se me encendió la primera nota?

Aquí. En este pueblo. En esta tienda. La primera música que oigo en tres años huele a limón.

El pueblo entero contenía la respiración. La banda, fuera, tocaba. Y Mariona, detrás de la barra, en el sitio exacto donde Rosa había esperado medio siglo, entendió que había llegado su momento. No el de él. El suyo. El octavo paso no lo daba Adrián viniendo. Lo daba ella recibiéndolo.

Cogió el pastel. El de limón y lavanda. El del último paso.

Y en lugar de quedarse detrás de la barra, en su fortaleza, en su sitio de la que sirve y no se deja servir, Mariona rodeó el mármol, salió al otro lado, al lado de los clientes, al lado de la gente, y se plantó delante de Adrián con el plato del ribete azul en las manos.

—Este pastel no te va a curar —le dijo, y le tembló la voz, y dejó que le temblara—.

Ya lo sé. Eres el único al que nunca le ha hecho nada.

Al principio me ofendía. Ahora sé que eres justo la persona a la que hay que dárselo.

Porque a ti no puedo curarte, Adrián. No puedo arreglarte con azúcar como arreglo a los demás.

Contigo solo puedo hacer una cosa, la que llevo toda la vida sin saber hacer.

—Le acercó el plato—. Puedo dejar que me veas.

Hoy, que es el día que lo he perdido todo, que es martes, que es el día que me creo más inútil, que es el día en que no valgo para nada porque no puedo curar a nadie…

hoy te doy esto. No para arreglarte. Para que me veas a mí.

Rota. Sin oficio. Sin nada que ofrecerte más que yo.

Y le puso el pastel delante. El último paso.

El que Rosa dejó en blanco cincuenta años.

Dado, por fin, por una mujer Prado, no a quien podía curar, sino a quien no podía; no desde la barra, sino desde el mismo lado; no como la que da, sino como la que, por primera vez, se dejaba mirar mientras temblaba.

Y le costó un mundo. Nadie que no haya vivido dentro de una coraza treinta y dos años sabe lo que cuesta quitársela delante de testigos, lo desnuda que se queda una, lo mucho que gritan todos los músculos que quieren volver a cerrarse, a hacer una broma, a ofrecer un café, a esconderse otra vez detrás del oficio.

Mariona sintió todo eso, el vértigo entero de dejarse ver, y aun así se quedó quieta, con las manos vacías después de soltar el plato, sin nada que hacer con ellas, sin nada que ofrecer, expuesta.

Fue lo más difícil que había hecho en su vida.

Más que enterrar a Rosa. Más que sostener sola la tienda.

Porque aquellas cosas las había hecho siendo fuerte, y esto lo hacía siendo, por fin, débil delante de alguien.

Adrián dejó los folios. Cogió el plato. Y en lugar de comérselo, lo dejó otra vez en la barra, dio un paso, y la abrazó, allí, delante de todo el pueblo, delante de Emérito y de Candela y de Toña, con las dos manos en su cara.

Le apartó el pelo mojado de sal y de harina, la miró como no la había mirado nadie en su vida, como se mira lo que se ha estado buscando sin saber su nombre, y le dijo al oído una cosa que solo oyó ella —«ya no estás sola, ¿me oyes?

, se acabó lo de estar sola»— que la deshizo entera.

Y luego la besó, largo, hondo, con la lluvia golpeando el cristal y la banda tocando fuera y medio pueblo aplaudiendo y Candela chillando de alegría y Bizcocho ladrando, y Mariona, por primera vez en su vida, no fue la que consolaba a nadie.

Fue la consolada. La vista. La sostenida.

La que se dejó, por fin, caer en unos brazos que no había pedido y que resultaron estar ahí de todas formas.

Y —esto era lo importante, lo que lo cambiaba todo— él no la había salvado.

Ella se había salvado sola, la víspera, en aquel obrador vacío, entendiendo lo que entendió.

Adrián no había venido a rescatar a una damisela; había venido a encontrarse con una mujer que ya se había puesto de pie por su cuenta.

Y ella no lo había curado a él con ningún pastel; él se había desatascado solo, dos noches atrás, junto a la cama de un viejo moribundo, con una música que volvió porque tenía que volver.

Se habían salvado cada uno por su lado. Y por eso, justamente por eso, podían por fin quererse sin hundirse: porque ninguno de los dos era ya el flotador del otro.

Eran dos personas que sabían nadar, dándose la mano en el agua por gusto, no por miedo a ahogarse.

Fuera, el temporal seguía. Pero dentro, algo se movió.

Lo notó Mariona en el aire, un cambio pequeño, como cuando en una casa se abre por fin una ventana que llevaba años atascada.

Y lo notó también, sin saber por qué, la vieja Remedios del estanco, que llevaba meses sin dormir por lo de su hermana, y que aquel martes —aquel martes imposible en que la magia no debía funcionar— cogió un trozo del pastel que Mariona había dejado en la barra, se lo comió sin pensar, y sintió, por fin, que algo muy apretado se le aflojaba un poco por dentro.

Un martes. Curando. Por primera vez en la historia de aquella casa, un martes que consolaba.

Porque el paso estaba dado. La promesa, después de medio siglo, se había cerrado.

No la de Rosa y Tomás, que esa llegaba tarde y no tenía arreglo.

La otra. La de la casa. Alguien de aquella familia había dejado por fin de curar el tiempo suficiente como para dejarse curar, y la casa entera, aliviada, había vuelto a respirar.

La magia no había salvado a nadie. Solo reflejaba, como un espejo por fin limpio, que la mujer que la sostenía se había salvado sola.

—Tengo que contarte una cosa de mi abuelo —le dijo Adrián al oído, cuando se separaron, con la frente pegada a la suya—.

Está muy mal, Mariona. Le queda poco. Pero esta mañana, un momento, me ha mirado y me ha conocido.

Ha habido un instante. —Tragó—. Y he pensado en el plan.

En el nuestro. Creo que, si nos damos prisa, todavía podríamos…

—Sí —dijo Mariona, sin dejarle terminar, porque ya sabía adónde iba y porque, por una vez, no había que convencerla de nada—. Vamos a por él. Hoy. Ahora mismo, si hace falta. Antes de que sea tarde. Que ya hemos llegado bastante tarde en esta familia.

Se lo dijo mirándolo a los ojos, con el pastel a medio dar entre los dos y el pueblo entero todavía apretujado alrededor, y en aquella prisa suya había algo nuevo: ya no era la prisa de la que corre a arreglarle la vida a otro para no mirar la suya.

Era la prisa de dos personas enteras que quieren llegar a tiempo de dar, a dos viejos que no pudieron, el consuelo que ellos sí estaban a tiempo de darse.

Emérito, desde su taburete, los miraba con los ojos húmedos y una sonrisa que no le cabía en la cara de gruñón, y por una vez no fingió que era el café lo que le picaba en los ojos.

Y fuera, sobre la plaza empapada y la banda tozuda y el pueblo entero apretado en la puerta de una confitería encendida en mitad de la tormenta, siguió cayendo el agua, indiferente y limpia, sobre dos personas que, cada una por su cuenta y las dos a la vez, acababan de aprender a bajar a la parada.

La misma lluvia que llevaba cincuenta años cayendo sobre una historia rota caía ahora sobre una que empezaba a recomponerse.

Y aunque nada estaba resuelto todavía —ni el local del todo salvado, ni el abuelo salvado en absoluto, ni la vida por delante nada fácil—, por primera vez en un año largo, en aquella esquina de un pueblo de la costa, un martes, bajo el peor temporal del año, las cosas iban en la dirección buena.