Capítulo 19
Adrián apareció el miércoles a media tarde, con la lluvia detrás y una excusa mala, y Mariona ya no se molestó en fingir que le sorprendía.
Venía casi cada día desde la residencia.
Se decía que era por lo de Tomás, por organizar la próxima visita, por los papeles del abuelo, pero los dos sabían que las excusas eran cada vez más finas y que ninguno tenía ya ganas de sostenerlas.
Aquella tarde traía una bolsa de la farmacia de Santander con unas cosas para el viejo y la cara de alguien que ha conducido dos horas por una carretera mala para ver a una persona y de paso, si eso, hacer un recado.
Desde el martes en la residencia se habían tocado sin tocarse una docena de veces: manos que se rozaban al pasarse una taza, hombros que se buscaban en el coche, silencios que se estaban poniendo densos.
Los dos lo sabían. Ninguno lo decía. Llevaban semanas en aquel centímetro y medio, sin cruzarlo, como sus abuelos habían pasado la vida en la parada sin subirse al coche.
—Cierra ya, anda —le dijo, al verla con el trapo—. Está lloviendo, no va a venir nadie. Y tengo que enseñarte una cosa del abuelo.
—Yo también tengo que enseñarte una cosa —dijo Mariona.
Bajó la persiana. Puso el cartel. Y cuando la tienda quedó cerrada, en penumbra, con la lluvia repiqueteando en el escaparate y el obrador todavía tibio del horno de la mañana, sacó el cuaderno de tapas de hule, que llevaba desde la madrugada anterior sin guardar, encima del mármol, y lo abrió por la página del pastel de limón.
—Anoche encontré esto —dijo—. No dormí después de lo de tu abuelo, bajé aquí, saqué el recetario de Rosa. Este pastel lleva toda mi vida con el último paso en blanco. Yo creía que se le había olvidado escribirlo. —Le acercó el cuaderno, le señaló el margen—. Mira lo que hay al lado del hueco.
Adrián se inclinó sobre la página, bajo la luz pequeña, y leyó el lápiz gastado. Mariona le vio moverse los labios sin voz. Para el martes en que vuelva. Y le vio entenderlo, igual que lo había entendido ella, con el mismo golpe callado.
—No lo dejó sin terminar por descuido —dijo Mariona, con la voz baja—.
Se guardó el último paso. El que cierra el pastel.
Se lo reservó para el día que volviera tu abuelo, para terminárselo delante de él.
Cincuenta años haciendo este pastel para todo el pueblo y parándose siempre un paso antes del final.
Guardándose el remate para un martes que no llegó.
—Tragó—. Y yo llevo toda la vida terminándolo a mi manera sin saber lo que hacía.
Cerrándole a diario a medio pueblo la promesa que ella guardaba para un solo hombre.
Adrián no dijo nada durante un rato largo. Miraba el cuaderno, la letra de Rosa, el hueco, con una emoción que le costaba tragar, y Mariona lo miraba a él, y entre los dos, sobre el mármol, estaban las cinco palabras a lápiz de una mujer muerta y toda la historia que compartían sin haberla pedido.
—Es lo mismo —dijo él al fin, ronco—. Es exactamente lo mismo que él.
—Se pasó la mano por la cara—. Yo tengo un abuelo en una residencia que lleva cincuenta años diciéndose «este martes bajo a Peñalisa y se lo pido».
Y tú tienes una abuela que llevaba cincuenta años dejando un pastel a falta de un paso «para el martes en que vuelva».
Estaban a dos horas de distancia. Dos horas.
Y no cruzaron esas dos horas ni una sola vez en medio siglo.
—Negó con la cabeza, incrédulo, dolido—.
¿Cómo se puede querer tanto a alguien y ser tan cobarde a la vez?
—Pregúntaselo a tu abuelo —dijo Mariona, sin reproche, solo triste—. Él lo dijo. Se puede ser un cobarde y querer con toda el alma. Las dos cosas a la vez.
—Ya. —Adrián cerró el cuaderno con cuidado, como si le pesara—.
Lo que más rabia me da es que no fue una desgracia.
No los separó la guerra, ni una enfermedad, ni el mar.
Los separó el miedo. Un padre con mano dura y dos chavales sin agallas para plantarle cara.
Se lo pusieron difícil y se rindieron. Y ya está.
Cincuenta años de infierno por no aguantar una tarde difícil.
—La miró, y en sus ojos había algo que iba más allá de sus abuelos—.
Me niego. ¿Me oyes? Me niego a que una historia de amor se muera de miedo. Otra vez no.
Y ahí quedó la frase, colgada en el aire tibio de la tienda, entre los dos, señalándolos, porque los dos sabían que no estaban hablando solo de dos viejos.
Mariona sintió que el corazón se le ponía a latir de otra manera, más fuerte y más despacio, como el de quien está a punto de hacer una tontería enorme y ha decidido hacerla igual.
Y se acordó de la noche de la harina. De la mano de Adrián limpiándole la mejilla, de lo cerca que habían estado, de aquel centímetro y medio que ninguno cruzó porque ella se acordó de la carpeta y dio un paso atrás y se puso el usted como un abrigo.
En su momento se había felicitado por lo sensata que había sido, por lo bien que había hecho en no complicarse.
Y ahora, con el recetario de Rosa abierto sobre el mármol, entendía que aquel paso atrás no había sido prudencia.
Había sido lo mismo que hacía Rosa cada vez que llegaba al final del pastel y se paraba un renglón antes.
Lo mismo que hizo Tomás al no bajar del coche.
La cobardía de las dos familias, disfrazada, como siempre lo estaba, de sentido común.
No pensaba volver a hacerlo.
—Adrián. —Le tembló la voz, y no le importó—.
Tengo miedo. Te lo digo claro, porque estoy harta de que en esta familia nadie diga las cosas claras.
Tengo un miedo horrible. Emérito me avisó, ¿sabes?
Me dijo: no repitas la historia de tu abuela, no te enamores de un Vega, no te quedes esperando a un hombre que se va a ir.
Y aquí estoy. Enamorándome de un Vega que se va a ir a Santander en cuanto acabe todo esto, que tiene la misma cara del que no volvió, y que encima trae en la carpeta la orden de quitarme la casa.
Sería para salir corriendo. Cualquiera con dos dedos de frente saldría corriendo.
—Cogió aire—. Pero mi abuela salió corriendo.
Salió corriendo toda la vida, hacia dentro, a esperar detrás de una barra.
Y mira cómo acabó. Así que no. Yo no voy a esperar a ver qué pasa.
No voy a quedarme quieta un paso antes del final como ella.
Prefiero equivocarme dando el paso que acertar sin darlo.
Y dio el paso.
Rodeó el mármol, se plantó delante de él, le cogió la cara con las dos manos manchadas de harina, y lo besó.
Lo besó como no había besado a nadie en su vida, con toda la valentía que a Rosa le había faltado, con cincuenta años de esperas ajenas empujándola por la espalda, y por un segundo temió haberse equivocado, haber leído mal, haberlo hecho todo al revés.
Pero solo un segundo. Porque Adrián reaccionó como quien lleva semanas conteniéndose y de pronto le dan permiso: soltó la bolsa de la farmacia, que cayó al suelo sin que ninguno de los dos la mirara, la agarró por la cintura, la atrajo, le devolvió el beso con una intensidad que la levantó de puntillas, y el miedo se le disolvió a Mariona en la boca como el azúcar en el agua caliente.
Todo lo que había tenido apretado durante semanas —el susto, la prudencia, la advertencia de Emérito, la carpeta, el apellido de él— se le soltó de golpe, y por debajo de todo aquello lo único que quedó fue lo sencillo, lo que llevaba semanas negándose: que lo quería, que le gustaba hasta cuando la sacaba de quicio, que la tienda olía mejor cuando él estaba dentro.
Fue un beso largo, de los que arreglan y desarreglan a la vez.
Sabía a lluvia y a café y, por debajo, a algo dulce, a limón, como si la tienda entera se les hubiera metido en la boca.
Él tenía las manos calientes y torpes en su espalda, subiéndole por la columna como quien no se cree lo que toca; ella tenía los dedos en su pelo y le estaba dejando harina, y no le importaba, y a él tampoco.
Fuera seguía cayendo el agua contra el cristal, tupida, tapándolos del mundo; dentro estaba caliente, y olía a horno y a azúcar y a Rosa y a las dos vidas viejas que los habían traído hasta ahí.
Y por una vez, en lugar de estar arreglándole el corazón a alguien, Mariona se estaba dejando desarreglar el suyo, y descubrió que las dos cosas no se parecían en nada, que dar consuelo era su oficio y recibirlo era otro idioma que casi había olvidado hablar.
Se separaron para respirar y se volvieron a juntar, porque separarse resultó ser insoportable.
Él le tomó la cara con las dos manos, como si fuera algo que se pudiera romper, y la miró un segundo antes de volver a besarla, y en esa mirada Mariona vio, sin sombra de muro, entero, al hombre de la foto de los premios, el de la sonrisa completa, el que llevaba tres años enterrado bajo el otro.
Le dijo algo contra la sien que ella no entendió y no necesitó entender.
Y Bizcocho, desde su cojín, levantó la cabeza, los miró con la superioridad de los perros, decidió que aquello no iba con él y volvió a dormirse.
Cuando por fin se separaron de verdad, con las frentes juntas y la respiración revuelta, Mariona se echó a reír, una risa floja, medio de felicidad y medio de susto.
—Ya está —dijo—. Ya he bajado a la parada.
—Y yo —dijo Adrián, con la voz tomada, sin soltarle la cintura—. Yo también. Por primera vez en mi vida. —Le apartó un mechón de la cara con un cuidado que a ella la deshizo—. No voy a ser mi abuelo, Mariona. Me da igual lo que haga falta. No voy a ser el que no vuelve.
—No prometas cosas grandes en un obrador un miércoles —dijo ella, aunque le temblaba la sonrisa—. Las promesas grandes se las llevó ya el viento una vez en esta familia. Dos veces, contando la parada y el pastel.
—Esta no. —Le cogió la mano manchada, se la miró, la mano que amasaba los pasteles que curaban a medio pueblo, y se la besó, despacio, en los nudillos con harina—. Esta te la firmo donde quieras.
Y Mariona, que llevaba un año oyendo a la gente prometer y fallar, que se sabía de memoria lo poco que valen las palabras dichas en caliente, decidió, contra todo su sentido común de mujer prudente, creérselo.
Aunque solo fuera aquella tarde. Aunque el mundo, la carpeta y el mes de febrero estuvieran esperando fuera bajo la lluvia a que terminara el beso para volver a entrar.
Se lo creyó porque quería, y porque después de un año de dar sin recibir se había ganado una tarde de creerse las cosas buenas.
Y ahí, en aquella promesa dicha en un obrador a media luz, con la boca todavía caliente de la suya, debería haber terminado la tarde perfecta.
Pero Mariona, que era feliz y era realista a partes iguales, notó cómo por debajo de todo aquel calor seguía latiendo, sin apagarse, la otra cosa.
La de siempre. Porque una cosa era bajar a la parada y otra que el coche te llevara a algún sitio.
Adrián podía jurarle que no sería su abuelo, y ella podía creerle, y aun así en la carpeta de la gestoría seguía habiendo una venta en marcha, y un plazo de febrero, y un grupo comprador, y un abuelo con demencia cuya cama pagaba aquel edificio.
El beso no había firmado nada. El beso no salvaba la tienda.
Los problemas que tenían antes de besarse seguían enteros después de besarse, solo que ahora, además, tenían más que perder.
Porque hasta esa tarde, si Adrián se marchaba y la tienda se vendía, Mariona perdería su casa y su oficio, que ya era perderlo todo.
A partir de esa tarde perdería, además, a Adrián.
Se había dado a sí misma una cosa más que le podían quitar.
Eso era lo que nadie contaba de dar el paso: que dabas un rehén.
Que a partir del beso ya no le bastaba con salvar la tienda; necesitaba salvar la tienda y quedarse con él, y las dos cosas a la vez parecían, en aquel pueblo mojado, un imposible del tamaño del Cantábrico.
No lo dijo. No quiso estropear lo único bueno de un día durísimo.
Pero lo pensó, con la cara pegada al cuello de Adrián y el olor de él mezclándose con el del horno, y el pensamiento le puso un poso frío debajo de toda aquella dulzura: que se acababa de enamorar del todo, sin red, del hombre que a lo mejor, cuando llegara febrero, tendría que elegir entre ella y su familia.
Y que ni siquiera un beso así garantizaba de qué lado iba a caer.
—¿Qué era lo que me tenías que enseñar tú? —preguntó, para no pensar—. De tu abuelo.
Adrián se apartó un poco, lo justo para mirarla, y Mariona notó que dudaba.
Que tenía algo en la punta de la lengua, algo que le pesaba, y que abría y cerraba la mano sobre la bolsa de la farmacia como quien decide si suelta una cosa o se la guarda.
Por un momento pareció que iba a hablar en serio, que iba a contarle algo importante.
Ella esperó, con el corazón todavía revuelto del beso, sin saber que aquel era el momento en que él podría habérselo dicho todo —lo de la venta que estaba frenando en secreto, lo de las mentiras a Nuria, lo de los papeles que había llegado a mover al principio contra la tienda— y que, de habérselo dicho entonces, con la boca aún caliente y la guardia baja de los dos, se habrían ahorrado lo que vino después.
No lo dijo.
—Nada —dijo, y la sombra le cruzó la cara y se escondió—. Cosas de papeles del abuelo. Recetas médicas, firmas, líos de la residencia. Un rollo. Otro día. —La atrajo otra vez, la besó despacio, como para tapar con azúcar lo que fuera que se estaba callando—. Hoy no toca hablar de papeles.
Y Mariona lo dejó pasar, porque estaba demasiado feliz para tirar de aquel hilo, y porque llevaba toda la vida arreglándoles los silencios a los demás y por una tarde quería quedarse en el suyo.
Se guardó la sombra que le había visto en la cara, sin darle importancia, en el mismo sitio donde uno guarda las cosas que solo entiende más tarde. Y volvió a besarlo.
Fuera siguió lloviendo sobre un pueblo que no sabía que su pastelera acababa de dar, por fin, el paso que su abuela no dio.
Dentro, dos nietos se besaban encima de un recetario abierto por la página de un pastel sin terminar, felices y en peligro a la vez, sin saber todavía que la historia que creían estar corrigiendo aún guardaba, muy cerca, más de una sorpresa, y que ninguna iba a ser dulce.