Dos y diecisiete #2
El reloj industrial de la pared llevaba dos minutos de retraso. Rivas consultaba el suyo porque quería repetir la hora exacta de la fuga. Su obsesión ofrecía un margen. Mientras mirara las manecillas, Elena podía acercarse a las copias y Clara continuar deshaciendo el nudo en la cuerda.
Amelia empezó a contar respiraciones en voz alta. Veinte. Veintiuna. Veintidós. Alcocer comprendió que los números marcaban pasos, no frecuencia pulmonar. En el treinta debía correr hacia la válvula. Elena desplazó un pie. Rivas advirtió el movimiento en el veintisiete y apuntó hacia ella.
Clara tosió deliberadamente y dejó caer la cabeza. El arma volvió hacia Amelia. La anciana había entendido el plan sin que nadie se lo explicara.
Elena dejó caer lentamente el paquete de copias.
—Suélteme a mí por ella.
—Eso dijo Soledad —respondió Rivas—. Siempre creen que ofrecerse cambia quién tiene el poder.
La campana volvió a sonar desde el hospital.
Matilde había recuperado la señal. Un golpe, dos, tres.
Rivas miró hacia el techo. Alcocer corrió hacia la válvula.
El disparo lo alcanzó en el hombro y lo hizo girar, pero consiguió aferrarse a la rueda.
Amelia se lanzó contra Rivas. El libro cayó entre las cajas.
Elena pateó el brasero lejos de la pólvora. Una brasa cayó sobre los documentos y comenzó a quemar una esquina. Clara seguía atada por una muñeca. Utilizó su mano libre para desatar la otra y arrojó una caja contra la llama. Rivas intentó recuperar el arma; Amelia pisó su mano.
Alcocer giraba la válvula con el brazo herido. El mecanismo llevaba años oxidado y apenas cedía. Elena se unió a él, la tubería tembló, pero no salió agua. Rivas rio desde el suelo: había cerrado la compuerta principal.
Alcocer sacó la llave de la compuerta que habían encontrado en la chaqueta de Landa y la lanzó hacia Elena.
Ella la encajó en el mecanismo y la válvula cedió un cuarto de vuelta.
En ese momento, Pilar apareció en la entrada acompañando a Castañeda, que avanzaba con una mano presionada contra la herida.
El reloj dio las 2:17.
El antiguo timbre de la habitación 8 sonó dentro de la mina.
El cable recorría la galería y terminaba en la sala de bombas.
Con cada llamada, un contrapeso golpeaba una placa detrás de Clara.
Elena vio moverse el muro y comprendió el mecanismo: Soledad no había escondido el libro en la cámara visible, sino en un compartimento accionado por el timbre.
El sonido viajó por todos los niveles. Arriba, las enfermeras respondieron tirando del cordón una y otra vez. No conocían el mecanismo, pero comprendieron que la llamada continuaba siendo una señal. Cada golpe abría unos milímetros el compartimento.
Rivas había oído aquel timbre durante años. Creyó que Eduardo o Tomás lo accionaban para amenazarlo y ordenó desconectar la habitación, sin saber que el cable mantenía una puerta bajo la mina. Elena lo reactivó al iniciar sus apariciones y, sin proponérselo, preparó la apertura final.
Detrás del muro apareció un pasaje cubierto de polvo y una corriente de aire. Rivas dejó de luchar por el arma. Todo su cuerpo se orientó hacia la abertura. Había buscado esa cámara durante veinticinco años.
Rivas también lo comprendió. Apartó a Amelia y tomó una brasa. Elena se interpuso, él sostuvo el carbón encendido sobre la mecha.
—Su madre tuvo la misma oportunidad —dijo—. Entregar el libro y salir.
—No salió porque usted cerró la puerta.
Clara liberó una mano. Había frotado la cuerda contra un borde metálico durante toda la conversación. Tomó la cadena del libro y la lanzó alrededor de la muñeca de Rivas. La brasa cayó al suelo, a pocos centímetros de la pólvora.
La cadena se tensó entre ambos. Rivas pudo arrastrar a Clara o soltar el libro. Eligió el libro. Ese instante permitió a Amelia empujar a Clara fuera de la línea de fuego. Elena sujetó la cadena y tiró en dirección contraria. El broche se abrió y varias páginas se desplegaron sobre el agua.
Pilar corrió a recogerlas. Cada hoja mojada que salvaba era una parte del acto con el que había decidido reparar. Castañeda cubrió a Rivas con el arma, pero la herida le hizo perder fuerza. El director lo golpeó y entró en el compartimento con el volumen incompleto.
Amelia cubrió a Clara con su abrigo. Alcocer abrió la válvula y un chorro de agua oxidada golpeó las cajas y apagó el brasero. Rivas trató de escapar por el compartimento recién abierto con el libro en las manos; Elena lo siguió.
Amelia cortó las ataduras de Clara y revisó la herida de Alcocer. La bala había atravesado la parte alta del brazo sin afectar el pecho. Le aplicó presión y le ordenó quedarse. Después entró tras Elena.
El pasaje era tan bajo que debía avanzar de rodillas. Al final, la luz de Rivas iluminaba una figura inmóvil apoyada contra la pared. Vestía restos de un uniforme de enfermera y sostenía una caja de metal entre los brazos.
El aire de la cámara era seco y antiguo.
Había una jarra vacía, vendas utilizadas y una caja de fósforos.
Soledad no murió de inmediato. Se había tratado la herida, dividido el agua y escrito hasta que la lámpara se agotó.
Sobre el piso quedaban migas endurecidas de pan, quizá las que Candelaria introdujo antes de que sellaran el paso por completo.
Rivas no miró el cuerpo. Fue directo hacia la caja; para él, Soledad seguía reducida al obstáculo entre su mano y un documento. Amelia se detuvo a una distancia desde la que podía ver el anillo y el broche de nácar. No necesitó acercarse para saber.
Elena tomó su mano. Ninguna palabra podía reducir aquel momento, de modo que no intentó pronunciarla.
Amelia reconoció el anillo de bodas de su madre.
Rivas estaba de pie ante Soledad, con el libro abierto, buscando algo entre sus páginas.
—Falta una hoja —dijo.
Amelia sacó la página que había encontrado en la habitación 8 y se la mostró.
—Mi madre la escondió ahí. Sabía que, mientras esta página existiera, usted no podría destruir todas las pruebas.