La pastelera de los martes tristes Capítulo 25
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Capítulo 25

Nuria lo llamó la noche del trece, con el viento aullando fuera, para decirle que el abuelo se moría.

No lo dijo así, claro. Dijo que le habían subido a Tomás a un hospital de Santander, que tenía una neumonía, que a su edad y con lo suyo era serio, que fuera.

Pero Adrián, que llevaba tres años aprendiendo a leer entre las líneas de los partes médicos, oyó lo que Nuria no decía: que a lo mejor era el final, y que fuera por si acaso, por si había que despedirse.

Condujo las dos horas de costa en plena tormenta, con el limpiaparabrisas rendido y el mar invisible reventando contra los acantilados a su izquierda, y en todo el camino no pensó en la firma del quince, ni en la tienda, ni siquiera en Mariona, de la que llevaba un día sin saber nada porque él mismo se había ido cuando ella se lo pidió.

Pensó solo en el viejo. En el abuelo que le enseñó a silbar.

En que se le estaba muriendo el último eslabón de todo aquello sin que le hubieran dado tiempo a arreglar nada.

O casi solo en el viejo. Porque una parte de él, la que no se apagaba nunca, se pasó las dos horas registrando, con una precisión cruel, que estaba haciendo aquel viaje solo.

Que unas semanas atrás lo habría hecho con Mariona en el asiento del copiloto, los dos yendo a ver al abuelo de él con un pastel de ella en una caja atada con cordel.

Que la última vez que recorrió aquella carretera hacia Tomás fue con ella al lado y una esperanza tonta encendida.

Y que ahora la recorría solo, con la esperanza apagada, hacia un hospital en vez de hacia una residencia, a despedirse en vez de a preguntar.

En unas semanas se había estropeado todo.

Y una parte de la culpa, lo sabía, la llevaba él en el bolsillo, junto con las llaves del coche.

El hospital olía a lo que huelen los hospitales de madrugada: a desinfectante, a café malo, a espera.

Adrián lo conocía bien. Se había pasado los cuatro últimos meses de vida de su madre en un pasillo igual que aquel, con la misma luz de tubo fluorescente que no distingue el día de la noche, y volver a entrar en uno le revolvió por dentro cosas que creía enterradas.

Los hospitales, pensó, eran las salas de espera de las despedidas, y él ya había esperado demasiadas.

Nuria estaba en el pasillo, con un café de máquina intacto en la mano y los ojos de no haber llorado todavía por no empezar.

Se abrazaron, cosa que no hacían desde el entierro de la madre de Adrián, y no se dijeron gran cosa, porque no hacía falta.

Dos huérfanos de la misma mujer velando ahora al padre de esa mujer.

La familia entera cabía ya en aquel pasillo, en dos personas cansadas y una cama al fondo.

—Está estable dentro de lo malo —dijo Nuria—.

Los médicos no se mojan. A su edad, una neumonía…

ya sabes. Puede tirar, puede no tirar. —Le tembló la barbilla—.

Está sedado. No se entera de nada. Lleva así desde ayer.

Ni un momento claro. —Se pasó la mano por los ojos—.

Yo pensaba que tendríamos más tiempo. Todo el rato pensando «cuando pase lo de la venta, cuando esté todo arreglado, lo llevo más a menudo, me siento con él, le pregunto cosas de antes».

Y ya ves. No hay cuando. Nunca hay cuando.

Se te muere la gente en el hueco entre lo que ibas a hacer y lo que hiciste.

Aquella frase de Nuria, dicha sin ninguna intención de filosofar, solo de puro agotamiento, se le quedó a Adrián clavada, porque era la historia de su familia entera.

Gente buena que iba a hacer las cosas importantes «cuando».

Cuando pasara lo otro, cuando fuera el momento, cuando reuniera el valor.

Y el «cuando» no llegaba nunca, y la vida se les iba en el hueco.

Y ahí, en el pasillo, con aquella frase, Adrián sintió que se le caía encima la parte del coste que aún no había pagado.

Ni un momento claro. La ventana se había cerrado.

Los martes buenos del abuelo, los que Merche les había enseñado a esperar, se habían acabado sin avisar, de un día para otro, como se acaban las cosas de verdad.

Ya no habría un martes en que Tomás saliera de la niebla y se acordara de Rosa y de la parada y del pastel de limón.

Ya no habría reunión. El plan que Mariona y él habían hecho una tarde en el obrador, tibios de esperanza, planeando llevar al viejo a la confitería y terminarle el pastel y contarle que lo habían esperado, se moría aquella noche en una cama de hospital, a la vez que se moría el viejo, antes de haber podido ejecutarse.

Entró a verlo. Le dejaron pasar un rato, solo.

Y encontró a su abuelo hecho una cosa pequeña entre las sábanas blancas, con una mascarilla de oxígeno empañándose y desempañándose al ritmo de una respiración que costaba, los ojos cerrados, las manos grandes quietas encima de la manta como las había visto quietas en el sillón de la residencia, solo que ahora sin la manta de cuadros, sin el pinar, sin nada suyo.

Un hombre grande reducido a un cuerpo que respiraba con dificultad en una habitación que no era la suya.

Adrián acercó una silla y se sentó al lado. Le cogió una de aquellas manos, la que no tenía la vía, y se la sostuvo. Estaba caliente de fiebre y no apretó la suya. No había nadie detrás de aquella mano aquella noche. Solo un cuerpo cansado haciendo su último trabajo.

—Hola, abuelo —dijo, en voz baja, porque a los que se van hay que hablarles aunque no contesten—. Soy Adrián. El hijo de Elena. Tu nieto. —Tragó—. Ya sé que no te acuerdas. No pasa nada.

Le habló un rato, a media voz, sin saber muy bien si lo hacía por el viejo o por él.

Le contó cosas. Que había ido a Peñalisa, al pueblo, ¿se acordaba de Peñalisa?

Que había conocido a una mujer allí, una pastelera, la nieta de Rosa.

Que Rosa había sido buena con él sin conocerlo, a través de su nieta, a través de una tienda y una foto y un pastel de limón.

Le dijo el nombre de Rosa despacio, dos veces, por si en algún rincón de aquella cabeza rota quedaba un cable suelto que la reconociera y le diera un momento, un solo momento de luz.

No lo hubo. La mano no se movió. La respiración siguió costando, empañando y desempañando la mascarilla, indiferente a todo lo que Adrián tenía dentro.

El nombre de Rosa, que semanas atrás había sacado a Tomás entero del fondo de un pozo en un martes bueno, aquella noche no encontró a nadie a quien llamar.

La casa estaba vacía. El inquilino se había ido ya casi del todo.

Se quedó un rato así, sosteniéndole la mano, escuchando la máquina, el pitido regular, el viento aporreando la ventana del hospital. Y en aquel rato, casi sin darse cuenta, hizo la cuenta que llevaba semanas sin hacer del todo. La cuenta del coste.

Cincuenta años. Aquel hombre y Rosa se habían querido a los veinte y no habían tenido el valor, ni él de bajar a la parada ni ella de subirse a otro coche, y por esa falta de valor se habían pasado cincuenta años separados, cada uno esperando en su orilla a que el otro cruzara.

Cincuenta años de martes. Y ahora Rosa llevaba un año muerta y Tomás se apagaba en un hospital sin saber ya ni su propio nombre, y entre los dos, en toda una vida, no habían juntado más que una tarde de juventud, una foto y un pastel a medias.

Todo lo demás —la casa que podrían haber compartido, los hijos que podrían haber tenido, las mañanas, los inviernos, la vejez juntos, las cosas pequeñas y diarias que son en realidad la vida entera— todo eso no había existido.

Se lo había tragado el miedo. Y ya no había manera de devolvérselo.

Adrián intentó imaginarlo, y fue peor imaginarlo.

Los dos, ancianos, en la puerta de la confitería, tomando el sol de la tarde.

Tomás bajando cada mañana a por el pan y quejándose del precio, como Emérito.

Rosa riñéndole con cariño. Cincuenta navidades.

Cincuenta cumpleaños. Nietos de verdad, comunes, que habrían sido a la vez de los Prado y de los Vega y habrían mezclado las dos sangres que ahora, medio siglo tarde, se mezclaban en él y en Mariona sin poder ya darles nada a ellos.

Toda esa vida existía en alguna parte, en el mundo de las cosas que pudieron ser, nítida, posible, robada.

Y no la iba a recuperar nadie. Ni aunque Tomás despertara lúcido un minuto, ni aunque le contaran mil veces que Rosa lo esperó, ni aunque le terminaran el pastel y se lo pusieran delante.

Nada de eso les devolvía los cincuenta años.

Lo perdido estaba perdido para siempre. Esa era la parte que no tenía arreglo, la que ningún final feliz podía maquillar: que había una vida entera, la de dos personas buenas que se querían, que no se había vivido, así de simple, y que ya no se iba a vivir nunca.

A Adrián se le saltaron las lágrimas en silencio, sin sollozos, sin aspavientos, las lágrimas cansadas de quien entiende una cosa demasiado grande.

Lloró por su abuelo. Lloró por Rosa, a la que no había conocido y de la que se sentía, de un modo absurdo, nieto también.

Y lloró, sobre todo, porque en aquella cama de hospital estaba viendo su propio futuro con una nitidez que daba pánico.

Porque él era igual. Esa era la verdad que la habitación le ponía delante sin piedad.

Tomás, a los veintitrés, se dijo cosas razonables y no bajó a la parada, y se pasó la vida administrando esa ausencia hasta convertirse en aquel cuerpo pequeño bajo una mascarilla, solo, sin la mujer que quiso, con un nieto que le sostenía una mano que ya no apretaba.

Y Adrián, a los treinta y seis, se estaba diciendo cosas razonables —los números no salen, no puedo arruinarme, hay que ser sensato— para no arriesgarse por Mariona, exactamente igual, con el mismo miedo disfrazado de prudencia.

Iba camino de ser aquella cama. Iba a firmar el quince, iba a volver a Santander, iba a administrar la pérdida de Mariona como llevaba tres años administrando la de su madre y la de su música, con orden, con sensatez, con cobardía, y dentro de cincuenta años sería un viejo solo en una residencia diciéndole a una cuidadora «este martes voy, este martes se lo digo», sin haber ido nunca.

Lo veía con una claridad de pesadilla. Se veía a sí mismo dentro de medio siglo, en un sillón junto a una ventana, con una manta de cuadros que no habría pedido, repitiendo el nombre de Mariona a gente que no sabría quién era Mariona, contándole a una cuidadora paciente que hubo una vez una pastelera en un pueblo de la costa a la que quiso y a la que no supo quedarse.

Se veía convertido en la nota final de una canción que su familia llevaba tres generaciones tocando: la del hombre que quiere y no se atreve, que espera el momento y deja que el momento se muera, que prefiere la pena ordenada de la ausencia al riesgo desordenado de la presencia.

Los Vega no bajaban a la parada. Se lo había dicho Emérito con desprecio y era verdad.

Y él estaba a punto de firmar, con su propia mano, la enésima edición de aquella cobardía familiar.

—No quiero ser tú, abuelo —dijo, muy bajo, apretándole la mano que no le devolvía el apretón—. Te quiero, pero no quiero ser tú. Y voy a serlo. Lo estoy siendo ya.

Tomás no contestó. La máquina siguió pitando.

Fuera, el temporal arreciaba sobre la ciudad y sobre la costa entera, sobre Santander y sobre Peñalisa, sobre el hospital y sobre una confitería a oscuras donde una mujer que él había echado de su vida estaría, a aquella misma hora, sola con su propia noche.

Dos personas rotas, cada una en su orilla, cada una velando su propia pérdida, sin cruzar las dos horas de carretera que las separaban.

Igual que sus abuelos. Punto por punto. La misma historia, con teléfonos móviles que ninguno de los dos usaba para llamar al otro.

Nuria entró al rato y se sentó al otro lado de la cama, y velaron juntos al viejo, tía y sobrino, en silencio, mientras la noche más larga del año se hacía más larga todavía.

Se turnaron para bajar a por café. Se contaron, a ratos, cosas de la madre de Adrián, de cuando eran jóvenes, de un verano en la playa, pequeñas monedas de memoria que sacaban para no quedarse solos con el pitido de la máquina.

Reconstruyeron un poco de familia en aquella habitación, lo poco que quedaba, dos supervivientes haciendo inventario.

En algún momento, hacia el amanecer, el médico de guardia pasó, miró las constantes, ajustó algo, y dijo que el abuelo había aguantado la noche, que la fiebre cedía un poco, que a lo mejor tiraba unos días más, que no se confiaran.

Nuria lloró entonces, de puro agotamiento y de puro alivio provisional, y Adrián le pasó el brazo por los hombros.

Pero él no sintió alivio. Sintió solo la magnitud del coste, entera, sentada en la habitación con ellos.

Porque unos días más no era una vida. Unos días más de niebla y de mascarilla no le devolvían a Tomás ni una hora de los cincuenta años que perdió.

El viejo iba a tirar unos días, o unas semanas, o unos meses, y luego se iba a morir de todas formas, sin haber recuperado nada, y con él se iba a morir el último testigo de una historia de amor que no llegó a ser historia de nada porque a nadie le alcanzó el valor a tiempo.

Ese era el coste, y no tenía descuento: no la muerte, que a todos llega, sino la vida que no se vivió antes de la muerte.

Los inviernos vacíos. Las camas de una sola persona. Los martes.

Salió al pasillo del hospital cuando clareaba, a que le diera el aire, y se quedó mirando por una ventana la ciudad gris azotada por la lluvia.

Faltaban unas horas para el quince. Para la firma.

Para perderlo todo del modo ordenado y sensato en que él sabía perder las cosas.

Y por primera vez en tres años, mirando amanecer sobre una ciudad en tormenta con su abuelo muriéndose a su espalda, Adrián sintió, muy lejos, muy débil, como una nota sola en mitad de un silencio de años, algo que no era resignación.

Algo que se parecía peligrosamente a la rabia.

A las ganas de no firmar. A las ganas, por una vez en su vida, de bajar a la maldita parada aunque se hundiera el mundo.

No supo aún qué hacer con aquello. Era demasiado pequeño, demasiado tarde, demasiado tímido.

Una nota no es una canción, y unas ganas no son una decisión.

Pero estaba ahí, la nota, temblando en el silencio, negándose a apagarse.

Por primera vez desde que se murió su madre, dentro de Adrián, en el peor momento posible, en el pasillo de un hospital con la firma a unas horas y el amor perdido a dos horas de carretera, algo había vuelto a sonar.

Y esta vez decidió, contra toda su costumbre de tres años, no callarlo.