La pastelera de los martes tristes Capítulo 23
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Capítulo 23

La llamada de la promotora llegó un lunes de diciembre, y en tres minutos se llevó por delante todo lo que Adrián había construido en el obrador de Mariona la semana anterior.

Fue el director de expansión, un hombre de voz cordial y plazos de acero, el que se lo dijo sin adornos: la operación llevaba demasiado tiempo parada, el consejo de la promotora se estaba impacientando, y habían decidido poner una fecha límite.

O la familia Vega firmaba la venta de la manzana entera —entera, con la confitería dentro— antes del dieciséis de diciembre, o se retiraban de la operación y buscaban suelo en otro pueblo.

Sin la confitería no había manzana; sin manzana no había trato.

Era eso, o nada. Y era antes de Navidad, no en enero.

El «hasta enero» que Nuria le había arrancado a la vida se había quedado en tres semanas escasas.

Adrián colgó y se quedó un rato mirando el teléfono, como si el aparato tuviera la culpa.

Tres semanas. En la semana buena, la del plan y los besos y la esperanza tímida, se le había olvidado una cosa elemental: que la gente que mueve manzanas enteras no espera a que dos nietos recosan una herida de hace medio siglo.

Para la promotora aquello no era una historia.

Era una parcela. Y las parcelas tienen calendario.

Se puso a hacer números como un poseso, porque los números eran lo único que podía oponer a aquello.

Y los números no salían. No salían de ninguna manera.

Sus ahorros de los años buenos, los de cuando llenaba salas y firmaba bandas sonoras, se habían ido consumiendo despacio en tres años de no ganar un euro, de vivir de las rentas de una carrera muerta.

Quedaba menos de lo que él creía. Para comprarle a la familia su parte del edificio y asumir además los tres mil euros al mes de la residencia del abuelo hasta el final de sus días, hacía falta mucho más de lo que Adrián tenía y mucho más de lo que ningún banco iba a prestarle en tres semanas a un hombre sin nómina, sin trabajo y sin más aval que una reputación que llevaba tres años sin producir una sola nota.

Lo intentó igual. Llamó a un banco, y luego a otro, y a un tercero.

Habló con un antiguo mánager. Removió contactos que llevaba años sin tocar, gente que hacía tiempo que no le devolvía las llamadas porque un compositor que no compone deja de ser útil muy rápido en aquel mundo.

Y en cada conversación se encontró con la misma pared educada: en tres semanas, no.

Con esos ingresos, no. Tráiganos algo firmado, una perspectiva de trabajo, un proyecto, y hablamos.

Pero él no tenía nada firmado. Llevaba tres años sin firmar nada.

Su silencio, el de la música que no le salía, le estaba costando ahora, con una crueldad de chiste, la casa de la mujer a la que quería.

Un banco le insinuó que, si volvía a componer, si había una banda sonora en marcha, un contrato, un anticipo de una productora, la cosa cambiaría.

Y Adrián colgó, porque no podía prometerle a un banco lo que llevaba tres años sin poder prometerse a sí mismo: una sola nota.

Fue a Santander a ver a Nuria con la esperanza estúpida de que ella encontrara una salida que a él se le escapara.

No la encontró. La encontró a ella, en cambio, más rota de lo que la había visto nunca, con la carta de la promotora sobre la mesa y la factura de la residencia al lado, las dos cuentas mirándose como dos animales a punto de pelear.

—No puedo, Adrián —dijo, antes de que él abriera la boca—.

Ya sé lo que vienes a pedirme. Que aguante.

Que le diga a la promotora que espere, que se busquen otro pueblo, que nos jugamos la venta entera por salvarle la tienda a tu chica.

Y no puedo. —Le empujó la factura de la residencia por encima de la mesa—.

Mira. Este mes ya lo he pagado con la tarjeta.

El que viene no sé de dónde lo saco. Papá necesita esa cama, Adrián.

La necesita cada día, se acuerde o no de que la necesita.

Y esa cama la paga la manzana. No la paga tu historia de amor, por bonita que sea.

La paga el cheque de la promotora, que es el único dinero de verdad que hay encima de esta mesa.

—Dame una semana más —dijo Adrián—. Una. Consigo el dinero.

—No lo vas a conseguir y lo sabes. —Nuria lo dijo sin dureza, que fue lo peor—.

Llevas tres semanas diciendo que lo consigues y no hay banco en España que te lo dé.

Te quiero, eres mi sobrino, eres lo único que me queda de mi hermana.

Pero no voy a dejar a mi padre sin residencia por una apuesta tuya que no sale.

Si tú tuvieras el dinero, sería distinto.

No lo tienes. —Se le quebró la voz, y por un momento la mujer dura, la del radar para los plazos, se deshizo en algo pequeño y cansado—.

¿Te crees que yo no lo veo? Veo lo que te ha pasado en ese pueblo.

Hacía tres años que no te veía la cara que tienes ahora.

Estás vivo otra vez, Adrián. Y me está matando ser yo la que tenga que apagarte eso.

Pero es mi padre. Es tu abuelo. No me pidas que lo elija a él o a ella, porque ya lo he elegido, y me odio bastante sin que encima me mires así.

—Recogió la carta—. Firmamos el quince. Un día antes del plazo.

Lo siento. Lo siento en el alma. Pero un cadáver de amor de hace cincuenta años no puede más que un padre vivo que necesita que le cambien los pañales.

Y ahí, en aquel piso de Santander, con las dos cuentas sobre la mesa, Adrián entendió que estaba partido por la mitad de una manera que no tenía arreglo bueno.

Que cualquier cosa que hiciera iba a hacerle daño a alguien que quería.

Si peleaba por la tienda hasta el final, dejaba a su abuelo sin cama, y no había amor que justificara eso.

Si dejaba caer la tienda, hundía a Mariona, repetía con ella exactamente lo que su familia le hizo a Rosa, se convertía en el Vega que había jurado no ser.

No había salida limpia. Solo había dos formas de fallar, y le tocaba elegir a quién.

Volvió a Peñalisa esa noche por la carretera del argayo, bajo una lluvia que ya empezaba a traer el olor del temporal que anunciaban, y encontró la primera herida ya abierta en el nido.

Porque la promotora no había perdido el tiempo: aquella misma tarde habían mandado a dos aparejadores con chalecos reflectantes a fotografiar las fachadas de la manzana «para la documentación de la operación», y habían pegado en el escaparate de la confitería, junto al cartel escrito a mano de Rosa que anunciaba las pastas del día, un aviso impreso, frío, con el membrete de la inmobiliaria y una fecha.

La fecha del quince. La casa de Rosa, la de las tartaletas y el olor a limón, tenía pegado en el cristal el papel que anunciaba su desaparición.

Había algo obsceno en aquel contraste, y Adrián lo sintió como una bofetada.

El cartel de Rosa estaba escrito a mano, con rotulador, con faltas cariñosas y un dibujito de un limón que alguna vez había hecho la propia Rosa y que Mariona conservaba: «Hoy, tartaletas de limón y sobaos.

Encargos para el finde, avisar». Era un cartel que hablaba de mañana, de la semana que viene, de una vida que sigue.

Y al lado, la inmobiliaria había pegado un papel de láser, con un código de expediente y una fecha de caducidad, un papel que hablaba de un final.

Los dos carteles, uno junto al otro en el mismo cristal, resumían la historia entera: la vida hecha a mano de una mujer, tachada por la letra impecable de una empresa que nunca había puesto un pie en el pueblo.

Y delante del papel, cuando Adrián llegó, estaba medio pueblo.

Toña, con los rulos y la bata, indignada, diciéndole a quien quisiera oírla que aquello era una vergüenza y que ella no pensaba comprarle el pan a ninguna franquicia de las que ponen esos promotores.

Don Emérito, plantado con su paraguas como un centinela viejo, leyendo el aviso con una cara de odio antiguo que Adrián no le había visto nunca.

La Remedios del estanco, que había cerrado para venir.

Sonia, la madre de Candela, todavía con el uniforme de enfermera, recién salida de un turno.

Y Candela, la niña, agarrada de la mano de su madre, mirando el papel del escaparate sin entenderlo del todo pero entendiendo lo suficiente, porque los niños entienden el miedo de los adultos aunque no lean la letra pequeña.

Era eso lo que la promotora, con su fecha del quince y su código de expediente, no sabía que estaba comprando.

Creían que compraban metros cuadrados, tabiquería no portante, un solar bien situado.

Y estaban tirando abajo el único sitio de un pueblo entero donde una viuda dormía cinco horas seguidas, donde una niña sin padre tenía un dibujo colgado, donde un viejo cascarrabias desayunaba cada mañana fingiendo que no le gustaba el café.

Un nido no sale en ninguna tasación. Adrián lo había medido con láser en octubre, aquel mismo nido, sin verlo.

Ahora lo veía, entero, la tarde en que iba a ayudar a destruirlo.

—¿Es verdad? —le preguntó Candela a Adrián, en cuanto lo vio, con esa franqueza terrible de los ocho años—.

¿Vais a quitar la tienda de Mariona? ¿Tu familia?

—Frunció el ceño—. Tú eras el que le hacía reír.

El del bizcocho. Y ahora resulta que eres el que se la quita.

—Lo miró de arriba abajo, decepcionada de una manera que le dolió más que cualquier bronca de adulto—. No lo entiendo.